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Recuadros:

Diez años de zapatismo en Chiapas

Con su revalorización de la democracia y su voluntad de crear espacios autónomos dentro de Estados plurales, los zapatistas se diferencian de los movimientos revolucionarios anteriores y de los identitarios contemporáneos. Han sido pioneros de la afirmación de un nuevo movimiento indígena en América Latina y de los debates de la altermundialización, así como testimonio de la necesidad y las dificultades de una reformulación de la praxis de izquierda. Se avizora una confrontación con las empresas transnacionales por las riquezas naturales de Chiapas.

"Luchamos por el trabajo, la tierra, un techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad. Democracia, justicia y paz. No dejaremos de combatir antes de haber obtenido satisfacción y formado un gobierno libre y democrático para nuestro país" 1. Los términos de la primera declaración de la Selva Lacandona, difundida el 1º de enero de 1994 en el sudeste mexicano, no se prestan a equívoco. Su resolución y evidencia remiten al perfil de la organización que la firma, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Un "ejército" de algunos miles de indios mayas, provistos o no de verdaderos fusiles, con el rostro muchas veces escondido tras un pañuelo o un pasamontañas, que se apoderaron de cuatro localidades importantes del Estado de Chiapas... ¡el mismo día de la entrada en vigencia del Tratado de Libre Cambio Norteamericano (TLCaN, o NAFTA según su sigla en inglés) entre México, Estados Unidos y Canadá!

La sorpresa de las autoridades estuvo a la altura de la audacia de los insurgentes. La sorpresa tal vez fuera fingida, la audacia parecía suicida. En todo caso, la noticia del levantamiento dio la vuelta al mundo, otorgando de entrada una resonancia internacional vital a la insólita rebelión de los olvidados del "milagro mexicano".

Rechazados militarmente, los zapatistas se replegarían a lo más recóndito de sus regiones y aldeas de origen. En la ciudad de México una manifestación masiva reclamó el fin de las hostilidades y el 12 de enero el presidente Carlos Salinas de Gortari decretó un cese del fuego unilateral. Comenzaron entonces laboriosas negociaciones entre el gobierno federal y el EZLN.

El 16 de febrero de 1996 las dos partes terminaron firmando los únicos acuerdos a los que se ha llegado hasta hoy; los llamados de San Andrés. Se refieren a los "derechos y cultura indígenas" y tienen su fuente en los aportes de un amplio panel de "consejeros" externos, actores y expertos en la materia, invitados por los delegados zapatistas a participar de los debates. Estaban previstos otros temas de discusión, como "democracia y justicia", "desarrollo y bienestar", etc., pero a comienzos de septiembre del mismo año los comandantes rebeldes deciden "suspender" el diálogo, debido fundamentalmente a la reticencia gubernamental para poner en práctica los acuerdos firmados y al hostigamiento militar contra los pueblos y aldeas favorables a los zapatistas.

Siete años más tarde, a pesar de cierta democratización del juego político mexicano, los datos del problema prácticamente no han cambiado. Es cierto que después de más de 70 años en el poder el Partido Revolucionario Institucional (PRI) cedió su lugar a la cabeza del Estado, en diciembre de 2000, al Partido de Acción Nacional (PAN). Es cierto que el nuevo presidente electo, Vicente Fox, se jactaba, al tomar el poder, de que solucionaría el conflicto de Chiapas "en un cuarto de hora". Es cierto que, como consecuencia de la "marcha de los zapatistas a la ciudad de México" en marzo de 2001 2, se votó finalmente una reforma constitucional dirigida a dar efectividad a los acuerdos de San Andrés. Pero como el proyecto redactado en 1996 por la Comisión Parlamentaria de Concordia y de Pacificación (Cocopa) quedó desnaturalizado, la reforma fue percibida por los rebeldes, los movimientos indígenas mexicanos y la mayoría de los observadores como un nuevo insulto a la realidad, como "una negación de las poblaciones autóctonas como sujetos de derecho", según el análisis de Gilberto López y Rivas, ex presidente de la Cocopa. La resolución del conflicto no avanzó un ápice. Siempre armado, el EZLN se mantuvo acantonado en los confines de Chiapas.

 Identidad y universalidad

 El zapatismo no se reduce, sin embargo, a sus interacciones con el gobierno federal y a los avatares de un proceso de negociación estancado. En diez años de vida pública consiguió marcar profundamente los espíritus mucho más allá de México. Gracias a sus actos y sus escritos, pero también a su evolución, sus diálogos con el exterior, su reacomodamiento a las circunstancias, la originalidad del movimiento logró consenso. Los guerrilleros gozan de una repercusión inversamente proporcional a sus acciones armadas. Contestatarios, asumen sus filiaciones históricas -indígena, marxista-guevarista, cristiana...- sin reducirse a ellas. Haciendo de necesidad virtud, este movimiento armado latinoamericano no pretende tomar el poder y aspira a desaparecer lo más rápido posible, porque se considera como algo "absurdo". El fenómeno es como para desconcertar.

Una insurrección indígena que lucha a golpes de comunicados de prensa, de declaraciones solemnes, de acciones simbólicas y de happenings pacíficos. Un portavoz, el "subcomandante" Marcos, erudito e irónico, cuyas palabras se cuelan en la red y desestabilizan a sus interlocutores. Un ejército de indios mayas, "primer movimiento simbólico contra la globalización" 3, que reivindica derechos legítimos, alienta a democratizar México y a combatir el neoliberalismo. Un levantamiento pos Guerra Fría, con la suficiente identidad como para no disolverse y suficientemente universal como para no replegarse. Un movimiento social regional que multiplica sus anclajes -indio, mexicano y humanista- sin oponerlos, que atempera su cosmopolitismo mediante el arraigo y su apego al territorio mediante el autosarcasmo. Revolucionarios demócratas y con identidad que conminan a la "sociedad civil" a tomar la posta. Una revuelta que habla de "indefinición" cuando se la incita a definirse, que ostenta sus dudas a manera de verdades. Un grupúsculo pionero del altermundialismo que, desde 1996, invita al mundo entero al "primer gran encuentro intergaláctico por la humanidad y contra el neoliberalismo". Iconoclastas, los rebeldes son también detonantes.

La última iniciativa zapatista vigente es la creación, en agosto pasado, de cinco Caracoles 4 en las regiones rebeldes de Chiapas, en el lugar y ubicación de las antiguas Aguascalientes (La Garrucha, Morelia, Oventic, La Realidad y Roberto Barrios). Son espacios de resistencia y de diálogo que desde 1994 han servido de marco a múltiples encuentros con la "sociedad civil". En un nuevo paso de afirmación de la autonomía zapatista, la instauración de los Caracoles está dirigida a "aplicar los acuerdos de San Andrés en los territorios rebeldes" por la vía de los hechos. Las treinta comunas autoproclamadas "autónomas zapatistas" desde diciembre de 1994 tienen allí su gobierno regional -los cinco "consejos de buen gobierno"- encargado de la educación, la salud, la justicia y el desarrollo.

 La estrategia de los Caracoles

 El proyecto, que ahora reserva para el EZLN y sus comandantes una función estrictamente militar, persigue así un doble objetivo conexo: controlar mejor las relaciones exteriores de las comunidades zapatistas, tanto con sus interlocutores externos (organizaciones no gubernamentales, solidaridad internacional, etc.) como con los indígenas no zapatistas.

La estrategia de los Caracoles corresponde al inédito perfil del movimiento en su conjunto, a lo que ha llegado a ser con el correr de los años, a pesar de sus postergaciones y sinsabores. Apuesta a la irreversibilidad de la movilización chiapaneca, a su pleno desarrollo en el seno de un movimiento social, campesino e indígena, fuerte y autónomo. Del zapatismo militar, al límite de sus posibilidades desde los primeros días de la insurrección, trata de emerger ineluctablemente un zapatismo social, civil, abierto y plural. Aunque para los rebeldes la justicia social sigue siendo la estrella a alcanzar, su búsqueda se apoya necesariamente en hacer más responsable al poder (mandar obedeciendo), en la revalorización de la democracia y la construcción de espacios autónomos multiculturales en el seno de Estados multiétnicos y soberanos.

Este importante aspecto, que diferencia a los zapatistas -así como a otros movimientos indígenas del continente- de los revolucionarios latinoamericanos que los precedieron, menos preocupados por la articulación del respeto a las diversidades que por el imperativo de igualdad, también los diferencia de otros movimientos identitarios contemporáneos, separatistas, frecuentemente violentos, replegados y crispados sobre míticas identidades homogéneas.

En Chiapas, sin embargo, dejó sus huellas la guerra de desgaste que llevó a cabo el gobierno del presidente del PRI Ernesto Zedillo (1994-2000). Exacerbados por las actividades de bandas paralimilitares y por la inyección de capitales sociales en aldeas oscilantes, los conflictos inter o intra comunitarios persisten. Por cierto es difícil estimar su impacto real en la determinación de las "bases de apoyo" zapatistas, pero el cansancio gana terreno en una población cuya vida cotidiana se ha deteriorado desde 1994.

La iniciativa de los Caracoles supone reconstruir lo que pudo degradar la intransigencia purista de algunos líderes rebeldes en relación con otras organizaciones indígenas. La actitud de las autoridades hacia esas estructuras paralelas de poder será determinante. Hoy en día es conciliadora o indecisa en las declaraciones; en el terreno, los militares siguen visibles. Pero hay otra tendencia que adquiere importancia: es la que, con ayuda de la privatización de los bienes públicos, transformará la tensión entre pueblos indígenas y Estado en una confrontación entre pueblos indígenas y empresas transnacionales, que tiene como elemento central en juego las riquezas naturales de Chiapas 5.

En el plano nacional, la simpatía flotante de la opinión pública por "la palabra de los sin rostro" sigue siendo una carta de triunfo para la rebelión, convertida así en una suerte de autoridad moral que es preferible no enajenarse para quien sueñe con pretender un mandato presidencial. Pero el radicalismo democrático de los rebeldes seduce más de lo que compromete. A pesar de múltiples intentos de articulación social, partidaria u organizativa, su aterrizaje en la escena política nacional ha terminado por capotar. La postura del subcomandante Marcos, que otorga los buenos o malos puntajes según las circunstancias, no deja de tener alguna influencia. Pero la razón principal reside, seguramente, en la dificultad para inscribir en la esfera pública de un país motor de la mundialización neoliberal un proyecto que exige renovaciones de la cultura política de contornos deliberadamente imprecisos... Entretanto, "el problema de Chiapas" ha dejado de contarse entre las prioridades de la agenda nacional.

A escala internacional, el zapatismo se apoya esencialmente en lo que de él hacen los observadores y los "partidarios del zapatismo" de Europa y América del Norte por un lado, y en las "apariciones" intermitentes del portavoz Marcos por otro. En la agenda de los primeros, la dinámica altermundialista de los Foros sociales mundiales ha cambiado un tanto la meta Chiapas. El talento del subcomandante, su peso preponderante en la (in)definición política del zapatismo y, por lo tanto, en su repercusión internacional siempre vital, no son cuestionados. Pero si bien en un primer momento todos reconocían fácilmente su sabor preferido en el cocktail zapatista, la atención tiende ahora a centrarse en lo que podría alterarlo. Dicho claramente, los debates de militantes y teóricos referidos al zapatismo remiten a los mismos debates que crispan el movimiento altermundialista: ¿qué identidad plural y qué estrategia organizativa para qué eficacia política?

Suceda lo que suceda en los próximos meses, el balance del aporte de diez años de zapatismo a la actualidad latinoamericana y a la dinámica de las luchas es considerable. Catalizadores de la democratización de Chiapas y de México, artesanos de la caída del PRI, motores de la constitución de un movimiento indígena nacional, e incluso latinoamericano, afirmativo, masivo y democrático, iniciadores de un nuevo universalismo que respeta las particularidades, los insurgentes de rostro cubierto "invitan a superar esas oposiciones que la modernidad occidental cree irreconciliables 6: la tensión entre igualdad y diferencia, la exclusión mutua de lo individual y lo colectivo. "Entre los ‘futuros promisorios' y el desencanto posmoderno, entre la intolerancia identitaria y la disolución de las culturas", el zapatismo participa "en la instauración de un nuevo pensamiento crítico" 7. Diez años después de la espectacular insurrección del 1º de enero de 1994 contra la injusticia y la pobreza, el reconocimiento mundial de los méritos de los insurgentes alimenta y se nutre de la dignidad reencontrada.

  1. ¡Ya Basta! Les insurgés zapatistes racontent un an de révolte, Dagorno, París, 1994.
  2. Véase La Fragile Armada - La marche des zapatistes, Métaillé, París, 2001; Ignacio Ramonet, "Marcos marcha hacia Ciudad de Mexico", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2001; La caravana de la dignidad indígena, Ediciones La Jornada, México, 2001.
  3. Ignacio Ramonet, Marcos, la dignidad rebelde, Ediciones Le Monde diplomatique, Buenos Aires, 2001.
  4. "La espiral es una referencia de larga data de los zapatistas para describir su acción: expansiva, de barrido amplio, se mueve sin cesar, pero no en redondo. Escapa al círculo repetitivo de la tradición, rompe el encadenamiento y la rutina. Evolutiva, nunca cerrada, no tiene ni interior ni exterior, va y viene desde adentro hacia afuera, inspira y expira, irradia y absorbe, reúne y disemina". Joani Hocquenghem, La stratégie de l'escargot (http://cspcl.ouvaton.org), 2003.
  5. Braulio Moro, "El Plan Puebla-Panamá, una recolonización disfrazada", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2002.
  6. Jérôme Baschet, L'étincelle zapatiste - Insurrection indienne et résistance planétaire, Denoël, París, 2002.
  7. Ibidem.

Cronología del movimiento zapatista

1994
1º de enero. Conducido por el “subcomandante” Marcos, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ocupa las principales ciudades del Estado de Chiapas (con excepción de la capital, Tuxtla Gutiérrez).
12 de enero. Cese del fuego unilateral del gobierno mexicano.
21 de febrero. Comienzo de las negociaciones de paz en San Cristóbal de Las Casas.
Agosto. Durante la Convención Nacional Democrática el EZLN propone la constitución de un movimiento de liberación nacional.

1995
15 de enero. El EZLN anuncia un cese del fuego unilateral e indefinido.
9 de febrero. Despliegue de miles de soldados del ejército federal en la zona rebelde.

1996
16 de febrero. Firma de los acuerdos de San Andrés Larrainzar sobre los derechos indígenas.
27 de julio. Encuentro intercontinental por la humanidad y contra el liberalismo (denominado “1º encuentro intergaláctico”).

1997
22 de diciembre. Masacre en Acteal de cuarenta y cinco supuestos simpatizantes de la guerrilla zapatista por paramilitares vinculados al Partido Revolucionario Institucional (PRI).

2000
2 de julio. Vicente Fox, candidato del Partido de Acción Nacional (PAN), gana las elecciones presidenciales.

2001
5 de enero. El EZLN restablece las negociaciones con el gobierno de Vicente Fox.
24 de febrero-11 de marzo. Marcha pacífica conducida por el subcomandante Marcos de San Cristóbal de las Casas (Chiapas) a México.


Autor/es Bernard Duterme
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 55 - Enero 2004
Páginas:10,11
Traducción Lucía Vera
Temas Mundialización (Economía), Movimientos Sociales
Países México