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Necesaria alianza con Rusia

Bajo la influencia de sus nuevos miembros, la Unión Europea, aunque con altibajos, persiste en tratar a Rusia como a la Unión Soviética. Sin embargo, la historia, la geografía y los intereses comunes deberían llevar a los dos gigantes continentales a pactar una “buena alianza”, como decía Charles De Gaulle. La cuestión energética, esencial dentro de ese marco, engloba todas las ambigüedades de esta relación.

La cumbre entre la Unión Europea (UE) y Rusia, que se realizó en noviembre pasado en Helsinki, fue un fracaso anunciado, pero tuvo el mérito de obligar a las partes a redefinir sus relaciones, que habían comenzado a degradarse hacia fines de 2003, cuando se llevó a cabo la ampliación de la UE con diez nuevos asociados, sin que se hubieran resuelto una serie de problemas que estaban, sin embargo, identificados desde 1999. Los textos de los comunicados comunes, laboriosamente redactados, permitieron salvar las apariencias; pero en esta ocasión, aunque la UE está obsesionada por el miedo de "dejar que Putin la divida", la causa del fracaso está en su propio seno.

En apenas poco más de un mes, sin que el presidente Vladimir Putin moviera un dedo, los 25 expusieron su división en dos ocasiones: en Lahti (Finlandia), el 20 de octubre, durante una cena con los representantes de Moscú; y luego en Helsinki, el 24 de noviembre, durante la cumbre entre la UE y Rusia, cuando el veto polaco bloqueó las negociaciones para la renovación del Acuerdo de Cooperación y Asociación (ACP, según su sigla en francés) que vence en enero de 2007.

El ACP se firmó en 1994, pero entró en vigencia sólo en 1997 debido a la guerra de Chechenia. Se trata de un texto ambicioso: proyecta un acercamiento entre las normas rusas y europeas en los ámbitos económico, financiero y judicial, con el objetivo de crear una zona de libre cambio. Su implementación se vio frenada por la situación económica de Rusia, la pesadez de los procedimientos, la falta de coordinación entre los expertos y actores políticos, los sobresaltos internos rusos (Chechenia, la corrupción, las violaciones de los derechos humanos, el papel del Estado en la economía), y fundamentalmente por una desconfianza persistente a pesar de las buenas relaciones que ha entablado Putin con los dirigentes franceses y alemanes.

El texto original fue revisado varias veces, especialmente en 1999, cuando la UE, en su "Estrategia Común", quiso ampliar la cooperación al ámbito político, a la consolidación de la democracia, a la seguridad nuclear y a la lucha contra el crimen, iniciando así un período de enfriamiento que se prolongó hasta la visita de Putin a Bruselas, en octubre de 2001.

La de San Petersburgo, en mayo de 2003, fue la cumbre de la euforia. Los Quince reconocieron entonces la dimensión europea de Rusia -aun cuando Rusia no tenga intenciones de entrar a la Unión- y le otorgaron el estatus de economía de mercado, una etapa esencial para poder adherir a la Organización Mundial del Comercio (OMC). La cooperación se amplió a cuatro "pilares": relaciones económicas; justicia e interior; cultura y educación, y seguridad externa. Moscú obtuvo el derecho a tener voz en los asuntos europeos cuando se discuten sus intereses, mediante la creación del Consejo Permanente de la Asociación UE-Rusia.

Un viejo malentendido

El clima cambió a fines de 2003, cuando el Comisario europeo para las relaciones exteriores, Christ Patten, encargado de preparar un texto para discutir entre los 25 miembros presentes y futuros de la Unión, puso el acento en las divergencias con Moscú, especialmente en materia de derechos humanos. Recomendó una intensificación de las relaciones con los países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) y vinculó la adhesión de Rusia a la OMC con la reforma del sector energético. Indignado, el Kremlin decidió utilizar el único instrumento de presión con que cuenta, el ACP, amenazando con no aceptar su extensión a los nuevos miembros.

Una vez más, hubo que esperar hasta el último momento para desbloquear la situación. El 27 de abril de 2004, el Consejo Permanente reunido en Luxemburgo aprobó dos documentos: un protocolo que extendía el ACP a los 10 nuevos miembros, y un compromiso de la UE de relanzar las negociaciones comerciales, interesarse más en la suerte de las minorías de habla rusa de los países bálticos 1, flexibilizar el régimen de visas y simplificar el tránsito hacia el enclave ruso de Kaliningrado. Pero diez días después de la ampliación a 25 miembros, en mayo de 2004, la UE aprobó su política de "nueva vecindad", que los rusos interpretaron como una intervención no amistosa en su entorno cercano. A pesar del gesto de Putin, que el 5 de noviembre de 2004 ratificó el Protocolo de Kyoto, las tensiones persistieron.

El malentendido se remonta al final de la Guerra Fría y al derrumbe de la Unión Soviética. Los rusos consideraron en ese momento que ellos mismos se habían liberado de un sistema opresor. Adhirieron al dúo "economía de mercado y democracia" sin hacerse demasiadas preguntas, porque les parecía realista, y sobre todo porque era la antítesis del sistema rechazado en 1991. Además, no se consideraban vencidos. Su alto nivel de educación y un sentido nacional de supervivencia permitieron liberar una energía inesperada. Su objetivo no era adoptar el modelo occidental sino adaptarlo. Por otra parte ese modelo sería rápidamente cuestionado, incluso entre los conversos de la primera hora.

Paradójicamente, este cuestionamiento ya no estuvo fundado en la ignorancia y la propaganda, como durante el período soviético, sino en un mejor conocimiento del mundo. Con el correr del tiempo, el peso de los estereotipos se hizo más fuerte. Para los rusos, la UE es un gigante económico pero un enano político. Para los europeos, Rusia es una potencia regional que se sigue creyendo una gran potencia mundial.

La cooperación también se vio perjudicada por la rotación de los funcionarios europeos encargados de los asuntos rusos y euroasiáticos, así como por el déficit de especialistas rusos en las instituciones europeas. Moscú sigue sin tener un equivalente europeo de su Instituto para Canadá y Estados Unidos, y no cuenta con generaciones de especialistas conocedores del Viejo Continente, como los hay para Asia y Medio Oriente. En Bruselas, los únicos interlocutores rusos considerados creíbles son los opositores; y los comisarios tienden a confiar en sus expertos nacionales, lo que refuerza la visión bilateral en detrimento de la multilateral.

Por otra parte, traumatizados por su experiencia soviético-comunista y con la fe de los conversos, los nuevos miembros de la UE ocuparon los comités relativos a la ex URSS con el objetivo de convencer a la "Vieja Europa" de su ingenuidad. Se convirtieron en paladines de países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) como Ucrania y Georgia. Ante esta "nueva Europa", que trataba de anclar a la Unión en el pasado, la "Vieja Europa" se mostró pusilánime, incapaz de explicar que la reconciliación franco-alemana, que permitió su fundación en Occidente, debería poder aplicarse a Rusia.

La llegada de nuevos miembros también fortaleció el vínculo transatlántico: para Polonia, como para los países bálticos, sólo Estados Unidos es capaz de protegerlos de las "amenazas" que vienen del Este. La búsqueda de una política exterior común y del consenso frena un acercamiento a Rusia, aun cuando algunos países -como Francia, Alemania y Bélgica- estuvieron cerca de Moscú durante la crisis de Irak de 2003, o compartieron su rechazo de un "choque de civilizaciones".

Pero si Europa quiere desempeñar el papel a que aspira en el mundo de mañana, dominado por China y Estados Unidos 2, se torna indispensable alguna forma de cooperación con el bloque Rusia-CEI. En lugar de eso, todo lo que molesta a Rusia parece bueno para Europa y viceversa. También se olvida que en materia energética la UE y Estados Unidos se relacionan, como rivales, con los mismos países poco democráticos del Cáucaso y Asia Central. Y son incontables las conferencias, seminarios y otras mesas redondas en que oradores estadounidenses vienen a predicar a Bruselas la importancia del "vínculo transatlántico" para la seguridad energética de Europa.

La cuestión energética

Ante esta ofensiva, los rusos son, como muchas otras veces, su mejor enemigo. Malos comunicadores, mezclan la arrogancia con una buena dosis de desorganización y de fascinación por las teorías conspirativas.

La cooperación energética integra todas las ambigüedades de la relación entre Moscú y Bruselas. Para la UE, la seguridad energética significa la garantía de su aprovisionamiento; por lo tanto, insiste en la apertura del mercado ruso a sus inversores como seguro de una producción máxima y a bajo precio. Para Rusia la seguridad energética significa la garantía de sus exportaciones a mejor precio. Moscú no excluye las inversiones extranjeras, pero considera que el sector es demasiado importante como para dejarlo librado exclusivamente a las leyes del mercado. Quiere preservar sus reservas y participar en toda la cadena, incluso en la distribución en Europa, donde se obtienen los beneficios más sustanciales.

Esta cuestión fue muy rápidamente politizada, e incluso militarizada. La idea de que un país pueda instaurar un control estatal sobre la energía era muy mal vista por los apóstoles de la libre empresa, sobre todo porque había un riesgo de contagio. Kazajstán y Azerbaiján ya hablan de revisar los contratos firmados en la época en que la ausencia del Estado y la inexperiencia de los actores locales concedieron ventajas demasiado grandes a los inversores extranjeros.

Los europeos tomaron conciencia de su vulnerabilidad energética sobre todo en ocasión de la crisis ruso-ucraniana, que les pareció un castigo a un país prooccidental 3. Decidieron entonces fortalecer la ayuda a los nuevos vecinos, demasiado sensibles a las presiones de Moscú. A fines de noviembre, la comisaria para las Relaciones Exteriores, Benita Ferrero-Waldner, anunció la creación de un fondo de 1.000 millones de euros para promover las reformas democráticas y desarrollar la infraestructura energética en el "círculo de amigos", en las fronteras de la UE, incluida la CEI.

En el plano militar, ya habíamos asistido en 1999 a un principio de militarización del Mar Caspio, en ese momento para proteger los pozos petroleros de Azerbaiján. Luego, en el contexto de la guerra contra el terrorismo, hubo que defender los oleoductos del Cáucaso. Finalmente, se trataría de comprometer a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que está precisamente en busca de nuevas misiones. Durante una conferencia organizada por el German Marshall Fund en ocasión de la cumbre de la OTAN en Riga, en noviembre de 2006, el senador estadounidense Richard Lugar exhortó a la OTAN a extender el artículo 5 a la seguridad energética 4. Rusia, afirmó, es una preocupación importante porque puede paralizar las economías "sin disparar un solo tiro" 5. El Financial Times publicó el 14 de diciembre pasado un informe secreto de los expertos en economía de la OTAN, que recomendaba estar atentos ante las supuestas intenciones de Moscú de formar una OPEP del gas.

En lugar de cuestionar las decisiones tomadas durante los años '90, los europeos parecen inclinados a cultivar los mitos. Resulta de buen tono, por ejemplo, considerar que el reinado de Putin es sólo un paréntesis y que basta esperar a su sucesor para relanzar la asociación. Sin embargo, todo indica que, aunque los métodos pueden cambiar, la orientación general persistirá. Los rusos tienen cada vez más el sentimiento de que la evolución del mundo juega a su favor, especialmente con la emergencia de China e India.

Otro mito está referido a las ex Repúblicas de la URSS, a las que bastaría arrancar de la órbita de Moscú para que la democracia y el mercado pudieran florecer. Pero todos los fondos suplementarios no podrán nada contra la pesadez de los procedimientos europeos y el condicionamiento puesto a las ayudas (progreso de las reformas políticas y económicas), que le dejan el campo libre a Rusia. En efecto, ésta tiene la ventaja de ser un socio conocido, e indispensable en la medida en que los europeos no aceptan a los millones de trabajadores migrantes de esas ex Repúblicas, y no compran sus productos. Cuanto más se desarrollan, menos pueden los países de la CEI dejar de tener en cuenta la relación con Rusia, que no los obliga a elegir entre Moscú y Occidente.

Finalmente, en Bruselas se pone el acento en el hecho de que Moscú tiene tanta necesidad de capitales europeos como la UE de su gas. Lo cual significa olvidar que Rusia no está dispuesta a someter la energía exclusivamente a las leyes del mercado y que existe una diferencia entre los países consumidores y un país productor muy cortejado, incluso por una potencia como China, dispuesta a pagar un importante precio para garantizar su futuro energético. Por otra parte, algunos economistas occidentales consideran que Rusia tiene ahora los medios como para utilizar a firmas occidentales como subcontratistas 6.

Evidentemente, la UE tiene capacidad para debilitar a Rusia, pero la cuestión es saber si en el mundo de mañana -que estará marcado por la potencia estadounidense y la emergencia de China- la asociación con Moscú no es una de las cartas que la Unión podría jugar.

  1. Sin embargo, la Unión aceptó que 650.000 "no ciudadanos" se vieran impedidos de expresarse en el referéndum sobre la adhesión de su país.
  2. Roger Cohen, "The new bipolar world- China vs America", Herald Tribune, París, 22-11-06.
  3. Vicken Cheterian, "La ‘revolution orange' perd ses couleurs", Le Monde diplomatique, París, septiembre de 2006.
  4. El artículo 5 prevé que un ataque contra un miembro de la OTAN es un ataque contra todos.
  5. Eurasia Daily Monitor, Washington, Vol. 3, N° 222, 1-12-06.
  6. Marshall I. Godlman, "Behold the new energy superpower", Herald Tribune, París, 12-10-06.
Autor/es Nina Bachkatov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 91 - Enero 2007
Páginas:28,29
Traducción Lucía Vera
Temas Unión Europea, Política internacional
Países Rusia