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Piqueteros, velo islámico y deuda social

¿Hay alguna comparación posible entre los piqueteros argentinos y el problema del velo islámico en Francia? Para quienes no estén al tanto en detalle, este último expresa la creciente radicalización religiosa de los inmigrantes árabes y africanos musulmanes y de los franceses musulmanes de origen árabe o africano, alrededor del 5% de la población 1, cuyos primeros efectos vienen siendo la insistencia de muchas mujeres no sólo en concurrir a la escuela, a la universidad o los lugares de trabajo cubiertas a la manera islámica -en algunos casos completamente- sino en no participar en las clases de gimnasia, en no dirigir la palabra a los hombres -profesores, superiores en jerarquía, médicos, etc.- o en negarse a descubrir su cabeza para la fotografía de los documentos de identidad. Ha habido casos de mujeres fallecidas por rechazar, en general obedeciendo a sus maridos, que las atienda un médico varón. Un verdadero desafío a la concepción republicana de convivencia e igualdad de trato, que ha generado un enorme debate e impulsado al gobierno a la peligrosa decisión de legislar sobre un tema que, como todas las libertades, es más sólido cuanto más esté asentado en la cultura que en la ley.

Primera comparación posible; el debate que suscita y su evolución. Tanto los piqueteros como las jóvenes que en Francia concurrieron un día veladas a la escuela, empezaron siendo simpáticos y comprensibles, más tarde aplaudidos y ahora motivo de discusión acerca de si "se puede seguir así". Ya no constituyen una curiosidad o un motivo de adhesión para el resto de la ciudadanía, sino un problema y una causa de debate nacional.

Segunda comparación, su número y tipo de crecimiento. Todavía, tanto los piqueteros activos como los activistas islámicos representan una minoría dentro de su grupo. Si todos los desocupados o subempleados o empleados en negro argentinos formaran parte del movimiento piquetero, éste tendría una base de decenas o centenares de miles. Lo mismo puede decirse de los radicales islámicos franceses, aún minoritarios dentro de su propia comunidad.

De lo que en uno y otro país se habla muy poco, o en todo caso no con la necesaria firmeza y serenidad, es de que se trata de grupos activos y en proceso de radicalización porque llevan mucho tiempo sin que nadie se ocupe realmente de ellos; o dicho de otro modo, sin que se ataque la raíz de su problema con otra cosa que discursos, promesas y paliativos. Durante décadas, mientras crecían en número, los inmigrantes de origen árabe o africano fueron tratados en Francia como el resto de los inmigrantes de Europa: ciudadanos de segunda categoría, subpagados y buenos para tareas de servicio. Es cierto que comparada con la de sus países de origen esa situación era un privilegio y en ocasiones un verdadero lujo. Pero esos ciudadanos debieron soportar en Europa el doble rasero de los gobiernos que los recibían respecto de sus propios gobiernos, que los perseguían o hambreaban. Así, para citar un ejemplo, los marroquíes en Francia enfrentaron durante décadas el dilema de integrarse a las costumbres republicanas en una República que los acogía, pero poco o nada hacía para aliviar los sufrimientos de sus familias y compatriotas bajo el yugo de la monarquía marroquí, con la que tenía buenos negocios. Del mismo modo que ahora Estados Unidos enfrenta el odio de Ben Laden y su organización, a los que financió y entrenó durante años, los gobiernos europeos se han pasado por el sobaco sus ideas de democracia cuando se trató de hacer negocios o servirse de tiranos sangrientos y depredadores. Uno y otros están cosechando en el mundo entero y en sus propias sociedades el fruto de su doble moral.

En los últimos veinte años, con el neoliberalismo extendiéndose por Europa, las ventajas materiales de los inmigrantes comenzaron a esfumarse. Si al principio el suburbio árabe y/o africano era un refugio cultural y una escala de paso hacia la integración plena, ahora ha devenido un gueto en progresivo abandono, del que resulta casi imposible salir.

Desde entonces, y sin que en general las autoridades de la República ni los intelectuales que hoy se desmelenan en el debate hayan tomado nota, son los fundamentalistas islámicos quienes se ocupan de brindar algunos servicios que la seguridad social ha abandonado, de ofrecer en la mezquita la contención material y espiritual que requiere cualquier desamparado. Se trata de un proceso similar al que llevó a la radicalización religiosa de la sociedad iraní luego de la decepción con Occidente y sus valores provocada por el Shah, su corte extravagante, su herética megalomanía y el espectacular aumento de la pobreza. Desde el punto de vista de la cultura política y social, del progreso civilizatorio, en Irán resultó desastroso desarticular un tejido de redes familiares piramidal cuya cúspide es la mezquita y que mal que bien funciona desde hace siglos, para reemplazarlo por nada.

Los musulmanes de Francia asisten a la decadencia del Estado de bienestar del mismo modo que el resto de los franceses, pero la diferencia es que la mayoría de ellos apenas lo han disfrutado, sólo entrevisto, como un espejismo que ahora desaparece. Por eso están en fase de radicalización, en un retroceso hacia lo más primitivo e irracional de su cultura. Hasta ahora Occidente ha fracasado en integrarlos, porque no les ha dado a ellos, ni permitido a sus países de origen -en general antiguas colonias- lo más importante que tiene para ofrecer: una base material sólida, requisito para el desarrollo individual y la conformación de un tejido político y social basado en la razón y con un soporte consensuado de reglas que excluya todo fundamentalismo. Al fin y al cabo, las únicas sociedades donde el ideal occidental de individualismo y democracia ha progresado realmente es en aquellas en las que ha sido posible un fuerte y homogéneo desarrollo económico.

Retroceso de la civilización occidental

Los problemas originados en el desamparo crónico, o en un desamparo ocasional que se hace crónico (es el caso de los desempleados) se multiplican en todo el mundo. El zapatismo mexicano (pág. 10), los Sin Tierra en Brasil, los indígenas bolivianos y ecuatorianos, los piqueteros argentinos y los fundamentalistas islámicos, aunque se expresen de manera y en situaciones diversas y acudan a tradiciones distintas, son fruto de la misma causa: el hastío por un reclamo secular nunca atendido, problemas crónicos, un futuro cegado. Son el efecto y la expresión, desesperada a veces, del retroceso de la civilización occidental, de su renuncia progresiva a cumplir con lo que promete: libertad e igualdad.

¿Cuál es la razón por la cual, en Argentina o en México o en cualquier parte del mundo, un marginado crónico, un expulsado del sistema republicano debería respetar sus reglas? Cualquiera que trate de responder honestamente a esta pregunta debe imaginarse a sí mismo despertando todas las mañanas sabiendo que no tiene absolutamente nada para el desayuno de sus hijos y que nada tendrá para el almuerzo y la cena. Debe imaginarse además alimentándose de las sobras de un lujo excesivo, degradado, humillado y habiendo perdido toda esperanza. En este punto, debe preguntarse si saldría a mendigar, a prostituirse o a robar; o si concurriría a la iglesia, a la mezquita, a la sinagoga, a la unidad política instalada por revolucionarios de izquierdas o de derechas, o si simplemente prestaría servicios a algún puntero político a cambio de alguna ventaja extra, sin preocuparse por los propósitos a que obedece.

En Francia, el debate sobre el velo islámico ha relegado un fenómeno mucho más extendido y preocupante: el avance de la ultraderecha en la sociedad, en particular entre los obreros y la clase media empobrecidos, los desocupados e importantes sectores de la juventud, lo que dicho sea de paso augura un enfrentamiento grave, porque la ultraderecha es ante todo xenófoba y racista. O sea que el conjunto de la sociedad se fundamentaliza, en uno u otro sentido. En Argentina y América Latina, por mucho menos que el masivo desamparo social de nuestros días, en los años '70 una generación entera emprendió el camino de la revolución armada o al menos se ilusionó con ella. A los efectos de lo que se intenta decir aquí, poco importa si se cree o no en las revoluciones, en su signo político o en su oportunidad y posibilidades; sólo subrayar que en las actuales circunstancias y en todo el mundo, bloques enteros de las sociedades se desprenden primero y se radicalizan luego, puesto que es el único camino que encuentran.

El requisito de igualdad

La democracia y el ideal republicano están por lo tanto en serio peligro. Si en Estados Unidos hubo un fraude electoral y se recortan gravemente las libertades (ver pág. 24), ¿por qué creer que por ejemplo la democracia argentina va a consolidarse? Un ultraderechista acaba de acceder al gobierno en Suiza 2 y gobiernos como el de Berlusconi en Italia no son precisamente ejemplos de positiva evolución democrática.

Resulta por lo tanto vital y de muy buen augurio que gobiernos como los de Kirchner, Lula y otros en América Latina avancen decididamente en los distintos procesos de integración (pág. 4), pero sobre todo es necesario que asuman la imperiosa necesidad de hacer más igualitarias sus sociedades. Sin este requisito, que es a la vez político y económico (pág. 6), cualquier política exterior, por activa que sea, está condenada al fracaso. No hay coherencia externa posible cuando la sociedad se resquebraja y tiende al enfrentamiento permanente.

Las dificultades que enfrenta Europa (pág. 14 y siguientes), la guerra comercial planetaria, la irracional disputa por mercados exangües, son a la vez problemas y oportunidades para países que, como Argentina y sus vecinos de América del Sur, disponen de todo lo necesario en recursos humanos y naturales, de mercados internos y un hinterland cuasi vírgenes. En cierto modo, la situación actual se asemeja a la de los tiempos de la independencia, cuando la decadencia del Imperio español sólo le permitía expresarse militarmente (y hasta cierto punto, porque debió enfrentar a las invasiones napoleónicas) y la fragmentación de Europa abrió una serie de posibilidades. Entonces, una generación de patriotas latinoamericanos, formados en la Ilustración y en el ejemplo de las revoluciones francesa y estadounidense, supo asumir las necesidades de la hora.

La gran diferencia hoy es que no hay un faro que ilumine el horizonte, sino los preocupantes síntomas de una decadencia general, de un retroceso hacia el enfrentamiento y la destrucción, hacia las soluciones primitivas. En Oriente Medio, en África, en Asia y América Latina los grandes países desarrollados dirimen sus disputas y expresan sus necesidades de manera brutal, ya invadiendo, ya apoyando dictadores, ya fomentando el caos y las divisiones internas mediante la imposición de políticas económicas depredadoras. Para citar un ejemplo, las actuales presiones del Fondo Monetario Internacional sobre Argentina, a pesar del cumplimiento de todos los requisitos del último acuerdo, indican que nada razonable cabe esperar de las principales organizaciones planetarias mientras continúe esta disputa global, este todos contra todos.

Los países de América Latina tienen la absoluta necesidad de romper con este esquema, avanzando a la vez hacia la igualdad y la integración, únicos e inseparables requisitos de la democracia, la soberanía y la paz.

  1. Atlas de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, abril de 2003. La población de origen árabe o africano en Francia, al margen de su religión, es de alrededor del 10%.
  2. Joëlle Isler, "La derecha suiza, más a la derecha", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2003.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 55 - Enero 2004
Páginas:3
Temas Sectas y Comunidades
Países Argentina, Francia