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El despertar de Irán

Calificada como golpe de Estado por los sectores reformistas, la decisión del Consejo de Guardianes de la Constitución de vetar las candidaturas de más de 2.000 candidatos a las elecciones legislativas del 20 de febrero ha provocado la renuncia de medio gabinete y amenaza la continuidad de las reformas. El autor es no obstante optimista a largo plazo, debido a la profundidad de los cambios.

La tierra tiembla frecuentemente en Irán, en sentido literal y figurado. Pero los iraníes siempre han sabido reconstruir sus ciudades destruidas, tanto como su sociedad traumatizada o su vida cotidiana deshecha. Desde el verano boreal de 2003, la historia iraní parece acelerarse. No se trata del "cambio de régimen" tan anhelado por Washington y por muchos iraníes, ni de una nueva "revolución" ideológica y social, sino del ingreso de este viejo país en una nueva dinámica que pone en juego no sólo a las elites y a las grandes potencias, sino también al conjunto de los "ciudadanos", las provincias, y la comunidad internacional. El país despierta, tras un largo "sueño" muy agitado y a menudo poblado de pesadillas.

En octubre del año último tres acontecimientos de primera importancia demostraron que se daba vuelta una página: el 10 de octubre Shirin Ebadi obtenía el Premio Nobel de la Paz; el 21 el gobierno iraní aceptaba las reglas internacionales sobre desarrollo nuclear; y el 27 Renault decidía realizar la primera inversión industrial internacional de gran envergadura en Irán desde 1979.

Cada uno de estos acontecimientos es el resultado de luchas largas y a menudo traumáticas. Esas "revoluciones de octubre" tal vez sean más densas de consecuencias que una nueva revolución, cuyo precio los iraníes no quieren volver a pagar. Tras los años de esperanza suscitados por la elección de un presidente de la República reformador, Mohammad Jatami, se podría temer que este nuevo despertar sea una de las paradojas habituales en el país, pero en 1997 (año en que fue elegido Jatami) los estadounidenses no estaban en Kabul y Bagdad.

Jatami forma parte del entorno del fundador de la República islámica. Él sostuvo, más que otros, la voluntad de sacar al islam del conservadurismo cultural, social y político para convertirlo en una de las fuerzas constructivas del mundo moderno. Como hace ya tiempo lo demostró Olivier Roy 1, la prueba del poder hizo fracasar esa utopía del islam político, pero la idea no está muerta. La ambición de una reforma dentro del islam sigue en marcha tanto en las escuelas religiosas de Qom como en los círculos religiosos intelectuales, con personalidades como Mohsen Kadivar, Moshtahed Shabestari, el ayatollah Amoli o Abdolkarim Soroush 2.

Esas ideas, ya minoritarias, no movilizan multitudes, pero se han arraigado, pese al poder dominante de otro grupo de herederos del ayatollah Ruhollah Jomeini, que conservó sobre todo las estructuras políticas y los métodos heredados del período revolucionario y de la guerra Irak-Irán. Ese bloqueo entre "conservadores" y "reformistas" provocó un rechazo de toda referencia al islam en un sector creciente y mayoritario de la población, pero el debate sobre la transformación del islam reiniciado por Jatami no se detendrá, dado que ya tiene los medios para sobrevivir a un cambio político, así sea radical.

Práctica política y social de masas

En veinticinco años, el islam iraní se ha modernizado y ha anclado en la cultura, la sociedad, la economía, la política y las relaciones internacionales; una nueva elite surgida de la Revolución, del clero, de la guerra, de la República, se ha instalado. Son numerosos los antiguos Guardianes de la Revolución (pasdaran) que se enrolaron voluntariamente en 1980 al terminar el liceo, entraron por derogación a la universidad al tiempo que ejercían responsabilidades políticas, y que ahora regresan a Irán con un doctorado tras haber pasado varios años en Canadá, Australia o Gran Bretaña.

Por otro lado, la política de privatización aplicada a partir de 1990 por Ali-Akbar Rafsandjani dio una sólida base económica a esta nueva elite que debe mucho a la Revolución y al clero. Estamos lejos del tradicional bazar. La poderosa "Asociación de los especialistas" se esfuerza por reunir a esos altos cargos, en muchos casos conservadores en el plano político y social, pero modernizadores en los negocios y liberales en el plano internacional. Ellos ganaron las elecciones municipales de 2003 en las grandes ciudades y se preparan para hacer lo mismo en las elecciones legislativas del 20 de febrero de 2004 y en las presidenciales de mayo de 2005.

Es de buen tono destacar el desaliento de los "decepcionados del jatamismo", pero no deberíamos ocultar lo esencial del balance. Durante sus dos mandatos, Jatami y sus diversos partidarios permitieron a las nuevas generaciones que crecieron con la República islámica formarse en el debate político, crear una nueva relación de fuerzas a nivel local o en la base de la sociedad. La lucha fue ardua, sobre todo para las mujeres, pero llegó a buen termino porque el gobierno de Jatami frenó la represión e hizo avanzar el estado de derecho.

El camino que queda por recorrer es largo aún, pero es indiscutible que esos años permitieron que las nociones de república, democracia y libertad de pensamiento, anclaran en una práctica política y social de masas, sobre todo en las provincias. Las condiciones para un cambio profundo, que den al islam político un nuevo lugar, ya se han reunido.

La población iraní no es más joven que la de los países vecinos -50% de menores de 20 años 3-, pero la joven generación posee allí una identidad muy fuerte: creció después de la Revolución islámica, se confrontó con dramas y debates concernientes a la política y a su propio modo de vida. Incluso lejos de Teherán cuenta con nuevos recursos para comprender y actuar, dado que la alfabetización es ya generalizada. Y la mayoría vive en las ciudades 4.

Pese a la represión, Irán es un país donde la gente debate, habla, se expresa, protesta. A pesar de sus esfuerzos, las autoridades clericales que controlan la justicia y la policía ya no pueden controlar el acceso a la información ni la expresión de las reivindicaciones, lo que vuelve tanto más violentos y sistemáticos los actos represivos "ejemplificadores", en especial contra los periodistas, pero son denunciados con fuerza y eficacia, incluso por los miembros del gobierno.

Al igual que todos los jóvenes del mundo, los iraníes quieren participar en la sociedad de consumo y acceder a la cultura internacional, pero también están politizados. Saben que el derecho de voto a los 15 años les da poder. Estos "hijos de Jomeini" no tienen edad de tomar el poder, pero han sido bien formados durante los años Jatami y lo serán durante los próximos cinco años. Podrán afinar sus ideas y traducirlas en términos políticos, para reemplazar a las elites apolíticas, tecnócratas o islámicas que se aferran al poder. Semejante transferencia de los poderes no implica una revolución, pero tampoco se realizará sin conflictos.

Más aun cuando los jóvenes y las mujeres se convirtieron en uno de los actores más paradójicos, aunque eficaces, de la vida política y social iraní 5. Algunas cifras simbolizan esos cambios irreversibles, cuyas consecuencias no pueden medirse todavía: el 62% de los nuevos estudiantes son mujeres, el 62% de las mujeres del medio rural están alfabetizadas (17% en 1976), una mujer iraní tenía en promedio 6,8 hijos en 1980 y menos de 2 hoy en día. Otros países, como Siria y Argelia, conocen una evolución en parte comparable, pero el contexto político, histórico e internacional de Irán generó una dinámica específica que podría expandirse como mancha de aceite en el mundo musulmán.

En su marcha de conquista metódica del espacio público, las mujeres iraníes reciben a menudo el apoyo de los religiosos modernizadores que buscan disociar la dimensión religiosa del islam de las prácticas sociales, como el velo, heredadas sobre todo de tradiciones despóticas, patriarcales o machistas. Pese a las apariencias, el país reúne las condiciones para una revolución del estatuto de la mujer en el mundo musulmán.

Participación internacional

Con su apoyo a los palestinos (Yasser Arafat fue el primer líder extranjero en visitar Irán después de la Revolución) y su oposición a Estados Unidos (diplomáticos tomados como rehenes durante 444 días) en el contexto de la Guerra Fría, la República islámica afirmó incansablemente su hostilidad al "orden" internacional. En respuesta, se la aisló y sometió a embargos. Fue víctima incluso de una guerra de agresión que duró ocho años y estuvo en el origen de conflictos y carreras armamentistas cuyas consecuencias en Irak son conocidas. La exportación de la Revolución islámica y antiestadounidense, con medios clandestinos y en muchos casos terroristas, en especial en Líbano, caracterizó así durante mucho tiempo a la política del Irán revolucionario en guerra contra Irak y sus aliados.

La guerra clandestina y los esfuerzos de construcción de misiles y armas de destrucción masiva, en particular químicas y nucleares, debían permitir a Irán compensar la debilidad de su ejército convencional, ocupado en el frente iraquí y luego desprovisto de material en estado de uso. A nivel técnico, los resultados fueron más inquietantes que peligrosos a corto plazo, pero Irán se convertía en una amenaza potencial. La violencia de los discursos anti-israelíes, contra el "Gran Satán" estadounidense y en términos generales contra el resto del mundo, acabaron por construir y justificar el calificativo de "Estado criminal" en el que el Irán islámico se complació por mucho tiempo y que le cuesta desterrar.

El balance más importante de esas décadas es, no obstante, no tanto el papel maléfico y a veces exagerado atribuido a este país del "eje del Mal", como la independencia política que adquirió. El nacionalismo iraní se fortaleció indiscutiblemente por la adversidad, por las consignas "Ni Este ni Oeste" y por los esfuerzos incesantes de la diplomacia iraní por trabar relaciones, en ciertos casos algo insustanciales, con gran cantidad de países, en especial del Tercer Mundo, y con instituciones internacionales. Es indiscutible que la nación islámica hizo del país una nación independiente, pero debilitada. Lejos de constituir una amenaza para sus quince vecinos, Irán, desprovisto de fuerzas armadas modernas, teme las influencias exteriores que puedan pasar por las poblaciones fronterizas kurdas, azeríes, balutches o árabes.

Desde la ofensiva estadounidense en la región tras el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos se convirtió en vecino inmediato de Irán. Una invasión militar del país parece excluida, pero la presión sobre el régimen islámico y la voluntad unánime de preservar la independencia nacional imponen a Irán ir a lo esencial. Las relaciones de fuerza cambiaron en el exterior, pero también en el interior del país, donde la población exige masivamente una participación de alto nivel en la vida internacional, no sólo en el campo económico y político, sino también en el cultural y científico.

Es pues al mismo tiempo por elección y obligación que Teherán intenta negociar su retorno a la comunidad internacional. Europeos, rusos, chinos, japoneses e incluso estadounidenses buscan, cada uno a su manera, trabar vínculos privilegiados con este país rico, vasto y poblado que se impone como el más estable de la región, y donde ya no hay riesgo de Revolución islámica. Irán está construyendo, entonces, su lugar de actor ineludible en la seguridad y el desarrollo de la región, pero hará falta más tiempo para que la confianza se restablezca y la relación con Estados Unidos -la clave de todo- se "normalice".

Lo peor sigue siendo posible, en particular con la confrontación de las ideologías extremistas de los neoconservadores estadounidenses y los nostálgicos de la Revolución islámica, pero la historia inmediata debe ubicarse en el nuevo contexto de las relaciones de fuerza y los métodos evidenciados en octubre de 2003, en materia de derechos humanos, seguridad internacional y desarrollo económico.

La distinción con el Premio Nobel de la paz a Shirin Ebadi comporta dos dimensiones. Confirma que los derechos humanos ocupan un lugar central en la dinámica en curso y refuerza la posición de aquellos que, al igual que ella, buscan ser eficaces permaneciendo dentro del marco de la cultura islámica. Cambiar las leyes es necesario, pero no alcanza para transformar las mentalidades.

El islam sigue siendo una de las fuerzas vivas y constitutivas del país, y la prioridad de la acción está dirigida hacia los muchos musulmanes iraníes de buena voluntad, así sean "conservadores". Contrariamente al presidente Jatami, acorralado por la cultura clerical, esos militantes iraníes de los derechos individuales aprecian y solicitan los apoyos internacionales. Su eficacia es mucho mayor desde el momento en que los iraníes se insertan mucho más en la vida económica, intelectual, artística, científica -y en breve política- del mundo.

Al firmar el 21 de octubre, con los ministros de Relaciones Exteriores francés, alemán y británico un acuerdo por el cual Teherán se compromete a conformarse a las reglas internacionales en materia nuclear, Hassan Rouhani, jefe del alto consejo nacional de seguridad, traspasó por primera vez la pared del miedo, que paraliza desde siempre las tomas de decisión en el seno del Irán clerical.

En lugar de atrincherarse detrás del lenguaje panfletario anti-israelí y anti-estadounidense -que escondía un gran vacío político- el gobierno islámico se puso a tono con los cambios ocurridos en el nivel internacional y nacional y aceptó entrar, sin posibilidad de dar marcha atrás, en un proceso de participación y ya no de ruptura y acción clandestina. Las medidas de transparencia tomadas por Irán en un terreno tan delicado como las armas atómicas deberán aún ser completadas y confirmadas para restablecer la confianza y permitir alianzas, pero la decisión primordial ha sido tomada.

Este acuerdo sobre armas nucleares, en el que Francia jugó un papel central, constituye también una revolución para los europeos que, por primera vez desde hace cincuenta años, arrebataron la iniciativa a los estadounidenses y mostraron la eficacia de su método. Al mismo tiempo que ejercían presiones y blandían ocasionales amenazas, propusieron una salida positiva que responde a las necesidades y expectativas legítimas de Teherán: acceso a las tecnologías modernas, un papel en la seguridad regional. Mientras veinticinco años de ostracismo estadounidense no habían cambiado nada, la iniciativa europea de una salida hacia adelante permitió dar garantías de seguridad a la comunidad internacional condenando al mismo tiempo las transgresiones del Irán revolucionario.

La decisión de Renault de crear (con una inversión de 700 millones de euros) una empresa de producción de automóviles destinada a reemplazar a la famosa Peykân, fabricada desde hace más de 40 años, consagra la estabilidad y la ausencia de riesgos políticos o económicos mayores. Esta inversión muestra que se considera a Irán exento del peligro de caos de una revolución que bloquearía su desarrollo. Del mismo modo que en 1995 lo había hecho Total "violando" el embargo petrolero estadounidense, Renault se puso a tono con la realidad del despertar iraní. Otras empresas la están siguiendo.

En lo inmediato, la historia de Irán sigue marcada por los conflictos y a menudo por los dramas: las fuerzas clericales en el poder no dejan de pervertir el proceso electoral, especialmente a través del Consejo de los Guardianes de la Constitución, eliminando, según su costumbre, a los opositores antes incluso del escrutinio y negándose a promulgar las leyes. Pero el contexto ya no es el de los años '90, puesto que las fuerzas exteriores e interiores forman un todo indisociable.

Esto no impide que ciertos conservadores y tecnócratas iraníes esperen un sistema similar al chino o al saudí -abierto a la tecnología pero cerrado a las ideas-, ni a los neoconservadores exigir un cambio radical de régimen, pero en ambos casos eso es ignorar hasta qué punto ha evolucionado Irán en veinticinco años. Combinando las dinámicas del nacionalismo, el islam y el conocimiento, el país se acostumbró a la independencia y la sociedad a la libertad de expresión. 

  1. O. Roy, L'échec de l'islam politique, Seuil, París, 1992.
  2. Fahrad Khosrokhavar et Olivier Roy, Comment sortir d'une révolution religieuse, Seuil, París, 1999.
  3. Marie Ladier-Fouladi, Population et politique en Iran, Instituto nacional de estudios demográficos (INED), París, 2003.
  4. Las nuevas identidades de la sociedad iraní son el tema central de numerosas publicaciones: Jean-Pierre Digard, Bernard Hourcade y Yann Richard, L'Iran au XXe siècle, Fayard, París, 1998; Fahrad Khosrokhavar, Anthropologie de la révolution iranienne, L'Harmattan, París, 1997; Bernard Hourcade, Iran, Nouvelles identités d'une République, Belin, París, 2002.
  5. Azadeh Kian-Thiébaut, Les femmes iraniennes entre Islam, Etat et famille, Maisonneuve et Larose, París, 2002.

 

Autor/es Bernard Hourcade
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 56 - Febrero 2004
Páginas:23,24
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Estado (Política)
Países Irán