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¿Quiénes son los insurgentes iraquíes?

Mientras se incrementa la tensión entre Irán y Estados Unidos y el precio del barril de petróleo alcanza records, Irak se hunde en una guerra de dos dimensiones: civil y contra el ocupante estadounidense. La oposición armada sunnita consolida su unidad, con la esperanza de superar las diferencias entre resistentes nacionales y combatientes musulmanes y árabes que Washington se propone explotar en su provecho.

Las categorías que suelen utilizarse para describir a la oposición armada iraquí evocan una constelación de actores aparentemente desconectados entre sí: ex-oficiales de inspiración patriótica, terroristas extranjeros, criminales cínicos, árabes sunnitas decididos a recuperar los privilegios de un poder que les habría sido concedido desde hace siglos, musulmanes reacios a toda presencia extranjera, iraquíes simplemente hartos de la ocupación (los POI o "Pissed-off Iraqis", según la jerga militar de la coalición), facciones tribales que operan con una lógica de venganza, baasistas incorregibles, etc.

Las pocas figuras clave que emergen, particularmente el jordano Abu Musab Al-Zarqawi y el ex-satélite de Saddam Hussein, Izzat Ibrahim al-Duri, no aparecen en absoluto como líderes indiscutidos. Dado que la oposición armada no organizó ninguna representación política, como ocurrió con el Sinn Fein en Irlanda del Norte, ni dio a conocer ningún programa político preciso, lo que predomina es la imagen de una multitud dispersa, difusa y mayormente anónima. Sin embargo, si bien esa visión podía parecer pertinente en 2003, no hay que subestimar el camino recorrido desde entonces.

De manera general, la evolución de la oposición armada se puede resumir como un proceso de "decantación". Su composición, que reflejaba al principio una movilización relativamente transversal, es decir, multiconfesional, se ha vuelto casi exclusivamente árabe sunnita, a medida que el proceso político se fue polarizando. El panorama se simplificó además con la estabilización y el despliegue de algunos grandes grupos, relativamente fáciles de enumerar: el Ejército islámico; la Organización Al-Qaeda en el País de los dos ríos; el Ejército de seguidores de la tradición del profeta; el Ejército de Mahoma 1, etc. Esos grupos tienden a repartirse un territorio cada vez más estructurado, con la excepción de ciertas zonas, como la gobernación de Diyala, donde perdura la confusión.

En cambio, en la gobernación de Al-Anbar, responsables humanitarios iraquíes disponen actualmente de interlocutores con quienes tratar de manera casi institucional para obtener salvoconductos. Igualmente, los choferes de camiones pagan, según un sistema establecido, un "seguro" que les permite cruzar la región, con la condición de que las mercancías que transportan no estén destinadas al enemigo.

Una retórica común

Cada uno de esos grupos dispone de una verdadera "marca identitaria", que cultivan a través de sofisticados medios de comunicación que difunden producciones escritas o audiovisuales, identificables por su estética gráfica, por su presentación estandarizada o por sus logos. Todos ellos se muestran extremadamente locuaces al momento de justificar su existencia, explicar su interpretación del conflicto, hablar de su eficacia militar o dar consejos tácticos.

El análisis de esos discursos revela otra forma de decantación: las exageraciones, las contradicciones, las ambigüedades y las polémicas que los caracterizaron durante mucho tiempo, dejaron lugar a expresiones sorprendentemente uniformes. Durante 2005, todos los grupos convergieron en torno de una retórica que combina argumentos patrióticos y fundamentos religiosos de inspiración salafista, es decir, sunnita. Los debates -al principio muy agitados- sobre la legitimidad de la guerra santa en general y de ciertos métodos en particular, se resolvieron a favor de un consenso, posiblemente superficial pero unánimemente respetado. Por ejemplo, ya nadie reivindica abiertamente los actos de decapitación, y menos aun los filma, como ocurría hace apenas un año 2.

Naturalmente, subsisten divergencias que crean tensiones. Varias fuentes (responsables humanitarios, periodistas locales y simpatizantes árabes) que entraron en contacto con combatientes iraquíes, informaron de una gran cantidad de críticas formuladas en privado contra Zarqawi, al que se responsabiliza de numerosos asesinatos de tipo confesional (es decir, anti-chiitas). Ciertos grupos reivindican únicamente los ataques contra la coalición, mostrando un tácito desacuerdo respecto de operaciones contra civiles, e incluso contra el aparato represivo iraquí. Una serie de incidentes que los marines registraron en los últimos meses en la gobernación de Al-Anbar (combates que no implicaron ninguna de sus unidades; yihadistas extranjeros asesinados; esfuerzo por parte de las tribus para reafirmar su autoridad en los territorios que ocupan), los convencieron de la existencia de una "creciente brecha" entre los adversarios de extracción iraquí y grupos claramente exógenos, motivada por un programa opuesto a los intereses de los primeros. Esa percepción fundamenta una estrategia estadounidense de contrainsurgencia dirigida a aislar y destruir a los yihadistas, considerados irreductibles, y que negocia simultáneamente la absorción de los otros por medio de una ampliación del proceso político.

A pesar de que diversas señales muestran la existencia de tensiones internas potencialmente centrífugas, prevalecen las fuerzas centrípetas. Las fricciones a nivel local no impiden un alto grado de cohesión en un plano más global. Así, el conjunto de los grupos parece suscribir a una estrategia clara y aparentemente unánime. En materia de discurso oficial, ninguno traicionó el principio de unidad, aunque sea de fachada, haciendo públicas recriminaciones respecto de los otros grupos. Todos coinciden en decir que la formulación de un programa político sería un acto prematuro susceptible de sembrar la discordia.

El enemigo interno

En lo que hace a las operaciones militares, a pesar de prioridades a veces divergentes, todos inscriben su acción en el marco de una misma doctrina informal, surgida de un debate y una reflexión colectiva, en reacción a la segunda batalla de Fallujah, en noviembre de 2004 3: se trata -teniendo en cuenta la futilidad de cualquier defensa estática frente a la supremacía estadounidense- de volver a desplegarse permanentemente en las zonas vacías que generan las discontinuidades del dispositivo coalición/fuerzas armadas iraquíes, evitando, gracias a esa fluidez, todo progreso duradero y acumulativo en términos de reconstrucción. Así, el trinomio "repliegue, redistribución, saqueo" opone una respuesta temible al mantra "limpiar, mantener, reconstruir", estrategia concebida por la administración estadounidense 4.

Las dinámicas de guerra civil y de "guerra sucia" favorecen la unidad en el seno de la oposición armada. La percepción de un enemigo que sería fundamentalmente interno, encarnado por un gobierno catalogado de chiita, confesional, adosado y sometido a Irán, la incita a mantenerse unida. La documentación detallada de los crímenes atribuidos a las milicias chiitas ocupa actualmente un lugar central en la tarea de propaganda de los diferentes grupos. En los últimos meses, varios de esos grupos colocaron ciertas unidades iraquíes a la cabeza de sus prioridades. Algunos anuncian incluso la organización de comandos dedicados exclusivamente a la lucha contra el enemigo interno.

El espectro de la guerra civil es oficialmente adjudicado a las puestas en escena y a los métodos perversos de un gobierno dispuesto a todo para alcanzar sus fines, a riesgo de cometer un genocidio, en cuanto disponga de los medios para ello. Así, la destrucción con explosivos, en febrero de 2006, del mausoleo chiita de Samarra contribuyó a estrechar lazos en el seno de la oposición armada. Lejos de debilitar a Zarqawi, eterno sospechoso en ese tipo de acciones, el drama fue un buen medio para blanquearlo. Todos los grandes grupos acusaron de la operación a Irán y a sus aliados locales. Todos abundaron en "reportajes" sobre las represalias desencadenadas contra los árabes sunnitas, subrayando el cinismo del adversario, dispuesto a atentar contra sus propios santuarios en su búsqueda de pretextos para atacar. Según varias investigaciones informales, una operación de ese tipo, realizada mientras regía el toque de queda por individuos que vestían uniformes de comando y en una ciudad en manos de las fuerzas chiitas, sólo podía ser obra de milicias enemigas. Algunos hicieron notar que Zarqawi, que controló esa ciudad durante mucho tiempo, hasta fines de 2005, hubiera podido demoler fácilmente el mausoleo unos meses antes.

Iraquización de Al-Qaeda

La sola supervivencia de un grupo como la Organización Al-Qaeda en el País de los dos ríos (Tandhim al-Qa'ida fi Bilad al-Rafidayn) atestigua la índole compleja y heterogénea de la oposición armada. La idea difundida según la cual Al-Qaeda sería un cuerpo claramente exógeno, compuesto por voluntarios extranjeros que obedecen a una jerarquía alejada de lo que ocurre sobre el terreno, es una ilusión ingenua. Sin duda, la organización dio muestras de una innegable capacidad para canalizar los recursos financieros y humanos de las redes transnacionales del yihadismo. Pero no podría operar en Irak sin una sólida implantación local. Mantener el flujo de candidatos al martirio, por ejemplo, implica una logística cuyos actores son probablemente en su mayoría iraquíes (transporte de voluntarios, fabricación de explosivos, trabajo de información y planificación táctica, etc.). La imagen controvertida de la organización y la concentración de los recursos estadounidenses en la persecución de sus miembros la hacen particularmente vulnerable a la infiltración y a la delación, lo que aumenta la importancia de su aceptación -al menos pasiva y relativa- en el medio en que se mueve. En el panorama polarizado que implica una supuesta oposición visceral entre "terrorismo" y "lucha de liberación nacional", Tandhim al-Qa'ida ya habría desaparecido.

Su capacidad para sobreponerse a los golpes se explica por la dimensión política de la oposición armada, dimensión que pocas veces se tiene en cuenta a causa de su carácter oscuro y tácito. Los grandes grupos también están inmersos en un juego eminentemente político, que obliga a ajustes ideológicos y prácticos según el estado de las relaciones de fuerza internas, de la evolución de los recursos disponibles, etc. Al respecto, la trayectoria de la Tandhim es un buen ejemplo. En efecto, la organización registró una mutación que la transformó en un fenómeno profundamente iraquí. Esa metamorfosis obedece en parte a una opción táctica, destinada a asegurar la supervivencia del grupo por medio de una "iraquización" de su imagen.

Zarqawi, su muy controvertido líder jordano, fue retirándose poco a poco del primer plano, dejando lugar a un portavoz oficial de nombre iraquí, Abu Maysara al-Iraqi. Un dato revelador: en árabe, este nombre evoca la noción de facilidad, de confort, en oposición a las connotaciones de dificultad que poseía el seudónimo Abu Musab Al-Zarqawi. El comando de las operaciones militares reivindicadas por la Tandhim también fue confiado a una personalidad iraquí. Por último, en enero de 2006, el grupo se sumó a un Consejo de concertación, que reúne otras agrupaciones consideradas de extracción local. Además, el Consejo eligió como emir al sheik iraquí Abdallah al-Janabi, héroe del segundo sitio de Fallujah.

Pero la "iraquización" de la organización se debe también a la considerable presión ejercida por las fuerzas de la coalición: la focalización sobre ella de los medios militares y de informaciones estadounidenses llevó a la detención o a la muerte en combate de una importante cantidad de sus miembros eminentes, en particular de los extranjeros. Un organigrama publicado a fines de 2005 por la Nefa Foundation 5 muestra que una proporción notable de comandantes lleva nombres iraquíes (Al-Muslawi, Al-Hiti, Al-Baghdadi, etc.). Según fuentes iraquíes, la casi total desaparición de la generación compuesta por los "árabes afganos", combatientes que habían pasado la experiencia de la guerra santa en Afganistán y que formaban inicialmente la elite dirigente de la Tandhim, habría precipitado el ascenso en la estructura de la organización de una nueva generación, que estaría compuesta por una mezcla de jóvenes iraquíes fervientes y de truhanes oportunistas, mucho más imprevisibles y violentos que sus predecesores. Irónicamente, la obsesión estadounidense respecto de Al-Qaeda en Irak fue el catalizador que llevó a su iraquización y permitió su arraigo local. La capacidad de la Tandhim para compensar pérdidas aparentemente importantes reclutando en su entorno inmediato ilustra el "éxito" de su conversión.

Polo de irradiación

En síntesis, la Organización Al-Qaeda en el País de los dos ríos lleva un nombre engañoso. Sólo tiene una lejana relación con Al-Qaeda, la red responsable de los atentados del 11 de septiembre. Es cierto que se utiliza la figura de Osama Ben Laden, pero sólo como un ícono. No se lo consulta sobre sus opiniones religiosas ni se le solicitan consejos prácticos y él mismo cuida que sus discursos hablen sólo de generalidades. Incluso, las orientaciones que Zarqawi da a la guerra santa en Irak son una desmentida pública de algunas de las más firmes posiciones que defiende Ben Laden. En primer lugar, la prioridad que Zarqawi da al "enemigo interior" se opone a la preeminencia del?"enemigo exterior" a los ojos de Ben Laden. Además, para este último, los chiitas pertenecen a la oumma musulmana y, como tales, no corresponde atacarlos.

No hay que interpretar la guerra de Irak como un combate residual, destinado a completar la desorganización, sin dudas real, de la Al-Qaeda original. Se trata de un verdadero conflicto, un polo de atracción que desvía de otros frentes -como Afganistán, Chechenia o Palestina- los recursos y la atención de los combatientes yihadistas de todo el mundo 6. Es también un polo de irradiación, desde el cual las técnicas y los discursos movilizadores se proyectan sobre otros conflictos. Es sintomático que las innovaciones tácticas, en particular los atentados suicidas, pasen de las planicies iraquíes a las montañas afganas y no a la inversa.

En el fondo, la caracterización estadounidense del enemigo deja de lado un hecho esencial: la articulación en Irak de las redes yihadistas y los recursos locales es lo suficientemente flexible como para haber sobrevivido a una campaña contra-insurreccional que apuntaba a sacar provecho de un supuesto desacuerdo. Es inquietante que las perspectivas de guerra civil (que habrían podido provocar que los combatientes iraquíes rechazaran a sus pares extranjeros, acusados regularmente de echar leña al fuego) sólo refuerzan la unidad táctica de la oposición armada. Ésta última está profundamente anclada en las líneas de fractura de la sociedad iraquí, cuya exacerbación es una consecuencia de la política estadounidense.

  1. Se puede consultar una lista detallada en el informe del International Crisis Group, "In Their Own Words: Reading the Iraqi Insurgency", Middle East Report, N° 50, Bruselas, 15-2-06.
  2. David Baran y Mathieu Guidère, "Sonido e imagen de la oposición iraquí", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2005.
  3. David Baran, "La devastación de Fallujah", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2004.
  4. National Security Council. "National Strategy for Victory in Iraq", Washington, noviembre de 2005.
  5. www.nefafoundation.org/miscellaneous/zarqawichart1005.pdf
  6. Thomas Hegghammer, "Global Jihadism After the Iraq War", Middle East Journal, vol. 60, N° 1, Washington, invierno de 2006.
Autor/es Mathieu Guidère, Peter Harling
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Política, Sectas y Comunidades
Países Estados Unidos, Irak, Irán