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Occidente contra occidente

De la controversia sobre el Tratado Constitucional Europeo al rechazo del Contrato de Primer Empleo (CPE) emerge un debate impostergable. ¿Qué lugar ocupan los seres humanos ante el mercado? ¿Qué valores quiere defender la sociedad? Se trate de la teoría del fin de la historia y las ideologías o la del choque de civilizaciones, se intenta ahogar ese debate vital. Pero el “choque”, si existe, atraviesa al propio Occidente.

La teoría del "choque de civilizaciones" suscitó, con razón, airadas protestas. Si bien esa reacción desenmascaró el menosprecio con que esta teoría trata a las sociedades árabe-musulmanas, no insistió bastante en lo que significa para las mismas sociedades occidentales. En efecto, más allá de su objetivo "externo" (justificar la política imperial de George W. Bush y mancomunar la mayor cantidad de Estados y fuerzas a su alrededor), la función última de esta teoría es sofocar mediante una falsa oposición los conflictos sociales e ideológicos que siempre han atravesado Occidente.

Hace décadas que el pensamiento dominante y los filósofos de referencia intentan negar estas divergencias esenciales: proclamación del fin de las ideologías y de la historia, negación de la división de la sociedad en clases, etc. Muy en boga a partir de los años '70, la "crítica del totalitarismo", deformación del pensamiento de Hannah Arendt, contribuyó a esta empresa de ocultamiento. Al igualar nazismo y comunismo en nombre de un análisis instrumental de la dictadura, esa corriente de pensamiento encubre la diferencia de naturaleza entre uno y otro (el nazismo como realización de un proyecto liberticida; el "comunismo real" como perversión del ideal democrático y las luchas populares). Atenazada entre ambos, la reflexión sobre la emancipación social y política sale muy debilitada. A partir de los años '80, en nombre de un supuesto "realismo" económico, el triunfo del liberalismo perfecciona la despolitización de la sociedad, sustituyendo la cuestión social por la dictadura de los "hechos" (administrar y ya no soñar, "mundializar" sin hacer política...).

Esta forzada unificación de conciencias encuentra relevos eficaces en las organizaciones internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.). La Unión Europea, tal como se viene elaborando desde hace 50 años, forma parte de ese sistema. Las diferencias políticas y sociales deben borrarse en nombre de los imperativos "ordenados" por su construcción. En cuanto se evoca a Europa, las oposiciones ideológicas tienen que desaparecer. Así, los partidos de izquierda, y a menudo los sindicatos, se convirtieron en maestros en el arte del vuelco: por ejemplo, no ven contradicción entre el apoyo al Tratado Constitucional que dieron la mayoría de ellos y su confrontación radical con el Contrato de Primer Empleo (CPE) 1.

Aquí el imperativo europeo entra en sintonía con la teoría del "choque de civilizaciones". En efecto, al constituirse como un subespacio mimético de la mundialización liberal, la Unión acredita al mismo tiempo la idea de un "Occidente" coherente, susceptible de oponerse en bloque al resto del planeta. De este modo desconoce, según Régis Debray, su historia y sus propios valores; es "sonámbula": "Estados Unidos ni siquiera tiene necesidad de constituirse en dominador. Para nosotros pasó a ser irrefutable, es decir, lo internalizamos. Actualmente decimos sin pensar: ‘los occidentales'. Alérgico a sus propias complejidades, el dominado piensa según las especificaciones del dominante mediante imágenes y lemas (Estado de derecho, Democracia, Libertad). Lo que hace creíble este western es una crisis general de la transmisión europea: crisis de la escuela, del material impreso, del espectáculo, de todas las ramificaciones de la memoria" 2.

Occidente siempre estuvo atravesado por contradicciones y conflictos, y cada triunfo (derechos humanos, derechos sociales, emancipación de la mujer) se consiguió al precio de arduos combates, uno de cuyos principales motores fue la oposición del movimiento obrero a la violencia económica. En cada período de su historia, las sociedades occidentales son el resultado de esas relaciones de fuerzas. Ahora bien, en el último cuarto del siglo XX se intentó borrar estas confrontaciones, cuestionando así cualquier ideal de progreso. Por otra parte, en los medios de comunicación y los círculos del poder se impuso una escuela histórica "cultural-política" (François Furet) contra la historia social (Michel Vovelle). Más recientemente, lo mismo que la crítica del totalitarismo, una particular visión de la "fractura colonial" tiende a globalizar las sociedades occidentales y a ocultar las oposiciones al colonialismo, aportando así un inesperado apoyo al choque de civilizaciones.

 Resurgimiento del debate

 Jean Jaurès lo resumía felizmente: "La verdad está en la contradicción; quienes afirman una tesis sin oponerle la tesis inversa, se equivocan, son juguetes de una lógica estrecha, ilusoria" 3. El rechazo del "disenso" (por oposición al consenso) sobre el contenido que una sociedad da a la idea de civilización, termina siempre por convertirse en totalitario. La crisis de la democracia no es más que la manifestación de ese intento liberticida de imponer la ideología liberal a escala planetaria. Es el aspecto "antipolítico" de la mundialización.

Pero la protesta contra la violencia económica y el debate político resurgen en "Occidente" casi como un imperativo vital. El retorno de esta fundamental confrontación constituye en sí mismo un acontecimiento. De la controversia sobre el Tratado Constitucional Europeo a la oposición en Francia al Contrato de Primer Empleo (CPE), es evidente que se ha perdido el consenso sobre el lugar que ocupa el ser humano en la jerarquía de valores. En ambos casos, los poderes establecidos -y las fuerzas intelectuales y sociales que los sostienen- intentaron imponer la supremacía de los principios comerciales y la "eficacia económica" por sobre las personas y sus derechos fundamentales. Por otra parte, el voto del 29 de mayo de 2005 contra el Tratado Constitucional de la Unión Europea actuó como una liberación que autoriza a los individuos a reanudar la protesta social, incluso con la radical afirmación de valores opuestos a los del sistema dominante. Lo demostraría la amplitud de la oposición al CPE. Así pues, el "choque" de civilizaciones no reside allí donde lo colocan los aduladores de George W. Bush. Si realmente existe, atraviesa a Occidente mismo.

El período que se abre parece eminentemente político e ideológico, en el sentido más noble de estos términos: emerge una discusión a propósito de los valores que regulan la sociedad y su respeto. En efecto, los logros del pensamiento del Siglo de las Luces sobre cuya reafirmación se construyó el orden internacional después de 1945, fueron objeto de ataques frontales durante varias décadas, sin suscitar reacciones importantes y visibles. Los acontecimientos políticos recientes -en particular la masiva impugnación al CPE- generaron finalmente ese debate. Allí donde la Ilustración afirmaba la libertad fundamental del ser humano que, armado de su razón, construye con sus semejantes un ideal común, se vieron resurgir año tras año dogmas y visiones fatales: "sólo hay una única política económica posible", "el poder público no lo puede todo", "la precariedad es necesaria para que haya empleo", "el Tratado Constitucional Europeo es el mejor tratado posible", etc. Colectividades confiadas en la capacidad humana para controlar su destino fueron reemplazadas gradualmente por sociedades gobernadas por el miedo: miedo al terrorismo, miedo a las enfermedades, miedo a los extranjeros...

Las oposiciones de principios, que emergen de la actualidad europea y social, cobran su cabal dimensión al comparar dos textos de referencia: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por Naciones Unidas en 1948, y la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea proclamada en diciembre de 2001 e incorporada al proyecto de Tratado Constitucional. Por el vocabulario y el espíritu de su Preámbulo, la Declaración de 1948 se revela hija de la Ilustración ("conciencia de la humanidad", "rebelión contra la tiranía"). En cuanto a la Carta Europea, se ubica bajo muy confusos auspicios, típicos de los objetivos iniciales de la construcción europea (Mercado Común) pero también del universo que nació en los años '80: se refiere al mismo tiempo a los "valores universales e indivisibles de dignidad humana, libertad, igualdad y solidaridad" y a la "libre circulación de personas, servicios, mercancías y capitales". Inédita consagración de los valores de mercado, esta segunda referencia es la señal política de una nueva jerarquía de valores que autoriza un cuestionamiento radical de los derechos sociales y del derecho laboral, ilustrados por el CPE.

 Utilitarismo vs. humanismo

 El "dogmatismo" 4 que ostenta el documento europeo (elevación del liberalismo al rango de ideología oficial) contrasta con la apertura de la Declaración de 1948, inspirada en la Resistencia francesa y redactada cuando nacía la Guerra Fría. El jurista Robert Charvin, que llega a calificar al documento de la ONU de "revolucionario", precisa que "por primera vez en la historia de las relaciones internacionales, se reconocen el derecho a la soberanía nacional y el derecho al trabajo, y se consagra el derecho a la propiedad colectiva en el mismo nivel que el derecho a la propiedad privada [artículo 17]" 5.

La Carta Europea devana el ovillo de la regresión filosófica y jurídica. En particular descompone los derechos en categorías (dignidad, libertades, igualdad, solidaridad, ciudadanía y justicia) y según sus titulares (personas mayores, niños, minusválidos, consumidores...). De esta manera rompe con la universalidad de la condición humana y de los derechos que le son inherentes, universalidad que la Declaración reafirma a partir de su primer artículo: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de conciencia y razón deben comportarse fraternalmente los unos con los otros".

El utilitarismo impregna la Carta, en tanto que la Declaración de la ONU refleja un nítido humanismo. Así pues, cuando se impone la sumisión de la escuela a los imperativos del mercado, la Carta se limita a enunciar un derecho a la educación (artículo II-74) sin definir su filosofía. En cambio, la Declaración (artículo 26) otorga a la educación un papel primordial en la sociedad: debe apuntar al "pleno desarrollo de la personalidad y al refuerzo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales. Debe favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre las naciones y todos los grupos raciales o religiosos" así como a una cultura de paz en el respeto de las misiones asignadas a la Organización de Naciones Unidas. La modestia de la formulación europea podría entenderse si la instrumentalización comercial de los programas educativos no fuera en parte producto de políticas decididas por Bruselas. Por otra parte, la reactividad de la juventud al CPE -mientras que el Contrato de Nuevo Empleo (CNE) entró en vigor sin protestas masivas- tal vez se explique por la saturación experimentada frente a una medida que oscurecía aun más un futuro ya fragilizado por la degradación de la enseñanza.

Guy Braibant, el padre de la Carta, la presenta como "innovadora" porque vincula los derechos políticos con los derechos sociales. Pero así como la revolución de Margaret Thatcher era conservadora o el reformismo de Dominique de Villepin liberal, esta innovación no es más que un retroceso. En la Carta lo social es únicamente una triste guirnalda en un árbol de Navidad sin regalos. Por una parte, también la Declaración reagrupa los derechos sociales y políticos. Por la otra, la Carta es mucho menos exigente que la Declaración de la ONU en su definición. En lo referente a la calidad de vida, el artículo 25 de la Declaración define así una amplia obligación: "Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, en especial el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios (...)". La Carta Europea se limita a plantear un "derecho a acceder a la prevención sanitaria" y a mencionar que dicha protección debe ser "de un nivel elevado" (artículo II-95). Asimismo, la Carta está calcada sobre la definición liberal del trabajo ("derecho de trabajar") cuando la Declaración reconoce el "derecho al trabajo". Teniendo en cuenta los logros de la historia social, la Declaración va incluso más lejos al reclamar una "remuneración equitativa y satisfactoria" que garantice al asalariado y a su familia "una existencia acorde con la dignidad humana" (artículo 23). Si el CPE ilustra la visión europea del trabajo, la Declaración de la ONU legitima su impugnación.

 Una batalla de civilización

 Pierre Lusseau, jurista especializado en la Carta y militante asociativo, diagnostica: "Por primera vez un texto redactado en el seno de un número más reducido de Estados que en el marco de la ONU o del Consejo Europeo donde esos mismos Estados están muy implicados, protege menos los derechos humanos" 6. En la Unión tal como es, la redacción de una Carta sólo podía caer en regresiones. Al querer oficializarlas, el Tratado Constitucional las sacó a la luz. Asimismo, el CPE simbolizó la precarización del trabajo, el desmantelamiento de los derechos sociales y el menosprecio a los asalariados. En la prolongación del 29 de mayo, contribuyó así a relanzar un debate democrático que estaba anestesiado y, a través de él, una batalla de civilización que las fuerzas dominantes consideraban -y querían hacer considerar- como superada.

  1. "La gauche dans son labyrinthe", Le Monde diplomatique, París, marzo de 2005.
  2. Régis Debray, "L'Europe somnambule", Le Monde, París, 1-4-1999.
  3. Idéalisme et matérialisme dans la conception de l'histoire (controverse avec Paul Lafargue), Idées et combats, París, agosto de 1946.
  4. Pascal Lusseau, Constitution européene: les droits de l'homme en danger, Connaissances et savoirs, París, 2005.
  5. Robert Charvin, "Sur la nature révolutionnaire de la Déclaration universelle des droits de l'homme", en          ONU. Droits pour tous ou droits du plus fort ?, CETIM, Ginebra, 2005.
  6. Pascal Lusseau, op. cit.
Autor/es Anne-Cécile Robert
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:23,24
Traducción Teresa Garufi
Temas Política, Movimientos Sociales, Trabajo (Política)
Países Francia