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Nuestro amigo Saddam

¿Tendrá lugar algún día el juicio contra Saddam Hussein por crímenes de guerra y lesa humanidad? Una cosa es segura: si se realiza, todo ha sido dispuesto para que el tribunal no pueda juzgar las complicidades de Estados Unidos y otras potencias extranjeras en la guerra contra Irán y en las masacres que llevó a cabo el ex dictador. Desde planes de ataque, ventas de armas y químicos a las sanciones de la ONU, las potencias occidentales han incitado y apoyado el ascenso y el mantenimiento de Hussein y el sometimiento y exterminio de su población.

En un café del antiguo centro de Bagdad, los clientes interrogados sobre el futuro juicio del ex-presidente Saddam Hussein, adoptan primero un aire grave para recordar los crímenes del dictador o la necesidad de dicho proceso. Luego, al cabo de algunas frases, todo el mundo sonríe y mira para otro lado, como si el juicio no pudiera aportar nada serio. Todos están convencidos de que Estados Unidos controla totalmente el tribunal ante el que deberá comparecer el ex dictador y que ningún extranjero será acusado, por más que hubiera cometido crímenes atroces en Irak. "Si ese juicio se realiza alguna vez, de lo cual dudo -precisa un profesor-, jamás analizará la cuestión de las relaciones de Saddam con los otros países". Un ingeniero agrega: "Eso podría revelar muchos asuntos que no le convienen a Occidente".

Consultado mucho antes por el Departamento de Estado, que jugó un papel clave en la creación de este tribunal, el experto jurídico estadounidense Cherif Bassiouni explica: "Se hizo todo lo necesario para instalar un tribunal cuyos jueces no serán independientes sino, al contrario, estrictamente controlados; al hablar de control quiero decir que quienes organizan este tribunal deben garantizar que Estados Unidos y las otras potencias occidentales no serán puestas en tela de juicio. El estatuto mismo del tribunal impedirá que Estados Unidos y los otros países puedan ser acusados de ninguna manera. Eso hará que ese juicio sea incompleto e injusto. Una venganza del vencedor".

En efecto, los organizadores del juicio, estadounidenses e iraquíes, decidieron que el tribunal especial que juzgará los crímenes de Saddam Hussein no podrá acusar de complicidad a ningún extranjero, lo que equivale a decir: ningún estadounidense, ningún británico y ningún francés. Sin embargo, la historia de los últimos cuarenta años está llena de ejemplos de complicidad -y hasta de coautoría- en los crímenes del régimen baasista por parte de extranjeros, entre ellos cinco presidentes estadounidenses, al menos tres presidentes franceses, varios primeros ministros británicos y numerosos empresarios occidentales.

Fue bajo la presidencia de John F. Kennedy que Washington comenzó a apoyar las matanzas en Irak. En 1963, preocupados por los acercamientos del presidente Abdel Karim Qassem con Moscú y sus amenazas de nacionalizar el petróleo, Estados Unidos decide actuar. El 8 de febrero de 1963 apoya al golpe de Estado de un partido político profundamente anticomunista, el Baas. El consejero político de la embajada de Estados Unidos en Bagdad inmediatamente después del golpe, James Akins, confirma: "Suministrábamos a los baasistas dinero en grandes cantidades, y también equipamientos. No se lo decía abiertamente, pero muchos de nosotros lo sabíamos".

Luego de haber fusilado al presidente Qassem, los baasistas mataron y torturaron a miles de comunistas y simpatizantes de izquierda: médicos, magistrados, obreros. "Teníamos una sola orden: ¡exterminar a los comunistas! El joven Saddam Hussein estaba muy motivado. Él se ocupaba de torturar a los obreros, lo que consistía en llenarlos de agua, quebrarles los huesos o aplicarles electricidad", declara Abdallah Hatef, uno de los responsables de esa masacre, hoy en día director de una escuela primaria en Bagdad. A pesar de que Washington siempre lo negó, varios dirigentes del golpe de Estado revelaron que la CIA jugó un papel activo en esa masacre, fundamentalmente suministrando listas de comunistas que debían ser detenidos. En 2003, un ex responsable de la diplomacia estadounidense, interrogado por una importante agencia de prensa dijo, pidiendo mantener el anonimato: "Estábamos verdaderamente contentos de habernos deshecho de los comunistas. ¿Usted piensa que merecían una justicia más imparcial? Bromea. ¡El asunto era demasiado serio!" 1.

Un informe, hasta hoy inédito, sobre la reunión mantenida en Bagdad el 9 de junio de 1963 2 entre los estadounidenses y los baasistas confirma la voluntad "común de detener el comunismo en la región". El enemigo no eran solamente los comunistas, sino también los kurdos, que se oponían al poder baasista en el norte del país. En Bagdad, Subhi Abdelhamid 3, que por entonces comandaba las acciones del ejército iraquí contra los kurdos, confirmó haber negociado personalmente con el agregado estadounidense la entrega de cinco mil bombas destinadas a quebrar la resistencia. "Luego, los estadounidenses nos regalaron, sin facturar, mil bombas de napalm para bombardear los poblados kurdos". Según los kurdos que padecieron ese ataque, el napalm quemó las manadas de ganado y pueblos enteros. Pero por entonces creían que ese napalm había sido suministrado por los soviéticos.

La guerra contra Irán 

En su proceso, Saddam Hussein será acusado de haber lanzado, en septiembre de 1980, una guerra contra Irán, que costó la vida a un millón de hombres y mujeres. Sin embargo, varios testigos afirman que Washington lo incitó a desatar ese conflicto. A Occidente le convenía que se atacara a la muy amenazadora revolución islamista del ayatollah Jomeini. Un documento top secret del gobierno estadounidense, fechado en 1984, revela: "El presidente Carter dio a Saddam Hussein luz verde para lanzar la guerra contra Irán" 4.

¿Pero Estados Unidos sólo dio luz verde, o también participó en el plan de batalla contra Irán? Eso es lo que sostiene el entonces presidente iraní, Abolhassan Bani-Sadr. Según él, sus servicios secretos habían comprado una copia de ese plan, redactado según sus fuentes en un hotel de París por iraquíes y estadounidenses. "¡Lo que me permite decir que era auténtico es que la guerra iraquí se desarrolló exactamente como lo preveía ese plan de batalla! Fue gracias a que teníamos ese plan que pudimos aguantar los ataques iraquíes" 5.

Oficialmente, Washington era neutral en la guerra Irán-Irak. Sin embargo, una comisión investigadora estadounidense reveló que la Casa Blanca y la CIA entregaron secretamente a Saddam Hussein todo tipo de armas, entre ellas bombas de fragmentación. Sus informaciones satelitales permitieron guiar los ataques contra las tropas iraníes. Entonces, Washington sabía que los militares iraquíes utilizaban armas químicas. Según Rick Francona, un oficial de inteligencia militar estadounidense que en 1988 llevaba a Bagdad las listas de blancos iraníes a bombardear, fueron esas informaciones las que permitieron a Irak obtener la victoria final sobre Irán.

Uno de los crímenes de los que deberá responder Saddam Hussein ante el tribunal especial es el ataque con gas llevado a cabo en 1988 contra 5.000 civiles del poblado kurdo de Halabja. Bagdad los acusaba de haber colaborado con los iraníes. Por ese entonces, Estados Unidos y Francia hicieron todo lo posible para evitar que Saddam Hussein fuera condenado por ese crimen. No sólo el presidente Ronald Reagan interpuso su veto a una ley destinada a bloquear el comercio de su país con Irak, sino que Washington envió un telex a sus embajadas en el mundo, pidiéndoles que afirmen que el ataque con gases contra los kurdos era obra de los iraníes.

También Francia "se olvidó" de condenar a Saddam Hussein por ese crimen. Al día siguiente del drama, el gobierno del primer ministro socialista Michel Rocard publicó un comunicado denunciando los ataques químicos "de cualquier lado que provengan", pero sin citar jamás al presidente iraquí. El entonces canciller francés, Roland Dumas, explica los motivos: "Es cierto que Occidente cerraba un poco los ojos, porque Irak era un país que considerábamos necesario al equilibrio en la zona". De su lado, el entonces ministro francés de Defensa, Jean-Pierre Chevènement, nos dijo: "Si se desea juzgar el caso de Halabja en su conjunto, hay que pensar en la importancia decisiva de esa región en el aprovisionamiento de petróleo del mundo: quien controla esa región controla el equilibrio financiero del planeta. Entonces, uno nunca tiene la posibilidad de optar entre el bien y el mal: se puede elegir entre lo que es horrible y lo que es espantoso". Más allá de sus necesidades de petróleo, Francia era además la primera proveedora de armas a Irak.

En París, el titular de la Dirección General de la Seguridad Exterior (DGSE) en 1981, Pierre Marion, se inquietaba por el apoyo militar del gobierno de François Mitterrand a Saddam Hussein. Hoy en día afirma que ese apoyo estaba alimentado por los comerciantes de armas, que tenían mucho interés en mantener la guerra Irán-Irak. "Dassault -dice Marion- es el vendedor de armas que más aprovechó esa guerra, y el que más insistió. Tenía medios de presión extremadamente enérgicos y poderosos, que ejercía sobre todos los dirigentes franceses" 6. En 1992, una pequeña asociación europea denominada Juristas Contra la Razón de Estado, inició juicio contra los comerciantes de armas franceses Dassault, Thompson y Aérospatiale. Los tribunales de París llegaron entonces a la conclusión de que al vender armas a un país que las utilizaba para bombardear a civiles, esas empresas francesas corrían el riesgo de tener algún día que rendir cuentas de ello ante la justicia. (¿Qué pasó después? Si nada, ¿por qué?)

Ya no es un secreto: Saddam Hussein jamás hubiera podido atacar a sus vecinos ni cometer sus crímenes con armas químicas sin la ayuda de empresas y de gobiernos occidentales. El gas mortal venía de Alemania, de Francia o de Estados Unidos. La lista exhaustiva de esas empresas cómplices aún no fue revelada. En diciembre de 2002 la CIA se apoderó en plena noche de un informe de 12.000 páginas sobre el armamento de Saddam Hussein entregado a Naciones Unidas, y lo devolvió 48 horas más tarde, con cien páginas menos. Una infidencia gubernamental permitió a Gary Milhollin -experto estadounidense en mercados de armas- recuperar las páginas arrancadas. Pudimos consultarlas: revelan que el laboratorio Pasteur vendió a Irak gérmenes biológicos, que la firma alsaciana Protec equipó una fábrica de gas de combate en Samarra, y que la empresa estadounidense Brechtel -que financia las campañas electorales de la familia Bush- suministró a Irak una planta química. Otros documentos que implican a sociedades occidentales duermen aún en la sede neoyorquina de Naciones Unidas, donde están archivados los informes de los inspectores de la ONU en Irak. "Hablé con funcionarios de la ONU en Nueva York, y me dijeron que esas informaciones debían mantenerse confidenciales", lamenta Milhollin.

En agosto de 1990 Saddam Hussein fue acusado de haber invadido brutalmente Kuwait. De un día para otro, el antiguo aliado se había convertido en el peor de los tiranos: "Tenemos ante nosotros un nuevo Hitler", diría entonces el presidente George Bush padre. Pero varios actores iraquíes y estadounidenses acusan al presidente Bush de no haber actuado a tiempo para impedir el drama.

Luego de su guerra contra Irán, Irak estaba arruinado, y solicitó la ayuda de sus vecinos para reconstruir su economía. Saddam Hussein pidió a Kuwait un aplazamiento de su deuda, pero el pequeño emirato, apoyado por Estados Unidos, se negó curiosamente a cualquier negociación. Por otra parte, Kuwait había aumentado repentinamente su producción de petróleo, haciendo caer así la cotización, lo que saboteaba la recuperación de la economía iraquí. Saddam creyó ser víctima de una conspiración destinada a arruinar su país. Según el ex embajador francés Eric Rouleau, especialista en Medio Oriente, "para Saddam Hussein era una cuestión de vida o muerte; como sus amenazas no habían dado ningún resultado, envió sus tropas a la frontera kuwaití".

Cuando los satélites espías estadounidenses detectaron los movimientos de los blindados iraquíes, consejeros del gobierno de Washington sugirieron a la Casa Blanca enviar una advertencia enérgica y clara al presidente iraquí 7. Como George H. W. Bush consideraba a Saddam Hussein sobre todo como un importante interlocutor comercial, prefirió tomar en cuenta la opinión de otros consejeros, que estimaban que la acción iraquí era sólo un bluff. Así, nunca hubo advertencia estadounidense alguna. Todo lo contrario.

Ocho días antes de la invasión de Kuwait, Saddam Hussein convocó en Bagdad a la embajadora estadounidense, April Glaspie, y le informó que la actitud kuwaití equivalía a una declaración de guerra 8. Glaspie le respondió que Estados Unidos no tomaría "ninguna posición en un conflicto fronterizo entre Irak y Kuwait". Al despedirse del dictador, la embajadora le anunció que partía de vacaciones. Dos días más tarde, las declaraciones de April Glaspie fueron reiteradas públicamente en Washington por su superior, el secretario de Estado adjunto, John Kelly. Consultado sobre lo que haría su país si Irak atacaba a Kuwait, el estadounidense respondió: "No tenemos tratados de defensa con ningún país del Golfo". Pocas semanas después, un miembro del Congreso, Tom Lantos, pronunció un discurso extremadamente crítico y devastador sobre la política estadounidense: "Una actitud condescendiente respecto de Saddam Hussein, expresada al más alto nivel del gobierno estadounidense, lo incitó a invadir Kuwait. En ningún caso podemos esquivar esa responsabilidad".

Luego de la invasión se hizo evidente que Estados Unidos recurriría a la fuerza. Abdel Majid Rafai, un alto dirigente del partido Baas nos dijo que, ya al quinto día de producida la invasión, Saddam Hussein había informado a su partido que estaban en curso los preparativos para una retirada de Kuwait. Sin embargo, todas las tentativas para negociarla terminaron en un callejón sin salida, tanto a raíz de las tácticas equivocadas de Saddam Hussein como por la actitud inquebrantable de los responsables estadounidenses. Como lo hace notar el ex embajador de Estados Unidos en Arabia Saudita, Jim Akins: "Una vez que George Bush comenzó a movilizar sus tropas, quedaba excluido que él y sus consejeros dejaran escapar al dictador iraquí. Su ambición era ganar la guerra de manera rápida y gloriosa" 9.

Pero las razones reales de esa guerra fueron recordadas recientemente por James Baker, entonces secretario de Estado en Washington: "La política consistente en garantizar un acceso seguro a las reservas energéticas del Golfo Pérsico obedeció a que, sin ese acceso, al menos en aquella época, la economía estadounidense se hubiera visto afectada negativamente. Es decir que la gente hubiera perdido su trabajo, y cuando la gente pierde su trabajo se muestra descontenta y uno pierde sus apoyos políticos. Ese era el problema. Es una de las razones por las que lanzamos la guerra del Golfo. A pesar de que muchos se aferraron a nuestras declaraciones diciendo: ‘Ah, claro, ustedes no desataron la guerra para defender principios, ni porque Saddam es malo, ni porque agredió sin motivos a un pequeño vecino, ni porque desarrolla armas de destrucción masiva'. Pero había otra razón por la cual hicimos esa guerra: si dejábamos a Saddam dominar los recursos energéticos del Golfo Pérsico, eso afectaría negativamente la economía de Estados Unidos. Lo mismo vale, por otra parte, para la guerra actual (contra Irak)" 10.

La masacre de chiitas 

En 1991, luego de la operación Tormenta del Desierto, Saddam Hussein aplastó una insurrección de chiitas causando decenas y quizá centenas de miles de víctimas. Ese es, en términos de vidas humanas, el crimen más importante de que se lo acusa. Es también el crimen que George W. Bush cita más a menudo para recordar la crueldad del dictador. En realidad, durante la operación Tormenta del Desierto, Estados Unidos y sus aliados fueron cómplices de esa masacre, que se produjo literalmente ante sus ojos.

Fue George Bush padre quien incitó a los chiitas iraquíes a ese levantamiento, el 15 de febrero de 1991: "El ejército iraquí y el pueblo iraquí deben hacerse cargo de su destino y forzar al dictador Saddam Hussein a retirarse". Para evitar cualquier equívoco, hizo difundir ese mensaje en todo Irak, por medio de la radio La Voz de Estados Unidos, de varias estaciones clandestinas de la CIA y de volantes que lanzó la aviación estadounidense. Creyendo que luego de su derrota en Kuwait el régimen estaba a punto de desmoronarse, la población chiíta se sublevó. La rebelión se extendió inmediatamente y alcanzó también a soldados del ejército de Saddam. Simultáneamente, en el Norte también se sublevaron los kurdos.

En ese momento la tragedia ya estaba en camino. En primer lugar, el presidente George H. W. Bush dio la orden prematura de poner fin a las hostilidades en Kuwait, lo que permitió a la mayoría de las unidades de elite iraquíes escapar a la destrucción. Luego, cuando el comandante Norman Schwartzkopf dictó los términos del acuerdo de paz a los generales vencidos, les permitió seguir usando sus helicópteros de combate. Los generales iraquíes afirmaron entonces que los necesitaban para el transporte de víveres y de oficiales. En realidad los utilizaron para aplastar la rebelión.

¿Cuál fue la reacción de Estados Unidos y de sus aliados, incluida Francia, ante la masacre de los insurgentes? Se cruzaron de brazos, e incluso se negaron a recibir a los jefes de la rebelión, que les suplicaban ayuda. En realidad, el presidente George Bush y sus consejeros no deseaban que el levantamiento tuviera éxito. Esperaban que la derrota militar de Saddam Hussein convencería a sus generales vencidos para derrocarlo y poner en su lugar a otro hombre fuerte, más "razonable" y más maleable a la influencia occidental. Washington nunca imaginó que su llamado a la rebelión tendría una respuesta tan explosiva. La última cosa que deseaba era un levantamiento popular descontrolado, que dividiera el país según líneas étnicas y religiosas, extendiendo así la inestabilidad a toda la región y aumentando la influencia de Irán.

En plena rebelión, el jefe de la diplomacia estadounidense, James Baker, explicó: "No está en nuestros planes actuales apoyar o dar armas a esos grupúsculos que se sublevaron contra el gobierno. No queremos que se instale un vacío político en Irak. Deseamos preservar su integridad territorial. Y eso es también lo que desean los otros miembros de la coalición". Roland Dumas lo admite hoy en día: "Saddam dominaba a los iraquíes con métodos de una gran brutalidad que nosotros no tolerábamos, pero se trataba, digamos, de realpolitik". Y el entonces jefe del Estado Mayor francés, Maurice Schmidt, confiesa a su vez: "En ese momento preferíamos un tirano antes que un poder religioso". Por lo tanto, los aliados dejaron que los helicópteros y los blindados de Saddam Hussein diezmaran a los rebeldes.

Algunos sobrevivientes de esa masacre, que encontramos en Bagdad, cuentan que las tropas estadounidenses estacionadas en el sur de Irak se negaron a darles armas y víveres. Esa acusación se ve confirmada por la declaración de un veterano de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, Rocky Gonzales, que se hallaba en el sur de Irak en marzo de 1991: "Rebeldes con quemaduras químicas en el rostro y en los lugares en que la piel había estado expuesta llegaban hasta nuestro perímetro. (...) Teníamos orden de rechazar todos sus pedidos de ayuda, militar o de otro tipo. Es decir que no podíamos hacer nada. Yo les decía: el presidente Bush dice que la guerra ya terminó".

Pero los estadounidenses no fueron únicamente espectadores. En algunos casos ayudaron a las tropas iraquíes a aplastar la rebelión. Sobrevivientes de ese levantamiento relatan que las tropas de Estados Unidos les impidieron marchar hacia Bagdad para derrocar a Saddam Hussein. Uno de ellos, y no es el único, afirma: "Uno de los soldados estadounidenses amenazó con matarnos si no dábamos media vuelta". Todos esos testimonios son confirmados por el general Najib Al Salhi, encargado por Saddam Hussein de reprimir la insurrección en la región de Basora: "En sus puestos de control, los estadounidenses desarmaban a los insurgentes que querían atacarnos. Incluso yo los vi en Safwan impedir que los rebeldes llegaran hasta nuestras líneas". Las tropas de Estados Unidos también destruyeron importantes cantidades de armas del derrotado ejército iraquí. "Si hubiéramos podido apoderarnos de esas armas el curso de la historia hubiera cambiado en favor de nuestra rebelión, pues en ese momento Saddam ya no tenía nada", afirma uno de los insurgentes.

Un embargo "genocida" 

Pero la masacre más mortífera jamás cometida en Irak no fue obra de Saddam Hussein sino del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a través de las sanciones impuestas a Irak luego de la invasión de Kuwait. Al prohibir cualquier tipo de comercio con ese país, esas sanciones habrían causado en doce años la muerte de entre 500.000 y un millón de niños, según cifras de la propia ONU.

El irlandés Denis Halliday, coordinador humanitario de la ONU en Irak, renunció en 1998 antes de continuar aplicando el programa de sanciones, que calificó de "genocidio" 11. Halliday afirma que el Comité de Sanciones de Naciones Unidas destruyó el sistema sanitario iraquí al impedir la importación de equipos de higiene, de saneamiento y de medicamentos vitales, siempre con la misma justificación: esos productos podían servir de alguna manera para fabricar armas de destrucción masiva.

En 1990 el objetivo de las sanciones era simple: forzar a Irak a retirarse de Kuwait. La táctica fracasó y sobrevino la guerra. Las sanciones hubieran podido ser levantadas, pero la ONU decidió mantenerlas, a la vez que les asignaba un nuevo objetivo: presionar al dictador para que abandone sus armas de destrucción masiva. Las medidas adoptadas afectaron sobre todo a la población, empezando por los niños. En 1995 una periodista estadounidense preguntó a la embajadora de su país ante la ONU, Madeleine Albright, si el mantenimiento de las sanciones valía la vida de 500.000 niños iraquíes. La respuesta fue edificante: "Es una opción muy difícil, pero pensamos que sí, que valía la pena pagar ese precio".

Los años pasan, y resulta evidente que el verdadero objetivo de las sanciones no eran las armas iraquíes sino el mismo dictador 12. Como explica Denis Halliday, el razonamiento era el siguiente: "Si uno hiere al pueblo iraquí y si mata a sus niños, la gente se alzará llena de ira para derrocar al tirano". Una teoría que Estados Unidos trató de hacer funcionar durante doce años. En 1991 sus aviones habían bombardeado sistemáticamente la red de agua, las cloacas, las estaciones de filtrado y las centrales eléctricas. Durante toda la década siguiente los iraquíes debieron vivir sin agua potable. "Así fue que aparecieron de manera fulminante epidemias de fiebre tifoidea y todo tipo de enfermedades transmitidas por el agua no potable; fue algo devastador", explica Halliday. ¿Sabían los estadounidenses que actuando de esa manera causarían miles de muertos? Un documento secreto del Pentágono fechado en 1991 lo confirma claramente. Ese estudio confidencial, titulado fríamente "La vulnerabilidad del tratamiento del agua en Irak" calcula que la destrucción de la red de agua provocará muertes masivas y epidemias en ese país.

Durante todos los años en que esas epidemias se propagaban, Gran Bretaña y Estados Unidos dominaban en Nueva York el Comité de Sanciones de la ONU. Durante doce años, ambos aliados utilizaron el embargo para bloquear la importación de piezas que hubieran permitido reparar la red de agua. "Y el pueblo iraquí, finalmente, en lugar de responsabilizar a Saddam Hussein por esas sanciones, responsabilizó a Estados Unidos y a Naciones Unidas, por el dolor y el sufrimiento que esas medidas habían causado en sus vidas", concluye Halliday.

Con el paso de los años, los dirigentes estadounidenses se dieron cuenta de que su teoría, al igual que las sanciones, ineficaces, mataban a miles de iraquíes. A pesar de ello siguieron aplicándolas. ¿Por qué? "No había ninguna otra solución más eficaz", admite simplemente el representante de Estados Unidos que defendía las sanciones en la ONU, Thomas Pickering.

Finalmente, las sanciones fueron levantadas a la caída de Saddam Hussein en abril de 2003. Desde entonces transcurrió más de un año. Ni la red de agua, ni el sistema de cloacas, ni la infraestructura hospitalaria fueron reparados. Iraquíes de muy corta edad, enfermos y a punto de morir por falta de agua potable siguen llenando los servicios del hospital pediátrico de Bagdad y de todos los hospitales del país.

  1. Citado por Richard Sale, de la agencia UPI.
  2. Mohammed Sabah, jefe de gabinete del primer ministro iraquí Yahia confió antes de morir ese documento a un oficial iraquí, que lo mantuvo oculto durante muchos años, antes de entregarlo recientemente al investigador iraquí Abdelkhadi Tamimi.
  3. Subhi Abdelhamid fue ministro del Interior y canciller del gobierno pro-nasserista que nueve meses más tarde desalojó a los baasistas. Estos retomarían el poder por la fuerza en 1968.
  4. Ese memorándum, redactado en 1984 por el secretario de Estado Alexander Haig y dirigido al presidente Reagan, fue desclasificado en 1992.
  5. El periodista estadounidense Richard Sale obtuvo también el reconocimiento de varios ex altos funcionarios de la diplomacia de su país, que le dijeron: "Ese plan de batalla lo hicimos nosotros".
  6. Serge Dassault no sólo fabrica y vende aviones de combate (los Mirage, entre otros). Actualmente es senador oficialista y dueño del diario Le Figaro, cuya circulación alcanza los 350.000 ejemplares diarios. Asimismo, es gerente ejecutivo de Socpresse, propietario del dominical L'Express y de 70 diarios regionales de Francia.
  7. Es lo que nos confió el ex oficial del Pentágono Pat Lang, testigo de esos acontecimientos.
  8. Esas manifestaciones nos fueron transmitidas en Bagdad por el traductor iraquí que intervino en dicha entrevista, Al Zubeidi.
  9. Lo que nos confirmó también el ex canciller francés Ronald Dumas, que declara haber asistido en la tarde de la invasión a Kuwait a un diálogo telefónico entre el presidente George H. W. Bush y el presidente François Mitterrand, donde el primero afirmó que Estados Unidos "iría contra Saddam", es decir, desataría la guerra a cualquier precio, e independientemente de lo que decidiera el presidente iraquí.
  10. Declaraciones obtenidas en junio de 2003 por la periodista Jihan El-Tahri.
  11. Dennis Halliday, "Des sanctions qui tuent", Le Monde diplomatique, París, enero de 1999; y Alain Gresh, "Irak pagará", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2000.
  12. Es lo que nos revela hoy el ex embajador estadounidense en Naciones Unidas, Thomas Pickering.
Autor/es Michel Despratx, Barry Lando
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 65 - Noviembre 2004
Páginas:20,21,22
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Genocidio, Justicia Internacional
Países Estados Unidos, Irak, Irán