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La falacia de la empleabilidad

A pesar de que en las últimas décadas los organismos internacionales y los discursos políticos vienen insistiendo machaconamente en que la educación debe cambiar radicalmente para ajustarse a las demandas de la sociedad del conocimiento, las políticas que vinculan la formación con el empleo son generalmente difusas y, en muchos casos, sorprenden por su desconexión con las duras realidades del mundo del trabajo. El problema es que se trata de un discurso elusivo, compactado en un paquete en el que se supone que todo, desde los aprendizajes meramente instrumentales de oficios hasta la investigación de punta, necesita reconducirse de acuerdo con los nuevos requerimientos productivos. Tal imperativo se deduce de una justificación, en absoluto confirmada, de que estamos ante una sociedad de servicios, "posindustrial", con una organización del trabajo que ha dejado atrás las estructuras burocráticas y jerárquicas, con relaciones laborales basadas en la confianza, la participación y la creatividad del trabajador. En resumen, el posfordismo.

En ese escenario, y conforme con los desafíos que impone la globalización, se supone que los centros de trabajo deben caracterizarse por un "alto desempeño" y contar con una fuerza de trabajo competitiva, flexible y preparada. Tal preparación no puede basarse ya en las calificaciones que permitían acceder a un empleo estable; ahora es necesario formar individuos capaces de gestionar su propia empleabilidad y desarrollar competencias que les permitan insertarse en un mercado de trabajo cambiante e incierto, objetivos que presumiblemente contribuirían a disminuir la exclusión social.

Esta argumentación, promovida tanto por los gurúes de la gestión como por los organismos internacionales, dista mucho del análisis académico de la economía política de la calificación que, consciente de la complejidad de los problemas que plantea la relación entre formación y empleo, viene sometiendo los supuestos de la propuesta neoliberal a un riguroso escrutinio desde una perspectiva holística e histórica 1.

Las objeciones más relevantes son, en primer lugar, que aunque nadie discute el crecimiento exponencial de los saberes científicos y tecnológicos ni su papel estratégico en las nuevas formas de producción, resulta exagerado considerar que la llamada sociedad del conocimiento constituya una novedad histórica. La potenciación de la ciencia y la tecnología y su incorporación al proceso productivo siempre fue consustancial al capitalismo, un rasgo que Carlos Marx destacó como su gran mérito histórico frente a los modos de producción precedentes. Del mismo modo, la idea de que el progreso en áreas claves como la informática, la microelectrónica o la robótica, tornará obsoleto el trabajo rutinario y multiplicará el número de "trabajadores del conocimiento" no deja de ser una complaciente promesa 2. Por una parte, no se precisa quiénes son estos trabajadores y, frecuentemente, se confunde su tarea con la mera manipulación o transferencia de datos cuando, en realidad, se trata de trabajos que exigen el procesamiento intelectual de la información en el contexto de un cuerpo de conocimientos que, en distintos grados, posibilita su aplicación creativa. Por otra parte, se esconde el hecho de que, incluso en los países más avanzados y a pesar de la expansión universitaria, los trabajadores del conocimiento representan una porción mínima de la fuerza de trabajo, lo cual exige enfocar las políticas de formación para la gran mayoría, que desempeñará tareas social y técnicamente necesarias, aunque no tenga el halo de los "trabajadores simbólicos".

En segundo lugar, es necesario cuestionar la idealización del lugar de trabajo representado por la empresa posfordista, cuya alta productividad se explica tanto por una organización eficiente y el uso de tecnologías avanzadas como por una gestión del personal que impulsa la participación, la formación continua, la confianza entre sus miembros y la motivación. A pesar de la reiterada advertencia de que las empresas que no tengan ese perfil perderán competitividad y tenderán a desaparecer, una vez más las investigaciones en diferentes países y sectores muestran que sólo una proporción ínfima de empresas reúnen todas o la mayor parte de esas características, además del hecho fácilmente comprobable de que es posible lograr altas cotas de beneficios con productos o servicios estandarizados y, sobre todo, bajos costes salariales y mano de obra temporal. Pero aun más importante de destacar es que esas relaciones laborales resultan irreales cuando el empleo es cada vez más inestable y/o emigra a países donde la mano de obra es más fácilmente explotable, a la par que se intensifica la jornada laboral y se introducen nuevas formas de control 3. Si éste es el panorama que reflejan las investigaciones en el Primer Mundo, la receta de la implicación del trabajador suena a sarcasmo en países donde la pobreza hace impensables tales sutilezas.

Así y todo, la propuesta de formación en torno a las competencias que aseguren la empleabilidad en el llamado nuevo lugar de trabajo parece firmemente instalada en los circuitos oficiales y éste es el tercer gran tema que viene siendo objeto de crítica académica, aunque ciertamente el debate no resulta fácil, ya que dicha propuesta carece de fundamentos teóricos y, en el mejor de los casos, constituye una versión aligerada de la teoría del capital humano. Diversos análisis han puesto de relieve sus alarmantes limitaciones que pueden sintetizarse en: a) se centra en cómo debe ser la oferta ignorando cuáles son las demandas reales; en general los empresarios no se comprometen con las políticas de formación, excepto allí donde la concertación social tiene un fuerte arraigo histórico como es el caso de Alemania, países escandinavos, o Japón; b) se responsabiliza al individuo de gestionar su carrera y el acceso al empleo omitiendo que, en última instancia, la empleabilidad depende del mercado de trabajo y no de las cualidades del individuo; c) al responsabilizar al individuo del desarrollo de sus competencias, se niega la impronta que tiene la clase social, la raza, el género o el hábitat geográfico en la conformación del capital cultural, que es el sedimento de todos los aprendizajes posteriores 4.

A todas estas objeciones de peso es preciso agregar la opacidad política de todo el planteamiento. Nadie en su sano juicio podría negarse a que se desarrollen las habilidades para trabajar en equipo, resolver problemas, tomar decisiones o actuar creativamente. Pero todos esos objetivos educativos (ahora denominados competencias) resultan difusos cuando no se insertan en el aprendizaje de contenidos instructivos serios, y es de temer que mucha de la retórica actual de la empleabilidad se concentra en el componente psicológico en detrimento de los saberes concretos. Un ejemplo claro es el silencio sintomático con respecto a contenidos que expliquen el deterioro de las condiciones de trabajo que, en definitiva, es el mundo real que hay que enfrentar. No he visto en toda la documentación consultada que se hable de competencias para entender por qué se acumula la riqueza, por qué existen diferencias de ingresos que son insultantes o... por qué, a pesar de ser el trabajador joven y competente, no podrá insertarse dignamente en el mercado de trabajo.

  1. Lloyd y  J. Payne, "Developing a Political Economy of Skill", Journal of Education and Work, Oxford, 2002.
  2. S. Morgenstern, "La crisis de la sociedad salarial y las políticas de formación de la fuerza de trabajo", Rev. Latinoamericana de Estudios del Trabajo, San Pablo, 2000.
  3. E. Keep y K. Mayhew, "The Assessment: Knowledge, Skill and Competitiveness", Oxford Review of Economic Policy, 1999; R. Milkman, "The New American Worplace: High Road or Low Road", en P. W. C. Thompson (ed.), Workplaces of the Future, MacMillan, Londres, 1998.
  4. L. Tanguy, "Rationalisation pédagogique et légitimité politique", en Françoise Ropé y L. Tanguy (eds.), Savoirs et compétences. De l'usage de ces notions dans l'école et l'enterprise, L'Harmattan, París, 1997; J. Peck y T. Nikolas, "Beyond ‘Employability'", Cambridge Journal of Economics, Oxford, 2000; P. Brown, A. Hesketh y S. Williams, "Employability in a Knowledge-driven Economy", Journal of Education and Work, Oxford, 2003.
Autor/es Sara Morgenstern
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:28,29
Temas Estado (Política), Educación, Trabajo (Economía)
Países Argentina