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Recuadros:

Protestar nuevamente con el electroshock de la música

Las aventuras militares de George W. Bush generaron un frente de reacción por parte de distintos músicos que militan como en los tiempos de la guerra de Vietnam, cuando Bob Dylan cantaba en el Greenwich Village y Joan Baez en Hanoi, bajo las bombas de EE.UU. Ante nuevos desafíos, resurgen la “canción de protesta” y sus interrogantes: ¿cómo enfrentar el nuevo orden mundial? ¿Cuáles son genuinas?

"(Y es igual en todos lados), discriminación entre blancos y negros. / Gritan ‘¡No me entienden!' / Y toda la mierda que me dan en los diarios y en TV. / Y toda esa estupidez en masa que parece crecer día a día. / Últimamente se escucha a un idiota decir / que quiere ir y aplastarte / porque el color de tu piel simplemente no le viene bien / (no importa si es blanca o es negra), / porque esta noche sólo quiere sangre."

No, este texto áspero no está firmado por un rapero de Cliché-sous-Bois (Francia) en 2006. "Trouble Every Day" es obra de Frank Zappa en 1966, después de los motines en el gueto de Watts, Los Ángeles. Un año más tarde, en Nueva York, Zappa hará cantar canciones de Bob Dylan a los soldados recién llegados de Vietnam, quienes corearán: "¡A comerse la manzana y a la mierda con el Ejército!" 1. Un cántico que bien podrán entonar los futuros veteranos de Irak. De igual manera, "Talking Vietnam", firmada por Phil Ochs en 1964, no deja de tener resonancia en lo que sucede actualmente a lo largo de los oleoductos. "Para que esos monos rojos no tuvieran lugar donde esconderse / juntamos a todos en campos de refugiados. / Bajo llave y candado / nos aseguramos muy bien de liberarlos".

Censura

Las generaciones pasan, pero las mismas causas producen los mismos efectos. Como prueba basta la movilización que se organizó contra las "cruzadas" de la administración Bush. "To Washington", de John Mellecamp, "We Want Peace", de Lenny Kravitz, "In A World Gone Mad", de los Beastie Boys, "Pledge Of Resistance", de Saul Williams, "Patterns Of War", de Dr. Israel; cada día es más larga la lista de artistas que luchan contra el "Wargasm", dulce neologismo adoptado por el underground estadounidense.

"Es un clima peligroso. Me hace acordar a la Alemania de los años '30... Nunca fui una activista, pera ahora tuve ganas de involucrarme." Así reaccionó Rickie Lee Jones a la Patriot Act. Al tiempo que disminuyen las letras de resistencia y los canales para difundirlas, la censura actúa con mayor poder sobre los medios que prescriben lo que debe escucharse. "Todos tenemos en la cabeza la imagen de esa niñita vietnamita bajo un diluvio de napalm. ¿Acaso se vio una imagen similar de los bombardeos de Afganistán? El estadounidense medio ya no tiene acceso a esta información, sólo difundida en las redes involucradas", señala Tom Morello. Este guitarrista fundó Axis Of Justice, una organización política que apunta a mostrar la otra cara de esta historia. Mediante un memo interno, MTV habría levantado los videoclips molestos, como "Boom!", de System Of A Down, dirigido por Michael Moore, o "Bombs Over Bagdad", de Outkast. El caso más emblemático fue sin dudas el llamado al boicot, e incluso auto de fe, que siguió a una simple frase de las Dixie Chicks en 2003: "I'm sorry for President". Desde lo alto de las listas de los más escuchados, el grupo texano de música country sufrió entonces una caída brutal.

Mike Ladd, rapero estadounidense instalado en Francia, editó nueve discos en diez años. En particular, In What Language? (2004), una reflexión sobre esos espacios de no derecho que son los aeropuertos, compuesto en colaboración con el indio Vijay Iyer después de la desventura del cineasta iraní Jafar Panahi, quien fue encerrado en un centro de detención antes de ser rechazado en Nueva York. Ladd relativiza la comparación con los años sesenta: "Entonces había un verdadero movimiento popular, una convergencia objetiva entre distintos movimientos: los derechos civiles, Vietnam, la descolonización... Burgueses y pobres, negros y blancos, estudiantes y obreros marchaban juntos. Ahora hay más miseria y más distracciones, pero menos lugares desde donde organizarse y luchar."

No obstante, y más que nunca, la contestación es recuperada para las "buenas" causas: desde el merchandising de la furia, si es posible con la efigie del Che, hasta el de la miseria, con atajos ambiguos... Incluso se ha visto en Irak un tanque pintado con la imagen de Bob Marley. La anécdota tiene valor simbólico; describe una época. Hace mucho tiempo que las almas caritativas usufructúan este fondo de comercio. A la cabeza se encuentra Bob Geldof, bondadoso organizador de toda fiesta bienpensante. En 2005 montó una serie de conciertos planetarios contra la deuda impuesta a África, a los que se olvidó de invitar a los principales involucrados... ¡los artistas africanos! 2. No lejos está U2, cuya música huele mucho a reaccionaria. El compromiso de algunos -¿de demasiados?- es un modo de ganar terreno, de vender a buen precio y minimizar costos. Hoy en día hasta se pueden comprar ringtones (timbres para celulares) de canciones de protesta. Es un negocio jugoso y planificado. Piénsese en treinta segundos de "We Shall Overcome", el himno compuesto por el ícono folk Peter Seeger con letra inspirada por huelguistas, ¡en un celular Sagem! 3. Suficiente para hacer salir de su tumba al anarco-sindicalista Joe Hill, influencia mayor de toda la generación Dylan... 4

Alguna vez en el centro de la escena contestataria, el hip hop está hoy domesticado. Al consumidor le atraen productos finamente "marketinados", en los que el compromiso se ha convertido en un recurso de estilo más que en una profesión de fe. Los verdaderamente rabiosos permanecen en el anonimato. "Somos muy minoritarios, e inaudibles en las ondas de radio. ¿Quién conoce los textos comprometidos de Casey? ¿Y a los Grandes Gueules [Bocotas], de Sète? ¿A los Évadés [Escapados], de Bourges? ¿Y al Collectif 911 [Colectivo 911] de Lille?", se subleva Hamé, del colectivo La Rumeur [El rumor], proscripto en la antena de Skyrock, la banda de sonido francesa de rap formateado. ¿Quién escuchará el disco de Rocé? Se trata, sin embargo, de una pluma muy empapada: "Francia tiene problemas de memoria; conoce a Malcom X / pero no a Frantz Fanon, / no al FLN. / Conoce a los blacks pero no a los negros. / Difunde las historias de cowboys y de indios / pero de la tragedia de cowboys y de Argelia, no quiere saber nada" 5.

Todo sobre una música que dice, entre líneas, que todavía todo es posible. Hamé confirma: "La música debe tener un costado de calle y acción. El estilo es el florecimiento de ideas. Fondo y forma son indisociables, si no yo escribiría libros o pasquines. Por eso, el modo de ser más profundamente político es llevar un mensaje de emancipación y transmitirlo por medio de los códigos que encarnan esta emancipación... El aburguesamiento de las formas culturales no es ineluctable, y eso que yo soy muy consciente de que todos tenemos un código de barras en el culo".

De la guitarra al beat electrónico

¿Para qué sirve una canción de protesta, cuarenta años después de que fuera consagrada por los Estados Unidos de Vietnam y de los derechos civiles? "Al ir más allá de la descripción de un estado, que indica cierta impotencia frente al mundo monstruoso, el cantante de protesta se aferra a esa memoria para convertirse en miembro activo de lo que pasa: ya no relata, se expone", considera el productor Jean Rochard, creador, a fines de los años '80, del sello Nato. 6

Ya en los años '30, Woody Guthrie había grabado en su guitarra: "Esta máquina mata fascistas". En los años '70, Fela Kuti, verdadero contrapoder del Estado nigeriano y adepto a una solución panafricana, declaraba: "La música es el arma del futuro". Desde Cabilia hasta "Chiraquia", nadie duda del contrapoder de una canción. Puede llamar a la desmovilización, a la manera de "El desertor", de Boris Vian, o a la inversa, como "Back of The Bus", firmada por Carver Neblett y magnificada por Harry Belafonte. "Si no me encuentras en la parte de atrás del autobús, / si no me encuentras en los campos de algodón, / si no me encuentras en ningún lado, / acércate a la mesa de la votación. / Allí estaré, votando." Cincuenta años más tarde, el compilado Rock Against Bush retomaba el mismo sentido cívico. A la cabeza del movimiento, Fat Mike, viejo lobo de la escena punk, creó un sitio de tópico explícito: www.punkvoter.com 7.

Si el término "protest song" volvió al centro de la escena, recuerda hasta en su semántica la dominación ideológica de Estados Unidos. En la memoria colectiva, el fenómeno permanece anclado en los "sixties" estadounidenses. Y cuando se trata de resurgir, siempre es allí donde se inscribe. Cabe preguntarse sobre este simple hecho, más allá de los males que estas canciones denuncian o de las palabras que pronuncian. Por otra parte, Dylan, la figura más representativa del movimiento con Masters Of War, fue el primero en dudar de la ampulosa gesticulación de una protesta en sentido único. "Nosotros lo queríamos como misionero de nuestras causas y él quería ser rocker -señalan con precisión los autores de Protest Song, la chanson contestataire dans l' Amérique des sixties-. En una curiosa paradoja, una generación entera adoptó esta música como universo sonoro de sus propias revueltas y, al hacerlo, contribuyó dócilmente a la expansión cultural del imperio más dominador del momento."

No obstante, en 2006, las contra-redes se organizan a escala planetaria y los artistas se activan, cada uno según sus orígenes. "¡No podemos tener el mismo mensaje que el cimarrón en el bosque! -advierte Klod Kiavué, guadalupeño que perpetúa la tradición del tambor gwo ka-. Esta música siempre existió y resistió. Hasta que apareció [Aimé] Césaire, África no tenía voz. El gwo ka cuenta una historia diferente de los temas oficiales." No lejos de allí, en San Pablo, Tom Zé realizó una ópera sobre la segregación sexual... y social. Sube a escena en overol, "porque vengo de un país explotado por los países cultos de este mundo". Desde los años '60, este brasileño se involucra de manera muy singular en el gran concierto mundial. "Hay dos maneras de hacer una canción comprometida: la primera es suscitar preguntas; la segunda es bajar órdenes... Este último tipo de música desprecia al ser humano: es respuesta, mata el pensamiento. Esta pasteurización de la música termina siendo un sedante que mantiene a la humanidad dormida. Yo trato justamente de despertar un poco de conciencia..."

Para ello no se necesitan palabras. Los hombres del jazz ya lo habían dicho. En los años '50, el contrabajista Charles Mingus tocó un punto neurálgico con "Fable Of Fabus", arremetida contra el Ku Klux Klan y contra el gobernador de Arkansas, que había enviado a la guardia nacional a reprimir a estudiantes secundarios negros. O "Alabama", el Estado sudista tantas veces invocado, cuyo fin anunció John Coltrane. Sin una palabra. Sus herederos lo entendieron bien. El colectivo de Detroit Underground Resistance milita por la "causa negra" a golpes de "beats" electrónicos.

En Canadá, DeadBeat firmó una descarga tecno bautizada "Abu Ghraib": "Una canción de protesta del nuevo milenio. ¡No se necesitan palabras!", según el editorialista Garrett Kamps 8. En Inglaterra, el dúo Coldcut no va en zaga, también en la veta electrónica. A la cabeza del sello Ninjatune, estos activistas quieren "adoptar nuevas estrategias para sortear las barreras erigidas por la industria". En Francia, el saxofonista Julien Lourau editó un álbum en dos tiempos, Fire y Forget. El título de este díptico hace referencia a la fórmula que utilizan los artilleros ingleses antes de abrir el fuego: "Disparan y después van a tomar el té. Hay algo de ironía en el hecho de juntar estas dos palabras. Este doble sentido remite a nuestro tiempo: la propaganda para justificar la guerra en Irak, en Afganistán, y después el olvido. A otra cosa". Todos ellos indican que sí se puede protestar (y mucho) con el electroshock de la música.

Desde hace más de diez años, el británico Matthew Herbert elabora objetos sonoros que contienen intrínsecamente el germen de esta resistencia. Cuando denuncia la mercantilización de la obra, lo hace desviando los objetos de sobreconsumo (latitas de Coca-Cola trituradas, gritos de pollos de cría industrial...). "El problema es que vivimos en un mundo que no elegimos. Hace 25 años que vivo cercado por McDonald's, ¡y no hay nada que hacer contra eso! Entonces hay que ser responsable, no equivocarse de lucha. Por eso publiqué un manifiesto, para decir que todavía podemos hacer lo que queramos con McDonald's. Desde el punto de vista de las estadísticas es infinito. Lo más importante no es el resultado en sí mismo, sino el proceso de creación. Jugar con un Big Mac me parece más pertinente que decir ‘Es un asco'." Herbert apunta más allá de la simple canción con texto. "No me interesa escuchar el ruido de un libro sobre la mesa, ¡quiero escuchar el ruido que hace Noam Chomsky!" En el librito que acompaña a su disco Goodbye Swingtime, ofrece una bibliografía de más de cien referencias: Greg Pallast, Milan Rai, etc... Homenajes colaterales en estos tiempos de respuesta unilateral. "Hay un mensaje político. Primero: la guerra es la peor de las cosas; segundo: lea esos libros en los que me inspiro; tercero: aproveche su vida."

En febrero de 2003, Matthew Herbert publicó un texto en internet 9. Allí puede leerse: "Al borde de una guerra, es difícil saber dónde ubicar la música. La música contemporánea, como muchas culturas occidentales, se encuentra en una encrucijada. ¿Constituye una descripción, una crítica o una contribución a las cuestiones políticas urgentes? ¿Provee acaso una alternativa, prescribiendo diversas reglas y casándose con sus propios valores?". El enfant terrible de la música electrónica combate las superestructuras sin pathos. No sorprende mucho, entonces, que encuentre "absurdas las tomas de posición de Madonna, que son más bien una pose... ¡cuando al mismo tiempo se sabe que garantiza la publicidad de Motorola y de Gap!". Ferozmente independiente, Herbert, como otros, se identifica más con el mensaje que pasan los "hacktivistas" de la web. "Por medio de contenidos aleatorios y poéticos, bajo la forma de e-mails y virus, infestan un mundo controlado por las corporaciones... ¡ahí está la subversión actual!"

"Estado de improducción" 

A menos que sea en Uzeste, un pueblo del sudoeste de Francia al que acaba de volver Bernard Lubat, después de varios lustros bajo las luces de París. Hace casi treinta años plantó aquí las bases de su Utopía, "en construcción"... "Sean catódicas o protestantes, las misas me cansan. Se equilibra el mensaje y por lo tanto el objetivo. Para protestar hay que hacerlo por sonar. En escena, allí donde todavía se transmite el arte." Para él, el espectáculo en vivo es el terreno que queda para tales desafíos. Como el festival Africolor, que organizó en diciembre de 2005 el "Canto de la tierra", un encuentro arbitrado por la Confédération Paysanne (Confederación Campesina) entre el brasileño Silverio Pessoa y el reunionés Danyel Waro, dos músicos cotidianamente involucrados en la lucha 10. "¡Cantar es sembrar! ¡Cantar es curar! Protestar es sobre todo lastimar los oídos, no decir cosas bonitas. Hoy en día, el peso de la industria descansa sobre nuestras conciencias, y sobre todo lo demás también. Para que algo sea vendible hace falta una estética en armonía con el comercio. ¡Justo eso contra lo cual protesta!", sigue Lubat. Él se aferra a una solución muy personal. "En Uzeste me pongo en estado de improducción. Estar en decrecimiento es mi manera de estar vivo." Bajo su verdadero nombre, sólo grabó tres discos en veinte años...

¿No está allí la canción de protesta definitiva? Ubicarse fuera de campo, fuera de alcance. Jean Rochard, por su parte, elige una posición divergente, esperando la caída final de la bestia. "El ‘sistema' podrá engullir todo, pero no digerirlo. En ocasiones aparecen cosas que lo hacen vomitar, que ponen en evidencia su locura destructiva y que nos permiten verlo devorarse a sí mismo. Aun el más taimado de los capitalistas se verá tentado de invertir en la cuerda que terminará por ahorcarlo."

Cada uno conoce su propia táctica pero, al escuchar a todos, hay razones para creer en futuros con verdadero swing, es decir con un swing diferente. Políticamente disonante, estéticamente por supuesto. Para ello habrá que consultar, una vez más, al clarividente Frank Zappa. Este estadounidense, cualquier cosa menos promedio, decía en 1969: "La idea de tirar todo por la borda y volver a empezar es estúpida. La mejor manera de actuar, lo que me gustaría que pasara, aquello para lo cual trabajo, es usar el sistema contra sí mismo y que se purgue, de manera que funcione correctamente. Pienso que la política es un concepto válido, pero lo que tenemos hoy en día en realidad no es política...".

  1. Anécdota referida en Yves Delmas y Charles Gancel, Protest Song, la chanson contestataire dans l' Amérique des sixties, Textuel, París, 2005.
  2. Bob Geldof también es consejero sobre pobreza mundial del Partido Conservador Británico. Asimismo, fue cofundador de Planet 24 (la productora del reality show Survivor) y de una compañía aérea, ambas actualmente revendidas.
  3. Empresa de telefonía móvil.
  4. El sueco Joe Hill se convirtió en mascarón de proa del International Workers Of The World (sindicato que se apoyaba en los trabajadores subproletarizados) al interpretar las "Canciones para atizar las llamas de la ira", una antología de textos que preconizaba la acción directa. Encontrado culpable de doble asesinato después de un juicio en sentido único, fue ejecutado en 1915.
  5. Extracto de "Problemas de memoria", del disco Identité en crescendo, publicado en mayo de 2006 por el sello No format.
  6. Nato no se inspira en el nombre de la OTAN, sino en el de un miembro de la tribu de Geronimo. Acaba de salir una caja de colección, el "Chronatoscaph" (Nato / Nocturne), en ocasión del 25 aniversario de este sello -ya una referencia- que se involucró en numerosas luchas al publicar antologías a beneficio de los indios, un compilado sobre Sarajevo y hasta un álbum doble en homenaje a la Columna Durruti.
  7. El sitio anuncia 500.000 visitas por mes, entre ellas "pibes que irán a votar". Desde las elecciones, sigue comentando la actualidad "guerrera" y "racista" de Bush, con eslóganes del tipo "un voto por un veto".
  8. El 1 de junio de 2005, en el muy instructivo artículo "What Are Words For?".
  9. Disponible aquí.
  10. Otros festivales van en el mismo sentido: así, Sons d'hiver comenzó a organizar las "Conferencias tambores", la primera de las cuales, el 12 de enero de 2006, tuvo como tema "Arte, música y compromiso". El festival Banlieues Bleues había programado para el 28 de marzo, la misma noche de las grandes manifestaciones contra el CPE, el proyecto del guitarrista Eugène Chadbourne titulado "Go Out Of Iraq Now".

Primero lanzar un grito

Servant, Jean Christophe

En la Casa Leopoldo, el fantasma del escritor Manuel Vázquez Montalbán se invitó a la misma mesa que el cantante Raimon y su esposa. Comen allí conejo y berberechos, lejos del turismo que fagocita el mal reputado barrio antiguo de Barcelona, lo más cerca posible de los recuerdos, ya se trate de las noches pasadas bebiendo con el fallecido creador del detective privado catalán Pepe Carvalho o de ese primer Olympia 1, el pie sobre una silla, la guitarra colgada del cuello, delante de un público que asistía a la segunda presentación transpirenaica de la nueva pesadilla del franquismo. Raimon, “un Brassens con una pasión ronca y juvenil en la voz –relataba entonces Claude Roy en Le Nouvel Observateur– que canta versos comparables a los poemas de resistencia de Eluard o de Aragon”.
Era junio de 1966, año “rock and folk” de París, primavera antes de la primavera, cuando los “baby-boomers” melómanos, con grandes convicciones en el corazón y en el cuerpo, vieron pasar, uno detrás de otro, al (Bob) Dylan posterior a “Highway 61 Revisited” y a la (Joan) Baez anterior a Woodstock. Cuatro años antes, en 1962, había bastado una canción, “Al vent” (Al viento), para que Raimon, estudiante de historia en la Universidad de Valencia, se viera bombardeado como símbolo generacional de una España de adultos jóvenes –y, más particularmente, de una Cataluña– “buscando la luz, / buscando la paz,  / buscando a Dios, / al viento del mundo”. Y había bastado un himno premonitorio, “Diguem no” (Decid no), para que el nativo de Xativa, “nacido durante esos años de ruptura en que conocíamos la guerra civil sin haberla vivido”, amante del Negro Spiritual pero también de los íconos de la escritura catalana contemporánea (Salvador Espriu) y de la España medieval (Sant Jordi, Turmeda Anselm…), encarnara a todos aquellos que habían “visto al miedo ser ley para todos” y “visto a la sangre, que sólo hace sangre, ser ley del mundo”.
Durante cerca de 30 años, hasta la muerte del Caudillo, Raimon zigzagueó entre conciertos prohibidos y sordas advertencias de las delegaciones provinciales del Ministerio de Turismo e Información, anfiteatros repletos de estudiantes y conciertos de apoyo, sin nunca ceder a la tentación del exilio que le ofrecían las giras por el exterior, “esa dimensión internacional que en un punto me salvó, cuando el franquismo quería exhibir en el exterior una dimensión más ‘liberal’”. Tentación en la que podría haber caído, sin embargo, habida cuenta de las amistades tejidas por ejemplo con el cantante estadounidense Peter Seeger y ese estatuto de intérprete de “canciones comprometidas” en resonancia con el chileno Víctor Jara y en comunión con Ernesto Che Guevara. (“Sobre la paz”, canción de Raimon dedicada al Che).
Pero así como jamás perteneció a la “nueva canción catalana”, Raimon tampoco quiso describirse nunca como un cantante de “canción de protesta, ese género que quiso reducirse a una manera de hacer canción donde se está en contra, mientras que de lo que se trata, primero, es de lanzar un grito”.

No me mueven al grito / ni pájaros ni flores. / Tú, tú que trabajas / de sol a sol. / Tú, tú que notas y vives / todo el miedo. / Tú me mueves al grito, / ni pájaros, ni flores.

Así como Monsieur Jourdain, de El burgués gentilhombre, de Molière, hacía prosa sin saberlo, Raimon canta la opresión sin hacer de ello una razón de ser, así como se expresa en catalán –“porque le parece bello, porque le parece verdadero y porque Franco habla en castellano”, decía la prensa en 1966–, sin mostrarse como cantor del regionalismo,  del que siempre ve con desconfianza su “lado inflamatorio”. Incluso en lo más duro de los años franquistas, de mayo de 1968 a octubre de 1972, cuando el Estado le prohibía organizar recitales, Raimon simplemente trató de “ser libre él mismo”, construyéndose la fama del cantante no encasillable, sin más familia que la de sus recuerdos.
Raimon nunca olvidará el concierto que dio en 1976 en el Palacio de Deportes del Real Madrid, en la única presentación –sobre las cuatro previstas inicialmente– que autorizó el Ministerio del Interior del gobierno de transición de Adolfo Suárez. Hacía un año que había muerto Franco, pero su cadáver todavía se movía: “Era una de las primeras ocasiones en que la gente de la clandestinidad salía a la luz”. Raimon, por su parte, entró en las sombras. “Al final de la dictadura, todos los que habían estado en contra, desde pintores a músicos, tuvieron que demostrar que eran artistas.” Con el fin de los años ’70, la juventud es atrapada por la movida, una furiosa energía contracultural que brota de una sociedad “donde hay una especie de acuerdo en no hablar más del ayer. Era una manera de arreglárselas para que los franquistas no pagaran por su pasado ni la izquierda por sus errores.”
Raimon confiesa haber vivido sus años más difíciles durante la década del ’80. Con un conflicto generacional de fondo, la nueva cultura pop ibérica barre con todo lo que encuentra en su camino. Llega la hora de la hibernación para los íconos “arqueológicos” de ayer. A algunos se les dan medallas, a otros se los olvida.

Quisieran hacer de nosotros / un cucú de reloj. / Encerrados dentro de la caja / saldríamos para decir las horas.
Y si no nos diesen cuerda / pasarían los años y las cosas,
mientras nosotros siempre quietos / dentro de la caja quedaríamos.

En una de esas indirectas que sólo él sabía lanzar, el amigo Montalbán dijo una frase que todavía hoy resuena en las paredes de la Casa Leopoldo: “Contra Franco vivíamos mejor”. Raimon y Anna Lisa sonríen: “Era irónico, por supuesto; quería decir que teníamos más complicidad, que nos peleábamos menos entre nosotros.”
Hora del postre. Crema catalana. Este año, España se prepara para conmemorar los setenta años de Guernica. A todas luces, el muro de olvido de un país que hasta ahora nunca emprendió su trabajo de memoria empieza a agrietarse, gracias al trabajo de Emilio Silvia y Santiago Macia Pérez, autores de Las fosas de Franco 2, ciudadanos de una generación que nació a fines de los años ’60 y que “vive el pasado y el presente de España sin complejos”. Este mes, cuarenta años después, Raimon vuelve al Olympia 3. Y, con él, todo lo que hemos estado a punto de olvidar. Es hora, otra vez, de acordarse, como de esta canción traída del fondo de nuestra vida…

Tu compras un poquito, / yo compro un poquito, / aquél una pizca de nada; / a eso le llamarán después: / sociedad de consumo.
Tú trabajas bastante, / yo trabajo cuando puedo, / aquél trabaja todo el año, / y siempre se dice lo mismo: / sociedad de consumo.
Tú viajas muy poco, / yo viajo bastante, / aquel del pueblo no sale; / ah, ah, ah, ah: / sociedad de consumo.
Las tiendas bien llenas, / los bolsillos bien vacíos, / los tuyos, los míos, los suyos. / Pero es hora de saber / quién tiene los bolsillos llenos.

  1. Célebre sala de conciertos de París.
  2. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 2003.
  3. Raimon se presenta con su espectáculo “Chansons d’ amour, Chansons de lutte”, el martes 13 de junio, en el Olympia de París.


Autor/es Jacques Duclos
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 84 - Junio 2006
Páginas:30,31,32
Traducción Mariana Saúl
Temas Política
Países Estados Unidos