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Pagar la deuda económica y social

La onda expansiva de la caída de la convertibilidad se mantiene aún, ayudada por una favorable coyuntura internacional. En ese contexto, el gobierno tiene la oportunidad de construir poder económico y político propio sobre otras bases y con distintos métodos que aquellos del régimen neoliberal. Pero no se trata de una oportunidad eterna. Las condicionalidades del FMI, el insaciable apetito de las privatizadas, el habitus rentista del sector financiero local, pueden terminar con un proceso que recién empieza y Argentina retornaría al modelo de la especulación.

Los analistas económicos tradicionales, tanto del establishment como de vastos sectores "progresistas", señalan con razón la magnitud de la crisis. Pero naufragan en anécdotas al considerar la situación actual. Desde el escenario catastrofista o la adhesión sin matices a las actitudes positivas del gobierno, sólo prolongan el presente hacia el mediano y largo plazo, con diferentes escenarios según las condiciones internacionales y las vicisitudes locales: el tipo de cambio, los precios de las materias primas, el déficit fiscal y del sector externo, la negociación de la deuda y otras variables parecidas. Apenas, como en música, variaciones sobre el mismo tema. Pero omiten lo esencial: el cuestionamiento del modelo anterior. En efecto, poco se oye o se lee acerca de la relación entre la estructura del poder económico, la distribución de la riqueza y el ingreso, tomados en una misma articulación, que es la que en definitiva posibilita políticas o cierra caminos. Discuten lo accesorio y aceptan con docilidad las restricciones que marca el esquema del FMI.

Habrá que recordar entonces que si el Consenso de Washington 1 -con sus absurdas teorías sobre el "derrame" de riqueza sobre el conjunto de la sociedad en un sistema basado en la concentración de la propiedad y los beneficios- ha fracasado, todavía falta ocupar ese vacío, fijar el nuevo paradigma, diseñar el modelo que sirva al interés nacional y a la sociedad, dotarlo de fuerza y viabilidad política. Ese es el nudo gordiano del actual gobierno y de todos los gobiernos de la región. Si falla, una Argentina arruinada, empobrecida y sin Estado vagará entre espejitos de colores neoliberales y utopías que esconden falencias ejecutivas.

Los parches no dan resultado. Las soluciones de emergencia, a veces eficaces, duran lo que la emergencia misma y no hay poder político que se sustente sobre la eterna urgencia. Antes que esperar que el establishment, en retirada pero no vencido, reordene comunicadores, personajes y lobby empresario para retomar el poder, es preciso esbozar una política basada en el consumo masivo, como el más eficaz puntal de un proyecto nacional que mande al basurero de la historia todo lo padecido por el país en el último cuarto de siglo.

Predominio de sectores populares

El modelo concentrador es el que conviene a los grupos de altos ingresos y al capital extranjero, porque les asegura la reproducción de su riqueza y de su poder; pero es contradictorio con el desarrollo nacional y con el bienestar de la mayoría de la población. Por suerte, no es el único modelo posible. Existen múltiples alternativas. Entre ellas, sobresale el régimen que se basa en el consumo masivo. No se trata de un invento exótico, sino del sistema que prevaleció en Argentina en los períodos 1946-1954 y mayo de 1973-junio de 1974; ahora es el eje del Plan Plurianual 2004-2007 que elaboró el gobierno de Lula da Silva en Brasil. Sus fundamentos y consecuencias no son sólo económicos, sino también y sobre todo políticos. Así como el modelo concentrador corresponde a la hegemonía de los grupos oligárquicos, el de consumo masivo es la traducción económica del predominio político de los sectores populares organizados.

El motor es el aumento de productividad de la mayoría de la población. Este mecanismo económico funcionó en la Argentina del primer peronismo, con industrialización y migraciones internas. En ese período, gran parte de la población comenzó a trabajar con una productividad mucho mayor, que era la de la industria, frente a servicios rudimentarios; y migró hacia las zonas industriales. Había trabajo con tecnología muy superior a la anterior. Esa generación de excedente -y no el endeudamiento externo- fue la clave del pleno empleo y la elevación de salarios de esa época. Ahora, casi desapareció esa industria y la mitad de la población es pobre, desocupada o trabaja con muy baja productividad. No se trata de repetir acciones de una época pasada porque las condiciones ya no son las mismas; no es posible vivir ni repetir el pasado. El punto es cómo generar empleo y elevar de manera drástica la productividad con las condiciones sociales y las fuerzas políticas existentes aquí y ahora.

En ese sentido, el primer requisito consiste en darle poder adquisitivo a los sectores empobrecidos para su efectiva incorporación al mercado consumidor. Allí reside la creación de una nueva demanda de productos de consumo masivo. Pero ¿cómo se logra transferir el aumento de productividad a una mejora sustancial del ingreso de las familias trabajadoras? Se trata de un problema económico de producción, a la vez que una cuestión de distribución del ingreso: política pura.

Un fuerte aumento del Producto Bruto Interno (PBI) no significa de modo automático una mejora del nivel de vida de la población ni la jerarquización del aparato productivo. Entre 1991 y 1994, se registró un crecimiento importante del PBI, pero basado en un endeudamiento exorbitante (con evasión de capitales) y en la libre importación para el consumo de los grupos de ingresos altos y medios. Así se liquidó la industria y empeoró la condición de los más pobres, aun con crecimiento. Las ganancias de productividad fueron captadas por los grandes grupos económicos nacionales y las transnacionales, que las digirieron o evadieron, pero no las "derramaron", sino al contrario.

En ese contexto, el problema del consumo masivo es la fase inicial. ¿Cómo hacer para que las ganancias de productividad se transfieran de modo directo al poder adquisitivo de las familias trabajadoras? ¿Cómo conseguir implantar el circulo virtuoso al que se refiere el mencionado plan del actual gobierno de Brasil: aumento del ingreso de las familias trabajadoras/ampliación de la base del consumo de masas/inversiones/aumento de la productividad y la competitividad/aumento del ingreso de las familias trabajadoras?

Para lograrlo no existe un factor único, sino la convergencia de múltiples elementos, que requieren una aceitada articulación política. El motor de arranque puede ser, por el lado de la demanda, un vigoroso plan de obras públicas, unido a aumentos salariales, en especial del salario mínimo. En cuanto a la inclusión social, realizar la escolaridad obligatoria en doble turno y ejecutar una capacitación elemental masiva para quienes no hayan completado la enseñanza básica, cualquiera sea su edad. A su vez, el estímulo de la oferta requiere crédito abundante, barato y dirigido con rigor a los sectores proveedores de bienes de consumo popular y a los mayores empleadores de mano de obra; la aplicación de la matriz de insumo-producto dirá cuáles son esas actividades (dicho sea de paso, el tema del crédito es una cuestión política: no se puede dejar el sistema financiero librado a la pura "lógica" del mercado. El gobierno tiene que intervenir en su reforma, orientación y control).

Para el financiamiento de ese programa, además de las asignaciones presupuestarias, puede crearse un fideicomiso extrapresupuestario, que se nutra con la restitución de los aportes patronales y de impuestos al sector financiero (en un cálculo realizado por José Sbattella se comprueba que por esta vía podrían recaudarse 9.500 millones de pesos anuales) 2.

Las ventajas de este modelo son múltiples. En el plano económico estimula el consumo de bienes de mediana complejidad producidos por la industria nacional, con importante participación de empresas medianas y pequeñas: entre otros, alimentos, vestido, calzado, electrodomésticos, materiales de construcción. Además, se trata de producciones con muy poco componente importado, de modo que no son gravosas para la balanza de pagos; más aun, podrán generar divisas por la posibilidad de exportación, sobre todo a Brasil, que ha decidido adoptar un modelo de consumo masivo. En el plano social implica la incorporación a la sociedad de amplios sectores de la población, que han sufrido un creciente proceso de exclusión. Esta integración no es sólo cuantitativa -abandonar la marginalidad-, sino sobre todo cualitativa, al dejar de depender de un subsidio y pasar a percibir un salario. En lo político, consolidaría la unidad nacional por la supresión de exclusiones, por la obra pública que restablecerá la comunicación y el transporte para todo el país y por el renacimiento de las economías regionales.

Por supuesto, las políticas de consumo masivo dan el impulso; pero deberán ser acompañadas por otras actividades mucho más complejas, que eleven la jerarquía del sistema productivo. A modo de ejemplo pueden citarse las industrias cerebro-intensivas, como la atómica, la biotecnológica, la microelectrónica, la aeronáutica, la naval, la siderurgia creativa, el desarrollo misilístico... todas industrias que existían en otros tiempos en Argentina.

Acelerar el proceso

El logro de estos objetivos debe ser la consecuencia natural del crecimiento global de la economía, que en este caso obedece -entre otros factores- a la reactivación económica y a la política de sustitución de importaciones. Pero además es necesario acelerar el proceso mediante políticas enérgicas y específicas dirigidas a redistribuir ingresos y a reindustrializar el país; de otro modo, la transformación será lenta. Un reciente y muy documentado estudio demuestra que la reducción de la desigualdad por medio de políticas específicas tiene un efecto mucho mayor que el crecimiento económico global 3.

Se trata de impedir que las empresas grandes se queden con la renta de la mayor productividad del trabajo, como ocurrió en el decenio de 1990. No porque sean grandes, ni porque sean, acaso, moralmente atacables, sino porque evaden sus ganancias y empobrecen así al conjunto de la comunidad. Un programa de consumo masivo no puede apelar ni depender de la bondad 4 de los principales actores económicos, sino del vigor de las políticas de Estado. Es viable que estos frutos sean captados por la mitad de la población que está bajo la línea de pobreza. Primero, porque los desocupados y subocupados percibirán ingresos genuinos; y segundo, porque la mayor actividad económica generará más ingresos fiscales (siempre que haya -una vez más la política- una reforma fiscal progresiva), que podrán volcarse en inversiones públicas y gastos sociales. El cumplimiento de estos requisitos implica una acción muy firme del Estado y una serie de reformas de las cuales aún no se habla o se habla muy poco. Vale la pena discutir este cambio de modelo económico.

  1. Son los trabajos presentados a la conferencia organizada por el Institute for International Economics, en Washington, en noviembre de 1989. Ese material está recogido en J. Williamson, Latin American adjustment: how much has happened?, Institute for International Economics, Washington, 1990.
  2. Véase José Sbattella, "Recursos propios para la reactivación", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre de 2003; y Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, "En busca del desarrollo perdido", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2003.
  3. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA) y Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Hacia el objetivo del milenio de reducir la pobreza en América Latina y el Caribe, CEPAL, Santiago de Chile, 2003.
  4. Recordemos aquello de "les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo", de Juan Carlos Pugliese.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 55 - Enero 2004
Páginas:6,7
Temas Neoliberalismo, Economía
Países Argentina