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Recuadros:

Trabajadores pobres en Europa

Debido a la baja remuneración de las horas suplementarias y al aumento de la cantidad de años de trabajo necesarios antes de llegar a la jubilación, los asalariados trabajarán más para ganar menos. Pero esta situación socialmente insostenible y económicamente peligrosa no es exclusiva de Francia: la Unión Europea cuenta con 16 millones de bajos salarios. Curiosa manera de defender el “valor trabajo”.

Una de cada tres personas que viven sin domicilio fijo en París tiene un empleo 1. Esa estadística impactante mostró que existe una nueva categoría de personas: los pobres asalariados. El fenómeno, que no es particular de Francia -un trabajador de cada seis aproximadamente recibe un salario bajo 2 en Europa- resulta de un proceso de deterioro iniciado hace más de veinticinco años.

Es imposible disociar la propagación de salarios bajos de la evolución en el reparto del valor agregado. Durante las décadas de los '60 y '70 los salarios representaban cerca de tres cuartas partes del Producto Bruto Interno (PBI) en Europa. Desde la década del '80 esa proporción prácticamente no ha dejado de reducirse, hasta caer al 66,2% en 2006 3. La pérdida equivale, en promedio, a siete puntos del PBI respecto de 1983.

Esa disminución evidencia un verdadero cambio de régimen: hasta la crisis de mediados de la década del '70, el poder adquisitivo del salario estaba indexado con la productividad laboral, siendo la parte salarial casi constante, mientras que las desigualdades tendían a reducirse. Bajo la presión del desempleo ese vínculo desapareció al tiempo que florecían varias formas de precariedad relacionadas con los bajos salarios. En Francia, en 2003, las ganancias provenientes del trabajo sólo representaban el 53% del ingreso disponible de los hogares, contra el 67% en 1978, y ello al tiempo que el porcentaje de asalariados aumentaba en ese lapso de 83,6% de la población activa a 91,4%.

En realidad, "la casi ininterrumpida tendencia a la reducción de las desigualdades salariales se frenó a partir de mediados de la década del '80. El abanico volvió a desplegarse en la segunda mitad de la década 4", subraya el economista Pierre Concialdi. El porcentaje de salarios bajos pasó de 11,4% en 1983 a 16,6% en 2001. Se halla el mismo perfil a nivel europeo, con una relativa estabilización de las desigualdades salariales durante la década del '90. Pero la misma se realizó a un nivel elevado, y los indicadores disponibles no pueden registrar fielmente el aumento de los empleos precarios poco remunerados. Las últimas cifras conocidas se remontan a 1996, lo que muestra el interés concedido al tema... -la proporción de salarios bajos en Europa alcanzaba el 15% en promedio 5: desde un 6 % en Portugal hasta un 21% en el Reino Unido, mientras que Francia se situaba ligeramente por debajo del promedio- .

En la lógica liberal, las desigualdades de remuneración se explican, y hasta se justifican, por el abanico más o menos amplio de especialización de los trabajadores, que se supone refleja el de las productividades individuales. Y cualquier política oficial, aun bienintencionada, que pretenda corregir la jerarquía de los salarios, generaría desempleo. Esa pseudo-racionalidad, postulado fundamental de la economía dominante, significa equiparar el trabajo a una mercancía más, y estructura una filosofía social que legitima las desigualdades en nombre de la eficacia.

Sin embargo, ningún estudio permite apoyar esa hipótesis. Las comparaciones internacionales muestran que no hay correlación entre la diferencia de especialización y de remuneraciones, con excepción de los países anglosajones. Como tampoco existe un vínculo inverso entre desigualdades en las remuneraciones y porcentajes de desempleo: "Por lo tanto, la compresión salarial no parece ser la fuente principal de los problemas de empleo en Europa", sostienen los investigadores David Howell y Friedrich Huebler 6. Incluso la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) reconoce que le resulta "bastante difícil cifrar la cantidad de empleos perdidos a causa de los niveles en que se hallan actualmente los salarios mínimos en diferentes países, ya que ciertos estudios dan cuenta de efectos significativos mientras que otros no detectan ninguno" 7. Es decir que no existen, por lo tanto, leyes económicas universales que permitan fijar la apertura óptima del abanico salarial, sino modelos sociales que dan diferente importancia a una cierta "equidad" salarial.

Las desigualdades salariales dependen a la vez de la remuneración por hora y del tiempo de trabajo, factores que los países combinan de manera diferente. Así es que hay relativamente más trabajadores cuya hora de trabajo está poco remunerada en el Reino Unido y relativamente menos en Holanda, respecto del promedio europeo. Pero los empleos temporales son tan frecuentes en esos dos países, y conciernen a tanta gente, que en definitiva el porcentaje de salarios bajos es más alto que el promedio. Ese ejemplo muestra que para revalorizar las remuneraciones también hay que luchar contra los contratos de trabajo a tiempo parcial, y contra la precariedad en general. En todos los países, el riesgo de encontrarse con un salario bajo es mayor para los asalariados con contratos de tiempo determinado.

Ese problema fue puesto de manifiesto por el último informe del Consejo francés de Empleo, Rentas y Cohesión Social (CERC) 8. Analizando el salario anual percibido (y no sólo el salario por hora) el estudio precisa: "El principal factor de desigualdad es la duración del empleo a lo largo del año", que a su vez depende de la práctica del trabajo a tiempo parcial y de la cantidad de semanas trabajadas. Los salarios bajos se hallan ante todo en empleos precarios, que en Francia son numerosos (ver recuadro, pág. 17).

Precariedad laboral

Tal como funciona, el mercado laboral tiende a reproducir un stock de trabajo poco remunerado. Así lo muestra un informe oficial sobre la prospectiva de los oficios para el período 2005-2015 9. Sobre el total de los empleos netos a crearse, más de una cuarta parte (400.000) corresponderá al sector de servicios a los particulares (ayuda a las personas de edad o dependientes, cuidado de niños, etc.) llamados "servicios personales", 80.000 de los cuales serán empleos domésticos. El desarrollo de ese tipo de empleos constituiría para algunos una solución elegante al problema del desempleo, pues bastaría "que cada hogar francés consuma, en promedio, tres horas de esos servicios por semana, para crear dos millones de empleos", según dijo Michèle Debonneuil, consejera del ministro de Empleo, Cohesión Social y Vivienda, Jean-Louis Borloo 10.

La tendencia no es nueva: los empleos de asistentes maternales y de empleados domésticos aumentaron más del 80% entre 1990 y 2002. Son principalmente ocupados por mujeres sin especialización reconocida, y que en general trabajan a tiempo parcial. Su "remuneración mensual es en más del 90% de los casos inferior o igual a 1,3 del Smic (salario mínimo) de tiempo completo" 11. Ese reservorio de empleos es también un reservorio de salarios bajos: el mínimo bruto de las asistentes maternales, por ejemplo, es de 2,32 euros la hora...

Hace cerca de veinte años, André Gorz ya criticaba el carácter fundamentalmente injusto de esta "contra-economía terciaria" que trata de crear empleos mal pagados en lugar de desarrollar los servicios sociales. Afirmaba: "Ya no se trata de socializar las tareas domésticas para que absorban menos tiempo a escala de la sociedad; al contrario, se trata de que esas tareas ocupen la mayor cantidad de gente y que absorban la mayor cantidad de tiempo de trabajo posible, pero ahora bajo la forma de servicios comerciales. Por lo tanto, el desarrollo de los servicios personales sólo es posible en un contexto de creciente desigualdad social, donde una parte de la población acapara las actividades bien remuneradas y obliga a otra parte a convertirse en servidores" 12.

Ante tal propagación de bajas remuneraciones, se puso el acento en la diferencia existente entre el salario percibido por el empleado y el costo del trabajo para el empleador, lo que se llamó "ángulo fiscal". Con el objeto de conciliar la exigencia de un salario decente con un costo del trabajo que sea "competitivo", la Comisión Europea y la OCDE abogan por una reducción de los aportes obligatorios, particularmente en el caso de trabajadores poco especializados, y de "redes de seguridad", como la prima para el empleo (bonificación que en Francia el Estado otorga a los salarios más bajos). Sin dudas fue en Francia donde esas recetas fueron aplicadas más escrupulosamente. Desde 1993 los sucesivos gobiernos redujeron los aportes sobre los bajos salarios, con un umbral que actualmente es de 1,6 veces el Smic.

Deterioro salarial

El impacto de esas medidas sobre el empleo es discutido, pero sus efectos sobre la estructura salarial son fáciles de ver. El principal es una concentración hacia abajo: la parte de los salarios inferiores a 1,3 del Smic pasó de 30% a comienzo de la década del '90 a 39% en 2002. A comienzos de la década del '90 las alzas del Smic concernían al 8 o 9% de los trabajadores, pero al 17% en 2005 13. Al mismo tiempo, esas alzas tenían menos repercusión que antes sobre el conjunto de los salarios, desacelerando la progresión salarial dentro de las empresas. Así fue que las políticas de reducción de aportes contribuyeron a formar un "núcleo duro" de salarios bajos.

En el plano de la lucha contra la pobreza, los liberales afirman que la revalorización del salario mínimo no es necesariamente la herramienta más adaptada, pues salarios bajos (individuales) y pobreza (de los hogares) no se corresponden. En efecto, según la definición oficial, un trabajador mal remunerado puede no ser considerado pobre si forma parte de un hogar cuyos ingresos superan el nivel de pobreza. Las dos categorías se diferencian: el 19% de los activos percibe un ingreso inferior al 75% del Smic, pero sólo una cuarta parte de esas personas se halla en situación de pobreza monetaria 14. "Si -como señala Pierre Concialdi- la población de trabajadores pobres es mayoritariamente masculina (en más del 60%), la de los trabajadores con bajos salarios es casi en un 80% femenina" 15. ¿Pero es legítimo razonar a nivel de hogares? Eso puede llevar a "minimizar la inferioridad en que se hallan las mujeres en el mercado laboral" 16 y a terminar aceptando el esquema que considera el salario de la cónyuge como un "salario complementario", olvidando la situación de las mujeres que viven solas y no trabajan a tiempo completo.

Semejantes desigualdades no parecen preocupar demasiado a los liberales, que proponen compensar los salarios bajos con prestaciones sociales más específicas o con dispositivos como la prima para el empleo en Francia. El objetivo de esta última es incitar a la búsqueda de un trabajo: se les concede a quienes reanudan una actividad profesional, si sus ingresos no superan un cierto nivel.

En realidad, esas medidas son verdaderas "trampas", pues llevan a aceptar como normal la existencia de salarios bajos. Por otra parte, las reducciones de aportes que afectan específicamente a ese tipo de remuneraciones funcionan como un incentivo a la compresión de la escala salarial. Con el pretexto de ayudar a los más pobres, tales medidas acaban manteniendo un proceso generalizado de deterioro de los salarios.

Lo mismo puede decirse respecto de la flexibilidad laboral: "La comprobación por medio de estadísticas es clara, pero también sin mayores sorpresas: cuanto más nos alejamos del empleo estable para acercarnos a las zonas de empleo precario y flexible, o de períodos donde alternan desempleo, empleo e inactividad, más crece el riesgo de pobreza" 17. Y el CERC no descubre nada nuevo al afirmar que "el empleo calificado es por lo tanto la mejor defensa contra la pobreza".

Para invertir la tendencia, habría que restablecer la parte salarial y hacer retroceder las diversas formas de empleo precario. La revalorización de los salarios bajos constituye en efecto el único medio para atacar en su raíz el fenómeno de la pobreza, sin prejuzgar el sexo del asalariado ni la configuración de su hogar. La garantía de un salario decente es la mejor manera de lograr "que el trabajo pague" (make work pay, en inglés).

En esa línea, la creación de un salario mínimo europeo sería un logro importante; esa perspectiva está en la orden del día. Luego del Reino Unido, que lo instauró en 1999, y de Irlanda, en 2000, el salario mínimo es objeto de debate en Alemania, en Austria y hasta en Suiza 18. El ingreso a la Unión Europea de países cuyo nivel salarial es inferior al promedio, hace aún más indispensable ese debate. Por ahora, parece que en varios de esos Estados la revalorización de los mínimos favorece la recuperación salarial, y esa evolución podría verse reforzada por la aplicación de un sistema europeo de salarios mínimos.

Teniendo en cuenta las disparidades existentes, no podrá fijarse un mismo nivel para todos. Sin embargo, puede concebirse una norma general, pero adaptada a las realidades nacionales, que fije por ejemplo el salario mínimo en un 60% del salario mediano de cada país, como ocurre aproximadamente en Francia 19. En ese aspecto, Alemania ocupa un lugar central pues la idea del salario mínimo nació allí, precisamente a causa de los daños sociales provocados por la reforma del mercado laboral: la parte de los trabajadores con salarios bajos había pasado de 14,3% a 15,7% entre 1995 y 2000, alcanzando el mismo nivel que en Francia 20. Si se adoptara el salario mínimo en Alemania, se plantearía entonces la cuestión de extenderlo a escala europea, y el salario mínimo europeo podría ser "en la esfera social lo que el euro es en la esfera monetaria" 21.

En realidad, la manera más simple de defender el "valor trabajo", actitud muy corriente en el último tiempo, ¿acaso no debería ser... aumentar los salarios, y particularmente los más bajos? Se objeta que esa medida llevaría directamente a un aumento del desempleo: los productos franceses perderían competitividad; los empleados poco especializados dejarían de ser contratables dado que costarían a las empresas más caro de lo que aportarían en forma de productividad. La observación de los hechos demuestra que ese argumento es infundado: los países que más "moderaron" los salarios, no son los que crearon más empleos. Tampoco permitieron crearlos las reducciones de aportes. En este caso también el contra ejemplo alemán es digno de ser analizado: la congelación de los salarios contribuyó efectivamente a aumentar las exportaciones, pero a la vez bloqueó el consumo de los trabajadores. De esos dos efectos fue el segundo el que se impuso, llevando a una suba de tres puntos en la tasa de desempleo entre 1995 y 2005.

La biblia liberal se apoya en dos postulados discutibles. El primero es el de la competencia generalizada en el seno de la Unión Europea. Es cierto que un país que limita el aumento de los salarios puede ganar partes de mercado en detrimento de sus vecinos, pero la generalización de esa idea errónea conduce a debilitar el dinamismo del empleo si todos los países llevan adelante la misma política. Y eso es exactamente lo que ocurre en la Unión Europea.

El segundo postulado afirma que no se puede modificar el reparto de los ingresos. Ahora bien, los dividendos son, al igual que los salarios, un elemento de la formación de precios: un aumento de salarios puede ser perfectamente compensado por una baja en las ganancias financieras, de tal forma que la competitividad no se vería afectada. Por lo tanto, otra política salarial es posible, a condición de que sea coordinada a nivel europeo y que incluya una transferencia de ingresos de las ganancias financieras a los salarios, al revés de lo que ocurre desde hace dos décadas.

En cuanto a la idea de trabajar más para ganar más, no es tampoco muy coherente. La prolongación de la jornada laboral es contraria a la creación de nuevos empleos, y por si sola no puede estimular un aumento de actividad si el reparto de los ingresos se mantiene sin cambios. Numerosos acuerdos firmados recientemente en distintas empresas muestran que con la excusa de una "opción libre" en realidad se trata de bajar el salario por hora y no de aumentarlo. Esa orientación, que invoca la presión de los países emergentes, es un callejón sin salida, pues para alinearse sobre los costos salariales de esos países se necesitarán bajas de salario tales que la economía europea sería competitiva, pero muerta.

Por último, la propuesta común de Nicolas Sarkozy y François Bayrou (dos candidatos de la derecha a las próximas elecciones presidenciales francesas) de aumentar las horas extra y exonerarlas a la vez del pago de aportes sociales, llevaría a liquidar la noción del tiempo legal de trabajo y a reducir aún más los recursos de la seguridad social.

  1. Brigitte Debras, Hélène Chamborédon y Patrick Thiery, "Dans l'agglomération parisienne, un sans-domicile sur trois déclare avoir un emploi", Insee, Île de France à la page, n° 241, 2004.
  2. Se llama salario bajo al que se sitúa por debajo del 60% del salario mediano. Este último es el salario por encima del cual se halla la mitad de la población y por debajo del cual se sitúa la otra mitad (a diferencia del salario medio, que es el promedio de todos los salarios).
  3. Esa parte salarial se obtiene relacionando el salario medio con el PBI por habitante. Ver Comisión Europea, "La Economía europea", Bruselas, otoño de 2006.
  4. Pierre Concialdi, "Bas salaires et ‘travailleurs pauvres'", Les cahiers français, n° 304, La Documentation française, París, 2001.
  5. Eric Marlier y Sophie Ponthieux, "Les bas salaires dans les pays de l'Union européenne", Eurostat, Statistiques en bref, Bruselas, 2000. Los datos conciernen a 13 países de la Unión Europea, cuando ésta estaba formada sólo por 15 (se exceptuaron Suecia y Finlandia) y no toman en cuenta a las personas que trabajan menos de 15 horas semanales.
  6. David Howell y Friedrich Huebler, "Trends in earnings inequality and unemployment across the OECD", Documento de trabajo, n° 23, Center for Economic Policy Analysis (CEPA), Nueva York, mayo de 2001.
  7. OCDE, "Perspectives de l'emploi", París, 2006.
  8. CERC, "La France en transition 1993-2005", La Documentation française, París, 2006.
  9. Centre d'analyse stratégique Dares (Dirección de Animación, de Investigación, de Estudios y de Estadísticas del Ministerio de Trabajo), Les métiers en 2015, informe del grupo "Prospectiva de oficios y especializaciones", París, enero de 2007.
  10. Michèle Debonneuil, "Deux millions d'emplois qui dépendent de nous", Le Monde, París, 16-2-06.
  11. Bertrand Lhommeau, "Trajectoires passées par un emploi à bas salaire", Dares, Documento de trabajo, n° 78, París, 2003. El Smic equivale a 8,27 euros brutos por hora, es decir 1.254,28 euros brutos por mes (por 151,67 horas de trabajo) y 985,11 euros netos.
  12. André Gorz, "Métamorphoses du travail. Quête du sens", Ediciones Galilée, París, 1988.
  13. Malik Koubi y Bertrand Lhommeau, "La revalorisation du Smic et ses effets de diffusion dans l'échelle des salaires sur la période 2000-2005", Dares, Premières Synthèses, n° 27, 1-07-06.
  14. Nadine Laïb, "Situation sur le marché du travail et pauvreté monétaire", Dirección de Investigación, de Estudios, de Evaluación y de Estadísticas (Drees), Études et résultats, n° 499, París, 2006.
  15. Pierre Concialdi, "Bas salaires...", op. cit.
  16. Margaret Maruani, "Les working poor version française", Problèmes économiques, n° 2833, París, 2003.
  17. CERC, op. cit.
  18. Ver el número especial de Chronique internationale de l'Ires, n° 103, Noisy-le-Grand, 2006, dedicado a los salarios mínimos.
  19. Thorsten Schulten, Andreas Rieger y Michel Husson, "Thèses pour une politique européenne de salaires minimaux", Dusseldorf, París, Zurich, 2005.
  20. Odile Chagny, "Les réformes du marché du travail en Allemagne", La Revue de l'Ires, n° 48, Noisy-le-Grand, 2005.
  21. Fundación Robert Schuman, "Le salaire minimum européen: un projet réalisable?", Questions d'Europe, n°43, París, 2006.

Desigualdades salariales y costo del trabajo en Francia

Husson, Michel

• En 2002, la mitad de los asalariados (exceptuados los empleados del Estado) ganaban menos de 1.220 euros netos por mes (salario mediano).
• Ese salario mediano neto era de 1.360 euros por mes para los hombres y de 1.054 euros para las mujeres: lo que marca una diferencia de 22,5%.
• Un tercio de los asalariados ganaba menos del Smic mensual neto (936 euros).
•10% ganaba menos de 182 euros al mes.
• 20% menos de 512 euros.
• 30% menos de 869 euros.
• 40% menos de 1.064 euros.
• Desde el punto de vista del costo de trabajo, Francia se sitúa cerca de los países europeos con un nivel de desarrollo comparable. En 2005, según Eurostat, el costo del trabajo en la industria era un poco más bajo en Francia que en el Reino Unido (4%) o en Bélgica (- 2%) y un poco más alto que en Holanda (+ 2%) o en Alemania (+ 4%).

Fuente: Consejo francés de Empleo, Rentas y Cohesión social (CERC), “La France en transition 1993-2005”, La Documentation française, París, 2006.


Autor/es Michel Husson
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 94 - Abril 2007
Páginas:16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Unión Europea, Economía