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1956, bisagra de los imperios

Hace 50 años, en la noche del 23 de octubre de 1956, se produjo en Budapest un intercambio de disparos entre manifestantes y la policía política: fue el principio de la revolución húngara y el preludio de una sangrienta intervención soviética. Al mismo tiempo en Sèvres, del 22 al 24 de octubre, Francia, el Reino Unido e Israel ultimaban el plan secreto para intervenir militarmente en Egipto.

Budapest y Suez... Las peripecias de las dos crisis se hacen eco. La mañana del 4 de noviembre, el mariscal Jukov lanza el plan "Ráfaga" para aplastar la insurrección de Budapest; el 6 de noviembre, las tropas anglofrancesas de la operación "Mosquetero" desembarcan en Port-Said. El 20 de noviembre se apagan en Hungría los últimos focos de resistencia; el 22 de diciembre ya no hay más tropas occidentales en Egipto. Budapest llora lágrimas de sangre, mientras que en El Cairo resuena la carcajada estruendosa de Gamal Abdel Nasser.

La clave de una lectura clásica es simple: el año 1956 es una pausa, un brusco congelamiento tras las primicias del deshielo en la Guerra Fría. Empezó bajo los auspicios de la distensión: el 18 de abril el número uno soviético Nikita Khruschev desembarcó en Londres y el 15 de mayo el presidente del Consejo Francés, Guy Mollet, y su ministro de Relaciones Exteriores, Christian Pineau, realizaron una visita oficial a Moscú. Apenas cinco meses más tarde, los altoparlantes egipcios anunciaban a la población cairota: "¡Empezó la Tercera Guerra Mundial!".

Sin embargo, no todo se reduce a la Guerra Fría. Cuando el presidente soviético Nikolai Bulganin amenazó a las potencias que actuaban en Egipto con "represalias masivas", rápidamente se comprendió que el conflicto que se perfilaba no se correspondía con los arquetipos conocidos, ya que Estados Unidos decidió no apoyar a sus aliados franco-británicos... En cuanto a la tragedia húngara, participa tanto de la desestalinización como de la naciente crisis del Imperio Soviético. A partir de 1944, el modo de gestión social, instalado en la URSS en 1929 con el "Gran Viraje" estalinista de la colectivización, se amplió a toda Europa del Este 1. Tras la ruptura con la Yugoslavia del mariscal Tito en 1948, el margen de maniobra concedido a las "nuevas democracias" entre 1944 y 1947 (cuando el búlgaro Gueorgui Dimitrov mencionaba la posibilidad de "ahorrarse la dictadura del proletariado"), había dado paso a la uniformidad de las "democracias populares". ¿Acaso en diciembre de 1948 el mismo Dimitrov no explicaba que "el régimen soviético y la democracia popular son dos formas de un solo e idéntico sistema de gobierno. (...) Los dos se basan en la dictadura del proletariado"? 2. De este modo, el ingreso a la Guerra Fría había desembocado en la instauración de un original tipo de Imperio, donde el liderazgo de uno solo se había amalgamado con el sistema de gestión integrado de una sociedad.

En febrero de 1956, en el informe público de apertura del XX Congreso del PC soviético, Nikita Kruschev había abierto sin querer la caja de Pandora, al admitir la diversidad de vías socialistas y en su informe de cierre, llamado "informe secreto", denunciar la universalización de los métodos terroristas policiales. Los efectos de su declaración sobre el bloque del Este no fueron uniformes. La Albania de Enver Hoxha no fue más allá de asumir una nostalgia estalinista, mientras que Bulgaria usó el método clásico de las revoluciones palaciegas para operar una lenta transición. En cuanto a Checoslovaquia y la República Democrática Alemana, ignoraron ostensiblemente la carga crítica del "informe secreto", lanzándose al mismo tiempo a una "nueva corriente" económica y aceptando algunas concesiones marginales.

Por último, en dos casos -Polonia y Hungría- la "sacudida telúrica" 3 del XX Congreso se tradujo en una violenta crisis global. Los equipos dirigentes en funciones fueron los principales responsables. En la primavera boreal de 1953, ni Boleslaw Bierut en Polonia, ni Matyas Rákosi en Hungría, aceptaron las señales procedentes de la URSS a la muerte de Stalin. En Hungría, la primera tentativa reformadora de Imre Nagy, entre julio de 1953 y marzo de 1955, terminó por fracasar, aun cuando era la más ambiciosa de las que se sucedieron en ese entonces en Europa del Este 4. Tanto en Polonia como en Hungría, los poderes existentes rechazaron cualquier movimiento.

Aunque perfectamente idénticas al principio, las dos crisis no se resolvieron de la misma manera. En Polonia, Edward Ochab tuvo el valor de transmitir el poder al reformador Wladislaw Gomulka, antes de que las tensiones se transformasen en un baño de sangre. En Hungría, Imre Nagy sólo accedió al poder en la noche del 23 de octubre, cuando ya había corrido sangre y los soviéticos intervenido una primera vez. Mientras que hasta fines de octubre la situación polaca seguía controlada por los comunistas reformadores, en Hungría sus homólogos terminaron desbordados por un movimiento que los tanques rusos radicalizaron. En Budapest dos hombres personifican esta contradicción: Imre Nagy, quien al principio es reticente ante un movimiento que lo preocupa, termina por adherir a él hasta romper con Moscú y por último acepta el martirio; János Kádar, encarcelado de 1951 a 1954 y al principio aliado a Nagy, termina por abandonarlo a principios de noviembre y acepta garantizar la segunda intervención soviética.

Polonia y Hungría no reaccionaron de idéntica manera. Kruschev se encontraba en una posición delicada: en el XX Congreso, supo realizar su proeza antiestaliniana, pero después retrocedió ante la insistente presión de los conservadores. La gestión de ambas crisis en el otoño boreal de 1956 fue más pragmática que estratégica o ideológica, dado que los jerarcas del Kremlin preveían simultáneamente la conciliación y la fuerza. En Polonia, Kruschev optó in extremis por la conciliación, porque Gomulka decidió respetar los compromisos del Pacto de Varsovia. En cambio, en Budapest el conflicto se solucionó por la fuerza porque Nagy quiso anular la pertenencia de Hungría al Pacto, firmado un año antes. Kruschev: un hombre, dos caras 5. El 19 de octubre prepara la solución de fuerza en Polonia para renunciar dos días más tarde; el 30 de octubre inicia una retirada militar en Hungría, para aliarse a la opción militar masiva a partir del día siguiente.

El control del Canal 

El caso de Suez es, por su parte, a la vez más clásico y más complejo. Complejo, en la medida en que superpone un simple asunto imperial -el control del Canal de Suez- al conflicto árabe-israelí, apenas suspendido en la primavera boreal de 1949. Pero en 1956 su esencia remite el caso al amplio movimiento de descolonización. La gestión occidental en sí misma es de una trivialidad desesperante: ¿qué ver allí sino una variante de la vieja política de la cañonera, utilizada hábilmente por el Estado hebreo? Desde el siglo XIX apenas se modificó el ropaje: si hasta no hacía mucho se invocaba un deber de "civilización" con respeto a las "razas inferiores"; en 1956 se hablaba, tanto en Londres como en París, de la necesidad de luchar contra el "nuevo Hitler" 6.

Lo que es menos clásico resulta de la doble actitud de Estados Unidos y de la URSS. Washington está en el origen de la crisis: la negativa estadounidense a financiar las obras de la futura represa de Asuán impulsó a Nasser a nacionalizar la Compañía del Canal. Pero si Estados Unidos chocó con un Rais que entonces se oponía a la estrategia del Pacto de Bagdad, centrada en el Irak de Nury Said y la Turquía "otanizada" desde1952 7, la decisión de ambos no estuvo dictada por la lógica de la Guerra Fría. Por el contrario, siguieron la vieja idea estadounidense según la cual el fin de la era colonial era una condición para reestructurar la relación de las fuerzas mundiales.

En 1956 este objetivo estratégico de largo aliento se anticipó a los asuntos más inmediatos de un mundo bipolar. Washington prefirió abandonar a Londres y París frente a Moscú, incluso si la diplomacia estadounidense sabía que, vía el armamento checoslovaco, Egipto estaba acercándose peligrosamente a los soviéticos. ¿La administración estadounidense se dio cuenta de que había algo de bluff en las amenazas soviéticas de enviar un cuerpo expedicionario a Medio Oriente? Quizá. Sin embargo, lo más importante es que sintió que estaba a un paso de deshacerse definitivamente de la presencia británica en esa región del mundo: el movimiento que comenzó en 1946 con la primera crisis iraní, continuó con la eliminación del primer ministro progresista Mohammed Mossadegh en 1953 y concluyó en Suez en diciembre de 1956.

En cuanto a la URSS, encontró la ocasión de presentarse por primera vez como una potencia reguladora, reinstalada en la escena internacional. La URSS de Stalin se limitaba a la protección que le brindaba el Este europeo y a la preparación de la confrontación decisiva con el "campo imperialista": en 1954, Viacheslav Molotov afirmó una vez más su fidelidad a la línea agresiva decidida en el otoño boreal de 1947. Pero en 1956 ese Molotov ya no tenía las riendas de la diplomacia soviética. La URSS de Kruschev quiso asumir plenamente su papel de segundo "grande" 8.

Sin duda, el estancamiento del sistema este-europeo y la expansión de los sistemas de alianza estadounidenses (Organización del Tratado de Asia del Sudeste en 1954, Pacto de Bagdad en 1955) impulsaron a Kruschev a buscar en otra parte las vías de una reactivación. En 1955, al mismo tiempo que se reconcilió con Tito, inició el gran movimiento de la URSS hacia el Tercer Mundo. Moscú se acercó a India, hasta entonces vilipendiada como un simple juguete de Occidente; aprovechó el espacio manejado por su aliado chino en Bandung y confíó en utilizar en su provecho el papel creciente del yugoslavo Tito, en lo que se convertiría en el movimiento de los "No-Alineados". En 1956, con la crisis de Suez, la URSS mata dos pájaros de un tiro: desvía la atención internacional del drama de Budapest y realiza una entrada espectacular en la escena de Medio Oriente, a pesar de que sus primeros contactos con Nasser, a principios de 1956, habían sido frustrantes. En sus memorias, Christian Pineau dirá que el jefe de la diplomacia estadounidense Foster Dulles le habría declarado algunos años más tarde: "En Suez yo me equivoqué y ustedes tenían razón" 9. Es cierto que hasta principios de los años setenta la crisis de Suez hizo de la URSS un protagonista activo. Pero el acercamiento árabe-soviético fue tan real como frágil: privada de un verdadero pensamiento medio-oriental, la URSS no superó completamente las lagunas que había manifestado en ocasión de la doble crisis iraní y turca de 1946.

Camino a un mundo bipolar

¿Cuáles fueron las consecuencias del otoño boreal de 1956? Se conocen las más inmediatas: la afirmación de Nasser, del "socialismo" árabe y de un arabismo unido por la referencia antiimperialista; la instalación de Israel como una potencia militar regional. Se conocen también las más lejanas: el pasaje definitivo de Francia y el Reino Unido a la categoría de potencias subalternas, el alejamiento de las esperanzas de reforma en el Este europeo, la aparición de la URSS en el Mediterráneo y, de manera concomitante, la preparación del acercamiento estadounidense-israelí, que no funcionó en 1956. Insistiremos aquí sobre lo que conduce más allá: la evolución divergente de tres tipos de imperio.

1. El Imperio Colonial prosigue una descomposición que manifiesta su obsolescencia. El fracaso franco-británico aparece como la prolongación directa de Bandung. Los grandes ganadores en el corto plazo son los nacionalistas argelinos, legitimados internacionalmente por la victoria de Nasser: en 1956 se asiste a "la definitiva incorporación de la lucha argelina a la causa árabe islamista" 10. Al querer preservar sus intereses financieros inmediatos, las dos potencias europeas perdieron sus imperios.

2. El Imperio Soviético se mantiene, pero al precio de enormes contradicciones. Los conflictos en el Este son sofocados en la superficie pero legitimados por los episodios polacos y húngaros: la "revolución antitotalitaria" húngara anuncia la "Primavera de Praga". Más aun, 1956 es el año en que surge la alternativa china. Para hacer frente a las agitaciones de su bloque, Kruschev se ve obligado a buscar la alianza de Mao, tras haber intentado en vano aliarse con Tito. En apariencia, el gigante chino no cuestiona la hegemonía de la URSS en el bloque: en la conferencia internacional de noviembre de 1957, Mao quiso mostrarse como un buen discípulo de los soviéticos. Pero se convirtió en el heraldo de los conservadores, de aquellos que consideran que el "oportunismo" sigue siendo el " principal peligro". Si bien se afirmó el espacio soviético europeo, en 1956 la URSS perdió la ocasión de una desestalinización controlada: el fracaso final de Gorbachov se inscribe en filigrana en el fracaso de Kruschev.

3. El Imperio Estadounidense se afirma de manera original. En 1956 extendió su red de alianzas sobre todos los continentes. Hasta ese entonces, esta red funcionó de manera defensiva para contener la amenaza soviética. En 1956, la lógica se desplazó: Estados Unidos se ubicó no tanto como líder de un bloque sino como regulador del orden del mundo. La "Doctrina Eisenhower" de diciembre de 1956, que siguió a la doble crisis del otoño boreal, tuvo valor premonitorio. ¿Acaso no prefiguró, a su manera, la "Doctrina Bush"?

El de 1956 es un momento atípico. Se trata efectivamente de una crisis del siglo XX, caracterizada por las relaciones de fuerzas que siguen a la Segunda Guerra Mundial. Es también una señal precursora de nuestro siglo XXI y de su "orden-desorden" imperial. Pero las señales precursoras se reconocen siempre a destiempo...

  1. Moshe Lewin, Le Siècle soviétique, Fayard-Le Monde diplomatique, París, 2003.
  2. L. Marcou, Le Kominform, Presses de Science-Po, París, 1977.
  3. Giuseppe Boffa, "Le repercussioni internazionali del XX Congresso dei comunisti sovietici", II XX Congresso del PCUS (colectivo), Franco Angeli, Roma, 1988.
  4. François Fejtö, Budapest, l'insurrection, Complexe, Bruselas, 1990; Csaba Bekes, Malcom Byrne, Janos Rainer (ed.), The 1956 Hungarian Revolution. A History in Documents, CEU Press, Budapest, 2003.
  5. William Taubman, Khrushchev. The Man and his Era. Free Press, Londres, 2003.
  6. Hugh Thomas, The Suez Affair, Penguin, 1970.
  7. A. Gresh, D. Vidal, Cien claves para entender a Oriente Próximo, Paidós, Barcelona, 2005. Henri Laurens, Paix et guerre au Moyen-Orient, Armand Colin, París, 2005.
  8. Jacques Lévesque, L'URSS et sa politique internationale de Lénine à Gorbatchev, Armand Colin, 1987.
  9. Christian Pineau, 1956, Suez, Robert Laffont, París, 1976.
  10. Marc Ferro, Suez 1956. Naissance d'un tiers-monde, Complexe, Bruselas, 2006.
Autor/es Roger Martelli
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 88 - Octubre 2006
Páginas:36,37
Traducción Teresa Garufi
Temas Conflictos Armados, Militares, Geopolítica
Países Egipto, Francia, Hungría, Inglaterra, Israel