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¿De nuevo un “Estado tapón”?“Laboratorio de la democratización” para el proyecto de reconstrucción de Medio Oriente del presidente George W. Bush y para dirigentes europeos, el Líbano se halla dividido entre los partidarios del recientemente asesinado ex primer ministro Rafic Hariri, símbolo de la estabilización del país, y las fuerzas nacionalistas y antiimperialistas que ven en Siria uno de los últimos obstáculos contra el dominio de Estados Unidos e Israel en la región. El tablero internacional vuelve arriesgada cualquier apuesta sobre el futuro del Líbano.Desde el asesinato, el 14 de febrero pasado, de Rafic Hariri, ex primer ministro del Líbano de 1992 a 1998 y de 2000 a 2004, el país del cedro se convirtió súbitamente en objeto de declaraciones casi cotidianas del presidente George W. Bush y de su secretaria de Estado Condoleezza Rice, pero también de dirigentes europeos -con los franceses a la cabeza- que llamaron nuevamente la atención de los medios de comunicación internacionales. Mientras la Resolución 1.559, aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 3-12-04, había pasado casi inadvertida (excepto en el Líbano, donde generó una fuerte tensión), el asesinato de un dirigente libanés con un prestigio regional e internacional "atípico" y la agitación franco-estadounidense, acompañada por numerosas declaraciones israelíes, sumieron a este frágil país en una tormenta más que amenazadora para su futuro. La resolución de Naciones Unidas contenía una serie impresionante de disposiciones que cuestionaban el estatuto del Líbano, tal como fue reconfigurado por los Acuerdos de Taef en 1989 1, luego confiado a la administración siria como recompensa por la cooperación de Damasco con la coalición militar que había expulsado a Irak de Kuwait en 1991. El texto solicitaba al Parlamento libanés que no reformara la Constitución para prolongar el mandato del presidente de la República, general Emile Lahoud, de seis a nueve años, mientras que su predecesor, Elias Haraui, gran aliado de Damasco y de Rafic Hariri, había obtenido este privilegio en 1995 sin que París o Washington se opusieran. Esta disposición resultaba en sí misma sorprendente, ya que la Carta de Naciones Unidas prohíbe toda intromisión en los asuntos internos de un Estado miembro. Pero la resolución exigía además la retirada del ejército sirio del Líbano, el despliegue del ejército libanés a lo largo de la frontera con Israel y el desarme de las milicias libanesas del Hezbollah y de los movimientos palestinos en los campos de refugiados. Esto significaba evidentemente abrir la puerta al cuestionamiento de la estabilidad del Líbano y asignarle el estatuto de Estado-tapón, que tuvo a menudo a lo largo de su historia, cuando su territorio y sus profesionales de la política eran puestos al servicio de las potencias candidatas al control de la región 2. Entre 1975 y 1990, el Líbano tuvo la sangrienta función de servir de tablero miniatura para los grandes conflictos que sacudían la región: Guerra Fría, conflicto árabe-israelí, conflictos entre países árabes, conflicto iraquí-iraní y sus efectos regionales e internacionales. En vez de estallar a gran escala, estos conflictos se cristalizaron en el territorio libanés, al aceptar algunos responsables políticos el papel poco glorioso de mandatarios comanditados, financiados y armados por las diferentes potencias regionales e internacionales. Las comunidades religiosas a las que pretendían representar funcionaban como pretexto y carne de cañón al servicio de dichas potencias, pero también como cortinas de humo para los medios de comunicación árabes e internacionales carentes de temas sobre el supuesto "odio secular" que desgarraba a las comunidades. En el útimo resurgimiento (en 1988-1990) de las sucesivas guerras del Líbano, el general Michel Aoun, comandante en jefe del ejército, se lanzó a una "guerra de liberación" contra las tropas sirias, a la que había sido incitado por el comité de la Liga Árabe encargado de encontrar una salida a la crisis, pero también por los envíos de armas de Irak y por un apoyo político y moral masivo de Francia (aparentemente acompañado de cierta ayuda militar). Este episodio tuvo un resultado catastrófico, particularmente para las comunidades cristianas tomadas como rehenes por el general y su poderoso rival, Samir Geagea, jefe de la milicia cristiana. Los combates entre esta milicia y las tropas del general Aoun, que se sumaron a los combates contra el ejército sirio, terminaron de reducir la comunidad cristiana a un estatuto marginal en el nuevo orden regional que se anunciaba. Por eso la pax siria, lograda en octubre de 1990 con la bendición de Estados Unidos y el silencio del gobierno israelí, se recibió con un suspiro de alivio general. Durante catorce años el Líbano conoció una estabilidad poco común. Sólo la alteraron dos ataques israelíes masivos en el sur del país (en 1993 y 1996), lanzados para intentar que el Hezbollah, que conducía una guerrilla muy eficaz contra la ocupación israelí del Sur desde 1978, entrara en razones. En mayo de 2000, el ejército israelí se retiró bajo el peso de la resistencia que, en estrecha colaboración con el ejército y los servicios de seguridad libaneses, logró impedir que Israel sembrara una cizaña mortal entre cristianos y musulmanes, tal como había sucedido tras la invasión de 1982, durante su retiro de Chuf en 1983 y de los alrededores de la ciudad de Saida en 1985. En 1991 y 1992, los sucesivos gobiernos de Salim El Hoss y Omar Karamé lograron desarmar a las milicias combatientes e integrarlas en el seno del ejército, reunificar el país y su capital, poner nuevamente en funcionamiento la administración pública. Un tercer gobierno, el de Rachid El-Solh, organizó las primeras elecciones desde 1972 (desgraciadamente boicoteadas por gran parte de la población, en su mayoría cristianos). Los gobiernos estaban integrados entonces por representantes de todas las facciones (excepto por partidarios del general Aoun, obligado a exiliarse en París), y era cuestión de solicitar a Sira el despliegue de sus tropas en el valle de la Bekaa, conforme a lo establecido en los Acuerdos de Taef 3. Culto a la personalidadRafic Hariri entró entonces en escena, impulsado por una imagen de benefactor capaz de reconstruir el país, especialmente el centro histórico y comercial de Beirut, duramente afectado por quince años de combates. Su designación como Primer Ministro provocó una euforia excepcional: se convirtió en el hombre-orquesta en torno al cual se desarrollaba un culto a la personalidad poco común, alimentado por su legendaria generosidad, medios de comunicación a su favor o controlados por él, la amistad excepcional que cultivó con el jefe de Estado francés, el apoyo inquebrantable de Arabia Saudita. Ya nadie se preocuparía por el despliegue de las tropas sirias, ni por su salida mediante un acuerdo entre los gobiernos libanés y sirio. Separado del poder a fines de 1998, Rafic Hariri retornó triunfalmente al gobierno en octubre de 2000, luego de ganar fácilmente las elecciones legislativas del verano. Nadie, por entonces, afirmaba que las elecciones no habían sido libres o que Siria hubiera manejado el juego electoral. En cuanto a la reconstrucción del país, a pesar de su costo exorbitante y de su balance más que moderado, despertó la admiración de muchos libaneses así como de los extranjeros que visitaban Beirut. ¿Quién hubiera podido imaginar, hace dos años, que Beirut, al haber encontrado así su lugar en el tablero político, turístico y cultural de la región gracias a la liberación del Sur del Líbano, sería el escenario de acontecimientos tan espectaculares como peligrosos? En junio de 2000 y 2001 se celebraban, una tras otra, una reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la Liga Árabe, luego una cumbre de la Organización, de la que el Líbano no era sede desde hacía varias décadas, y finalmente en 2002, la Cumbre de la Francofonía. En esta ocasión, el jefe de Estado francés concurrió al Parlamento para pronunciar un discurso, en el que confirmaba implícitamente el estatuto del Líbano como "protectorado sirio" hasta la resolución del conflicto árabe-israelí: "Desde luego -declaraba-, la paz (en Medio Oriente) sólo será global, justa y duradera si incluye al Líbano y a Siria, y si brinda una solución equitativa a la cuestión de los refugiados palestinos, una solución que tenga en cuenta los intereses del Líbano. Esta es la posición constante de Francia. Al mismo tiempo, la evolución hacia esta paz tan deseada permitirá al Líbano y a Siria armonizar sus relaciones y llevar a cabo la retrirada completa de las fuerzas sirias de vuestro país, conforme a los Acuerdos de Taef" 4. Convertido nuevamente en Primer Ministro, luego de dos años de interrupción (diciembre de 1998 - octubre de 2000), Rafic Hariri confirmó además, en su declaración de política general, la necesidad del mantenimiento de las tropas sirias en el Líbano 5. Todo esto sucedía, es verdad, antes de la invasión a Irak por parte de Estados Unidos y de su iniciativa de un "Gran Medio Oriente" donde imperarían el orden y la democracia y de donde sería erradicada la violencia terrorista. Al presentar esta visión, Washington no hacía más que retomar temas y consignas de la diplomacia estadounidense a comienzos de los años 1990. Era la época en que George Bush (padre), luego de la primera guerra del Golfo, prometía un nuevo orden internacional. Unos meses más tarde, Shimon Peres publicaba un libro que tuvo gran repercusión (The New Middle East) 6, en el que anunciaba una era de paz, prosperidad y cooperación económica entre todos los pueblos de la región, que sólo perturbarían las fuerzas irracionales encarnadas por los movimientos violentos de integrismo islámico. Esta perspectiva gozaría de la credibilidad que le conferirían los Acuerdos de Oslo de 1993, seguidos de varias conferencias económicas regionales (Casablanca, Amman, El Cairo, Doha) que reunieron a funcionarios y hombres de negocios israelíes, estadounidenses, europeos y árabes. Pero el proceso de paz de Oslo fue vaciado de contenido al continuar la colonización israelí. Tras el fracaso de la cumbre de Camp David (julio de 2000), la visita provocadora de Ariel Sharon a la explanada de la Gran Mezquita de Jerusalén, tercer lugar santo del islam, provocó el estallido. El inicio de la segunda Intifada, luego su militarización frente a la violencia de la represión israelí, no parecieron interesar a George W. Bush, visiblemente poco apremiado por resolver la cuestión palestina. La situación de Irak se había convertido en su principal preocupación. Por otra parte, desde 1998, la administración de William Clinton había considerado que tras el fracaso de la misión de los inspectores de Naciones Unidas, el régimen de Bagdad representaba un peligro mayor para la paz mundial. Objetivo: SiriaLuego de los atentados del 11 de septiembre, el presidente Bush evaluó, contra toda evidencia, que Saddam Hussein estaba implicado en estos crímenes y que, por añadidura, desarrollaba nuevamente armas de destrucción masiva. Así, se puso en funcionamiento el engranaje que condujo a la invasión de este país tan importante para los equilibrios de Medio Oriente 7. Habiendo perdido toda credibilidad los argumentos utilizados para legitimar la invasión, la administración estadounidense se propuso convencer al mundo de que su intención, en todo caso, era llevar la libertad y la democracia a los pueblos de la región: su intervención para liberar al pueblo iraquí de la dictadura de Saddam Hussein sólo representaría un primer paso hacia reformas democráticas generalizadas en Medio Oriente. Ante la creciente resistencia armada en Irak, Estados Unidos apunta ahora el dedo acusador hacia Siria, otro régimen baasista que data de una época que todo el mundo desearía dar por concluida. A pesar de las promesas de reformas drásticas del joven presidente sirio Bachar El Assad, que sucedió a su padre Hafez El Assad, fallecido en junio de 2000, el régimen sirio tiene dificultades para encontrar nuevo aliento e ingresar a una transición rápida hacia el liberalismo político y económico, según el modelo de los países de Europa Central. En Damasco, la liberalización política fue muy relativa, e incluso efímera, mientras que la liberalización económica permitió sobre todo el surgimiento de un sector financiero privado en el que los bancos libaneses desempeñan un papel importante. Permitió además al sector privado sirio tener un mayor protagonismo en la economía, sin que esto condujera sin embargo al desmantelamiento del control de cambios y del sector público, tal como sucedió en otros lugares. Claro que en los albores del siglo XXI el régimen sirio ya no es esa máquina represiva que aplasta en sangre cualquier disidencia. Pero la invasión estadounidense a Irak y las acusaciones de Washington colocan al régimen a la defensiva, lo que no contribuye a profundizar la liberalización. En diciembre de 2003, Estados Unidos impuso sanciones (leves) en el marco de la denominada Syrian Accountability Act, aprobada por el Congreso estadounidense. Se trata de una poderosa herramienta para ejercer presión sobre Damasco, particularmente sobre su flanco libanés, ya que la ley exige también a Siria que restaure la independencia total del Líbano 8. El 11 de mayo de 2004, aplicando la misma legislación, instrucciones presidenciales estadounidenses reforzaron el dispositivo de cerco económico, hasta entonces relativamente flexible y poco exigente. El general Aoun en París y un grupo de presión libanés (que reclama la secesión de los cristianos o la transformación del país en federación) en Washington, celebran las sanciones estadounidenses, y también la aprobación de la Resolución 1.559; al tiempo que afirman haber contribuido a avivar la llama extinguida de Estados Unidos en favor de la restauración de la soberanía libanesa 9. Sobre el terreno, a partir de la campaña electoral del verano de 2000, Walid Joumblatt, hasta entonces un aliado más que fiel del régimen sirio, inició las "hostilidades" denunciando el control sirio. Algunos sólo vieron allí una maniobra electoral destinada a obtener los votos cristianos, más aun cuando, concluidas las elecciones, el jefe druso decidió bajar el tono. En septiembre de ese mismo año, un comunicado virulento de los obispos de la comunidad maronita, reunidos bajo la presidencia del patriarca, denunció a Damasco como responsable de todos los males del Líbano: corrupción generalizada, endeudamiento y crisis social, marginación de algunas fuerzas políticas. Hecho novedoso en la historia de la comunidad cristiana, un obispo fue designado para participar en las reuniones de un grupo de personalidades muy diversas (llamado Kornet Chahouan), que reúne a representantes de la milicia disuelta de las Fuerzas Libanesas, a representantes del general Aoun, a algunos diputados maronitas y al ex presidente falangista de la República, Amine Gemayel. Este grupo se define como una oposición firme, no al gobierno dirigido por Rafic Hariri, sino al presidente de la República y a Siria. Su programa preconizaba el envío del ejército al Líbano Sur para relevar al Hezbollah, la liberación de Samir Geagea, ex jefe de la milicia cristiana de las Fuerzas Libanesas detenido en 1993 y condenado por diversos atentados, y finalmente la retirada del ejército sirio, conforme a lo establecido en los Acuerdos de Taef. Luego de la liberación del Sur del Líbano en 2000, Estados Unidos y la mayoría de los países europeos habían exigido insistentemente el despliegue del ejército libanés a lo largo de la frontera con Israel y el desplazamiento del Hezbollah al interior del país, e incluso su desarme. Pero la ayuda que prometió Occidente para reconstruir esta zona ocupada durante veintidós años no fue concedida. Y la invasión de Irak eclipsó luego esta cuestión sensible. Por añadidura, las amenazas estadounidenses contra Siria y el Hezbollah generaron en el Líbano una ola de protestas a la que incluso se sumó el patriarca maronita, lo que contribuyó a distender el clima. Una apuesta arriesgadaLa trágica desaparición de Rafic Hariri desató una crisis mayor, en un momento en que los dos regímenes, sirio y libanés, parecían acorralados. Alimentando nuevamente los juegos de la geopolítica regional, el país del Cedro recuperó sus viejos reflejos y sus viejos demonios. Ocurrido unos meses después del atentado contra el diputado Marouan Hamadé, cercano tanto a Joumblatt como a Rafic Hariri, este nuevo drama reabrió heridas mal cicatrizadas. Para muchos libaneses se destruyó un importante símbolo de estabilidad y prosperidad. A pesar de las críticas de las que podía ser objeto, el ex Primer Ministro alimentaba entre sus numerosos admiradores la esperanza de un país normalizado, salido del conflicto árabe-israelí en el que tanto había sufrido. Por eso, las reiteradas exhortaciones de Bush y Chirac a la retirada siria y a la aplicación total y rápida de la Resolución 1.559 encontraron muchos oídos complacientes. Reunieron en torno de Joumblatt, convertido en el jefe indiscutible de la oposición, y de la familia del Primer Ministro asesinado, a los diputados partidarios de Rafic Hariri y elegidos de sus listas, a algunas agrupaciones políticas y ONG, así como a numerosos estudiantes provenientes en su mayoría -pero no exclusivamente- de la clase media cristiana. El Presidente estadounidense y muchos dirigentes europeos pretenden convertir al Líbano en un laboratorio de la "democratización": luego de las elecciones iraquíes y palestinas, celebradas bajo la ocupación, del escrutinio municipal en Arabia Saudita, y antes de la elección presidencial con varios candidatos anunciada en Egipto, el recurso a las urnas en el país del cedro tornaría irresistibles -piensan- los "vientos de libertad" en Medio Oriente. Esto significa evidentemente ignorar la complejidad del Líbano, pero también lo que representa aún Damasco para la opinión pública árabe, a pesar de la antipatía o de las duras críticas que puede suscitar su régimen: uno de los últimos obstáculos a la dominación estadounidense de Medio Oriente y a una "solución" del conflicto palestino-israelí que se realizaría en detrimento de los palestinos y de la propia Siria, cuyo Golán permanece ocupado desde 1967 por Israel, que lo anexó incluso en 1981. Si bien la "oposición" puede jactarse de ser representativa en el Líbano Central, en el Sur, el Norte y el valle de la Bekaa se perciben, en cambio, otras sensibilidades políticas, divididas entre maximalistas que desean la caída del régimen cojo instaurado luego de los Acuerdos de Taef y personalidades más moderadas. Estas últimas parecen sin embargo prisioneras de la lógica "revolucionaria" de los maximalistas, entre los cuales ocupan un lugar destacado ex militantes radicales de antaño: comunistas y nacionalistas árabes pro palestinos. Frente a las sentadas permanentes de la "oposición" en la Plaza de los Mártires, en Beirut, alrededor de la tumba del ex Primer Ministro asesinado, el Hezbollah organizó contra-manifestaciones masivas, el 8 de marzo pasado en Beirut y el 13 de marzo en Nabatieh. Valiéndose del prestigio que le dio, en el Líbano y en el mundo árabe, la liberación del Sur del Líbano, este partido constituye el elemento simbólico y unificador de una sensibilidad libanesa diferente, antiimperialista y nacionalista, que tiene eco en la región. Se trata pues de una partida muy riesgosa que se juega, en primer lugar para los propios libaneses, pero también para el futuro de las relaciones de esta región del mundo con Estados Unidos y la Unión Europea. Bush y Chirac aumentaron la apuesta al máximo. Cabe esperar que predomine la sensatez y que la situación en el terreno permanezca bajo control. Pero, ¿cuánto tiempo puede persistir una crisis semejante en el Líbano sin que su frágil economía implosione o que agitadores profesionales provoquen un estallido? ¿No será la comunidad cristiana, que incitada por la Iglesia maronita se aventuró peligrosamente en este terreno minado, la primera en pagar los platos rotos de la desestabilización, tal como sucedió durante las reiteradas crisis que conoció el Líbano desde 1840? 10. ¿Acaso la serie ininterrumpida de manifestaciones apoyadas por Occidente y de contra-manifestaciones hostiles a la intervención occidental, harán que el país se vuelque hacia una lógica de estallido? Agrupada en torno al muy respetable ex primer ministro Sélim Hoss, una tercera fuerza intenta calmar las aguas. Pero, al tirar demasiado de la cuerda, nadie asegura que el Estado pueda resistir al desafío que le imponen nuevamente la geopolítica regional y una clase política versátil y bajo influencias extranjeras diversas. ¿Y cómo olvidar que algunos miembros de esta "elite" fueron responsables de masacres y desplazamientos forzosos de poblaciones durante el período 1975-1990, sin haber tenido que rendir cuentas nunca ante un tribunal, como en Rwanda o en la ex Yugoslavia, ni participado de un acto de arrepentimiento colectivo y nacional, como en Sudáfrica?
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