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Recuadros:

La producción de maquinaria agrícola, un sueño trunco

Nadie diría, ante la realidad actual, que Argentina fue pionera mundial en el desarrollo de maquinaria agrícola. Casi al mismo tiempo que comenzaba el explosivo desarrollo de la Pampa Húmeda, en 1870, en Argentina se fabricaban las primeras cosechadoras y los primeros arados de industria nacional. Hasta el segundo tercio del siglo XX se sucedieron innovaciones que permitieron pensar en la consolidación de un polo industrial de maquinaria de alta tecnología. No fue así, y hoy este sector atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia.

Hacia fines del siglo XIX la Pampa Húmeda se constituyó en un centro de atracción de los intereses europeos. Si bien Argentina disponía de una importante cantidad de tierras -unos 60 millones de hectáreas de la región pampeana- excepcionalmente aptas para la producción ganadera y agrícola de clima templado, faltaba una serie de elementos para poder ponerlas en pie de producción. Suele hablarse de tres factores que lo hicieron posible:

1. El auge de las exportaciones de productos primarios desde la periferia hacia los países europeos que, en curso de acelerada industrialización, requerían de materias primas para sus fábricas y alimentos para sus urbes en crecimiento.

2. Europa no sólo se transformó en un importante mercado consumidor; también ofreció los capitales necesarios para la modernización y expansión de economías exportadoras. En el caso argentino, estos capitales se dirigieron principalmente a financiar la construcción de ferrocarriles e, indirectamente, la obra pública.

3. La escasez de mano de obra disponible representaba un escollo importante para el incremento de la producción, en particular de la producción agrícola, que demanda mayor cantidad de trabajo que la ganadera. Una vigorosa ola de inmigrantes, venidos principalmente desde el sur de Europa, cerró esta brecha.

Pero no sólo fue necesario disponer de tierras, capital y población. Estos elementos debieron conjugarse con una serie de mejoras tecnológicas que permitieron que la agricultura dejara de desarrollarse en condiciones primitivas. Debe recordarse que hasta bien entrado el siglo XIX las tareas rurales se basaban en la utilización del arado de madera (tirado por bueyes), la rastra de ramas, la siembra a mano, la siega con hoz y la trilla a pata de yegua (pisando las espigas con las patas del animal). Este escenario se transformó radicalmente con la introducción de maquinaria agrícola que indujo la incorporación de métodos modernos en la siembra, el cultivo y la cosecha.

En resumen, todos estos factores fueron vitales para el salto productivo ocurrido entre fines del siglo XIX y principios del XX. Así, mientras que en 1875 la superficie sembrada con granos y forrajes en la región pampeana era de 340 mil hectáreas, en 1930 ya llegaba a los 25 millones de hectáreas. Los escasos 10 kilómetros de vías férreas que existían en 1857 se extendieron hasta casi alcanzar los 40.000 kilómetros en las primeras décadas del siglo XX. Y la población rural, merced a la incorporación de los inmigrantes, se triplicó entre los años 1869 y 1914.

En este marco, la integración vertical de diferentes industrias alrededor de tecnología propia fue lo que permitió soñar con el paso de una economía rudimentaria y semicolonial a otra dinámica y exportadora, capaz de promover una estructura social más compleja y autónoma, con mayores posibilidades de generar condiciones de trabajo y de vida dignas para la población.

 Los pioneros

 Desde la segunda mitad del siglo XIX la Pampa Húmeda se fue poblando con inmigrantes; en algunos casos (los menos), como efecto de políticas colonizadoras. Una de las historias más exitosas en este aspecto comenzó en 1856, cuando 200 familias establecieron Esperanza, en la Provincia de Santa Fe, dando origen a la primera colonia agrícola de la región. Allí mismo, un italiano llamado Nicolás Schneider fabricaba en el año 1878 el primer arado de industria nacional. Pero hubo otros grandes pioneros, como Adolfo Fauçon, vecino de Bragado, que en el año 1873 inventó la primera cosechadora, a la que llamó "simultánea segadora y trilladora Argentina"; o Bartolomé Long, que dos años más tarde, en Colonia Gessler, hizo lo propio con una máquina para desgranar el trigo de la planta antes del corte.

Estanislao Zeballos, en un texto de 1883, describe el asombro que causaban estas máquinas en la inmensidad de los campos: "...de cuando en cuando, se veían grandes máquinas de segar y trillar que marchaban majestuosamente arrastradas por bueyes. ¿Adónde van? -pregunta el viajero a su baqueano-. Van a cosechar los trigos que se ven en todas direcciones. Estas máquinas, señor, agrega el paisano, ruedan de sembrado en sembrado a hacer la cosecha, como íbamos nosotros antes con la yeguada de era en era haciendo la trilla" 1.

Hacia comienzos del siglo XX también se fue mecanizando la siembra con sembradoras al voleo que reemplazaron la manual, predominante hasta entonces; y la lista de pioneros y de avances tecnológicos no hizo más que ensancharse.

En Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires, Juan Istilart produjo en 1916 la primera trilladora a vapor, toda una revolución en su tiempo, y en 1920, junto a otras firmas como la de Santiago Rosso, diseñaron y lanzaron al mercado una línea completa de rolos y rastras. En San Vicente, provincia de Santa Fe, Juan y Emilio Senor, que habían comenzado en 1900 a producir carros para el campo, lograron 22 años más tarde la fabricación de la primera cosechadora argentina de remolque para tiro animal. Poco después, en 1929, Alfredo Rotania desarrolla en su fábrica de Sunchales (Santa Fe), lo que sería uno de los grandes hitos en la historia de la innovación tecnológica del país: la primera cosechadora automotriz del mundo. Esta máquina, perfeccionada por Miguel Druetta en 1932, tiene un diseño que, en sus características generales, todavía es utilizado en las cosechadoras automotrices.

Estas innovaciones constituyen un verdadero mérito de la industria nacional, sobre todo si se tiene en cuenta que firmas extranjeras como John Deere o Massey Harris comenzaron con la fabricación de este tipo de maquinaria recién a fines de la década del '30 o bien en la del '40. Más aun, en las primeras décadas del siglo XX, Argentina no sólo estaba a la par de EE.UU. o Europa, sino que algunos la consideraron como "el país líder" en materia de cosechadoras y sembradoras 2.

En esta etapa las capacidades tecnológicas acumuladas y las características del mercado local permitieron que, en muchos casos, los agricultores constituyeran pequeñas empresas "familiares" que luego devendrían en dinámicas industrias. En este sentido, también es importante reconocer que la existencia de estos emprendedores se relaciona con la estructura social resultante del régimen de tenencia de la tierra. Lamentablemente, en Argentina no son muchos los casos en los que la producción agropecuaria se apoyó en una clase de productores medios, con unidades de explotación de dimensión tal que permitiera e incentivara la utilización de tecnología, en este caso, de maquinaria e implementos agrícolas.

 La sustitución de importaciones

 La crisis mundial iniciada en 1929 produjo un cambio profundo en la economía y, en línea con la ola proteccionista con que en casi todo el mundo se enfrentó la crisis, se impulsó la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Este proceso se fortaleció con la Segunda Guerra Mundial, ya que se paralizaron nuevamente las importaciones y aumentaron el volumen y los precios de los productos agrícolas exportados. De esta forma se generaron las condiciones para que parte del excedente proveniente del agro se destinara a subsidiar el proyecto industrializador.

Por esa época en el ámbito de la industria agrícola la mayoría de las fábricas locales dieron comienzo a la transformación de máquinas cosechadoras de arrastre en automotrices. Adicionalmente, la heterogeneidad regional del país y la consecuente diversidad productiva del agro continuaron motivando la construcción y adaptación de maquinaria. Por ejemplo, las empresas Mainero y Minervino iniciaron el ciclo de los primeros equipos para cosechar girasol y Vassalli y Giubergia comenzaron a fabricar equipos para cosechar maíz utilizando cosechadora por primera vez en el mundo.

Cuando concluyó la Guerra comenzó a plantearse un dilema respecto del proyecto ISI. La producción agrícola latinoamericana, que históricamente había contado con ventajas relativas basadas en la dotación de recursos naturales y en el bajo costo de la mano de obra, comenzó a perder importancia frente a competidores más tecnificados. La disminución de los ingresos provenientes de la exportación de materias primas impactó en una merma de los recursos que podían asignarse a la industria y al consumo urbano en general.

Se vislumbraron entonces dos estrategias posibles. Por un lado, la de quienes apoyaban avanzar en el proceso de industrialización, en paralelo con una modernización del sector rural. Por otro, la de quienes promovían el retorno al perfil exportador de productos primarios, con el consecuente desguace del sector productor de manufacturas. Esa disyuntiva se zanjó con una opción intermedia, que pasó a la historia con el nombre de desarrollismo. Sus notas fundamentales fueron propugnar la profundización del desarrollo industrial sin intervenir en el ámbito agrícola y cerrar la brecha de recursos necesarios para financiarlo a través de los "aportes" de un nuevo actor económico: las empresas transnacionales (ET).

Un elemento crucial de la etapa ISI, en particular de la fase desarrollista, fue el papel del Estado. Dentro de las múltiples aristas que implicó su acentuada participación en el proceso productivo, se destaca negativamente la de generar un tipo de relación con la cúpula empresaria que limitó los esfuerzos dedicados a la innovación tecnológica: para aumentar las ganancias era más redituable operar en el nivel político que sobre otras variables convencionales ligadas a la productividad 3.

Como si esto fuera poco, las políticas proteccionistas ampararon a las ET, que fomentaban un tipo de industria desvinculada de las necesidades locales, reproduciendo en forma indiscriminada y a pequeña escala lo que generaban en sus casas matrices emplazadas en países centrales. Esta reproducción, además, era parcial, ya que las "innovaciones" llegaban a las filiales tercermundistas cuando en los países avanzados habían quedado obsoletas. Estos mecanismos perversos pudieron desplegarse por la situación de monopolio u oligopolio que, de hecho o de derecho, se concedió a las ET a cambio de su inserción nacional.

 La decadencia

 El desarrollismo no implicó el fin de las tensiones entre los intereses agrícolas y los industriales. El flujo de inversiones de las ET fue mucho menor al esperado y la industria siempre necesitó de un financiamiento que sólo podía provenir de gravámenes a la agricultura. El accionar de las poderosas elites tradicionales, la subvaloración cultural de la innovación tecnológica, la inestabilidad política traducida en bruscos virajes ora pro industrialistas, ora pro agroexportadores, terminaron socavando las bases de la ISI.

El proceso de "desustitución", que se inicia con José Alfredo Martínez de Hoz en 1976 y alcanza su apogeo en la década de 1990, marca una nueva etapa en la historia económica argentina. Las políticas de ajuste estructural desarticularon una matriz productiva que ponía en el centro del ciclo económico al crecimiento industrial, abastecido por divisas que aportaba el agro pampeano. A partir de estos cambios se rompe el sendero evolutivo planteado a partir de 1930, en el que había espacio para empresas locales y para la generación y circulación de conocimiento e innovaciones en el entramado industrial.

En lo que hace a la industria de maquinaria agrícola, hasta mediados de 1980 todavía podía observarse una gran diversidad de marcas, modelos y fábricas como Vassalli, Bernardin, Senor, Araus, Susana, Rotania, Alasia, Daniele, Gema, etc., pero ya no se podía hablar de un liderazgo mundial, más bien todo lo contrario. El carácter semi-cerrado de la economía argentina había generado un sector con escasa competitividad frente a los mercados externos.

Esta situación quedó expuesta con toda crudeza durante la convertibilidad (década de 1990), cuando a las debilidades de la industria se sumaron la sobrevaluación del peso, las dificultades para acceder al crédito, los subsidios encubiertos a los competidores externos, etc., provocando la desaparición de muchas empresas y llevando al sector al peor momento de su historia. Algunas estadísticas dan cuenta de este descalabro: entre 1990 y 2000 cerró sus puertas el 70% de las fábricas de cosechadoras en el país 4; la producción de tractores cayó de 6.135 en 1990 a 98 (!) en 2001 5. Otro registro escalofriante: si se compara el censo económico de 1974 con el de 1994, se observa que la mano de obra ocupada en el sector de maquinaria agrícola se redujo en más del 40% (pasó de más de 20.000 a menos de 13.000 empleados). La situación del sector en los años posteriores hace pensar que estos problemas se han agudizado.

En las últimas décadas los adelantos tecnológicos en diversos lugares del mundo plantean una alta exigencia, sea para la producción de maquinaria agrícola como para ocupar un lugar en los mercados. Al mismo tiempo una coyuntura favorable como la actual podría revitalizar una industria que supo obtener logros tecnológicos a nivel mundial.

Este sector reúne esperanzadoras condiciones, en tanto el mercado local sigue siendo lo suficientemente importante como para sostener una demanda relevante. Tanto es así que la favorable situación del último año (devaluación, altos precios del agro) ha permitido la reapertura de varias plantas fabriles. Pero para que este repunte sea algo más que un fenómeno coyuntural y se logre un verdadero fortalecimiento del sector deben pensarse e implementarse políticas de mediano y largo plazo, que premien el dinamismo innovativo y la generación de puestos de trabajo y de mano de obra especializada.

El paradigma tecno-productivo que se instala a partir de las últimas décadas del siglo XX se caracteriza por incrementar la relevancia de los procesos ligados al desarrollo de la capacidad científica y tecnológica y disminuir la de la producción de commodities, tanto de productos primarios como industriales. Las sociedades que no logren articular su base productiva con el desarrollo tecnocientífico enfrentarán graves obstáculos para garantizar condiciones de vida dignas para el grueso de su población.

  1. Estanislao Zeballos, Descripción amena de la República Argentina, Editorial Peuser, Buenos Aires, 1883.
  2. Así lo sostuvo el destacado economista agrario Theodor Brinkmann, citado por Rodolfo Frank en "Ganar el pan con el sudor de la frente"
  3. Hugo Notcheff, "¿Existe una Política de Ciencia y Tecnología en la Argentina? Un enfoque desde la Economía Política", Desarrollo Económico, Nº 164, Buenos Aires, 2002.
  4. Consejo Federal de Inversiones, "Eslabonamiento Productivo del Sector Maquinaria Agrícola Argentina", CFI, Buenos Aires, 2001.
  5. "Informe económico trimestral, segundo trimestre 2003", Secretaría de Política Económica, Ministerio de Economía, Buenos Aires.

Los criollos de la Pampa Húmeda

Cao, Horacio y Vaca, Josefina

En la etapa colonial, las clases populares locales eran llevadas compulsivamente a realizar tareas en el campo. Gobernadores y virreyes dictaban bandos obligando a ir a la siega. Un bando del año 1787 establece que, “(…) la recogida de trigo de la presente cosecha se efectue, con la mayor prontitud posible y para que no falten a los Labradores los Peones necesarios para esta faena, ordeno y mando que desde el día de la publicación de este vando deven zesar las obras que hay en esta Capital y sus contornos, hasta acabada la siega, y que los peones que se ocupan de estos fines y los indios, negros y mulatos, libres salgan á las chacras á conchavarse; O lo hagan en esta Ciudad con quien los necesite para segar (so) Pena de doscientos azotes en el rollo, y dos meses de varranca con destino a los trabajos Publicos” 1.
Esta dedicación, forzosa, hizo que los criollos aprendieran a realizar estas tareas. Un capítulo no siempre conocido de la expansión del emprendimiento agrícola pampeano los tiene como directos protagonistas. Se trataba de un suelo muy diferente al europeo y el desarrollo tecnológico es el resultado de un proceso evolutivo donde el conocimiento del entorno es un elemento fundamental.
El informe Bialet-Massé lo relata con elocuencia inigualable. “Yo no haré aquí la historia de las colonias de Santa Fe; pero no puedo menos de llamar la atención de V.E. sobre este hecho importante. Cuando se fundó la primera colonia, La Esperanza, se dieron a los colonos extranjeros arados, semillas y todos los menesteres para su establecimiento. (...) La primera siembra fue un fracaso, la segunda también. Los colonos, desalentados, abandonaron la colonia y se vinieron a Santa Fe. Estudiadas las causas del fracaso se vio que los colonos no sabían ni arar, ni sembrar, ni segar, ni trillar; el defecto estaba en la ignorancia técnica del colono. Después de un tercer fracaso, cuando se negaban a volver, se buscaron agricultores criollos, y los colonos volvieron acompañados de un criollo para cada familia. (...) Los primeros surcos trazados en la Pampa, de una manera racional y eficaz, no fueron trazados por los colonos inmigrados, sino por los hijos del país que les sirvieron de maestros” 2.

  1. Archivo General de la Nación, Libro de Bandos Nº 5, f. 87-88.
  2. Juan Bialet-Massé, Informe Bialet-Massé, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1985.


El problema de la aridez de la tierra

Cao, Horacio y Vaca, Josefina

En las regiones áridas o semiáridas el problema de la tierra adquiere características especiales. Por ejemplo, el caso de las provincias de San Juan y La Rioja. En estas dos jurisdicciones el área conjunta dedicada a la agricultura no llega a las 150.000 hectáreas, mientras que 3 millones de hectáreas se destinan a ganadería extensiva con bajísima productividad (unas cinco cabezas por hectárea) 1. El insumo crítico en este tipo de medio es el agua, lo que unido al bajo grado de desarrollo, determina que el grueso de la tierra se mantenga sin uso, muchas veces en manos del Estado.
Sin embargo, los cambios tecnológicos ocurridos en los últimos años (por ejemplo, los que han hecho económicamente factible el riego por aspersión y goteo) y la construcción de grandes embalses han extendido el área agrícola potencial, por lo que están dadas las condiciones para incrementar sustancialmente la producción agrícola de estas provincias. Es concebible una red de pequeños propietarios agrícolas, a partir de la cual se pueda generar una sociedad más igualitaria y dinámica de la que se observa hoy, donde una inmensa masa de desposeídos, atrapados en las redes clientelares estatales, contrasta con la gran propiedad de la tierra que surge como cabeza de la reestructuración del campo.
Existen tierra y agua disponibles y también pueden obtenerse capital (prestable y reintegrable); mano de obra (sobrante en el Estado y desocupada en forma abierta y/o encubierta en los centros urbanos de las provincias) e instrumentos jurídicos que facilitarían la redistribución de las propiedades: ninguna Constitución Provincial prohíbe la distribución de tierras fiscales, y una adecuada política impositiva puede inducir la transformación de los grandes latifundios destinados a la ganadería extensiva.
En cuanto a la disponibilidad de capital, el sector público no puede alegar falta de fondos; las administraciones provinciales dilapidan una gran cantidad de recursos en sostener redes clientelares y el Estado Nacional gasta ingentes sumas en programas promocionales que, muchas veces, sólo sirven para facilitar la evasión fiscal y la obtención de exorbitantes tasas de ganancias para los ricos de siempre. Un ejemplo son los “diferimentos impositivos”, a los que muchos analistas consideran el eje de la reestructuración agrícola en provincias como éstas. Sin embargo, en línea con el modelo de acumulación vigente, estos subsidios terminan generando a un costo colosal emprendimientos agrícolas que funcionan como enclave con efecto nulo sobre la estructura socioeconómica local.
Por último, sobre la disponibilidad de mano de obra, si bien no existen masas de campesinos carentes de tierra pugnando por acceder a ella, como ocurre en otros lugares de América Latina 2, con los adecuados incentivos, financiamiento y capacitación, la población que hoy lleva una vida miserable en las áreas periurbanas puede tener la posibilidad de rehacer su vida y a la vez de participar en la construcción de un proyecto para toda la sociedad regional.

  1. Ver Censo Agropecuario 2002.
  2. Aunque el problema de la tierra no tiene la entidad que se observa en otros países de América Latina, en las provincias de Cuyo, el NEA y el NOA es un tema a tomar en cuenta. Ver, Camilo Ratti y Guillermo Posada, “La tierra es nuestra. Movimiento campesino de Santiago del Estero (MOCASE)”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2000.


Autor/es Horacio Cao, Josefina Vaca
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 55 - Enero 2004
Páginas:8,9
Temas Tecnologías, Agricultura, Desarrollo
Países Argentina