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Servicios de inteligencia, islam y violencia política

Los servicios de informaciones de Occidente están en el origen de una noción del islam como fuerza llamada a reemplazar al comunismo, el enemigo durante la Guerra Fría. Algunos episodios históricos centraron la atención de sus agentes en las comunidades islámicas vinculándolas a priori con la organización Al Qaeda. Una “lógica” donde la sospecha política pesa más que la prueba judicial.

"Ingresamos en un nuevo período de la historia del terrorismo. Menos regional y nacional, esta nueva etapa se caracteriza por un terrorismo suicida, atentados perpetrados por terroristas que buscan infligir voluntariamente daños masivos a civiles y que pertenecen a grupos que no tienen ningún interés en negociar" 1. Luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, Eliza Manningham-Buller, directora general del Servicio de Seguridad británico (MI5), resumía de esta manera las dificultades políticas que plantean los grupos del tipo Al-Qaeda a las autoridades y a los servicios de inteligencia occidentales.

La lucha contra el "terrorismo" no es, en efecto, tan unívoca como podrían sugerirlo las viriles y firmes declaraciones de numerosos ministros del Interior, del tipo "hay que aterrorizar a los terroristas" hecha por el francés Charles Pasqua. Por el contrario, depende de múltiples transacciones entre los gobiernos, los servicios de inteligencia y los grupos clandestinos, en las que cada cual pone en juego sus intereses políticos u organizativos, e intenta imponer su "verdad".

Así, el término "terrorismo" no describe una realidad objetiva que se impondría a todos. El ejército alemán lo utilizaba para hablar de la Resistencia francesa, Rusia lo hace para referirse a los combatientes chechenos, y ningún grupo clandestino se reivindica como tal, prefiriendo según el caso "combatientes de la libertad"; "nacionalistas"; "vanguardia del proletariado"; "soldados del islam", etc. De manera que la etiqueta de "terrorismo" es con frecuencia sólo un instrumento de deslegitimación de algunos movimientos y sus reivindicaciones.

Esto explica a la vez la imposibilidad de llegar a una definición unánime en el tiempo y el espacio y las diferentes estrategias que utilizan los gobiernos para enfrentarlo: no intervención, presión, negociación, represión policial e incluso acción militar. Estas respuestas dependen de las relaciones de fuerzas políticas entre las partes en juego, su evolución, así como de los objetivos de los grupos clandestinos y sus modos de acción.

 La lógica de la sospecha

 En la regulación de esta violencia política, los servicios de inteligencia ocupan un lugar destacado. Su trabajo de localización, identificación y vigilancia brinda a las autoridades información que les permite anticipar la aparición y la evolución de una crisis, elegir interlocutores o estar al corriente de las estrategias de sus adversarios. Pero su papel no se limita, ni mucho menos, al de simples instrumentos al servicio de la decisión política. De la descalificación pública de ciertos grupos al sabotaje de sus acciones o a la destrucción -moral, y en algunos casos, física- de sus líderes, pasando por la desmoralización de los militantes o la exacerbación de las tensiones internas, las estrategias que utilizan son múltiples 2.

En el caso de los Servicios de Inteligencia (RG) franceses, éste fue el objeto exclusivo de determinadas secciones, con métodos discretos y a veces ilegales, como la Sección Manipulación, el Grupo de Investigaciones Reservadas o de células operativas más informales. En España, el CESID apoyó a los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que asesinaron en Francia a refugiados vascos a fines de los años 1980; en Gran Bretaña, servicios de inteligencia participaron en la elaboración de prácticas de shoot to kill destinadas a eliminar a presuntos militantes del Ejército Republicano Irlandés (IRA). Constituyen así un vector -parcialmente autónomo- del ejercicio de la violencia de Estado, cuyo accionar influye tanto en las estrategias de los grupos clandestinos como en las de las autoridades.

Más aun, su trabajo rutinario de selección de información, análisis, interpretación y prospectiva forma parte de la delimitación del juego político. Al calificar o descalificar a determinados interlocutores sobre la base de sus propias apreciaciones, los servicios de inteligencia les permiten o no participar en él. Surgen así como guardianes -a menudo desconocidos- del orden político, y sus modos de percepción inciden en su definición y funcionamiento.

Más allá de su diversidad, los miembros de los servicios de inteligencia tienen en común el hecho de asignar un lugar destacado a las relaciones de fuerzas políticas. Sus principios de acción contrastan con los del ámbito judicial, para el cual la relación con el derecho (con la ley) es fundamental. Aun en el caso de que estos agentes sean policías, lo que los aleja de sus colegas de los servicios de la policía judicial o de las policías urbanas es algo más que una diferencia de misiones. Al hacer la mayor parte de su carrera profesional en el seno mismo de los servicios de inteligencia, internalizan sus prácticas, sus rutinas burocráticas y su visión del mundo heredada de su historia. Este aprendizaje crea disposiciones específicas, que se caracterizan por un interés en el juego político, un manejo práctico de sus objetivos y un apego al orden legítimo y a su preservación. Éstas constituyen una importación de las lógicas de la sospecha propias de los policías en general en la actividad política y explican las recurrentes explicaciones en términos de "complot" y de "manipulación".

Una de las manifestaciones más claras de estas disposiciones es el grado de organización que los servicios de inteligencia atribuyen a sus adversarios en sus informes y conclusiones. Detrás de la menor iniciativa local tienden a ver un elemento de una estrategia política global, y a considerar a grupos o a individuos autónomos como agentes de una organización oculta y estructurada. Director de los RG franceses de 1992 a 2004, Yves Bertrand comentaba en estos términos la vigilancia de los sermones en las mezquitas: "Estuvimos particularmente atentos, por ejemplo, luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Varios observadores esperaban numerosos deslices (...). Pero curiosamente, los responsables de las mezquitas y de las asociaciones controlaron muy bien a sus tropas; cosa que, por otra parte, no debe tranquilizarnos. Esto significa (...) que la comunidad está muy bien controlada por estas asociaciones" 3.

Para este tipo de análisis, la calma es peor que la tormenta, dado que escondería algo más preocupante. En el prisma de esta visión amenazadora del mundo y del otorgado predominio de lo oculto sobre lo visible, la reprobación casi unánime de estos actos sangrientos se convierte así en una preocupación adicional, que constituye una nueva justificación de su trabajo de vigilancia. Si bien no es necesariamente cínica, esta voluntad de "agrandar" la amenaza asegura a los agentes de inteligencia grandes beneficios, tanto materiales (medios, presupuesto) como simbólicos (importancia de los servicios, reconocimiento personal).

 El objetivo musulmán

 En lo que respecta al islam, la vigilancia de las comunidades musulmanas -especialmente de los lugares de culto- los líderes y las asociaciones religiosas, no data de la época de los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono. Constituye una de las rutinas del contraespionaje, ya que los servicios de algunos países de emigración (especialmente del Magreb) utilizan desde hace mucho tiempo las infraestructuras religiosas para controlar a sus exiliados.

Pero el interés de los servicios de inteligencia occidentales por las comunidades musulmanas tomará un cariz bastante diferente luego de una serie de acontecimientos internacionales vinculados con el islamismo político. En Francia, las principales etapas del desarrollo de las secciones especializadas de inteligencia fueron la Revolución iraní de 1979, la situación en Medio Oriente, los atentados de la red Fuad Ali Saleh de 1985-1986, y sobre todo la guerra en Argelia después de junio de 1991, que desembocaría en una nueva ola de atentados en 1995. Así fue como concentraron su atención en las actividades de los grupos islamitas armados (argelinos, esencialmente), ya sea para oponerse a sus veleidades de acciones violentas en el territorio o para perturbar el trabajo logístico que pudieran realizar allí (propaganda, reclutamiento, circuitos de financiamiento, etc.).

En Gran Bretaña, la atención de los servicios de inteligencia puesta en los musulmanes proviene de la afluencia de refugiados paquistaníes, o de Hermanos Musulmanes perseguidos en las antiguas colonias británicas. Sin embargo, durante mucho tiempo esa atención fue marginal, debido a la focalización en el conflicto norirlandés. En España, el cambio es incluso más reciente, ya que la cuestión vasca concentró hasta hace muy poco casi la totalidad de la energía de los servicios.

Los atentados del 11-9-01 y del 11-3-04 (Madrid) reorientaron así en grados diversos la actividad de estos servicios. Pero sobre todo modificaron seriamente los modos históricamente constituidos de regulación de la violencia política a los que estaban acostumbrados, debido a la irrupción brutal en tiempos de paz, en el territorio de un Estado occidental, de masacres masivas, indiferentes a las características (sociales, políticas, confesionales incluso) de las víctimas. Más aun, estos atentados subvierten los principios de visión y división fundamentales del campo político. Los grupos que los originan no se apoyan en bases y reivindicaciones étnico-nacionalistas o de clase, que hasta ese momento estructuraban la violencia política, y siguen haciéndolo en numerosos conflictos, incluidos aquellos que implican movimientos radicales musulmanes (en Palestina o Chechenia, por ejemplo).

Los movimientos que se identifican con Al Qaeda no sólo parecen desdeñar los procesos políticos de negociación tradicionales, sino que además su autonomía, tanto táctica como estratégica, y su ausencia de base territorial o social complican en gran medida la tarea de los servicios. A diferencia de otros grupos clandestinos, donde los servicios de inteligencia tenían interlocutores identificables -vinculados con los propios movimientos, con vidrieras políticas, o gobiernos que les brindaban su apoyo-, este tipo de organizaciones se presenta como "un enemigo anónimo y sin rostro" 4.

 Perfil del sospechoso

 Se trata pues de detectar en el seno de las comunidades musulmanas quiénes son los individuos susceptibles de unirse a las filas de los grupos radicales. Si bien continúan vigilando las mezquitas, los sermones, las asociaciones culturales, etc., algunos servicios de inteligencia recurren cada vez más a la elaboración de "perfiles", de "figuras" típicas. Basando su trabajo en estudios de casos de individuos implicados en acciones clandestinas, elaboran modelos de trayectorias sociales y vigilan particularmente las actividades de aquellos que responden a dichas características.

Es así como un origen extranjero (y particularmente de un país musulmán), un nivel de estudios relativamente elevado, la frecuentación de tal o cual asociación o mezquita ("fundamentalista" o "salafista" sobre todo), viajes frecuentes, la interrupción de la actividad profesional y estadías en el extranjero, etc. suscitan casi automáticamente la atención de los servicios de inteligencia. Lo mismo sucede con los "conversos" (por ejemplo, los franceses que se convierten al islam), que se transforman en la metáfora del enemigo invisible, mezclado entre la población y beneficiario de todas las ventajas que brinda la nacionalidad (libre circulación, protección jurídica, facilidades administrativas, etc.).

La dificultad de la tarea, sumada a la inquietud legítima de los diferentes gobiernos frente a esta amenaza y a su relativo desconcierto para enfrentarla, explican y legitiman los alegatos en favor de la restricción de las libertades y la aplicación de medios de excepción, policiales o judiciales 5.

En muchos sentidos, cabe decir que asistimos a una reconfiguración del equilibrio entre las lógicas de los servicios de inteligencia (la sospecha) y las del ámbito judicial (la producción de la prueba). La figura del "sospechoso" adquiere mayor importancia que la del "culpable". La prisión estadounidense de Guantánamo encarna el ejemplo más impresionante de estas lógicas de los servicios de inteligencia: encerrar a individuos para sonsacarles información prescindiendo de las garantías jurídicas elementales que los protegen. Pero por extremo que sea, no se trata de un caso aislado. En Gran Bretaña, la Anti-terrorism, Crime and Security Act, modificada en diciembre de 2001, permitió la detención ilimitada de personas sospechosas de ser terroristas internacionales sin que se hubiera establecido legalmente su culpabilidad (ver recuadro).

En Francia, la aplicación muy extensiva de la legislación antiterrorista de 1986 (y especialmente las acusaciones de "asociación delictiva vinculada con una empresa terrorista"), permite estrategias llamadas "patada al hormiguero", que consisten en detener masivamente a individuos que podrían estar vinculados con grupos clandestinos, con el fin de "desorganizar las redes". Y poco importa si la inmensa mayoría, después de haber pasado hasta 24 meses en prisión preventiva, es declarada inocente en los procesos judiciales. Por regla general, en materia de "terrorismo islamita", la relación entre el número de detenciones, el número de acusaciones y de culpabilidades probadas es totalmente desproporcionada.

 Comunitarismo vs república

 Pero la sospecha no se agota en la lucha antiterrorista, sino que se extiende también a la buena fe de las comunidades musulmanas, particularmente en Francia. Bajo el prisma de las disposiciones antisubversivas de los agentes de los servicios de inteligencia, todo elemento, hecho o actividad cultural y religiosa se relacionará con veleidades políticas de subversión del orden establecido provenientes de organizaciones estructuradas que actuarían encubiertas.

Es así como los servicios franceses ponen especial atención en los grupos musulmanes prosélitos, tales como Jama'a at-Tabligh, que predican en los barrios populares. Están atentos asimismo al papel que pueden desempeñar ciertas asociaciones o líderes religiosos para calmar tensiones en el seno de un complejo habitacional. Al no poder sin embargo medir el impacto directo de estas influencias, recurrirán a la noción vaga de "comunitarismo", que supuestamente amenaza la unidad republicana mediante la exaltación de una identidad "musulmana".

Los RG franceses elaboraron incluso una planilla contable del repliegue comunitario de los barrios, sobre la base de ocho indicadores: "gran cantidad de familias de origen inmigrante, que a veces practican la poligamia"; "red asociativa comunitaria"; "presencia de comercios étnicos"; "multiplicación de los lugares de culto musulmán"; "uso de ropa oriental y religiosa"; "graffiti antisemitas y antioccidentales"; "existencia, en el seno de las escuelas, de cursos con grupos de recién llegados que no hablan francés"; "dificultad para tener una apariencia de francés de origen". Estos indicadores reavivan la imagen de la integración republicana, ligada al modelo histórico de desarrollo del Estado, y caracterizada por la eliminación de las diferencias regionales y culturales. Permiten así llamar al orden a todo lo que parece cuestionar este modelo de referencia.

Pero en este tema es importante ser particularmente prudentes. Las adhesiones religiosas pueden asumir las formas más diversas. Existe un conjunto de posiciones, sobre un eje que se extiende de un polo espiritual a un polo más cultural. Estas posiciones remiten a motivaciones muy diferentes y generan prácticas, comportamientos y usos sociales del islam que no se vinculan entre ellos. ¿Qué tienen en común un(a) estudiante apasionado(a) por la teología y un(a) adolescente en situación de descalificación social, que se "construye" una identidad que apunta a restaurar formas de dignidad personal, y en las cuales el islam puede desempeñar un papel? 6 ¿Qué tienen en común la demonización de Occidente predicada por algunos líderes religiosos; las críticas a la política israelí realizadas por asociaciones comunitarias y la radicalización del discurso de algunos jóvenes de complejos habitacionales que, al igual que los obreros empobrecidos, votarán por el ultraderechista Frente Nacional (FN) para marcar una última frontera con el grupo en el que temen caer; responsabilizarán a las "mujeres", a los "judíos" o a "Occidente" de su situación actual? Pues nada. Las lógicas, los móviles y las manifestaciones son diferentes. Cada uno de ellos puede, por supuesto, generar actos o gestos intolerables, que hay que combatir, pero evitando la amalgama y el mezclarlo todo.

 Mercaderes del miedo

 Los que están interesados en hacer esa mezcla son los numerosos mercaderes del miedo, que tratan de producir una imagen apocalíptica del mundo que sirva a sus intereses económicos o políticos. Mientras que las investigaciones sobre individuos que se embarcaron en la acción violenta insisten en la singularidad de las trayectorias sociales y de las historias de vida que condujeron al pasaje al acto 7, Alain Bauer y Xavier Raufer, entre otros, no dudan en hacer de un incendio intencional un "atentado de baja intensidad", o incluso en afirmar que "a partir de estas zonas fuera del derecho, inaccesibles a las fuerzas del orden y repletas de armas de guerra, asegurar la logística de una red terrorista es stricto sensu un juego de niños" 8.

Estas explicaciones se superponen con la imagen de una religión conquistadora, homogénea y guerrera, construida en algunos cenáculos estrategas a falta de enemigo global, tras la caída de la URSS 9 y el auge relativo de las reivindicaciones vinculadas al ejercicio del culto musulmán en los países occidentales, para sumarlas en una misma totalidad amenazadora.

En cuanto a la crítica al "comunitarismo" tal como se desarrolla en el discurso del Estado, podría ser sólo una manera de librarse a bajo precio de los efectos devastadores de las políticas económicas y sociales implementadas desde hace veinte años. En 2004, el 33% de los jóvenes entre 20-29 años que viven en zonas urbanas sensibles (ZUS) se encontraban desempleados o inactivos, contra el 12% a nivel nacional. Los inmigrantes no europeos que viven allí tienen 17,2 veces menos posibilidades de encontrar un empleo que sus homólogos nacionales 10. Si a ello se suman la falta de derechos políticos de unos y la autoexclusión de otros, debida al aumento de la distancia entre los partidos políticos (de izquierda especialmente) y los sectores populares; servicios públicos degradados, múltiples formas cotidianas de discriminación, controles policiales permanentes y denegación de justicia, los gritos de alarma sobre el peligro "comunitarista" podrían prestarse a risa. Al silenciar las condiciones de precariedad de los barrios (y su origen), la acusación comunitarista permite una condena moral de formas de adaptación individuales y colectivas a la miseria, y la movilización en nombre de un proyecto republicano idealizado, cuyas falencias en términos de igualdad se ocultan cuidadosamente.

 La cuestión social ocultada

 Ya sea desde el punto de vista del "terrorismo" o del "comunitarismo", el islam aparece hoy pues como un proyecto global de subversión susceptible de reemplazar al comunismo, afectado por las reestructuraciones del capitalismo post-fordista y la caída de la URSS. Reúne en efecto una dimensión transnacional (coherente con la manipulación extranjera) y fuertes comunidades implantadas en los Estados occidentales, pero que ocupan posiciones bajas en las jerarquías sociales. Estas interpretaciones provienen directamente del trabajo de los servicios de inteligencia y de las disposiciones de sus agentes, y su éxito se explica tanto por las posiciones institucionales que ocupan en el seno de la división del trabajo político como por el discurso de ciertos grupos religiosos, interesados además en una polarización de las posiciones que les otorga fuerza, peso y una credibilidad que no poseen. Pero, les guste o no tanto a unos como a otros, inmigrante no quiere decir musulmán/a; y musulmán/a no quiere decir militante político del islam.

Las reformulaciones interesadas de la cuestión social como una cuestión de seguridad o religiosa permiten ocultar los fundamentos de las dificultades reales que padecen actualmente las clases populares, destruidas política y socialmente por décadas de reformas neoliberales. Redefinen -e instalan- líneas de división en su seno que tornan aun más difícil la reconquista colectiva de un futuro mejor. Pero, ¿es ése realmente su proyecto?

  1. "Global Terrorism: Are we meeting the challenge?", conferencia en la Jefatura de Policía de Londres, octubre de 2003. Este estudio comparativo se basa en los servicios de inteligencia franceses: Renseignements généraux (RG) y Direction de la surveillance du territoire (DST); británicos: Security Service y Special Branch (SO12) y españoles: Comisaría General de Información (CGI) y Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que reemplazó en 2002 al Centro Superior de Información de la Defensa (CESID).
  2. Gary T. Marx, Undercover. Police Surveillance in America, University of California Press, Berkeley, 1988.
  3. Informe de Jean-Louis Debré sobre la cuestión del uso de símbolos religiosos en las escuelas, Nº 1.275, Asamblea Nacional francesa, diciembre de 2003.
  4. La expresión pertenece a Jorge Dezcallar de Mazarredo, director del CESID, luego del CNI, de 2001 a 2004.
  5. En el marco del programa europeo Challenge se implementó un observatorio de las prácticas y políticas en materia antiterrorista en los diferentes Estados de la Unión, y a nivel comunitario. Información y análisis en: www.libertysecurity.org
  6. Jocelyne Césari, Musulmans et républicains. Les jeunes, l'islam et la France, Complexe, Bruselas, 1998.
  7. Stéphane Beaud y Olivier Masclet, "Un passage à l'acte improbable? Notes de recherche sur la trajectoire sociale de Zacarias Moussaoui", French Politics, Culture and Society, vol. 20, N° 2, New York University, Nueva York, verano (boreal) de 2002.
  8. Alain Bauer y Xavier Raufer, La guerre ne fait que commencer, JC Lattès, París, 2002.
  9. Véase, especialmente, Samuel Huntington, El choque de civilizaciones, Paidós, Madrid, 1997.
  10. Observatoire des zones sensibles, Informe 2004, Ediciones de la DIV, 2004. Las ZUS representan a 751 barrios repartidos en el conjunto del territorio y poseen 4.672.089 habitantes.
Autor/es Laurent Bonelli
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 70 - Abril 2005
Páginas:17,18,19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Terrorismo, Islamismo, Políticas religiosas