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Mientras Sancho Panza se esfuerza por movilizar a la opinión estadounidense contra la guerra en Irak, Don Quijote diseña en Estados Unidos una sociedad ideal, poscapitalista... Suele decirse a quienes impugnan el orden actual que “no tienen propuestas”, que “no hay alternativa”. Hay quienes recogen el desafío. “Ésta es nuestra utopía”, dicen, y citan ejemplos en Argentina. Cómo hacerla realidad, es otro asunto.   

En agosto de 2005, unas sesenta personas -militantes políticos, escritores, periodistas, sindicalistas- recibieron por correo electrónico una invitación prácticamente irresistible. Michael Albert, personalidad cercana a Noam Chomsky y miembro de la red Znet 1, proponía a los destinatarios de su mensaje -en general colaboradores de esa red-  una cita en su casa, diez meses más tarde, en junio de 2006, para discutir durante cinco días sobre la forma que podría tener la sociedad futura.

La propuesta llevaba las de ganar. Lanzada con casi un año de anticipación, no corría demasiado riesgo de chocar con agendas ya completas. Además, el seminario estaba previsto para poco antes del verano, en un sitio agradable (Woods Hole, en Cape Cod, a unos cien kilómetros de Boston, en la costa Este de Estados Unidos), con posibilidades de playa, excursiones... Por último, y ya de manera más seria, la reunión permitiría a los autores de Znet, algunos de ellos poco implicados en las actividades de la red, conocerse personalmente y reflexionar juntos durante cerca de una semana, en compañía de Noam Chomsky, Barbara Ehrenreich, Arundhati Roy, a los que ya se había contactado.

La invitación presentaba una ventaja suplementaria: la formulación misma del proyecto. En efecto, Michael Albert precisaba: "Imagine usted que cada sesión corresponda a una exposición sobre la visión del futuro, la estrategia, el programa, pero no sobre lo que no funciona en la sociedad actual, las distintas opresiones, etc.; que esa ponencia esté estructurada a partir de un texto distribuido previamente y comentado por una persona que también habrá sido elegida con antelación, y que todo ello desemboque en una discusión colectiva". Para aquellos invitados habituados a los foros sociales y a sus discursos estereotipados, que se repiten de Porto Alegre a Atenas, esa idea los liberaba de una letanía de sermones vengativos contra el "ultraliberalismo" y sus diversos secuaces.

Sobre ese punto, la promesa se cumplió. Es cierto que ni Chomsky, ni Ehrenreich, ni Roy asistieron al encuentro: los más célebres suelen ser los más anunciados y los que más a menudo informan que no podrán venir. Y si también hay que reconocer que en materia de "programa" o de "estrategia" no todo fue como estaba previsto, en cambio, en lo que hace a la imaginación y a la anticipación, no había motivos para quejarse. A causa del mal tiempo casi permanente, de comidas en grupo en el comedor de una empresa y del apretado programa de exposiciones y debates -mañana, tarde y noche-,  los participantes pudieron concentrar su atención en una problemática que sin embargo no es de mucha actualidad, en particular en Estados Unidos: suponiendo que el capitalismo ya no existe, ¿cómo sería la sociedad ideal?

Lo menos que puede decirse es que Michael Albert tiene cierta idea de cuál podría ser la respuesta. Albert pertenece a la tradición libertaria en el sentido más amplio 2, pero elaboró un esquema alternativo de sociedad aun más detallado que el de Chomsky, que rompe a la vez con el capitalismo (rechaza de entrada la regulación por el mercado) y con el socialismo (que inevitablemente generaría  una vanguardia antidemocrática y una clase de "coordinadores").

La economía participativa

Desarrollado hace unos quince años con Robin Hahnel, el proyecto de "economía participativa" (participatory economy o Parecon en inglés, Ecopar o participalisme en francés) fue el hilo conductor de los cinco días del seminario. Aunque los libros de Albert fueron traducidos en numerosos países, su impacto es demasiado modesto como para que resulte superflua una explicación, aunque sea sucinta, de su programa, su "utopía" 3.

Aunque "igualitaria", "solidaria" y "autogestionada", la economía participativa no reclama una igualdad absoluta de salarios y, menos aun, el principio -considerado irrealista- de "a cada cual según sus necesidades". Sus criterios de remuneración son "el esfuerzo y el sacrificio" en la "producción de bienes socialmente útiles". Por lo tanto, quien trabaje más, más intensamente y en las condiciones más difíciles, recibirá más. En cambio, quienes por suerte o por herencia dispongan de máquinas y de tecnologías más avanzadas, o de dones artísticos, físicos o intelectuales, no serán mejor remunerados que los demás.

La economía participativa aborrece la organización social que asigna tareas de ejecución, de limpieza o de secretariado a unos y que reserva las misiones de jefatura, de dirección y de creación a otros, y combate el modelo industrial nacido de la especialización fordista. Si en los países capitalistas, al igual que en los países "socialistas" (stajanovismo), ese modelo desarrolla de manera impetuosa la productividad, es a expensas de una organización del trabajo tan alienante y "tediosa" como la de una cadena de montaje de automóviles. Además según Albert  fomenta la emergencia de una tercera "clase", la de los "coordinadores", cuya aparición habría contradicho el esquema marxista según el cual la sociedad tiene como dialéctica principal la oposición entre los poseedores del capital y los que venden su fuerza de trabajo.

Preocupados por evitar cualquier vestigio o cualquier posibilidad de retorno, una vez que la euforia revolucionaria se haya disipado de esos especialistas, directivos y tecnócratas, de su desdén social y de su autoritarismo legitimado en su "capacidad", los "participalistas" proponen que en cada oficio se redefina el conjunto de las tareas, de manera tal que permita mezclar misiones de ejecución y de concepción. Ésa sería la única manera aceptable de distribuir las ventajas y las obligaciones del trabajo social. ¿Eso significa que el patrón de General Electric deberá de vez en cuando limpiar el ascensor o recibir el correo, mientras que la empleada de limpieza verificaría las cuentas? No, ya que no habrá más, ni en General Electric ni en otras empresas, ni "patrón" ni "empleada de limpieza", sino actores igualitarios de "conjuntos equilibrados de tareas" (balanced job complexes) concebidos y calculados a través de negociaciones o conversaciones.

Utopía prometeica a escala de un país gigantesco y de una economía tan diversificada como la de Estados Unidos, el proyecto ya encontró un (modesto) principio de aplicación en el terreno privado: la distribución de las tareas domésticas. Y no se trata de algo anecdótico ni subalterno, pues todo debe estar vinculado: "El avance en un terreno debe estar en armonía con el avance en otro terreno". En suma, una forma de participalismo ya existe en algunas empresas cooperativas, las que por medio de su simple existencia prefiguran la utopía autogestionaria, al mismo tiempo que la encarnan en el presente. "Incorporan a nuestros comportamientos inmediatos las semillas de un futuro desconocido".

La editorial South End Press, que Albert creó junto a otras personas siguiendo los vientos de la década del '60 y de la inmensa efervescencia progresista que la misma imprimió a la sociedad estadounidense, se inspiró en algunos de los principios enunciados más arriba. En South End Press (4 empleados), la negativa a separar las funciones de ejecución y de dirección es tan firme que en cierta ocasión se decidió excluir de la cooperativa a uno de sus miembros que, por temor a adoptar una medida perjudicial al grupo, se negó a asumir responsabilidades editoriales. La persona deseaba mantenerse en un puesto "subalterno", manifestando estar satisfecha de contribuir de esa manera a la tarea común. La respuesta fue que tal cosa era imposible: la ley del participalismo es dura, pero es la ley...

Es más fácil imaginar la situación inversa: en el caso en cuestión, la del editor o autor reacio a abandonar su tarea de investigación y de escritura para poder consagrar algunas horas diarias a la limpieza, a reparar los pozos de la calle o a trabajar en una mina de carbón (en efecto, la polivalencia requerida debe abarcar varios sectores de actividad a la vez). Susan George sugirió primero esa objeción a través de una pregunta "antropológica": ¿Existió acaso en el curso de la historia una sociedad sin clases, sobre todo cuando la definición de clases, más allá de la propiedad de los medios de producción, incorpora también los conocimientos de los "coordinadores"? Poco convencida de la respuesta (por cierto poco convincente), Susan George declaró tajantemente: "Desde el momento en que alguien está altamente calificado en lo que hace, debe poder dedicarse a fondo a esa tarea"; veredicto totalmente opuesto a la utopía que defienden Albert y la mayoría de las personas que había reunido en esa ocasión.

Aun suponiendo que el principio clave de la economía participativa no sea cuestionado, se plantea una larga serie de interrogantes. ¿Quién establece la remuneración al esfuerzo y al sacrificio? ¿Quién reorganiza el trabajo a partir de los llamados "conjuntos equilibrados de tareas"? ¿Quién decide el nivel y el tipo de la oferta (la producción)? ¿Y cómo habrá de preverse lo que reclamará la demanda (los consumidores)? Respuesta: la "planificación participativa" se ocupará de todo lo que antes decidía el mercado (injusto y fuente de despilfarro) y los coordinadores centrales (presuntamente autoritarios). Supongamos que así sea, pero ¿de qué -y de quién- se trata concretamente? Pues de "consejos imbricados" (nested councils), de múltiples actores sociales entremezclados, cada uno de los cuales tiene derecho a opinar en proporción a las consecuencias que las decisiones tendrán sobre ellos mismos; todos con acceso a una información de calidad, formados, confiados en sus aptitudes y motivados para desarrollar, comunicar y expresar sus preferencias.

Ambicioso programa, que postula la existencia de condiciones previas, relativas a la vez al conocimiento compartido, a la conciencia política, a la motivación y a la información democrática. No es de extrañar que esta visión de conjunto haya despertado dudas, a veces desdeñosas, y reiterados pedidos de precisiones 4. Uno de los objetivos del seminario organizado por Albert era probablemente dar más crédito a su modelo, sugiriendo ejemplos que de cerca o (más a menudo) de lejos evocaran el tipo de estructura autogestionada descripta más arriba.

Las fábricas recuperadas

Así fue como se puso proa rumbo a América Latina, comenzando por Argentina, donde hace algunos años, al grito de "¡Que se vayan todos!", nació un movimiento de recuperación de ciento ochenta fábricas abandonadas por sus propietarios, pero también de cooperativas, trueque, Sistemas Económicos Locales (SEL), autogestión y asambleas barriales 5. Desconfianza respecto de todas las instituciones, negativa a delegar y a dejarse utilizar por otros: el cuestionamiento de la propiedad privada de los medios de producción que se había producido en ese país no podía menos que encantar a los anarquistas. Parecía incluso "llevarnos a la Utopía, como en la película de René Clair de 1931, A nous la liberté!, donde la fábrica termina funcionando sola, mientras los obreros pescan, duermen la siesta, hacen un picnic o se divierten", según manifestó Marie Trigona, participante del seminario.

Dejando de lado la poesía cinematográfica, esas estructuras autogestionadas ya formaron "una red internacional de solidaridad que reúne las trescientas empresas recuperadas en Argentina, Venezuela, Brasil y Uruguay". En noviembre de 2005, incluso se realizó en Caracas una conferencia que reunió esas unidades de producción y otras de Europa (en total, estuvieron representadas 235 empresas). Un ejemplo de solidaridad entre ellas: un periódico autogestionado de Argentina publica gratuitamente los avisos de una agencia de viajes venezolana; a cambio, los obreros de ese diario van a pasar sus vacaciones junto al mar, en el Caribe. Ese tipo de trueque es vital para esas empresas, pues a falta de infraestructuras y de tecnologías adaptadas, la mayoría de esas cooperativas obreras, de tamaño modesto (la más importante es Zanon, una fábrica de cerámica argentina, que tiene 470 empleados), no podrían soportar el choque con el mercado capitalista. Por otra parte, algunos proveedores o clientes habituales dudan en trabajar con empresas cuya situación jurídica no es clara.

Y ése es sólo uno de los problemas. Los otros son la familia, el Estado, la "visión". La familia: el reclutamiento de nuevos empleados suele hacerse sobre esa base. "Desde que los empleados tomaron el control del hotel Bauen -precisa Marie Trigona- la cooperativa contrató ochenta y cinco personas. Casi todos eran hijos, hijas, madres, padres, hermanos y hermanas de los empleados." Es decir, que la estructura familiar y el nepotismo constituyen un lastre para la nueva utopía.

El Estado: las autoridades políticas argentinas no fomentaron la recuperación de las fábricas abandonadas. Pero tampoco enviaron las fuerzas del orden al asalto de la mayoría de las cooperativas. En síntesis, el movimiento sobrevive en medio de una ambigüedad jurídica -a veces con alguna ayuda financiera del Estado- pero no se propaga. Albert, que viajó a Argentina, manifiesta su decepción al respecto: a su entender, los empleados de las empresas recuperadas no trataban de extender su conquista a otras fábricas y talleres. Aunque se mostraban orgullosos de su nueva organización del trabajo, "no veían que lo que estaban haciendo era mucho más importante... que lo que estaban haciendo".

¿Falta de conciencia revolucionaria, de visión prospectiva? Susan George tiene otra interpretación. Recordó la objeción que Oscar Wilde (1854-1900) presentó al socialismo de su época: "Requiere demasiadas reuniones". Ahora bien, añadió Susan George en medio de un murmullo aprobador, "la gente se cansa rápidamente, no tienen ganas de dedicar todo su tiempo libre a participar en asambleas interminables y en un trabajo de evangelización". La observación apuntaba indirectamente al participalismo y a sus "consejos imbricados", de barrio o de empresa, de entre veinticinco a cincuenta adultos cada uno, que deliberan largamente para que todos los participantes puedan pronunciarse sobre los temas que les conciernen con conocimiento de causa. Y también para que puedan designar un delegado, revocable en todo momento, a una asamblea autorizada a decidir sobre un tema cuya jurisdicción supera la del grupo de base (en período de gripe aviar, por ejemplo, ¿una pequeña comunidad puede decidir dejar en libertad las aves enfermas?). Y ese esquema se repite... hasta cerca del sexto nivel: un Parlamento para toda la población mundial. El proyecto puede parecer complicado y la jurisdicción de los consejos imbricados poco delimitada. Pero es sólo un esquema y su aplicación no está prevista para dentro de poco...

En el caso de Argentina, la aparente incapacidad de las cooperativas para irradiar sus sistemas de autogestión a toda la sociedad se explicaba también por la conciencia del riesgo de represión que corrían los obreros si la experiencia se extendía. Ambicionar más podía significar perderlo todo, incluido el pequeño paraíso alcanzado. En síntesis, era mejor tener el Estado a favor que en contra, pues era un actor central de la experiencia de autogestión, incluso cuando no hacía nada. Por otra parte, en lo que hace a los patrones, el modelo argentino era sui generis: los empleados no se habían enfrentado a sus empleadores, sino que estos se habían retirado. Resulta difícil imaginar que Ford, Total o Mittal abandonen tan fácilmente la partida...

Dado que existen más cooperativas en Estados Unidos que en Argentina, los participantes en el seminario no ignoraban el reducido impacto que esa estructura puede ejercer sobre el modo de producción dominante. El sistema puede adaptarse a ella sin problemas, como por otra parte se adapta a los medios de comunicación alternativos, a las transgresiones culturales, a una mujer al frente del Departamento de Estado o a la existencia de presentadores de televisión negros. "Es interesante, pero completamente anecdótico", susurró una voz en la sala durante una ponencia que detallaba otra experiencia anti-autoritaria.

Ausencia de estructuras

Un participante argentino, Ezequiel Adamovsky, que había tomado parte en el levantamiento popular de Buenos Aires en diciembre de 2001, llegó a la siguiente conclusión: "Los movimientos que rechazan todo contacto con la política nacional son incapaces de establecer lazos con la mayoría de la sociedad. Pues lo que proponemos no es visto entonces como preferible, realizable. Las reglas y las instituciones que organizan la opresión son también las que organizan la vida social". En consecuencia, a su entender, es importante poder responder a la pregunta "¿Y ustedes qué proponen?". No pasar todo el tiempo repitiendo que la pobreza y el racismo existen y que eso no está bien, que la victoria sobre el sistema es posible. También es necesario dejar de creer que del caos habrá de surgir un orden espontáneo y precisar cómo y por quiénes serán retomadas las propuestas que se presentan. Sin dudas, los partidos políticos tratarán de colonizar los movimientos sociales para imponerles sus valores jerárquicos y autoritarios. Pero eso no debería hacer olvidar que demasiado a menudo en la vereda opuesta existe la... "tiranía de la falta de estructuras".

Ese mensaje, que en medio de semejante asamblea hubiera podido pasar por iconoclasta, prácticamente no generó reacciones. Seguramente porque al cabo de una década, la retórica de las soluciones parciales, de la red de comunidades, de "cambiar el mundo sin tomar el poder", empieza a cansar 6. Demasiadas palabras, demasiado "narcisismo anti-autoritario" 7, demasiada mediatización, pero muy poco efecto sobre un capitalismo siempre talentoso en el arte de recuperar todo lo que no lo amenaza frontalmente 8.

Ese cansancio -o esa lucidez- ya se percibe en algunos ecologistas europeos. Uno de los miembros del Movimiento Francés por el Decrecimiento, Vincent Cheynet, acaba de reprender severamente a algunos de sus compañeros: "A pesar de irritar, el mensaje de la simplicidad voluntaria (...) puede transformarse rápidamente en un acompañamiento y hasta en una legitimación del ultraliberalismo, cuyos propagandistas verán allí la prueba de que ese sistema permite a cada cual vivir como se lo proponga. Pensemos, por ejemplo, en la importancia de la comunidad amish de Estados Unidos: unas 250.000 personas viven sin automóviles, ni televisión, ni teléfonos celulares. Sin embargo, esa comunidad protestante no parece haber contrariado la expansión del modelo de consumo del país. (...) La máscara del ‘espíritu libertario' es entonces empleada, en contradicción con su contenido histórico, para defender un individualismo a ultranza y una profunda incapacidad para pensar lo colectivo. El ultraliberalismo generó verdaderos niños-soldados, no sólo en las multinacionales, sino también en el corazón de su oposición" 9.

Otros autores pertenecientes al movimiento libertario muestran el mismo tipo de impaciencia. Aunque están dirigidas a los "altermundialistas" y a sus Foros sociales, las admoniciones de Jean-Pierre Garnier podrían, en efecto, aplicarse perfectamente a algunos anarquistas: "No más organización jerárquica y centralizada, sino un ‘movimiento de movimientos' estructurado como una red; no más marco nacional previo para constituirse en fuerza política, sino un activismo sobre todo transnacional; no más clase obrera compacta y disciplinada, sino ‘ciudadanos' con importante capital cultural, preocupados por preservar su autonomía y su individualidad; no más creer en que ‘llegará el gran día', ni esperar el ‘futuro resplandeciente', sino ‘alternativas concretas' y ‘utopías realistas'.(...) Esa ‘figura moderna' no es otra que la de un neo-reformismo que lleva a fomentar una mundialización a la vez ‘democrática', ‘equitativa', ‘solidaria' y ‘ecológica'" 10.

El coraje de ser utópicos

La mayoría de los conferencistas de Woods Hole no eran ni reformistas ni menos aun  adeptos al oximorón de una mundialización "democrática". Sin embargo, algunas de las observaciones de Jean-Pierre Garnier les concernían, al menos de vez en cuando. Pues solían presentar el problema como si ya hubiera sido resuelto, como si algunas prefiguraciones de una utopía "libertaria" (una cooperativa en Boston, un movimiento indígena en Chiapas, una ocupación de propiedad en Ámsterdam) y el establecimiento de "lazos" diversos (internet, Foros mundiales) entre esas islas participativas, pudieran servir de estrategia política. Como si las experiencias locales que se ponían por las nubes no fueran tributarias de decisiones nacionales o internacionales (nivel de vida del país, impuestos, acuerdos de libre cambio, moneda, guerras...) que impiden edificar separadamente la propia utopía, "sin tomar el poder".

Como si un internacionalismo legítimo permitiera olvidar que ciertos Estados-nación han constituido terrenos de lucha, de solidaridad, y permiten asegurar las conquistas obreras que la "mundialización" se ocupa de demoler minuciosamente. Como si en la imaginada coalición de explotados, de víctimas, la resta no se impusiera a menudo sobre la suma, en particular a medida que las regresiones religiosas y los repliegues identitarios son más fuertes que las distintas formas de solidaridad económica.

Implicados en una multitud de combates inmediatos y muy concretos -sindicalismo británico, pacifismo estadounidense, altermundialismo europeo, programas libres para computadoras, solidaridad con Venezuela, defensa de los derechos de las mujeres afganas, etc.-, los seminaristas reunidos por Michael Albert podían estimar las dificultades concretas de esas actividades. No eran ni ingenuos ni satisfechos de sí mismos. Además sabían que, incluso "después del capitalismo", en una hipotética sociedad sin clases, muchos temas seguirán sin encontrar una respuesta evidente: el derecho de los niños, la legalización de las drogas, la pornografía, la prostitución, la libertad religiosa cuando contradice la igualdad de género, la asignación de recursos médicos onerosos como los de transplantes cardíacos, el trato a los animales, la clonación, la eutanasia... 11.

Precisamente -explica el escritor quebequense Norman Baillargeon- "la anarquía es la posibilidad de organizar una sociedad muy compleja con un mínimo de autoridad". Su camarada serbio Andrej Grubacic está convencido: "La era de las revoluciones no terminó. Y el movimiento revolucionario del siglo XXI no será socialista sino anarquista". Grubacic dice inspirarse en la economía participativa, "visión económica anarquista por excelencia", en las "municipalidades autónomas de Chiapas", y en "la búsqueda de consenso de los cuáqueros estadounidenses". Pero, en su opinión, los mayores reclutadores de anarquistas en países como Estados Unidos, "fueron escritoras feministas de ciencia ficción como Starhawk o Ursula K. LeGuin".

En definitiva, existen tantos tipos de anarquía como de anarquistas. Algunos se identifican con socialistas pre-marxistas como Charles Fourier o Robert Owen, que no olvidaban nunca que las cacerolas del futuro también se calientan con el fuego de los sueños. En 1949, un pensador de derechas mostró a su pequeña cohorte de evangelistas del mercado, "el coraje de ser utópicos" de aquellos socialistas. Friedrich Hayek (1899-1992), teórico del liberalismo, escribió por entonces: "Lo que nos hace falta es una utopía liberal que no se limite a lo que hoy en día parece políticamente posible". Basta cambiar un adjetivo para ver que la frase es de plena actualidad.

  1. http://www.zmag.org/ Se trata a la vez de una publicación, Z Magazine (10.000 ejemplares), de un centro de formación en técnicas audiovisuales, Z Media Institute, y de un boletín electrónico diario, en el cual un especialista analiza un tema de actualidad (150.000 abonados y suscriptores reciben Znet, mediante un pago de 30 a 120 dólares anuales, según su nivel de ingresos).
  2. Uno de los participantes, el serbio Andrej Grubavic, resumió así los "principios de base" del anarquismo: "Descentralización, asociaciones voluntarias, ayuda mutua, modelo de red y sobre todo rechazo de la idea de que el fin justifica los medios y de que el objetivo de un revolucionario es tomar el poder del Estado para imponer luego su visión a punta de fusil".
  3. Michael Albert, Realizing Hope: Life beyond capitalism, Z Books, Londres, 2006, del que fueron extraídas la mayoría de las citas que siguen. Para acceder a una exposición más detallada de la teoría, remitirse a: Michael Albert y Robin Hahnel, The Political Economy of Participatory Economics, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey), 1991.
  4. David Schweickart y Michael Albert mantuvieron un debate animado y complejo disponible en internet: www.zmag.org/debateschw.html
  5. Cécile Raimbeau, "En Argentina, ocupar, resistir, producir" y Pablo Stancanelli, "Apropiarse de la fuente de trabajo", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2005 y agosto de 2002.
  6. Uno de los participantes, Greg Wilpert, dio una idea del sentimiento que le inspiraban las teorías de John Holloway, autor de Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder, Buenos Aires, Herramienta, 2002, al titular su reciente libro, publicado por Verso (Londres): Changing Venezuela by taking power: The History and Policies of the Chavez Government (Cambiar Venezuela tomando el poder: historia y políticas del gobierno Chávez).
  7. Expresión de Andrej Grubacic en su intervención "The Anarchist Century".
  8. Serge Halimi, "Recuperar el cuestionamiento en beneficio propio", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2001.
  9. Vincent Cheynet, "Pour en finir avec l'altermonde", La Décroissance, Lyon, junio de 2006.
  10. Jean-Pierre Garnier, "L'altermondialisme: un internationalisme d'emprunt", Utopie critique, París, 2° trimestre de 2006.
  11. Esta lista retoma fundamentalmente la de Stephen Shalom, resumida en Michael Albert, Realizing Hope, op. cit. 
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 86 - Agosto 2006
Páginas:24,25,26
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Política, Economía
Países América del Sur, Estados Unidos, Irak