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Disloques del Sur en el frente climáticoEn la periferia del mundo industrializado se encuentran las regiones más vulnerables a los cambios climáticos. Sus pueblos demandan acelerar el desbloqueo de fondos para protegerse de sus efectos y denuncian a los países del Norte que se rehusan a firmar el Protocolo de Kyoto. Pero también se sienten traicionados por los grandes países del Sur, que se niegan a recortar sus posibilidades de desarrollo. Es necesario establecer mecanismos de cooperación para crear modelos de ecodesarrollo adaptados a los contextos locales.En su miríada de archipiélagos idílicos del Pacífico, la mitad de los 150.000 habitantes de Micronesia ven periódicamente como sus casas se dañan o destruyen por inclemencias del tiempo de una frecuencia y violencia hasta ahora desconocidas. Combinada con mareas de gran amplitud y con un desarreglo en el ciclo de las lluvias, la elevación del nivel de los océanos que se observa en la región desde la segunda mitad del siglo XX acentúa la intensidad de las tempestades. La erosión de las costas se acelera, la salinización de las aguas subterráneas destruye las plantaciones y el aumento de la temperatura favorece la aparición de parásitos que afectan las plantaciones de copra. "Somos los primeros a quienes el cambio climático mata", explica con emoción Joseph Komo, miembro de la delegación oficial de Micronesia en la Novena Conferencia sobre Cambio Climático, que tuvo lugar en Milán en diciembre de 2003 bajo el auspicio de Naciones Unidas. Komo fue a solicitar a la comunidad internacional que acelere el desbloqueo de los fondos destinados a ayudar a los países vulnerables a protegerse de los impactos del recalentamiento global. De manera urgente, habría que asegurar los recursos alimentarios, construir unidades de desalinización y diques y desarrollar la energía solar. Ésta es la reivindicación de la Alianza de los micro-Estados insulares, conocida con la sigla inglesa AOSIS (Alliance of Small Islands States), en las negociaciones climáticas. Este lobby hiperactivo, creado en 1994, está integrado por 43 micro-Estados provenientes de todos los océanos y regiones del mundo: África, Mar Caribe, Océano Índico, Mediterráneo, Pacífico y Mar de China meridional. Todos ellos creen estar en la vanguardia de las consecuencias del cambio climático. En las Maldivas se preparan para lo peor. Hay una isla artificial en construcción. Ubicada a unos veinte minutos de Malé, la superpoblada capital del archipiélago, Hulhumale se construye a doscientos metros por encima del nivel del mar para recibir, dentro de un tiempo, unos 100.000 habitantes. En alta mar, siguiendo las corrientes cálidas, se decoloran los corales. Pero todos los informes del Grupo Intergubernamental de expertos sobre la evolución de los climas subrayan la gran vulnerabilidad de los arrecifes coralinos a la elevación del nivel del mar, al aumento de la temperatura del agua en la superficie y a las tempestades cada vez más intensas. Otras poblaciones en las antípodas se unen a sus reivindicaciones. Unos 155.000 inuits de Canadá, Alaska, Groenlandia y Rusia están representados en la Conferencia Circumpolar de los Inuits. Su presidenta, Sheila Watt-Cloutier, también ha utilizado la tribuna de Milán para anunciar que su organización se propone recurrir judicialmente ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. La coalición inuit considera que los países que se niegan a firmar el Protocolo de Kyoto 1 -Estados Unidos, Rusia y Australia- contravienen los derechos humanos porque ponen en peligro el modo de vida ancestral de los pueblos autóctonos del Polo Norte. "Hoy en día, la Tierra cambia literalmente bajo nuestros pies", declara Sheila Watt-Cloutier. En Canadá, los climatólogos predicen lo impensable: en unos cincuenta años, el famoso Paso del Noroeste, que une el Atlántico y el Pacífico a través de las islas del norte del país, estará completamente libre de hielo durante el período estival. Desigualdad ecológicaLos habitantes del banco de hielo se encuentran, por así decirlo, en el mismo barco que los habitantes de Melanesia, en el Pacífico. La similitud de los gritos de alarma de poblaciones geográficamente muy alejadas traduce la dimensión extraordinariamente sistémica del desorden climático. "Después de la expansión térmica, el deshielo de los glaciares y casquetes glaciares podría ser una de las principales causas de la elevación del nivel del mar durante el siglo XXI", advierten los expertos 2. Desde los polos a las Maldivas, todas las capas de la biósfera están vinculadas y, con ellas, los seres vivientes que las habitan. Pero es en la periferia del mundo industrializado donde se encuentran las regiones más vulnerables a los cambios climáticos. Una injusticia muy grande, ya que que su contribución al recalentamiento de la atmósfera es mínimo, frente a la masiva responsabilidad de los países industrializados del hemisferio Norte. Matemáticamente, cada individuo debería gozar de una parte igual del espacio ecológico. Como la biósfera puede reciclar naturalmente tres gigatoneladas (mil millones de toneladas) de carbono por año, el promedio sustentable anual por habitante del planeta se ha estimado en media tonelada de gas con efecto invernadero. Así, el ciudadano de Burkina Faso podría pasar de sus 100 kilos actuales a 500 de gas con efecto invernadero, mientras los habitantes de Estados Unidos, que emiten en promedio 5.000 toneladas anuales, deberían teóricamente dividir por diez sus emisiones 3. Manifiestamente, los países emisores han producido ya demasiado como para poder alcanzar el objetivo de equidad per cápita, sobre todo si esa equidad toma en cuenta las emisiones pasadas. Pero hay un escenario que parece, en cambio, más probable: las emisiones de los más grandes países en desarrollo, como India, China, Brasil y Arabia Saudita, van a alcanzar en 2050 el nivel de los países industrializados. El logro de la equidad no tendría entonces ninguna relación con los objetivos ecológicos. Sólo serviría de coartada para un desastre climático, algo que no se excluye en las previsiones más alarmistas de los expertos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la evolución de los Climas (GIEC). Por el momento, los grandes países en desarrollo, como China e India, no quieren oír hablar de reducción de emisiones mientras los países industrializados no hayan reducido las suyas. En ocasión de una anterior conferencia sobre el clima en Nueva Delhi, en 2002, el ministro indio de Medio Ambiente, T. R. Balu, suscitó un clamor indignado al negarse a cualquier alusión a los objetivos de reducción que pudieran implicar a países en desarrollo como el suyo. Los pequeños Estados insulares se sintieron traicionados. Un nuevo mercadoLa desigualdad entre el Norte y el Sur se une a las disensiones entre países del Sur. El grupo de los 77 4 representa intereses tan diversos como los que tienen los grandes devastadores de bosques (China y Brasil); las naciones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, que reivindican compensaciones financieras en contrapartida de una hipotética caída de sus ingresos petroleros, inducida por la posibilidad de una menor explotación de las energías fósiles); los países más vulnerables como Mozambique, que ha sido víctima de inundaciones en 2000, y los micro-Estados del Pacífico, cuya fuerza política proviene de haber sabido llegar a ser símbolos. En el contexto de las dificultades que atraviesa actualmente el multilateralismo, vinculadas al aislacionismo de Estados Unidos, la lucha contra los cambios climáticos parece una ficción política internacional. El Protocolo de Kyoto, un legado de la Convención Climática de 1992, da lugar desde su nacimiento en Japón en 1997 a una hermenéutica colectiva, a interminables explicaciones de textos cuya finalidad fundamental -garantizar la estabilidad climática en interés de las generaciones futuras- se pierde en una casuística de expertos, en su gran mayoría occidentales. Se objetará que esas grandes liturgias dedicadas a la palabra textual de los iniciados contribuyen a la supervivencia del proceso. Parece mejor una ficción que nada en absoluto. El gran tema del Protocolo son sus mecanismos, concebidos para dar un precio a la tonelada de carbono: la atmósfera deja de ser gratuita. Pasa a ser intercambiable en un mercado internacional. Pero falta garantizar que ese precio refleje la escasez y la fragilidad de ese bien común. Los Mecanismos para un Desarrollo Limpio (MDL) son el único instrumento de cooperación Norte/Sur previsto en el Protocolo de Kyoto. Otorgan a los países industrializados, a sus empresas y a sus colectividades locales la posibilidad de ayudar a financiar y a realizar, en los países del Sur, proyectos de reducción de emisiones a partir de tecnologías en principio favorables al clima, como la energía solar, los diques hídricos, las centrales de cogeneración y los carburantes limpios. A cambio, se atribuyen a los países industrializados derechos de emisión suplementarios, correspondientes a las emisiones "evitadas". Las negociaciones de Milán, en diciembre de 2003, estuvieron referidas, entre otras cosas, a las ventajas que los MDL podrían aportar a los países del Sur. Desde un punto de vista geopolítico, su filosofía presupone que los países destinatarios sólo sean receptáculos pasivos de un sistema concebido para liberar créditos de emisiones a favor de los países industrializados, según la libre voluntad de sus inversores. El único estímulo para ello será el precio de la tonelada evitada. Así, este sistema no incluirá probablemente a los inuit ni a los habitantes de Micronesia. En esos países, que contaminan poco, el precio de la tonelada evitada será demasiado bajo. En cambio, el sistema puede interesar a los grandes países en desarrollo. Es la existencia de los MDL lo que ha convencido a China de ratificar en 2002 el Protocolo de Kyoto, con el fin de atraer inversores a su territorio. Canadá es su socio más activo para financiar proyectos de eliminación del carbono, de reducción de las emisiones de centrales a carbón y de electrificación solar y micro-hidráulica. Cambiar de perspectivaSerá igualmente complicado calcular las "emisiones evitadas" en países que, como China y Brasil, esperan que un "fondo especial para el cambio climático" les brinde los medios financieros para efectuar el inventario de sus emisiones. La deforestación del Amazonas, en Brasil, constituye una de las zonas oscuras. Ese fondo climático, dotado de un presupuesto irrisorio de 50 millones de dólares anuales y administrado por el Fondo Mundial para el Medio Ambiente, estará tal vez "operativo" a partir de 2005, principalmente para ayudar a los países más amenazados a "adaptarse" a los impactos de los cambios climáticos. Los inuit y los habitantes de Micronesia tendrán que seguir arreglándose con lo que tienen. A menos que se unan a la red South South North, una de las iniciativas más alentadoras que han perdurado en estos últimos tiempos de turbulencia climático-política. Plataforma de asociaciones y de juristas de Brasil, Sudáfrica, Bangladesh e Indonesia, South South North propone esencialmente un cambio de perspectiva en el desarrollo y nuevas inversiones ecológicas en los mecanismos de Kyoto 5. La red apuesta a poner a los MDL al servicio de las poblaciones involucradas, abriendo una vía para proyectos modelo de ecodesarrollo apropiados al contexto local, que también merecerían gozar de financiamiento: instalaciones solares en Bangladesh, vehículos eléctricos para el transporte público en Dhaka (capital de Bangladesh), mejora térmica e instalación de calderas de agua solares en un barrio pobre de Ciudad del Cabo (Sudáfrica), producción de biogas a partir de un vertedero urbano en Río de Janeiro (Brasil), combustibles limpios en los ómnibus que van de Yogyakarta a Java (Indonesia). Estos proyectos están destinados a ser reproducidos en todas partes en el Sur y a probar que es posible para esos países orientarse directamente hacia un desarrollo "sin culpas" basado en tecnologías limpias. Por el momento, el proyecto tropieza con la lógica de los MDL que, paradójicamente, le otorgan una prima a los países contaminadores. En Bangladesh, donde las emisiones de gas con efecto invernadero son despreciables (menos de un automóvil cada mil personas), la necesidad de reducir las emisiones no existe por el momento y no permite, por lo tanto, generar estímulos bajo la forma de créditos carbono. Esta constatación confirma que el Protocolo es una suerte de ready-made conceptual favorable, en principio, a los intereses de los países industrializados y de los gigantes contaminadores del Sur. Salvo que otros países del Sur inventen vías diferentes, que vuelvan a estar vinculadas con la supervivencia de la biósfera.
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