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Cuba después de la URSS

Todo el mundo se pregunta si habrá “transición” en Cuba y si ésta se producirá antes o después de la muerte de Fidel Castro. Los adversarios de la Revolución Cubana dan por descontado que la habrá, que se orientará hacia formas capitalistas y que, al concluir, se habrá restituido el capitalismo puro y duro.

Los que en cambio entendemos que las cosas del mundo tal como van prueban que el capitalismo ha dado de sí todo lo bueno que podía dar y que ahora sólo puede ofrecer desigualdad, conflictos, destrucción y opresión, lo tenemos más difícil en materia de propuestas, porque después de la experiencia soviética, se trata de concretar qué es lo que entendemos por socialismo.

Respecto a la Revolución Cubana, hemos insistido durante años en denunciar las agresiones exteriores de todo tipo a las que se ve sometida. Sólo la mala fe puede soslayar la influencia de la agresión y el bloqueo sobre la evolución y el carácter del régimen político, así como sobre los problemas de la economía y las recurrentes dificultades de abastecimiento de la población.

Pero el final de la Unión Soviética y del resto de los países hasta ahora llamados socialistas, o la evolución de los que sobrevivieron (Vietnam, China), obliga a considerar problemas que nada tienen que ver con “el cerco y la agresión imperialista”, sino que son inherentes al tipo de socialismo que se aplicó en diversos países del mundo desde la Revolución Soviética: régimen de partido único, asimilación del Estado por el Partido, censura y represión a la disidencia, economía centralizada.

Tres son al menos los problemas esenciales que arrojó esa experiencia:

1. En una sociedad que se pretende sin clases, progresiva formación de una clase dirigente y/o “de negocios” enquistada en el poder, privilegiada y paulatinamente minada por la corrupción. Al cabo de las generaciones, los dirigentes comunistas acaban por configurar una clase cada vez mas apartada del resto de la sociedad, objetivamente enfrentada a ella.

2. La omnipresencia del Partido y sus principales líderes sobre el conjunto de la sociedad, la pretendida infalibilidad de sus análisis y decisiones, la reducción de la teoría y el análisis marxistas a formulaciones dogmáticas, la represión de toda disidencia, el control total de la prensa y de la educación, acaban por eliminar todo verdadero debate de ideas en la sociedad. Desaparece la crítica y, con ella, la dialéctica entre práctica y conciencia social. Si “es la práctica la que determina la conciencia” 1, la conciencia producto de ese tipo de socialismo queda lejos del ideal socialista. Se establece, al contrario de lo deseado, una práctica de la suspicacia y del ocultamiento de las verdaderas opiniones, que acaba por determinar una conciencia cínica y en definitiva reaccionaria.

3. En el plano económico, los numerosos problemas se pueden resumir en un aspecto: la productividad. El socialismo no ha conseguido reemplazar el estímulo del progreso individual propio del capitalismo por otro, de carácter social o ideológico, capaz de igualar o superar sus resultados. La economía socialista fue mucho menos productiva que la capitalista, en calidad, en cantidad y en cualquiera de sus niveles, primario, secundario y terciario. Aunque el “socialismo real” tuvo éxitos iniciales y procuró mayores niveles de igualdad, no pudo sostener esas ventajas en el tiempo –precisamente por no ser capaz de producir con eficacia– con lo cual recayó en una situación de pobreza, agravada por el aumento de las expectativas sociales.

Estos tres fenómenos ejercen entre sí una influencia que multiplica la gravedad de los problemas. Cuba padece claramente de esas tres consecuencias del modelo, porque es un régimen de partido único, porque no existe pluralismo de partidos ni de opinión y porque la economía está totalmente planificada y controlada desde el Partido y el Estado.

 Señales de cambio

 Existe actualmente entre los dirigentes e intelectuales cubanos una fuerte corriente de opinión que tiene muy claro el lastre político y económico que supone haber “heredado”, por fuerza de las circunstancias, lo esencial del sistema soviético, así como el hecho de que la ayuda aportada durante años por la URSS les ahorró la fase de acumulación originaria de capital. Fuentes occidentales calculan que entre créditos, donaciones, mecanismos de precios subvencionados y de otro tipo, Cuba recibió de los países socialistas 80.000 millones de dólares de ayuda en sus primeros 30 años de revolución, sin incluir la ayuda militar. Aun reduciendo esa cifra a la mitad o menos, se trata de una suma extraordinariamente importante para un país como Cuba. En todo caso, suficiente para su desarrollo. Sin embargo, al desplomarse la URSS y librada a su propia suerte, Cuba descubrió dolorosamente que no se había desarrollado en el sentido cabal del término, a pesar de que, junto a los países petroleros, era el único de la región que había gozado de un ingreso equivalente a la renta colonial de los países industrializados.

En honor de la Revolución Cubana y de sus dirigentes, debe insistirse en que todo ese dinero no fue a parar, como ha ocurrido sistemáticamente en las “democracias” latinoamericanas, a manos de una burguesía corrupta y expoliadora. En Cuba se utilizó para construir hospitales y escuelas, y para mejorar el nivel de vida de la gran mayoría de la población. También para un generoso esfuerzo internacionalista –no sólo en dinero, sino en todo tipo de solidaridad, hasta el sacrificio de vidas humanas– dirigido a los movimientos progresistas y revolucionarios de América Latina y el Tercer Mundo.

La prueba de esta enorme diferencia moral es justamente la manera en que la sociedad cubana y sus dirigentes salieron con la cabeza muy alta de la catástrofe económica que significó para ellos la desaparición de la URSS. Una catástrofe capitalista en definitiva menor en términos relativos, como la de Argentina en 2001, dejó al país sin el control de sus recursos naturales, a más de la mitad de la población en la pobreza y a un cuarto en la indigencia, en la que aún siguen.

Pero la comprobación de que los dirigentes comunistas cubanos son globalmente honestos y la evidencia de que siempre han contado con el apoyo de la mayor parte de su pueblo, no elimina los problemas del modelo socialista cubano. Se trata de cuestiones objetivas, que nada tienen que ver con la voluntad subjetiva de la generación de dirigentes que inició la Revolución con el asalto al Cuartel Moncada en julio de 1953 y que aún continúa en el poder.

Hace unos años, un amigo cubano me dijo: “La perestroika debería haber comenzado aquí”. No le faltaba razón, ya que seguramente Cuba tendría menos dificultades que la URSS para encarar una serie de reformas estructurales, a condición de que los verdaderos problemas se abordaran de frente, en profundidad y sin esquematismos.

Quienes se resisten de buena fe a estos cambios (no los burócratas, o fanáticos, o corruptos, que también los hay), insisten en que una “apertura” en Cuba sería imposible de controlar, debido a la cercanía y al enorme poder de Estados Unidos. El argumento no es nada despreciable, pero no elimina los problemas señalados y no tiene en cuenta que la coyuntura regional, con la aparición de varios gobiernos progresistas, los proyectos de integración consiguientes y la progresiva debilidad de Estados Unidos, configura una ocasión única para una apertura audaz, que combine mayor democracia política con transformaciones económicas de inspiración socialista. Al fin y al cabo el socialismo sin democracia representa una contradicción en sí mismo.

Cuba sobrevivió a la brutal caída de la URSS porque tomó un rumbo mucho más “capitalista”: inversiones extranjeras privadas; una doble economía (área dólar y área peso, luego área CUC); apertura al capital y a la iniciativa privada en el área servicios y otras, etc. Fue de esta manera, con enormes sacrificios por parte de una población fiel a la Revolución y fuertes concesiones al ideal socialista, que lo esencial del proceso se ha salvado.

Pero quedan en pie dos interrogantes. El primero, histórico-político, sobre el destino de las revoluciones socialistas que han sobrevivido a la URSS una vez que, dentro de muy poco tiempo, hayan desaparecido por completo las generaciones que las engendraron. En el caso de Cuba: ¿será un proceso que avanzará hacia una forma de socialismo aún a definir, o Fidel y sus compañeros habrán sido al fin y al cabo lo que Robespierre y los jacobinos a la Revolución Francesa: la primera fase de una revolución sí, pero no socialista, sino emancipadora y al final del camino burguesa y “moderna”?

El segundo, y de exclusivo interés para quienes entendemos que sólo avanzando hacia el socialismo la humanidad comenzará a resolver sus graves problemas actuales, es el tema de la productividad socialista; la vieja disputa teórica, que en Cuba se dio entre el vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez y el Che: ¿los estímulos deben ser materiales, morales o una combinación de ambos? Lo ocurrido en la URSS da la respuesta de lo que no funciona, pero sigue vigente el aspecto propositivo: ¿cómo involucrar a la sociedad en la producción socialista sin apelar a estímulos –propiedad privada, competencia individual– propios del capitalismo? Al cabo de varios años de crecimiento sostenido, el problema sigue vigente en Cuba, ya que el aumento del salario medio supera al de la productividad. Continuar creciendo dependerá por lo tanto de un sensible incremento de la disciplina laboral y de la disminución de los costos de producción 2, que es justamente donde el “socialismo real” ha fallado.

Pero el de la producción-productividad-igualdad es un tema que no sólo compete a Cuba, sino a todas las sociedades. La paradoja es que el país más urgido a resolver el problema, Cuba, resulta ser el que está en mejores condiciones de lograrlo. Y de paso, ayudar a los demás por esa senda. No sería extraño, en todo caso es de esperar, que el pueblo cubano y sus dirigentes afronten el desafío con el mismo valor, desenfado y creatividad con que asombraron y entusiasmaron al mundo entero hace 48 años.

  1. Karl Marx, L’idéologie allemande, Les Editions Sociales, París, 1972.
  2. Angel Guerra Cabrera, “Cuba: crecimiento con equidad”, ALAI, México, 4-1-07.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 94 - Abril 2007
Páginas:30,31
Temas Ciencias Políticas, Sociología, Nueva Economía, Políticas Locales
Países Cuba