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El tabú de la inversión extranjera

La insistencia en la imperiosa necesidad de Argentina de atraer Inversiones Extranjeras Directas (IED) para consolidar el crecimiento, además de falsa en los términos en que se formula, esconde la “promoción” de las políticas económicas que además de haber fracasado estrepitosamente, sólo sirven a los grandes intereses nacionales e internacionales. Los autores sostienen que el país dispone de recursos financieros necesarios para el crecimiento y que las inversiones extranjeras vendrán como consecuencia de éste y no al revés.

Tabú: Prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta a sus adeptos por algunas religiones de la Polinesia; 2. Por extensión, la condición de personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. (Diccionario de la Real Academia Española)

Tanto el sistema de convertibilidad (1 peso=1 dólar), hasta su estrepitoso final en diciembre de 2001, como el tema de la deuda externa, hasta que luego de esa debacle la renegociación se hizo imperiosa, fueron sólidos tabúes para el poder en Argentina. Y puesto que para el establishment local es difícil vivir sin dioses, aunque sean paganos, ahora la divinidad que debe aceptarse sin más y de la que no debe hablarse (en el sentido de cuestionarla) es el capital extranjero, las famosas inversiones. Apoyados en su prédica por los sacerdotes del Fondo Monetario Internacional (FMI), los gurúes del establishment afirman, con el mismo desparpajo que sostenían las bondades de la convertibilidad, que sin inversión extranjera directa no habrá desarrollo posible, puesto que la consideran la base de la inversión global.

Para situarse, veamos el panorama actual: entre 1992 y mediados de 2005 los flujos totales de inversiones extranjeras directas (IED) ascendieron a 87.000 millones de dólares; el stock de IED, medido en valores contables y devaluación mediante, llegaba en 2004 a 51.000 millones de dólares, de los cuales el 22% provenía de Estados Unidos, otro tanto de España, el 9% de los Países Bajos y el 6% de Francia. En cuanto al destino, el 32% iba a la industria manufacturera (en especial química, alimentos e industria automotriz), el 27% a petróleo, el 10% a electricidad, gas y agua, y el 8% a transporte y comunicaciones.

La prédica sobre la absoluta necesidad de la inversión extranjera y las concesiones necesarias para atraerla es errónea en varios sentidos. Primero, parte de la premisa según la cual Argentina depende del "ahorro externo" en forma de IED y préstamos internacionales para financiar la inversión interna necesaria al crecimiento. Los argumentos propagados a diario en los medios por los gurúes sostienen que la capacidad instalada ociosa está agotándose y con ella la recuperación económica. Sería entonces urgente aumentar la inversión; pero el ahorro nacional es insuficiente para financiarla en la medida necesaria, y por ello el país necesita del ahorro externo. La recomendación final es que se debe ser más "amigables" con los mercados financieros y las transnacionales, de manera de generar confianza. Traducido al criollo, esto quiere decir arreglar con el FMI, otorgar los aumentos y demás compensaciones que exigen las empresas privatizadas, aumentar las tasas de interés, apreciar el peso, aumentar aun más el superávit fiscal y entonces sí vendrán los capitales, aumentará la inversión y el país crecerá.

Las fuentes del ahorro

Esta visión no entiende cuáles son los determinantes del ahorro y la inversión. Como puede verse en el gráfico, el aumento del "ahorro externo" durante los años '90 no significó un incremento comparable de la inversión, sino que en realidad sirvió en gran medida para financiar el consumo de las clases más acomodadas. No se agregó a un monto predeterminado de "ahorro nacional" para aumentar la inversión, sino que llevó a una disminución de ese ahorro nacional. En cambio, el incremento de la inversión a partir de 2002 no se basó en el ahorro externo sino que tuvo como contrapartida un aumento importante del ahorro nacional. La recuperación del ahorro fue posible a pesar de la disminución del ingreso de muchas familias, debido al aumento de las ganancias no distribuidas de las empresas y al excedente fiscal. Fue más el resultado de un proceso económico de crecimiento que su prerrequisito. Las políticas que suponen el aumento del ahorro a través de mayores tasas de interés, la concentración del ingreso y el ajuste fiscal, al ser recesivas, no hacen más que disminuirlo, junto con la inversión, porque deprimen la demanda.

El segundo error es el que identifica a la IED con aportes reales de recursos. Si se discrimina entre sus diferentes rubros (ver cuadro), se advierte que en el período 1992-2005 los aportes genuinos constituyen el 39% del total de la IED; mientras el cambio de manos de empresas ya instaladas (que no es inversión productiva) llega al 52%. En el conjunto de ese período no hubo reinversiones (sólo 1%) y la deuda de las empresas privatizadas con las casas matrices totalizaba el 8%. Con respecto al período de auge de la convertibilidad (1992-2000), los aportes genuinos fueron contrapesados por los pagos por utilidades y dividendos. Sin contar con que gran parte de la deuda con las casas matrices (autopréstamos) dieron lugar a remesas ocultas de utilidades de las filiales que por otra parte, en la medida en que generaban costos financieros, disminuían las ganancias contables y, por consiguiente, el pago de impuestos.

Motivos para invertir

De estas cifras resulta entonces que el aporte de la IED a la inversión real entre 1992 y 2000 fue ínfimo: equivalió al 0,9% del Producto Bruto Interno (PBI) y a menos del 5% de la inversión total. La tesis de que el desarrollo argentino depende de esos capitales resulta absurda.

La realidad es que vinieron para comprar empresas en funcionamiento, públicas o privadas, en lo posible monopólicas y de gran rentabilidad; pero fuera de esas compras y del endeudamiento con sus casas matrices, su aporte de capital al desarrollo nacional fue insignificante.

En tercer lugar, los capitales externos se dirigen allí adonde pueden hacer buenos negocios; vienen porque la economía crece, no es que la economía crezca porque vienen; de modo que aplicar planes recesivos para atraer capitales externos es un craso error. Es también un error concederles condiciones tributarias de favor, como ocurre con las empresas mineras, o renunciar a la soberanía jurídica para otorgarles más garantías. Con el tratamiento preferencial, sólo se consigue generar enclaves con escaso efecto sobre el empleo, la producción y los ingresos fiscales, a cambio de perder recursos naturales no renovables y deteriorar el medio ambiente. Con la renuncia a la jurisdicción nacional, los tratados bilaterales de inversiones de los años '90 han valido juicios por decenas de miles de millones de dólares ante un árbitro que en Argentina es inconstitucional 1 y que invariablemente condena a los países subdesarrollados.

Claro que todo eso no importa a los economistas neoliberales, porque están en el ámbito irracional de los ritos primitivos o, más prosaicamente, en el del interés corporativo o personal. Ahora no sólo actúa el Gran Sacerdote FMI sino que agregaron el propiciador de sacrificios Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI).

Políticas posibles

Frente a la inversión extranjera -así como con respecto a la deuda-, lo importante es encuadrar las políticas dentro de un esquema global. Ante todo, es necesario determinar cuál es el esquema productivo que se ejecutará. De allí surgirá la orientación de las inversiones. En el caso argentino parece evidente la necesidad de un modelo de producción basado en la reindustrialización y en una distribución más justa del ingreso que, además de empezar a cumplir con el precepto democrático de igualdad, generaría demanda interna. Con este criterio, las inversiones deberán orientarse al sector industrial y a la infraestructura. Se elevará la jerarquía del sistema productivo, con la implantación de industrias complejas del tipo de las que ya existían, que en algunos casos requieren alta densidad de capital y que no son una novedad.

Argentina tiene, mantiene y administra plantas de energía atómica; en otra época fabricó aviones, buques de mediano porte, plataformas petroleras, turbinas y barcazas; se levantaron industrias de bienes de capital, de maquinaria agrícola, electrónica, química, petroquímica, siderurgia, celulosa y papel. Ahora hay que completar ese conjunto de actividades con otras tales como el software, las comunicaciones y las aplicaciones de la biotecnología, la tecnología nuclear, de alimentos y de materiales; la nanotecnología; la metalurgia. A su vez, deberá invertirse en industrias más simples, con productividades no tan elevadas, pero creadoras de empleo.

Al mismo tiempo, la inversión pública deberá construir infraestructura a gran escala (por ejemplo, vivienda, rutas, ferrocarriles), reemplazar energía frente al futuro agotamiento del petróleo y del gas, lo cual significa represas hidroeléctricas y usinas atómicas, energía eólica y solar.

Esto en cuanto a las finalidades. Sobre el origen de los fondos, debe recordarse que el eje del financiamiento argentino siempre han sido los recursos propios, y que no hay que contar con las IED como un medio importante para financiar el desarrollo. Las IED vendrán si el país crece y entonces habrá que negociar e imponerles las condiciones útiles y necesarias al proyecto nacional.

  1. Véase Alfredo Eric Calcagno y Eric Calcagno, Clarín, Buenos Aires, 22-03-05, y Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, junio de 2005.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:18,19
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía)
Países Argentina