Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

De cómo reforzar la dependencia

La disputa sobre el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) entre los presidentes Néstor Kirchner y Vicente Fox en la reciente Cumbre de las Américas de Mar del Plata es una expresión del conflicto político que entraña la liberalización económica desigual. Es interesante por lo tanto analizar los resultados, para México, de su acuerdo con Estados Unidos y Canadá, luego de más de una década de aplicación.

El sentido del conflicto se advierte, también, en las consideraciones de Pascal Lamy, director de la Organización Mundial del Comercio, con respecto a las pobres expectativas de éxito de la conclusión de la Ronda de Doha de negociaciones, que tiene lugar este mes en Hong Kong. Dijo Lamy que "a pesar de todos los problemas de ajuste que puede acarrear la apertura comercial, a pesar de las injusticias en la distribución de la riqueza, la liberalización es beneficiosa para todos por encima de esas cosas" 1. Este parece un acto de fe, más que un argumento político que favorezca al librecambio y contribuya a alinear las posiciones de los países involucrados.

México es una referencia en el debate sobre las formas de la apertura y la integración económicas en América Latina. La experiencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es, luego de más de diez años de operación, una muestra de la estrategia de gestión de las relaciones externas.

La tesis que prevalece desde hace 20 años es que las fuerzas del crecimiento y el desarrollo son la globalización y la libre movilidad de los flujos comerciales y financieros. México ha firmado 12 acuerdos comerciales (que abarcan a 33 países, ver cuadro pág. 11), además de un Acuerdo de Complementación Económica con el Mercosur.

La economía mexicana ha modificado su estructura productiva a partir del proceso de apertura iniciado a mediados de la década de 1980 y luego, de modo más decisivo, con los efectos de las crecientes corrientes de comercio e inversiones con Estados Unidos mediante el TLCAN. El Tratado provocó un fuerte incremento del comercio total, es decir, de las exportaciones y las importaciones. La suma del comercio en el período 1985-1994 fue del orden de 80.000 millones de dólares (38.439 millones en exportaciones y 41.520 en importaciones), mientras que entre 1995 y 2005 alcanzó un valor de 285.000 millones (140.395 millones en exportaciones y 144.672 en importaciones): un aumento del 360%.

El patrón de intercambio comercial mexicano con el exterior exhibe una fuerte proporción de importaciones, es decir que el componente importado del producto y de las exportaciones es muy elevado (ver cuadros en esta página). Esta característica se ha mantenido en el marco del TLCAN y es un factor relevante que incide en la estructura productiva, pues no se supera la rigidez que limita al crecimiento. Esta circunstancia se ha convertido en un elemento negativo en la configuración de las cadenas de producción, que muestran una ruptura asociada con su capacidad de generar mayor valor agregado como parte del esfuerzo exportador. Además, se asocia con el bajo coeficiente de inversión que se registra y con las condiciones de la incorporación y difusión de las innovaciones tecnológicas en la economía.

El TLCAN fue, además de un estímulo del comercio, un mecanismo para acrecentar de modo significativo el flujo de las inversiones asociadas con ese intercambio. Las empresas estadounidenses primero, y luego las de otros países, instalaron plantas dedicadas a producir para exportar y con muy poca relación con el mercado interno, tanto de proveedores como de consumidores finales. Las corrientes de inversión extranjera directa pasaron de un promedio anual de poco más de 6.000 millones de dólares en el período 1990-1995 a más de 13.000 millones anuales a partir de 1996.

La composición del producto, en términos sectoriales, indica la reconfiguración económica que ha acarreado la política de crecimiento sustentada en las exportaciones y el marco institucional creado por el TLCAN, así como el nuevo patrón de especialización de la planta productiva. La industria manufacturera representa casi una quinta parte de la generación del PBI, y dentro de ella sobresale la división que corresponde a los productos metálicos, maquinaria y equipo, con casi una tercera parte de la producción manufacturera total. En esa división se encuentran la industria automotriz, electrónica y eléctrica, que son las que mayormente participan en la exportación de mercancías. Estos sectores operan de modo preferente mediante inversiones de empresas extranjeras que fabrican en México como una plataforma de salida al mercado estadounidense, con un alto componente de materiales importados, en algunos casos bajo el régimen de maquiladoras. En el caso automotriz México se ha convertido en una parte relevante de esa industria en términos globales.

La dirección del comercio exterior mexicano muestra que se ha reforzado la dependencia con el mercado estadounidense, destino de 86% del total de las exportaciones y origen de más de la mitad de las importaciones. La diversificación de los mercados -que era uno de los objetivos iniciales de la estrategia de apertura- no se ha conseguido y las relaciones con otros países son prácticamente irrelevantes. En el caso de Canadá, el otro asociado, el TLCAN no ha tenido significación alguna para México, y lo mismo ocurre con los otros tratados de libre comercio que se han firmado con países de América Latina, la Unión Europea y Japón.

Estancamiento crónico 

Uno de los rasgos más sobresalientes del desenvolvimiento reciente de la economía mexicana es el lento ritmo de expansión del PBI. Entre 1982 y 2005 la tasa promedio de crecimiento es del orden del 2,3%, similar a la tasa a la que ha crecido la población. Como consecuencia, el aumento del PBI por habitante ha sido nulo en este lapso. Pero además, ello ha ocurrido en un entorno de gran concentración del ingreso. Según datos de la encuesta oficial de ingresos y gastos de hogares, se requiere sumar el ingreso del 70% de la población más pobre para llegar a la proporción que corresponde al 10% más rico. Dentro de cada uno de los deciles en que se dividen los hogares existe también una gran dispersión de los ingresos, lo que contribuye a agravar las condiciones de pobreza y marginación.

El insuficiente crecimiento de la actividad productiva y, consiguientemente, del empleo de la fuerza de trabajo; junto a los efectos adversos provocados por los diversos episodios de crisis (1982, 1987, 1994, 2001) y los períodos de inestabilidad financiera, ha acarreado un fuerte costo en términos económicos y de bienestar de la sociedad en su conjunto.

La huella que han dejado las crisis se advierte en el efecto que se deriva del comportamiento de la inflación y la depreciación cambiaria desde la crisis de 1982. A pesar de la estabilidad de precios y del valor del peso frente al dólar alcanzada en los últimos años, el índice de los precios al consumidor registró una tasa de aumento acumulada del 93,2% entre diciembre de 1980 y septiembre de 2005 2; mientras que el tipo de cambio pasó de alrededor de 22 pesos por dólar a un valor actual del orden de 10,8 pesos por dólar (estos valores consideran la reforma monetaria de 1987, que eliminó tres ceros de la denominación de la moneda nacional).

El TLCAN no ha modificado la falta crónica de crecimiento de la economía mexicana y, adicionalmente, ha acrecentado la heterogeneidad productiva, tanto en el sector agrícola como en el industrial. En el caso agrícola el Tratado no ha provocado la crisis general de esta actividad pero ha reforzado su dualidad, ya que existe un sector muy productivo dedicado a la exportación y otro, mayoritario, que opera con bajos rendimientos y aun con carácter de subsistencia. En ciertos productos, la forma en que se negoció el Tratado ha implicado problemas sensibles, como ocurre por ejemplo con el maíz y la caña de azúcar. El sector agropecuario genera el 5% del PIB, pero una quinta parte de la población depende de esa actividad.

Se ha producido un quiebre en la complementariedad y la integración vertical entre los distintos sectores productivos, lo que se asocia con la forma en que se realizó la apertura comercial (sin los mecanismos compensatorios y medidas de fomento que definen una política industrial), lo que ha provocado la ampliación de la heterogeneidad estructural mencionada.

Una de las principales consecuencias es el carácter desigual del crecimiento, que se manifiesta tanto en la baja tasa de expansión del producto agregado de la economía como en su carácter volátil o discontinuo, tanto temporal como espacial, es decir, en la distribución de la actividad productiva y su dinámica en términos territoriales.

El proceso de apertura no ha creado un modo de crecimiento basado en una mayor productividad capaz de absorber a la fuerza de trabajo. Así, se ha acrecentado constantemente la informalidad laboral y se advierte el aumento de la población en condiciones de desempleo abierto. Las cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social indican que en el período 1985-1993 el promedio anual de trabajadores registrados por las empresas, es decir, lo que puede tomarse como empleo formal, fue de 7,7 millones de personas con una tasa de crecimiento anual del 4%, en cambio, entre 1994 y 2005 el número de trabajadores registrados en promedio al año es de 11,1 millones, con una tasa del 3,6 por ciento. En el caso de la informalidad no hay una estimación oficial de las personas en esa situación, pero hay cálculos que ubican la parte informal de la actividad económica en el país entre 15 y 40 por ciento del total. El mercado de trabajo se ha distorsionado, además, por la emigración a Estados Unidos -tan solo en los últimos cuatro años han salido del país 2 millones de trabajadores- desde donde se reciben remesas que este año se estiman en 20.000 millones de dólares, cifra que se aproxima a los ingresos por exportación de petróleo y superan los obtenidos por el turismo.

Las reformas económicas, denominadas de tipo estructural, que se han aplicado desde la crisis de 1982 y que se profundizaron con el TLCAN debían propiciar una asignación más eficiente de los recursos, sobre todo para la inversión productiva en actividades dinámicas y modernas y en aquellas en que esta economía tiene ventajas competitivas.

Los sectores más dinámicos, que son los que participan más activamente del comercio internacional, no provocan los efectos multiplicadores para arrastrar el crecimiento; además, emplean a una porción de la población relativamente menor que al inicio de la transición al actual patrón de crecimiento desde la primera mitad de la década de 1980. La economía mexicana sigue atrapada en un circuito de bajo crecimiento, baja productividad, alta concentración del ingreso y marginación social.

La liberalización económica también afectó la cuenta de capitales y en la década de 1990 provocó el incremento de las corrientes de capital y, con ello, la expansión del crédito. En un entorno institucional frágil y cambiante, éste fue un elemento crucial de la crisis bancaria de fines de 1994, el mismo año en que se inició el TLCAN. Las diversas acciones para reordenar el sistema de financiamiento no han fructificado después de diez años.

Entre las consecuencias de la crisis sobresale el cambio del régimen de propiedad de los bancos, que habían sido nacionalizados en 1982 y se volvieron a privatizar a principios de los años noventa. Virtualmente quebrados en la crisis de 1994, fueron rescatados por el gobierno con un muy elevado costo fiscal -que se extenderá aún por muchos años- y que se estima en un 16% del PIB, para venderse, saneados y con deuda a favor, a empresas extranjeras que hoy controlan más del 90% de los activos bancarios. El negocio ha sido redondo y en una economía donde el crédito está muy restringido se advierte que un grupo financiero multinacional como BBVA, que adquirió Bancomer, deriva de sus operaciones en México el 30% de sus utilidades totales; la plaza representa el 26% de la base total de sus clientes, el 24% de la red de sucursales y el 34% de los empleados con los que cuenta en todo el mundo.

Los incentivos que enfrentan los bancos extranjeros actúan de modo tal que pueden acrecentar su rentabilidad asignando sus fondos a la compra de valores emitidos por el gobierno y administran sus préstamos en un mercado en el que se concentran en los deudores de menor riesgo. Así se ha confirmado la restricción financiera, que se ha adaptado al modo de lento crecimiento de la economía. Además, esto limita de modo notorio la capacidad del Banco Central para aplicar medidas de política monetaria que incidan en el mecanismo de la asignación de los créditos para el fomento de las actividades productivas.

El libre comercio y la integración con la economía estadounidense derivada del intercambio de productos y de las corrientes de inversión y de trabajadores en el marco del TLCAN no han sido factor de impulso de la competitividad en México. El crecimiento tiende a sesgarse hacia las actividades en que la productividad media es cercana o equivalente a la que prevalece en el mercado internacional, en contra de una serie de actividades con niveles de productividad inferiores -con frecuencia sumamente bajos- pero que tienen una participación predominante en la economía.

Con el TLCAN, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos llegaron a ocupar el segundo lugar después de Canadá, pero desde 2002 han sido desplazadas por China, luego de que este país ingresara en la Organización Mundial del Comercio. Esta pérdida de penetración de los productos exportados desde México a Estados Unidos ha aumentado de modo constante en los últimos tres años, incluso frente a otros países; pero ello no se debe a un cambio en la composición de los bienes demandados en ese país.

La liberalización económica se ha dado en un entorno en que no se crean las condiciones para aprovechar la ventaja de una relación, tan estrecha mercantilmente y tan cercana geográficamente, con la mayor economía del mundo. El TLCAN no es un motor del crecimiento, sino que en buena medida es un elemento de distorsión del funcionamiento de los mercados y de la política pública.

La economía mexicana ha acrecentado su dependencia de la evolución cíclica del producto y las tasas de interés de Estados Unidos; opera con menores márgenes de maniobra en términos fiscales y monetarios; descarga el peso de la falta de empleo en la migración -en su mayoría ilegal- de trabajadores y tiene una abultada fuente de recursos externos en las remesas. Hoy es posible preguntar si es que se ha agotado la vitalidad del TLCAN, qué es lo que ofrece el libre comercio y cómo debe acoplarse una política económica promotora del crecimiento. En todo caso, la integración planteada a la manera del Tratado pone en evidencia que México requiere cada vez más de una nueva integración, en primer lugar consigo mismo.

  1. El País, Madrid, 11-11-05.
  2. Datos disponibles en www.banxico.org.mx
Autor/es León Bendesky
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:10,11
Temas Mundialización (Economía), Mercosur y ALCA, Política internacional
Países Canadá, Estados Unidos, México, Argentina