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Recuadros:

El reino de los libros sin calidad

"En el siglo XIX no siempre se admitió que el gran público sólo desea diversión". Así, entre la advertencia y la memoria, el estadounidense André Schiffrin introduce L'édition sans éditeurs (La edición sin editores), pequeña obra incisiva que señala los efectos de la concentración editorial 1. A los mercaderes de una cultura de saldos que eluden su responsabilidad social escudándose en las sacrosantas "leyes del mercado", Schiffrin, fundador de una editorial política a la vez independiente y sin fines de lucro, opone la experiencia de los años treinta en Inglaterra y de la posguerra en Estados Unidos.

Grandes editoriales como Penguin Books o la New American Library aún tenían por política publicar "buenos libros para mucha gente". Por cierto, esas empresas se proponían obtener ganancias y ofrecían gran cantidad de esas "novelas de aeropuerto" que se olvidan con rapidez. Pero un sentido especial de su oficio las llevaba también a publicar, en amplia escala y a bajo precio, la literatura más innovadora y los trabajos de ciencias sociales más agudos. Los libros exigentes no estaban pensados como patrimonio exclusivo de las clases favorecidas, y gozaban de un público amplio, especialmente entre los sectores populares politizados.

En Francia, los años 1960-1970 constituyen una referencia obligada para la edición de ciencias humanas y sociales. Esas disciplinas (historia, sociología, psicoanálisis, etc.) suscitaban entonces verdadero entusiasmo, del que dan prueba los impresionantes éxitos editoriales de las obras de Jean-Paul Sartre, Claude Lévi-Strauss, Fernand Braudel o Pierre Bourdieu, por citar sólo a algunos. En un período de efervescencia científica y política, eminentes intelectuales impusieron su sello en el debate público y contribuyeron al prestigio de la cultura francesa. Sin duda esos grandes árboles ocultaron el bosque de las tiradas más modestas y la proliferación de una mala literatura; pero no por eso el contraste con la vida intelectual y la producción editorial actual es menos estridente.

 Tendencia academicista

 En lo que se refiere a obras que se ocupan del hombre y la sociedad, el cuadro se presenta más bien sombrío 2. Ese estrecho mercado de escaso crecimiento es uno de los sectores más frágiles de la edición francesa, de cuya facturación por otra parte sólo representa una pequeña parte. A pesar del masivo aumento de la población estudiantil (en 1960 era de 300.000 estudiantes, frente a más de dos millones en nuestros días), las ventas no acompañaron dicho crecimiento. Al contrario: en tanto que la cantidad de títulos publicados no deja de aumentar (53.462 en 2005 contra 39.375 en 2000), las tiradas y las ventas promedio (2.501 ejemplares en ciencias humanas y sociales) 3 se dividieron por dos o tres en veinte años.

Hay que matizar esta tendencia general en función de las disciplinas en cuestión, del perfil de la editorial y sobre todo del tipo de obra propuesto (manuales, diccionarios, libros especializados, ensayos de actualidad, etc.). En efecto, si bien las obras de capacitación o divulgación siguen siendo mercados muy lucrativos y garantizan actualmente la mayor parte del volumen de ventas del sector, la difusión de obras de investigación tiene muy serias dificultades. Según François Gèze, que dirige La Découverte, en 1980 una obra de alto nivel podía vender en su primer año unos 2.200 ejemplares, frente a sólo 1.200 en 1988 y apenas 600 en la actualidad.

La evolución misma de la producción intelectual explica parte de esos cambios. En el universo académico, las lógicas de la ciencia llevan a los investigadores a producir trabajos cada vez más especializados que tratan temas muy precisos mediante una escritura más analítica y técnica. De difícil acceso para los no iniciados, las obras de este tipo difícilmente responden a las expectativas de un público más amplio. A menudo los editores lamentan esta tendencia universitaria que conduce a una fuerte parcelación de saberes y al debilitamiento de los enfoques pluridisciplinarios.

Un segundo factor remite a la evolución de las prácticas de lectura. La relación con el libro parece haberse modificado. Sophie Barluet, editora de Le Seuil, subraya que "los lectores quieren ir directamente a lo esencial. Aprecian los textos cortos y accesibles". Y agrega que los libros sufren también "la severa competencia de otros medios de comunicación, en particular de internet". Por otra parte, en estas últimas décadas la proporción de "grandes lectores" (más de 25 libros al año) que constituyen los consumidores privilegiados de las obras de ciencias humanas, ha disminuido mucho (del 22% en 1973 pasó al 13% en 2003). Por último, los estudiantes tenderían a comprar sólo los libros que utilizan para aprobar los exámenes, y para el resto privilegiarían el préstamo y las fotocopias.

Frente a estas evoluciones del mercado, los editores adaptaron su oferta. Multiplicaron los libros de pequeño formato que proponen, por un precio reducido, "clásicos" o resúmenes de calidad (por ejemplo las colecciones "Points" o "Repères"), pero también obras pedagógicas con contenido a veces muy impreciso. Las editoriales de literatura destinada al gran público (como Albin Michel, Flammarion, Fayard, Gallimard o Seuil) por lo general redujeron su producción en ciencias sociales. En cambio, L'Harmattan reaccionó aumentando masivamente la cantidad de títulos publicados (¡más de 1.850 en 2004!). Para poder publicar tesis y trabajos universitarios de los que a menudo se venden apenas unos cientos de ejemplares, este editor especializado reduce al mínimo estricto el costo de fabricación y difusión, de tal manera que actúa más bien como mero impresor.

Sin embargo, sigue planteada la cuestión del porvenir de la publicación de obras de investigación. Lo que está en juego no es desdeñable, dado que esos libros forman el "núcleo duro" del sector que comanda toda la cadena, desde el manual al libro de bolsillo. Ahora bien, a pesar de los esfuerzos de racionalización y modernización que permitieron reducir los costos de fabricación, su rentabilidad sigue siendo problemática. Algunas soluciones comienzan a perfilarse del lado de "la edición digital" 4. Pero la suerte de esta producción dependerá del aumento de las subvenciones y los fondos destinados a las bibliotecas universitarias. Para François Gèze, el problema remite a la actitud de los poderes públicos franceses "que se adaptan a un sistema de enseñanza superior a dos velocidades: por una parte una minoría de grandes escuelas, ricas y eficaces, y por la otra una mayoría de universidades sin los recursos suficientes".

Sin embargo, el conjunto de lectores universitarios representa apenas la mitad del mercado editorial de las ciencias humanas. La originalidad de este sector estriba en que se funda en el interés por las ciencias sociales de un público considerado "ilustrado". Igual que la enseñanza -circuito privilegiado de difusión de saberes-, la edición desempeña la función de mediadora de conocimientos entre el universo académico y la sociedad. Por otra parte, el terreno de las ciencias humanas ha sido ocupado por editores privados, en particular editoriales que se dirigen a públicos no especializados y que con el correr de los años construyeron catálogos notables.

 Las lógicas comerciales

 No obstante, los fenómenos de concentración industrial representan toda una amenaza para la riqueza y diversidad de la edición francesa 5. En particular, el riesgo de que la producción de las ciencias humanas resulte más marginada si las grandes editoriales dejan la publicación de los libros exigentes en las solas manos de pequeños editores especializados y de las prensas universitarias 6. En ese caso, se profundizaría la brecha entre el mundo intelectual y el resto de la población, como ocurre en Estados Unidos.

Por cierto, las filiales de los grandes grupos proponen muchas obras de buena factura. Sin embargo, el fortalecimiento general de las lógicas comerciales en el ámbito editorial tiene efectos poderosos, en especial sobre los tipos de libros susceptibles de ser publicados y así encontrar a su público. Con el pretexto de romper con los "tics" y la "jerga" de los científicos, de hacer más "accesibles" sus análisis, es fuerte la tentación de reducir las exigencias del trabajo intelectual. Y lo es más aun la de renunciar a este sector para volcarse a mercados más lucrativos.

Cuando el beneficio y el corto plazo se convierten en los principios básicos que determinan las opciones editoriales, a las investigaciones intelectuales innovadoras en ciencias sociales, lo mismo que a la poesía y al teatro en el terreno de la literatura, les cuesta más encontrar su lugar. Porque los títulos de fondo, destinados a durar, obedecen a una economía específica, la del largo plazo, las ventas lentas y a menudo modestas pero regulares, a veces durante años, en formato de bolsillo. Por supuesto, cada editor debe conciliar arte y dinero, exigencias comerciales y culturales. Pero la manera de lograr este delicado equilibrio compromete el concepto mismo que él tiene de su profesión. Henri Trubert, editor en Fayard, recuerda: "Hay varias maneras de ejercer este oficio. O se tiene una política editorial, con una real reflexión sobre los libros que se proponen y las ideas que se desea transmitir, o se practica el golpe a golpe y se publican documentos impactantes que se olvidan enseguida".

La industria editorial parece tomar este último camino, en una especie de carrera hacia obras descartables. Testimonios efectistas e investigaciones aventuradas invaden los estantes de las librerías y los hipermercados, junto al revoltijo de los libros utilitarios (cocina, bienestar, etc.). La concentración en la distribución de libros aumenta el peso de estos productos estandarizados, de existencia generalmente breve y que deben su (posible) éxito sólo a la promoción mediática, a menudo intensiva. Frente a este alud de papel, la tarea de los auténticos libreros se torna más difícil. Pero sigue siendo invalorable para defender el lugar que ocupan los pequeños editores y los libros de reflexión.

La especificidad de las obras de ciencias humanas también se ve cuestionada por la creciente profusión de ensayos chapuceros y de "pseudolibros", esa suerte de artículos de prensa apenas alargados. Así, el ensayismo apresurado prácticamente se ha convertido en un género de pleno derecho, y cada año vemos al mismo pequeño grupo de intelectuales que aparecen sistemáticamente por televisión (tales como Alain Duhamel, Jacques Julliard o Alain Minc) para volcar su montón de diatribas, tan presuntuosas como anodinas. Catherine Portevin, periodista de Télérama, lamenta "esta omnipresencia de ensayistas mediocres y mediáticos. Pero los periodistas se sienten obligados a hablar de los libros de los que todo el mundo habla. Es difícil resistirse".

En general, los grandes medios de comunicación contribuyen muy poco a la visibilidad de las ciencias sociales. Tanto en la televisión como en la prensa escrita, el espacio destinado al debate de las obras tiende a reducirse, y la promoción complaciente suele sustituir a la crítica honesta y argumentada. Al final, los escasos intelectuales reconocidos por los medios de comunicación son en general los menos autónomos y los más conservadores. Así que no es de extrañar que un observador extranjero sagaz deplore el triunfo de un "pensamiento tibio" en la vida intelectual francesa 7.

Frente al abandono del debate político, fagocitado por el conformismo de buen tono, aparecen editores comprometidos que siguen atizando las brasas de la crítica social. Agone, Le Croquant, La Dispute, La Fabrique, Raisons d'agir, Syllepse, Le temps des cerises.... Es larga la lista de estas pequeñas editoriales que rehabilitan la intervención de los intelectuales en la escena pública, trabajan junto con los movimientos sociales en la afirmación de alternativas al liberalismo, y sobre todo mantienen despiertas las memorias y sensibilidades de una izquierda de tradición popular que hace mucho tiempo se mantiene a la defensiva. Cada cual a su modo, estos editores preocupados por su oficio advierten que el término "edición" puede rimar con "sedición".

  1. André Schiffrin, La edición sin editores, Barcelona, Destino, 2004 .
  2. Véase el informe de Sophie Barluet para el Centro Nacional del Libro: Edition de sciences humaines et sociales: le coeur en danger, París, P.U.F., 2004.
  3. Según los cálculos de Livres Hebdo, París, 17-3-06. Esta categorización es discutible: incluye, por ejemplo, la filosofía escolar y paraescolar, pero establece una categoría aparte -"Philosophie et disciplines connexes"- que incluye psicología, psicoanálisis, ética.
  4. "Edition universitaire et perspectives du numérique", estudio realizado por Marc Minon para el Sindicato Nacional de la Edición, París, septiembre de 2002.
  5. Janine y Greg Bremond, "Cuando el libro es sinónimo de Hachette", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2003.
  6. Véase las reflexiones de Eric Vigne, editor en Gallimard: "Qu'est-ce qu'une politique éditoriale dans une maison indépendante? Le cas des sciences humaines", Les Cahiers du SLF, París, octubre de 2005.
  7. Perry Anderson, La Pensée tiède. Un regard critique sur la culture française, Seuil, París, 2005.

Argentina: un campo cultural despedazado

López, María Pía

Este año, la Biblioteca Nacional inauguró una nueva plaza, bajo el nombre bautismal de Boris Spivacow 1. Es posible recordar, bajo ese signo, algunos de los momentos más productivos e intensos del campo cultural argentino. Momentos en que intelectuales, universitarios o autodidactas, participaban de modos de expresión –de lenguajes y estilos– y de difusión capaces de interpelar a una amplia capa de lectores. Momentos en que muchos libros solicitaban a muchos lectores, pero que para hacerlo no concedían a los lenguajes del mercado ni aceptaban la lisura de la banalidad. Qué lejana resulta esa empresa en la situación actual, en la que muchos fosos han sido cavados entre escritores, libros y lectores, y varias autopistas han sido construidas para facilitar la circulación del libro-mercancía. ¿Qué tendencias dificultan o impiden un campo de circulación cultural en el que los conocimientos o reflexiones de cierta complejidad puedan ser discutidos o tomados por lectores no especializados?

Del intelectual al especialista

La universidad, tradicional usina de lenguajes y conocimientos, tiene una notable responsabilidad en este proceso. Cada vez más académica, ha edificado un armazón de reglamentaciones y valoraciones que la sustraen de los debates intelectuales y culturales. Por ejemplo, las instituciones de investigación –como el Conicet–, la universidad, o los organismos de regulación burocrática –como la Coneau–, consideran más valioso un artículo en una revista con arbitraje internacional que un libro. Esto es, que un artículo destinado a un grupo de especialistas es calificado con mayor puntaje que un libro que se edita bajo los cánones tradicionales de la industria editorial. De este modo, un investigador universitario es compelido –mientras quiera seguir siéndolo– a retirarse de los ámbitos de circulación cultural. A centrar sus esfuerzos en el diálogo claustral, o en el recogimiento silencioso del laboratorio. Cualquiera que haya completado los formularios con que esas instituciones piden ser alimentadas sabe que llevan implícita la recomendación de no perder tiempo en la producción de intervenciones intelectuales.
Los lenguajes no dejan de ser afectados por esta sustracción: los grupos despliegan jergas, mundos lingüísticos acotados, que funcionan como guiños de pertenencia. Un escrito académico se escribe con prescindencia del mundo de lectores: tanto que se sospecha del estilo como cobertura retórica (la temible desviación ensayística) que vendría a ocultar las omisiones investigativas. Se puede percibir, sin demasiado esfuerzo, que estos procesos se traman con el desplazamiento de la figura del intelectual que fue central desde mediados del siglo XX –un intelectual público, politizado, con recursos de activista cultural, a veces presente en la vida universitaria–, hacia la figura del especialista académico.

Lógicas facciosas

Pero no es sólo la jerga de una academia encerrada en su propia reproducción lo que pone en estado de suspensión la idea del libro como momento de un intercambio conversacional y polémico de más amplio alcance. Ese intercambio –su posibilidad misma– ha sido puesto en crisis por un mundo cultural atravesado por lógicas facciosas. Por lógicas de grupos cerrados, pequeñas comunidades de lectores mutuos, elogiosos comentadores de sus cófrades y silenciosos –o no lectores– de los libros que provienen de los otros fragmentos de ese campo cultural despedazado. Basta hojear la bibliografía citada por respetados historiadores de las ideas, para percibir hasta qué punto las omisiones y las presencias son dictadas por afinidades amistosas o institucionales.
Finalmente, no se puede dejar de mencionar otro proceso, sin dudas fundamental: el deslizamiento de las mayorías lectoras hacia consumos dictados por los medios de comunicación masiva. Desde las alarmas de Adorno y Horkheimer frente a la cultura estadounidense, se sabe que la industria cultural es un sistema integrado que funciona alimentando e incentivando sus distintas instancias. Esto ocurre en un mercado cuya concentración deja en manos de un pequeño grupo de editoriales la fijación de criterios culturales: editoriales que tienen circuitos de distribución y publicidad eficaces y lugares de privilegio en la exposición en librerías, y que pueblan sus catálogos recurriendo a autores propiciados por los medios de comunicación. Pero que las mayorías –que en estos días habitan en Buenos Aires la Feria del Libro– elijan libros en función de famas provenientes de los medios, o de técnicas de promoción que no distinguen al libro de otra mercancía, no es nuevo. Y, diría, no es lo más dramático.
Lo grave es el modo en que las otras formas de circulación, incentivo y existencia del libro –ésas que hacían del libro el objeto dadivoso de un pensamiento, que podía ser tomado con entusiasmos y polémicas– han sido dañadas. Porque han sido –y son– puestas en riesgo por los mismos hacedores de libros, por aquellos para quienes los libros son parte central de sus experiencias laborales, cuando no vitales.
¿Qué escritor no ha tenido la duda, en los últimos años, de para qué escribir o editar un libro si no hay comunidad de lectores? La lógica facciosa, y la resuelta conversión de las universidades –que se dejaron de pensar como ámbitos culturales para asumirse como academias–, llevan a volver superflua la existencia del libro. O volverla puro gasto, un don a la espera de lectores no imaginados. Casi un gesto de preservación de una reserva cultural.

  1. Bajo el lema “Más libros para más gente”, Boris Spivacow (1915-1994) dirigió Eudeba (Editorial Universitaria de Buenos Aires) desde su fundación en 1958 hasta junio de 1966, cuando la Universidad de Buenos Aires fue intervenida por el régimen del general Juan Carlos Onganía. Entonces Spicavow renunció a Eudeba y creó el Centro Editor de América Latina (CEAL). 


Autor/es Antoine Schwartz
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 83 - Mayo 2006
Páginas:32,33
Traducción Teresa Garufi
Temas Relaciones internacionales