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El neumático teutón está pinchadoDesde hace algún tiempo la República Federal Alemana (RFA) va rezagada, con elevados índices de desempleo y una economía estancada. El diagnóstico de los economistas germanos es unánime: en el mercado del trabajo la oferta y la demanda ya no se equilibran, puesto que las prestaciones sociales son demasiado onerosas y los sindicatos exageradamente poderosos.Hace ya algunos años Robert Solow, premio Nobel de Economía, reprochaba a esos economistas creer ingenuamente en esa tesis, "como si el agujero de un neumático pinchado tuviera que estar siempre abajo, porque es allí donde el neumático está aplastado". Los expertos siguen investigando las causas de la penuria económica alemana en el mercado del trabajo. Los especialistas del Deutsche Bank detectan una serie de problemas: retenciones sociales demasiado importantes; altos salarios reales; ordenamiento salarial insuficiente entre sectores, regiones y niveles de competencia; fuerte protección legal contra los despidos; sólidas barreras contra el aumento de la flexibilidad; tasas de indemnización por desocupación y una asistencia social que no incitan al trabajo. En suma, "un sistema de seguros sociales demasiado desarrollado". La reducción del número de empleos sería consecuencia de "costos laborales demasiado altos". Y se agrega que los que tenían trabajo habrían sido "los grandes ganadores de las últimas décadas". "Ganadores" que no son los únicos en asombrarse. Sobre todo si se observa lo que pasó después de la unificación. En 1992, con 30% del territorio y 20% de la población, los nuevos länder (Estados Federados) contribuían con menos del 8% a la producción económica. Después de la unificación la actividad en el Este se vino abajo. Los empleos cayeron rápidamente, pasando de 10 millones a 6 millones. Al principio la desindustrialización se compensaba con un aumento de la construcción, favorecida por subvenciones, incentivos fiscales e inversiones públicas en infraestructura. Desde 1997 vuelve a aumentar la divergencia entre las dos partes del país. La tasa de desempleo en el Este es dos veces más elevada que en el Oeste, su productividad es menor, incluso en las empresas ultramodernas. La unificación no sólo no provocó el despegue del Este, sino que frenó el crecimiento del Oeste. De ahí deriva el aumento de los gastos sociales, que pasaron del 22,2% del PIB en 1990 al 32,2% en 1992 y posteriormente. Esta alza brutal no fue financiada mediante impuestos generales suplementarios, sino por contribuciones a la seguridad social más elevadas y por un endeudamiento del Estado en rápido aumento. Mientras que la penuria económica de Alemania Oriental parecía ser provisional, el Deutsche Bundesbank toleraba ese endeudamiento. Y aun más cuando importantes inversiones fluyeron hacia los nuevos Estados Federados. Sin embargo, con la recesión de 1993 las inversiones disminuyeron en toda la RFA. Desapareció cualquier esperanza de progresiva desaparición de las transferencias de cargas hacia el Este. Entre 1991 y 2001 el índice de crecimiento del conjunto de la economía se elevó un 1,5% anual, el más bajo de todos los países ricos de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), excepto Suiza y Japón. En 2003 fue incluso negativo. Como el empleo no podía aumentar con tal índice, el desempleo siguió pesando sobre el presupuesto social del Estado. La población activa que en 1993 era del 7,7% pasó al 9,7% en 1997, luego al 7,8% en 2000. Pero vuelve a aumentar. Entre 1991 y 2002 el promedio del salario real neto anual disminuyó 2,6%, mientras que el PIB real subía 15% y la productividad por hora de trabajo aumentaba alrededor del 21%. Las cargas correspondientes a los impuestos y a la seguridad social que son retenidas sobre los salarios aumentaban un 56,4%. La diferencia entre salarios netos y brutos se profundizó. Al descargar el costo de la unificación sobre los salarios, el Estado creó esta divergencia creciente que encareció el empleo, a pesar de un estancamiento de los salarios netos. Criticados con frecuencia, los sindicatos lograron a lo sumo mantener el nivel de los salarios reales netos. Inversiones en bajaSegún estudios comparativos, el costo laboral (salarios + cargas) en la industria aumentó en términos de marcos o euros, pero calculado en dólares se retrasó. Con un valor inicial de 100 en 1992, en 2001 había caído a un valor indexado de 94,1 en Estados Unidos, 89,3 en Japón, 62,6 en Francia, 78,7 en Alemania y 95,3 en el Reino Unido. Se observa pues que la economía alemana sufre mucho menos por el costo salarial que por los tipos de cambio. Y el diagnóstico según el cual un "mercado laboral no flexible" sería el responsable de salarios elevados, y estos a su vez responsables de un marcado desempleo, no se basa en un sólido análisis empírico, sino en un dogma guiado por intereses particulares. Si, como dijo Solow, el agujero no está abajo, ¿entonces dónde está? El desempleo no puede ser sólo el resultado de la inflación y de un mercado laboral "rígido". Se deriva también de las escasas inversiones. Si las reservas en capital no aumentan suficientemente y al mismo tiempo la producción se racionaliza, entonces la demanda de trabajo disminuye. Desde fines de la década de 1970 las inversiones tienden a reducirse en la RFA. Por supuesto que puede explicarse que el aumento de los salarios va en detrimento de las ganancias, y que por lo tanto las inversiones disminuyen. Al revés, eso significaría que un congelamiento de los salarios conduciría a inversiones más importantes gracias a ganancias más masivas. Pero en Alemania los beneficios aumentan y las inversiones disminuyen. Durante la gran ola especulativa de fines de la década del '90, la parte de las inversiones directas alemanas hacia el extranjero pasó de 301.000 millones de euros a fines de 1998 a 628.000 millones de euros a fines de 2001. Puede compararse con los 372.000 millones de euros de inversiones germanas en el interior. En paralelo a las inversiones directas, la especulación sobre los valores extranjeros aumentó con rapidez hasta el crash ("aterrizaje forzoso") de 2001. Fue claro que las empresas y los particulares acomodados alemanes invirtieron en el extranjero las ganancias obtenidas en Alemania. El Deutsche Bank admite que "cuando la ganancia sobre una inversión disminuye, se tiende a invertir muy poco del capital adicional. Si en el mismo período se encuentran en el extranjero oportunidades de inversión más interesantes, hacia allá se irá el capital". Es decir que no faltan recursos para invertir. Pero el capital sigue la estela de las fuertes ganancias que se obtienen en Estados Unidos, de la especulación y de la tentación ejercida por la explosión de los ingresos de los altos dirigentes de empresa. Daimler dio la señal: la fusión con Chrysler procuró a los miembros de la dirección un aumento de sus ingresos del 466%. La recesión ejerce presión tanto sobre los asalariados como sobre los hombres y las mujeres políticos. La persona que en situación de grave desempleo se ve amenazada de despido, preferirá adaptarse a una reestructuración de sus condiciones de trabajo y a una redistribución de las riquezas orientada a obtener mayores ganancias. Y los hombres políticos son más bien propensos a apoyar el proyecto neoliberal, como lo muestra la Agenda 2010 con la cual el canciller Gerhard Schröder quiere favorecer a los altos ingresos: menos impuestos, más desregulación, costos laborales más bajos. ¿Quién puede creer que podrían mantenerse las ventajas de una "economía de mercado coordinada" y al mismo tiempo administrar, reinar y ganar dinero a su antojo, según el modelo estadounidense? Mientras que impuestos, inversiones demasiado tímidas y supuestas reformas destruyen las instituciones complementarias del capitalismo "renano", los empresarios alemanes bien podrían despertarse en un mundo en el que no se encuentran las ventajas sino los inconvenientes de las dos alternativas del capitalismo: un reducido sector público que ofrece servicios de mala calidad, una economía desregulada poco competitiva, una población mal capacitada y por último trabajadores que sólo aceptan con reticencia ser controlados por cuadros codiciosos y autoritarios. ¿Dónde se vislumbra una luz de esperanza? Casi en ningún lado, al menos en el ámbito de la clase política. Considerando la continuidad de la política financiera entre el ex ministro de Finanzas Theo Waigel y el actual, Hans Eichel, no se puede esperar el fin de esta política. Evidentemente, la RFA vuelve a ser la campeona mundial de la exportación, pero esos éxitos económicos en el exterior no se perciben en el mercado interno. Es poco probable que inversiones extranjeras puedan tomar el relevo. O bien se alienta el regreso de los inversores privados mediante una nueva serie de concesiones, o se intenta una variante socialdemócrata, que implica una política de oferta con más inversiones y más empleos públicos. Pero en el actual paisaje político, incluso esta simple idea puede considerarse utópica.
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