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Recuadros:

Pyongyang apuesta a la neutralidad de China

Luego de haber probado misiles teóricamente capaces de alcanzar el territorio de Estados Unidos, y sin tomar en cuenta las advertencias de la comunidad internacional, Corea del Norte –que actualmente tiene capacidad para producir plutonio– realizó su primera prueba atómica el pasado 9 de octubre. Las condenas no se hicieron esperar, pero parece poco probable que Pyongyang cambie su política.

Desde la aparición de las armas nucleares, Estados Unidos nunca las utilizó contra países que también las poseyeran. Sin embargo eso no significa que nunca haya considerado esa eventualidad. Simplemente, no se atrevió a pasar al acto. En el pasado, Wa-shington había planificado un ataque preventivo contra la naciente capacidad nuclear china, pero luego desistió. Desde entonces, si bien Estados Unidos favorece y hasta apoya "la independencia de Taiwán", debe simular oponerse, consciente de que su concreción podría desatar una confrontación militar con Pekín. Es inútil precisar las catastróficas consecuencias que ello tendría, tanto para Washington como para China, país dotado de un arsenal nuclear importante. El desastre del 11 de septiembre parecería insignificante en comparación.

Por su parte, Pyongyang estima que un Estado debe garantizar su seguridad por sí mismo. Construir un proyectil nuclear y proceder a una prueba no le planteaba demasiados problemas técnicos. Al disponer de materiales fisibles suficientes y de capacidad para obtener plutonio de uso militar a partir de combustible irradiado, Corea del Norte puede fabricar varias bombas atómicas -cerca de una decena- como las de Hiroshima y Nagasaki. La concepción de armas nucleares de primera generación ya no es un secreto para nadie, y Pyongyang domina la tecnología necesaria para la fabricación del detonador.

Ahora bien, Washington no se atreve a desatar una guerra contra una potencia dotada del arma nuclear, pero en cambio no dudó en atacar Irak hace tres años. Previamente, en la primavera boreal de 1999, Estados Unidos y algunos países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) habían bombardeado Yugoslavia, país que tampoco contaba con armas de destrucción masiva. Esa acción tampoco contó con la aprobación de Naciones Unidas.  

Esa constatación convenció a Corea del Norte de que debía dotarse de misiles nucleares dirigidos contra blancos estadounidenses de la región del Pacífico asiático. Así podría garantizar su seguridad con total independencia, según el principio fundador del Estado, el "Juche" (autonomía), que consiste en no depender ni del establecimiento de relaciones normales y amistosas con Estados Unidos, ni del desarrollo de relaciones especiales con China, Rusia o cualquier otro país.

Cinco grandes razones llevan a Corea del Norte a pensar que Washington no habrá de atacarla: su disuasión nuclear; la de sus fuerzas convencionales; las objeciones de Corea del Sur, aliada de Estados Unidos; la oposición a esa operación por parte de China, Rusia y otros países; y por último, las coacciones simultáneas que pesan sobre Estados Unidos a causa de la situación en Irak, del desafío nuclear iraní, y de la inestabilidad general que reina en Medio Oriente.

Aprietos de Estados Unidos

El efecto disuasivo de las armas nucleares es un factor tal que no requiere mayores detalles. Pero las fuerzas convencionales norcoreanas desempeñan también un papel preponderante: el país posee un ejército de un millón de soldados y de cinco millones de combatientes organizados en estructuras paramilitares. Su despliegue ofensivo tendría graves consecuencias para Corea del Sur y para las tropas estadounidenses allí estacionadas. Bajo la presidencia de William Clinton (1993 2001) Estados Unidos había estimado el costo de un eventual derrocamiento del régimen de Kim Jong-il. Además de la pérdida de 100.000 hombres, calculó que la operación requería 100.000 millones de dólares de gastos directos y un billón de dólares de gastos indirectos. Es decir, un costo total inaceptable.

Por otra parte, los misiles de tipo "Nodong" constituyen una advertencia suficiente para Japón. Por lo tanto, si a Estados Unidos se le ocurriera atacar Pyongyang, chocaría con la oposición de Seúl, y quizás también de Tokio. Además, es seguro que China y Rusia se opondrían a un ataque estadounidense "preventivo". En 1961 Pekín y Pyongyang firmaron un tratado de amistad, cooperación y asistencia mutua. Ese acuerdo, aún en vigor, sólo puede ser revisado o abrogado con el acuerdo de ambas partes. En caso de invasión de Corea del Norte, y en virtud de ese tratado, China deberá acudir en ayuda de su aliado. Pero Washington no quiere entrar nuevamente en conflicto con Pekín por la única razón de que Corea del Norte se equipa de armas de destrucción masiva.

Actualmente, China no sólo desea desarrollar su economía, sino también reunificar el país. Ese objetivo le impone como principal tarea oponerse a la independencia de Taiwán. Al mantener en alerta decenas de miles de soldados estadounidenses estacionados en Corea del Sur, Pyongyang contribuye a reducir la presión militar que ejerce Washington contra el proyecto chino de reunificación. En cierta medida, Corea del Norte ayuda a Pekín "compartiendo" la amenaza militar estadounidense en la región del Pacífico asiático. Como aliados (en virtud del tratado de 1961) los dirigentes norcoreanos también ayudan a China a defender el acceso principal al Nordeste de Asia. Pekín no sólo no abandonará a un país que contribuye a reforzar su seguridad nacional, sino que es poco probable que se sume a la adopción de sanciones globales en su contra.

Desde su punto de vista, Pyongyang considera sin duda que China prefiere evitar un "cambio de régimen" en Corea del Norte, pues su prioridad es la estabilidad en la península coreana. Ello obligará a Pekín a aceptar, de buena o de mala gana, las consecuencias de las pruebas nucleares de su vecino. Por otra parte es probable que los dirigentes norcoreanos evalúen que si bien esas pruebas disgustan seguramente a Rusia, ese país no aplicará tampoco sanciones demasiado significativas. Moscú mantiene relaciones complicadas con Pyongyang, y por razones de "geo seguridad", condenaría enérgicamente a Estados Unidos en caso de uso de la fuerza contra su vecino asiático. 

Washington está atado de pies y manos en la escena internacional. La guerra en Afganistán está lejos de concluir. La agresividad empleada en la cuestión nuclear iraní no lleva a ningún lado. Por su parte, el tema de la estabilidad en Irak puede convertirse en una preocupación duradera para los responsables estadounidenses. Wa-shington está hundido hasta la médula en esa ciénaga: perdió allí 2.700 hombres; y su intervención ya le costó 300.000 millones de dólares. Por lo tanto, en las circunstancia actuales la Casa Blanca dudará en comprometer el futuro del Partido Republicano abriendo un nuevo frente.

En función del precedente razonamiento, las desventajas de una nueva prueba no parecen muchas para los dirigentes de Pyongyang: no sólo el país no corre verdaderamente peligro de un ataque atómico estadounidense, sino que tampoco se expone a sanciones económicas devastadoras de parte de la comunidad internacional. En consecuencia, luego de un periodo más o menos largo pero en última instancia inofensivo  de represalias internacionales, el país entrará de facto en el reducido club de Estados que cuentan con armas atómicas. Ocurrirá como con India o Pakistán, que volvieron a integrar la familia de Estados frecuentables y respetados, pocos años después de haber realizado sus pruebas, en 1998. 

El tablero del Este Asiático

Una inquietud persiste en el seno de la comunidad internacional, que no cree demasiado en la solidez de las alianzas estadounidenses en el Este Asiático: la actitud norcoreana puede incitar a Japón y a Corea del Sur a desarrollar sus propios programas de armas nucleares. Aunque esa posibilidad no puede descartarse por completo, parece sin embargo poco probable. Que ambos países emprendan semejante programa sin tener en cuenta su alianza con Estados Unidos, probaría que ya no creen en la protección militar de ese país, y que desean ocuparse ellos mismos de su propia defensa. Sus relaciones con Washington se deteriorarían fatalmente, y el papel asumido por Estados Unidos en la seguridad del Este Asiático se vería impugnado. Washington no puede prácticamente impedir las pruebas nucleares norcoreanas, pero sigue siendo capaz de impedir que sus aliados del Este Asiático emprendan también un programa militar de ese tipo.

Sin embargo, luego de que se anunciara el estallido de la primera bomba atómica norcoreana, algunos responsables japoneses evocaron la cuestión de un armamento nuclear para Japón. La opinión pública japonesa y la presión estadounidense lograron apagar rápidamente esas voces. La secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, reiteró la voluntad de su país de suministrar todos los medios posibles para garantizar la protección de Japón, mientras que el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, recordó que Washington asumió el firme compromiso de proteger a Seúl.

Por lo tanto, Corea del Norte espera que sus pruebas nucleares provoquen las consecuencias siguientes: será objeto de sanciones internacionales limitadas; China se verá obligada a aplicarlas; Estados Unidos aumentará la cooperación militar con sus aliados del Este Asiático; y por último, la situación se complicará en el plano de la seguridad en el norte de Asia, y por lo tanto con China.

Pekín no tiene opción: en el terreno de la seguridad, las relaciones entre ambos Estados no son unidireccionales. Es cierto que los esfuerzos desplegados durante doce años para convencer a Corea del Norte de que abandonara su programa de armas nucleares se han saldado con un fracaso. Pero en la medida que la idea que Pyongyang tiene de su interés nacional no compromete las ambiciones fundamentales de China, Pekín no puede ejercer demasiada presión sobre su vecino ni impedirle actuar como él lo desea. Ese "equilibrio de intereses", que ya existió en el pasado, aún está vigente debido al problema latente de la "independencia de Taiwán".

En la hipótesis de que Corea del Norte realice nuevas pruebas nucleares, posiblemente China adopte sanciones internacionales que afectarán a su vecino (entre ellas, restricciones sobre las importaciones y exportaciones de tecnología nuclear), pero sin duda se negaría a ir más allá. Entre no reaccionar con bastante dureza, a riesgo de pasar por una potencia irresponsable, e imponer medidas de represalia cuya severidad podría impulsar a Corea del Norte a posiciones extremas o provocar un "cambio de régimen", China elegirá el mal menor. Esa es en alguna medida la apuesta que hizo Pyongyang...

Guerra fría

29 de enero de 2002.
Discurso de George W. Bush sobre “el eje del mal” donde incluyó a Corea del Norte. Estados Unidos denuncia en julio el acuerdo nuclear firmado en 1994 por los dos países.

27 de diciembre de 2002.
Expulsión de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA).

11 de enero de 2003.
La República popular democrática de Corea (RPDC) se retira del Tratado de no proliferación nuclear (TNP).

1 de febrero de 2004.
El “padre” de la bomba atómica pakistaní Abdul Qadeer Khan, confiesa transferencias ilícitas de tecnología nuclear hacia Pyongyang.
19 de septiembre de 2005.
Corea del Norte se compromete a volver al marco del TNP y a abandonar su arsenal nuclear a cambio de contrapartidas en materia de energía.

5 de julio de 2006.
Lanzamiento fallido de siete misiles, uno de ellos capaz de alcanzar Alaska y la costa occidental de Estados Unidos. Resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 15 de julio que implican medidas coactivas para Pyongyang.

9 de octubre de 2006.
La RPDC declara haber procedido con éxito a su primera prueba nuclear.

14 de octubre de 2006.
El Consejo de Seguridad anuncia medidas de represalia.


Autor/es Dingli Shen
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 89 - Noviembre 2006
Páginas:28,29
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo
Países Corea del Norte