Home
Las ambigüedades de Pakistán
Ante el fracaso militar en Afganistán, Robert Gates, secretario de Defensa estadounidense, cuestionó la ayuda que recibirían los combatientes talibanes en el territorio paquistaní. Poco después, el presidente Pervez
Musharraf anunció la destrucción de tres campos de entrenamiento en la zona tribal fronteriza. Frente a cruciales elecciones, el Presidente-general busca congraciarse con los islamistas sin enemistarse con EE.UU.
En
Pakistán, 2007 será un año electoral. El mandato del general Pervez Musharraf,
al igual que el del Parlamento y el de las asambleas provinciales, caducará ese
otoño. Independientemente de lo que se pueda pensar sobre el nivel de probidad
de esas consultas electorales, el triple ejercicio plantea una cuestión de
fondo, que se debate desde hace mucho en el país: ¿qué tipo de relación debe
mantener el poder militar con la oposición parlamentaria?, ¿no es tiempo para
que el jefe de Estado, de ser reelegido, abandone el uniforme de jefe del
Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, y de rehabilitar la oposición democrática,
cuyos líderes viven en el exilio?
Además,
en las filas de la oposición parlamentaria hay actualmente fuerzas del islam
político, fachada constitucional de un islamismo radical armado, durante mucho
tiempo instrumentalizado por los militares, pero que se volvió blanco de la
retórica presidencial, ya que el general Musharraf aboga desde hace años por la
"moderación esclarecida" al servicio de un "Estado islámico progresista y
dinámico". De allí surge un segundo interrogante: ¿cómo hacer evolucionar la
compleja relación entre los mullahs y el ejército? El problema es aun más serio
en la medida en que se inscribe en un contexto regional denso, donde el islam
radical paquistaní interviene -en variable proporción- tanto en Cachemira como
en las zonas tribales que rodean Afganistán, donde los talibanes vuelven a
ganar terreno.
Por
último, el agravamiento de la situación en Baluchistán muestra las dificultades
que tiene Islamabad para manejar las diferencias entre provincias, y la
dialéctica entre asuntos internos y asuntos regionales, ya se trate de los
proyectos de gasoductos internacionales que implican a Irán y Afganistán, o del
nuevo puerto de Gwadar, portal de China en el Océano Indico.
Sobre
todos esos temas pesa la sombra de Washington, que celebra plenamente el papel
primordial que juega el general Musharraf en "la guerra contra el terrorismo",
a la vez que lo insta a endurecer el combate contra Al-Qaeda y contra los
talibanes.
Es
precisamente a causa de los desafíos internos y externos que enfrenta Pakistán,
que el general Musharraf, y muchos otros en su entorno, argumentan que no hay
que disociar el poder civil del poder militar: el general-presidente sería el
hombre indicado para esa tarea, ya que el ejército es el único capaz de hace
frente a los retos. Ese punto de vista tiene también muchos adeptos entre los
dirigentes extranjeros. A la inversa, para el sector de los liberales
paquistaníes, partidarios antiislamistas de una verdadera democracia
parlamentaria, mantener al ejército en el mando, lejos de resolver los
problemas, dificulta su solución. Se trata de desafíos serios.
El
post 11 de septiembre
En
la década de 1980 la insurrección afgana contra los soviéticos, y luego la
rebelión de una parte de Cachemira contra India, permitieron a Pakistán
desarrollar una activa política regional para evitar ser tomado en tenaza por
India y Afganistán. "Estado del frente" contra la URSS, Pakistán había
permitido a los estadounidenses apoyar eficazmente a los mujaidines afganos.
Cuando éstos, vencedores de los soviéticos en 1989, comenzaron a agredirse
entre ellos, el apoyo dado por Islamabad al pashtun Gulbuddin Hekmatiar contra
los tayikos pro-indios del comandante Ahmad Chah Massud, no fue decisivo. El
avance de los talibanes, a partir de 1994, ofreció nuevas perspectivas. Al
mismo tiempo, el envío a la Cachemira india de combatientes paquistaníes
partidarios de la yihad en Cachemira permitió endurecer la insurrección local y
hacer que una buena parte del ejército indio quedara enredado en una "guerra
sucia".
El
11de septiembre comprometió esa estrategia, que se basaba en una doble
instrumentación del islam radical. El general Musharraf comprendió rápidamente
lo que estaba en juego en Afganistán y los riesgos que contraería rechazar el
arreglo que le propuso la administración Bush: se sumó entonces a la "guerra
contra el terrorismo" luego de haber abandonado a los talibanes que se negaban
a expulsar o a entregar a Osama Ben Laden. Introdujo cambios en una fracción de
su Estado Mayor, denunció el extremismo, y a lo largo de varios años detuvo a
centenares de militantes de Al-Qaeda, entre ellos varios altos responsables,
como ocurrió en 2003 con Khalid Shaik Mohammad, el planificador del 11 de
septiembre.
Al
año siguiente, George W. Bush elevó a Pakistán al rango de "aliado mayor extra
OTAN". Esa relación estratégica privilegiada no impidió que la administración
estadounidense esperara aun más de Islamabad. Y no sólo para perseguir a Ben
Laden y al mullah Mohammed Omar. En opinión de Washington y del presidente
afgano Hamid Karzai, las grandes dificultades que encontraron los comandos
estadounidenses de la operación "Libertad Duradera" tuvieron que ver con la
porosidad de la larga y montañosa frontera que separa Afganistán de Pakistán,
frontera jamás reconocida por Kabul.
En
2004, el general Musharraf se decidió a enviar tropas al Sud Waziristan, uno de
los distritos de las zonas tribales fronterizas bajo control federal, las FATA
(Federally Administered Tribal Area). Poco después surgió allí una guerrilla
compuesta por diversas milicias (talibanes afganos, neotalibanes de las tribus
paquistaníes, combatientes internacionales del movimiento Al-Qaeda) que se
opuso al ejército, al que causó 800 bajas sobre sus 80.000 efectivos. Los
acuerdos firmados entre el gobierno y los jefes tribales locales en el Sud
Waziristan en 2004 y 2005, y luego en el Nord Waziristan en 2006, no lograron
calmar las aguas.
La
querella sobre los combatientes infiltrados desde Pakistán -zonas tribales y
Baluchistán- envenena el ambiente entre Islamabad y Kabul, al tiempo que el
ejército estadounidense verifica esa intensificación y que los talibanes
avanzan en el sudeste afgano, a expensas de las fuerzas de la OTAN
recientemente desplegadas en los distritos fronterizos 1.
Del
lado paquistaní, la insumisión y la radicalización de las FATA se están
convirtiendo en un tema de gran preocupación. Presionado de un lado por Washington
y del otro por una opinión pública muy antiestadounidense, el régimen debe
asumir el costo de su política represiva en las FATA. Las operaciones, poco
eficaces, son a veces controvertidas, como la incursión aérea del 30-10-06 en
el área de Bajaur -80 muertos en una madrasa 2- el mismo día en que se había
anunciado una negociación. En represalia, el 8 de noviembre un atentado suicida
contra jóvenes reclutas en un cuartel de la Provincia Fronteriza del Noroeste,
fuera de las FATA, dejó 35 muertos. A la inversa, negociar con los jefes
tribales obliga muchas veces a recurrir a la mediación de los partidos
islamistas, en particular el Jamiat e Ulema e Islam, liderado por Fazlur
Rahman, jefe de la oposición en el Parlamento y claro simpatizante de los
talibanes. El uso de la fuerza contra ciudadanos paquistaníes empaña la imagen
del gobierno, sin por lo tanto lograr frenar el proceso de talibanización de
las FATA, que podría extenderse a la Provincia Fronteriza del Noroeste, donde
gobiernan los islamistas de la Coalición para la Acción -Muttahida Majlis e
Amal (la MMA)-.
La
crisis en Baluchistán
Esta
crisis responde a otra lógica, pero también remite a la cuestión tribal.
Proveedora de una gran parte del gas del país, y considerándose expoliada por
el poder central y por la rica provincia del Punjab, Baluchistán, la más
extensa y menos poblada de las provincias paquistaníes, vivió múltiples crisis
desde la independencia del país, y fue escenario de la represión de varias
insurrecciones (1958-1960; 1973-77) 3. La primera fase de la construcción del
puerto de aguas profundas de Gwadar y la instalación de varias guarniciones en
la provincia agudizaron las frustraciones de los movimientos identitarios
baluches, que tomaron una nueva dimensión cuando entraron en combate los
grandes jefes tribales, antaño integrados en las estructuras de poder
paquistaníes.
El
26 de agosto de 2006, la eliminación del nawab Akbar Khan Bugti, ex gobernador
de Baluchistán que se sumó a la insurrección, posiblemente constituyó para el
régimen una victoria pírrica, que no sólo radicalizó a los grupos insurgentes
(entre ellos el Ejército de Liberación de Baluchistán) sino también a los
partidos políticos baluches favorables a una mayor autonomía de la provincia.
Actualmente, la cuestión de Baluchistán interfiere con los grandes proyectos
que podrían infundir una nueva dinámica a Pakistán: el citado puerto de Gwadar,
donde se produjeron secuestros de ingenieros chinos, y el proyecto del
gasoducto entre Irán e India, vía Pakistán.
El
diálogo con India
Las
cosas habían comenzado mal con India para el general Musharraf, quien al
desatar el conflicto de Kargil en 1999, en la línea de control que divide en
dos a Cachemira, hizo fracasar el diálogo que acababa de establecerse entre
Nueva Delhi e Islamabad. Fue la primera vez que estallaba una guerra -limitada-
entre dos países recientemente munidos de armas nucleares. Luego del fracaso de
la cumbre de Agra, en julio de 2001, y del ataque terrorista contra el
Parlamento indio en Nueva Delhi, en diciembre del mismo año, volvió a dibujarse
la amenaza de una nueva guerra durante diez largos meses.
Aunque
el general Musharraf condenó la yihad en un discurso "histórico" de enero de
2002, no pensaba sin embargo destruir la infraestructura creada desde mucho
antes por el Inter Services Intelligence (ISI, servicio de inteligencia
inter-armas) para lanzar una intervención en la parte india de Cachemira que
tendría en la primera línea a los combatientes del Lashkar e Taiba, brazo
armado de la poderosa Markaz Dawat ul Irshad (que al ser prohibida cambió su
nombre por el de Jamaat ud Dawa), y de la Jaish e Mohammad. A pesar de ello,
las fuerzas indias, movilizadas, no pasaron al acto, obligadas por la disuasión
nuclear.
Pero
Pakistán perdía márgenes de maniobra: luego del 11 de septiembre, Nueva Delhi
hizo una buena jugada al denunciar la "guerra por procuración" desarrollada por
Islamabad en Cachemira a través de un "terrorismo transfronterizo". También
resultaba claro que, luego de casi quince años de insurrección en Cachemira,
era imposible imponer una solución militar a India. En 2003, el general
Musharraf comenzó entonces a flexibilizar sus posiciones proponiendo, a
contracorriente de la tradición paquistaní, "dejar de lado las resoluciones de
las Naciones Unidas" que sugerían resolver el problema de Cachemira por
referéndum, y aceptando luego un diálogo "compuesto", que ponía sobre la mesa
todos los diferendos indo-paquistaníes, y no sólo -como antaño- "la cuestión central
de Cachemira".
La
adopción de una posición pro-estadounidense por parte del gobierno fue
demasiado para una sección de los yihadistas vinculados a Al-Qaeda, a la que se
sumaron algunos suboficiales. En diciembre de 2003, el presidente paquistaní
salió milagrosamente con vida de dos atentados. En febrero de 2004 el diálogo
con India se inició de manera muy estructurada, y en 2005 fue considerado
"irreversible".
Sin
embargo no debe esperarse una solución rápida de la cuestión de Cachemira.
India, que podría terminar oficializando el statu
quo actual, dejando
a Pakistán los territorios que ese país ya controla, rechaza cualquier división
que deje el valle de Srinagar total o parcialmente bajo control paquistaní o
bajo un mandato doble. Por su parte, Islamabad aboga por una flexibilidad
compartida, pero sigue negándose a reconocer la línea de control heredada de
las guerras de 1948, 1965 y 1971.
Algunas
posibilidades serían: una mayor autonomía de la Cachemira india, una retirada
significativa de los militares, luego de la de los yihadistas, la apertura de
la línea de control al tránsito por carretera, la creación de instancias
consultivas conjuntas en Cachemira india y en Cachemira paquistaní. Actualmente
se están desarrollando discretas negociaciones con los separatistas cachemires
de la Conferencia Hurriyat, e incluso con un sector de los combatientes
-también cachemires- del Hizbul Mujahidin. Los graves atentados de Bombay (180
muertos en julio de 2006) mostraron que si bien la presión terrorista afecta al
diálogo indo-paquistaní, ya no logra interrumpirlo.
Extremistas
y poder militar
En
el tema de Cachemira, India se mueve muy lentamente, mientras que el general
Musharraf abunda en propuestas. Pero su gran actividad no alcanza a disipar las
sospechas que persisten en Nueva Delhi, en Washington y en Kabul, sobre la
naturaleza profunda de las relaciones que existen entre el Estado Mayor, los
servicios del ISI y las formaciones extremistas. No se ponen en tela de juicio
las convicciones personales del general cuando denuncia a los "santurrones y
oscurantistas" que generan "una mala imagen del islam y de Pakistán". En
cambio, se duda a menudo de su voluntad política de destruir los grupos
extremistas, o de su capacidad para hacerlo.
La
intención de conservar un margen de maniobra respecto de Cachemira y de
Afganistán puede explicar que se mantenga a las fuerzas de la yihad con la
rienda corta, pero que no se las elimine, y que Islamabad quiera servirse de la
presión de los talibanes, disgustada al ver cómo aumenta la presencia de India
en Afganistán, con sus consulados pletóricos y sus obras para el desarrollo. El
problema se debe a que el extremismo no es sólo un producto de exportación:
desde hace mucho el islam radical paquistaní tejió su tela dentro del país. Así
acabó formándose una nebulosa en torno de varios polos: las milicias sunnitas
ultras que desarrollan un combate contra la minoría chiita, atacando incluso
sus lugares de culto; los órganos de predicación, que crearon un verdadero
imperio (la sede de la Jamaat ud Dawa en Muridke, cerca de Lahore, es uno de
esos polos) a la vez que llaman a la guerra santa en Cachemira; los grupos
combatientes cuyos cuadros pudieron haber pasado otrora por Afganistán y
cruzarse con las redes de Al-Qaeda. Por último, luego del cambio radical de
2001, los terroristas provenientes de esos medios desarrollaron nuevas acciones
en territorio paquistaní que tuvieron como blanco tanto a extranjeros -el
atentado de Karachi contra los ingenieros franceses de la Dirección de
Construcciones Navales (DCN) en 2003, o el asesinato del periodista
estadounidense Daniel Pearl- como también a militares (el presidente Musharraf
hace mucho que fue señalado como blanco por el número dos de Al-Qaeda, Ayman al
Zawahiri).
La
relación entre el ejército, el islam político y el extremismo, no es menos
compleja. Al derrotar y dividir a los partidos de oposición parlamentaria en
las elecciones de 2002 (la Liga Musulmana de Nawaz Sharif y el Partido del
Pueblo Paquistaní, de la señora Benazir Bhutto), el régimen abrió el camino
-posiblemente más de lo que hubiera deseado- a los islamistas de la Coalición
para la Acción (MMA), a quienes favoreció, pero que actualmente se pasaron a la
oposición. Las piezas clave de esa coalición son: la Jamaat e Islami, de Qazi
Hussain Ahmed, que se mantiene firme respecto de Cachemira, y la Jamaat e Ulema
e Islam, de Fazlur Rahman, que se muestra más flexible sobre el tema, y
conserva sus conexiones talibanes. La MMA gobierna la Provincia Fronteriza del
Noroeste, y participa, junto a la facción pro-Musharraf de la Liga Musulmana,
en la coalición que gobierna Baluchistán.
Tanto
Jamaat e Islami como Jamaat e Ulema e Islam predican un islam severo y
retrógrado, y se oponen a toda liberalización del derecho. Sobre este punto el
general Musharraf retrocedió varias veces, y finalmente hizo votar, en
noviembre de 2006, una "ley sobre la protección de las mujeres", que transfiere
los juicios por violación de la jurisdicción de los tribunales islámicos -en
los que ese crimen debe ser confirmado por cuatro testigos de sexo masculino- a
las cortes criminales comunes. Se trata de una medida que no va a fondo, pues
no elimina el aparato represivo de la "ordenanza Hudood" 4 dictada en 1979
por el dictador militar Zia ul Haq.
Respecto
del islamismo armado y de los lazos existentes entre el ejército y los mullahs,
las interpretaciones divergen. Algunos acusan simplemente al general Musharraf
de oscilar entre el equilibrismo y la duplicidad, pues prohíbe los grupos
extremistas pero a la vez les permite reconstituirse; predica con coraje la
"moderación esclarecida", pero no hace casi nada para reformar las madrasas; y
por otra parte negocia con la MMA. Otros estiman que sobredimensionar la
importancia del islam radical lleva agua al molino de los militares que -a la
hora de la "guerra contra el terrorismo"- pretenden aparecer como el único muro
de contención contra los ultras.
Otra
corriente considera, a la inversa, que el extremismo persiste y hasta aumenta a
falta de una decisión clara del ejército y de su jefe, "experto en medidas
tímidas y Ataturk de segunda categoría" 5. Pero hay también quienes
consideran que Musharraf, gracias al apoyo del Estado Mayor, es el único capaz
de sacar poco a poco a Pakistán de las contradicciones estructurales en las que
está enredado desde hace 25 años.
En
julio de 2006, un grupo de personalidades, entre las que había generales de la
reserva, instó al general Musharraf a dejar el uniforme si deseaba ser
nuevamente candidato, y a disociar el poder militar del poder civil. Pero es
poco probable que el interesado siga ese camino, pues manteniéndose a la cabeza
de la jerarquía militar conserva entre sus manos un pilar del poder, al que
consulta regularmente: la conferencia de generales de cuerpos del ejército.
Musharraf
logró fraccionar las grandes fuerzas políticas que gobernaron Pakistán entre
1988 y 1999, al captar una parte considerable de la Liga Musulmana dirigida por
Nawaz Sharif, un sector de los representantes del Partido del Pueblo Paquistaní
de Benazir Bhutto, y el Muttahida Qaumi Movement, el partido de los mohajirs
(los ciudadanos paquistaníes venidos de India al producirse la Partición), muy
fuerte en la región de Sind. Pero esa coalición es muy oportunista, y las
fuerzas parlamentarias de oposición no están completamente derrotadas.
La
prensa, pluralista, hace oír su voz. En el exilio, Benazir Bhutto y Nawaz
Sharif, otrora enemigos jurados, firmaron en mayo de 2006 una "carta
democrática" 6. Sin embargo, prevalece la incertidumbre sobre las
posibilidades que tiene la oposición, que aun derrotando a Musharraf se verá
obligada a entenderse con el ejército. Esa incertidumbre alimenta rumores. Se
habla -y siempre se lo desmiente- de un eventual acuerdo entre el hombre fuerte
de Pakistán y Benazir Bhutto, o más discretamente con Fazlur Rahman, el líder
de la Jamiat e Ulema e Islam, lo que dividiría la oposición parlamentaria
islamista.
Al
anunciar en diciembre de 2006 que las elecciones presidenciales tendrán lugar
antes que las legislativas, el gobierno envía una clara señal: el general
Musharraf planea ser reelecto por el Parlamento saliente y por los
representantes provinciales actuales, y no habrá de someter su destino político
al voto de nuevas asambleas. Es decir, que los problemas importantes planteados
por la situación regional y por la necesidad de un cambio de paradigma -sin
embargo evocadas por el gobierno y debatidos en la prensa- podrían ser dejados
de lado en la campaña electoral, en beneficio del "pragmatismo", que aumenta
los poderes y los privilegios del ejército.
Descuido
de los temas sociales
La
desconexión entre una economía que mejora (un7% en promedio en el período
2004-2006) y el incierto statu quo político, se agudiza, cuando el país acaba de
superar los 160 millones de habitantes. Por su lado, las cuestiones sociales
siguen siendo urgentes y están muy descuidadas. El desastre de la educación
pública es apenas un símbolo de ello 7, mientras que el crecimiento económico
permite por ahora aumentar los gastos de defensa (20% del presupuesto total)
más rápidamente que los destinados a la salud o al desarrollo.
Los
círculos del poder, ya se trate de militares, tecnócratas o patricios, están
muy lejos del ciudadano común. Es cierto que desde 2000 se registra un lento
progreso de ciertos indicadores sociales (por ejemplo, en alfabetización,
escolarización y porcentajes de vacunación). Pero en su informe 2006 sobre el
país el Banco Mundial señala que en muchos planos, particularmente en las zonas
rurales, esas cifras "están en retraso respecto de países con ingresos medios
per cápita comparables" 8. Por otra parte, si volviera al gobierno, la
oposición parlamentaria no modificaría de manera radical la actual política de
liberalización activa que, según el mismo informe del Banco Mundial, "no logra
desarrollar una política social a la altura del crecimiento económico".
- Syed Saleem Shahzad, "Ofensiva
primaveral de los talibanes", Le Monde
diplomatique,
edición Cono Sur, septiembre de 2006.
- Escuela coránica.
- Selig S. Harrison, "La rebelión
independentista se extiende en Baluchistán", Le
Monde diplomatique,
edición Cono Sur, octubre de 2006.
- Esa ley instauró, además de los
tribunales judiciales ya existentes, tribunales islámicos encargados de aplicar
la sharia [ley coránica] para ciertos actos definidos como delitos: adulterio,
consumo de alcohol y robo, que podían ser sancionados con castigos físicos,
como azotes, amputaciones o lapidaciones. Según esa ley, una mujer que fuera
víctima de una violación y no pudiera probarlo, podría ser acusada de
adulterio.
- Hassan Abbas, Pakistan's Drift into Extremism. Allah, the Army, and America's War on
Terror, M. E.
Sharpe, Armonk, Nueva York, 2004.
- Ambas partes se comprometen a no
llegar a compromisos con el régimen militar y, en caso de volver al poder, a
anular los cambios constitucionales introducidos por el general Musharraf en
beneficio de la función presidencial, y también a disolver el Consejo Nacional
de Seguridad, órgano de supervisión del que participan los jefes militares
junto a las más altas autoridades civiles.
- William Dalrymple, "Viaje al
interior de las madrasas paquistaníes", Le
Monde diplomatique,
edición Cono sur, marzo de 2006.
- Banco Mundial, Pakistan Country Overview, 2006.
Cronología
15 de agosto de 1947. Pakistán, Estado independiente, es dividido en dos regiones separadas por 1.700 km: Pakistán Oriental y Pakistán Occidental.
26 de octubre de 1947 - 1 de enero de 1949. Primera guerra de Cachemira entre India y Pakistán. Se adopta una línea de demarcación temporaria, denominada Línea de Control o LOC (Line of Control).
23 de marzo de 1956. Pakistán se convierte en una república islámica.
1965-1966. Segunda guerra de Cachemira entre India y Pakistán.
Marzo a diciembre de 1971. Apoyado por India, Pakistán Oriental declara su independencia bajo el nombre de Bangladesh. Es la tercera guerra indo-paquistaní.
1977. El general Mohammad Zia ul-Haq derroca al primer ministro Zulfikar Ali Bhutto.
1988. Tras la muerte del general Zia
ul-Haq, Benazir Bhutto se convierte en
Primer Ministro; será depuesta y reemplazada por Nawaz Sharif en 1990 y recuperará su puesto en 1993, para ser derrocada nuevamente en 1996.
1998. Luego de India, Pakistán procede a realizar una serie de tests nucleares en Baluchistán.
Verano boreal de 1999. Nuevo conflicto con India por Cachemira (“guerra de Kargil”).
12 de octubre de 1999. Golpe de Estado militar del general Pervez Musharraf, jefe del Estado Mayor del Ejército. Se proclama presidente en junio de 2001.
Febrero de 2002. Visita oficial del general Musharraf a Washington.
2003. En noviembre, Pakistán anuncia
un alto-el-fuego unilateral sobre la Línea de Control (LOC), inmediatamente aceptado por India. En diciembre, el general Musharraf es objeto de dos intentos de asesinato.
Abril de 2005. Se inaugura una línea de autobuses entre las dos partes de Cachemira.
Octubre de 2005. Un terremoto en Azad cachemira provoca cerca de 75.000 muertes.
Agosto de 2006. Violentas manifestaciones en Baluchistán.
Octubre de 2006. Se renuevan las discusiones con India sobre Cachemira.
|
|