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Elogio de la novela

Se reproduce a continuación el discurso pronunciado el 6 de septiembre de 2005 por el escritor mexicano Carlos Fuentes, en la apertura del Quinto Festival Internacional de Literatura de Berlín. Escrito originalmente en lengua inglesa, este texto fue traducido al castellano con la autorización verbal del autor, quien a partir de Cervantes reivindica la novela por “hacer real lo que la historia olvidó”.

Recientemente la Academia Noruega preguntó a cien escritores de todo el mundo: "Según usted, ¿cuál es la mejor novela de todos los tiempos?" De los cien, cincuenta contestaron: Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Este resultado suscita una interesante cuestión, la de saber si los long-sellers (los libros más vendidos en el largo plazo) se oponen a los best-sellers (los libros más vendidos en una temporada). No existe una respuesta que se adapte a todos los casos: ¿por qué se vende un best-seller y por qué perdura un long-seller?

Don Quijote fue un enorme éxito desde que apareció por primera vez en 1605, hace cuatro siglos, y sigue vendiéndose ininterrumpidamente, en tanto que William Faulkner fue sin duda un mal negocio si se compara la escasa venta de su Absalon, Absalon! (1936) con el éxito de ese año, Anthony Adverse, de Hervey Allen, una saga napoleónica que trataba del amor, la guerra y el comercio. Lo que significa que no hay un real termómetro en esa materia, aun cuando el tiempo no sólo es buen consejero: también ayuda a vender.

Podría pensarse que Cervantes estaba en sintonía con su época, mientras que Stendhal, por ejemplo, escribía únicamente para "algunos afortunados" y en vida se vendió poco. Antes de su muerte sólo se lo reconoció gracias a los elogios de Balzac, y logró celebridad en el siglo XX debido a los esfuerzos del crítico Henri Martineau.

Algunos escritores alcanzan una gran popularidad y después desaparecen para siempre. Las listas de los best-sellers de los últimos cincuenta años son, salvo pocas excepciones, un lúgubre cementerio de libros muertos. Pero no basta querer perdurar. Nadie puede escribir un libro aspirando a la inmortalidad.

Podríamos hacer largas digresiones acerca de las relaciones que mantuvieron los escritores que cité con la época en la cual vivieron. Por fascinante que pueda parecer, me pregunto hasta qué punto eso nos develaría algo más de los libros que escribieron, algo de la imaginación que los impulsaba a escribir, algo de su manejo del lenguaje, su manera crítica de acercar el arte a la literatura, y su conciencia de pertenecer a una tradición aun más vasta. En su último libro, El telón 1, Milan Kundera afirma que un novelista pertenece -mucho más que a su país o incluso más que a su lengua materna- a una tradición en la que Rabelais, Cervantes, Sterne y Diderot son miembros de la misma familia y que, tal como aspiraba Goethe, esta familia vive en la casa de la literatura del mundo que cada escritor sustenta, independientemente de las literaturas nacionales que han dejado de representar nada importante.

Si esto es cierto, entonces todas las grandes obras de la literatura abarcan tanto la tradición de la que emanan y a la cual contribuyen como la nueva creación, que a su vez depende igualmente de la tradición anterior, ya que la tradición, para seguir gozando de buena salud, es tributaria de las nuevas creaciones que la alimentan.

Como éste es el año en que se celebra el cuarto centenario del Quijote y considero al libro de Cervantes como la piedra angular de la novela tal como se desarrolló desde el siglo XVII, permítanme hacer de ella el punto de partida de mi reflexión.

Cervantes y Erasmo

Cervantes pertenece a una tradición intelectual de la cual no puede hablar: la de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), el faro de comienzos del Renacimiento en la corte del joven Carlos V, una vela que los fríos vientos dogmáticos de la Contrarreforma extinguieron con rapidez. Tras el Concilio de Trento (1545) la Inquisición anatemizó a Erasmo y su obra, y su testamento se mantuvo en secreto. Cervantes estaba impregnado de esta filosofía prohibida que buscaba la reconciliación entre la Fe y la Razón, rechazando no sólo los dogmas de la Fe sino también los de la Razón. Por eso Cervantes, en tanto discípulo español de Erasmo, se vio obligado a disimular sus afinidades intelectuales.

El principal libro de Erasmo, Elogio de la locura (1509), es el elogio de un Don Quijote que deambula a través de un universo erasmista donde cualquier verdad es sospechosa y la incertidumbre lo baña todo: es así como la novela moderna obtiene su certificado de nacimiento. Dado que Cervantes no puede admitir la influencia liberadora del pensamiento de Erasmo, entonces lo supera: la sensatez de Rotterdam se torna locura de la Mancha, y la unión de la sagesse y de la incertitude 2 da origen a la novela tal como la entendemos nosotros: un espacio privilegiado de incertidumbre.

Lugar incierto: una aldea olvidada en una recóndita provincia española. Un lugar con un nombre imposible: "En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme". Autor incierto: ¿quién escribió este libro? ¿Cervantes? ¿De Saavedra? ¿Cide Hamete Benengeli? ¿Un anónimo copista moro? ¿El funámbulo enmascarado Ginés de Pasamonte, disfrazado de Maese Pedro, el titiritero? La falta de autor apenas logra disimular el rechazo a la autoridad.

Nombres inciertos: ¿Don Quijote es de verdad un hidalgo arruinado llamado Alonso Quijano, o Quijana, o tal vez Quesada? O bien hay que buscar otro camino: ¿el gentilhombre empobrecido es realmente el valiente caballero errante, un Cid humillado, un Cortés venido a menos? Entonces, ¿qué hay en un nombre? La inestabilidad onomástica de la novela Don Quijote socava cualquier certeza que surja de una lectura lineal. Dulcinea es Aldonza, doncellas desamparadas devienen en reinas y princesas, jamelgos descarnados pasan a ser rocines heroicos, castellanos iletrados se transforman en gobernadores.

Los imaginarios adversarios de Don Quijote llevan nombres extravagantes -como por ejemplo el gigante Pentapolin del Arremangado Brazo- y por eso sus verdaderos enemigos también deben tenerlos: con el fin de entrar en el universo onomástico del Quijote, el bachiller Sansón Carrasco tendrá por sobrenombre "el Caballero de los Espejos". Y el propio Don Quijote, nombre de batalla del castellano Quijada... o Quijano... o Quesada.... entra con su armadura de combate completa en ese carnaval de apodos, convirtiéndose en "el Caballero de la Triste Figura" o "el Caballero de los Leones", o a la manera pastoral en "Quijotiz"; o el ridículo "don Azote" de la venta o incluso el "don Gigote" del cual todos se burlan en el palacio ducal.

Lugares, nombres, autor, todo es incierto en el Quijote. Y la incertidumbre se ve fortalecida por la gran revolución democrática que forjó Cervantes y que consiste en la creación de la novela como lieu commun 3; lugar común, que es el lugar de encuentro en la ciudad, la plaza central, el polyforum, el espacio público donde todos tienen derecho a ser oídos pero nadie tiene la exclusividad de la palabra. Este principio conductor de la creación novelística se transformó en lo que el ensayista Claudio Guillén llama un "diálogo de géneros". Todos se reúnen en el espacio abierto del Quijote.

Aquí la picaresca -Sancho Panza- estrecha la mano de la épica -Don Quijote-. Aquí la linealidad de la narración es quebrada, cercada, obligada a avanzar con rapidez o, al revés, interrumpida por historias dentro de la historia, por el interludio pastoral; y luego, con la novela de amor cortesano y los hilos moros y bizantinos de la narración, se reencuentra entretejida en el tapiz de una novela que, al fin de cuentas, se propone a sí misma al mismo tiempo como la identidad y la diferencia de su universo lingüístico.

Un espacio de libre opción

Antes de Cervantes la narración podía agotarse en una única lectura: del pasado en la épica, del presente en la picaresca. Cervantes mezcla pasado y futuro, transformando la novela en un proceso crítico que propone al principio la lectura de un libro que habla de un hombre que lee libros, libro que posteriormente se convierte en un libro sobre un hombre que sabe que será leído. Cuando Don Quijote entra en la imprenta de Barcelona y descubre que lo que se imprimió es su propio libro, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, nos encontramos de golpe sumergidos en un mundo de lectores verdaderamente nuevo, de lecturas accesibles a todos y no sólo a un estrecho círculo en el seno del poder, sea éste religioso, político o social.

Desde la época de Cervantes la novela, mediante la multiplicación tanto de autores como de lectores, devino en vehículo democrático, un espacio de libre elección, de interpretaciones alternadas del yo, del mundo y de la relación entre el yo y los otros, entre tú y yo, entre nosotros y ellos. La religión es dogmática. La política es ideológica. La razón tiene que ser lógica. Pero la literatura tiene el derecho a ser equívoca.

La ambigüedad en una novela es quizás una manera de decirnos que, dado que los autores (y por lo tanto también la autoridad) no son confiables y pueden ser explicados de muchas maneras, lo mismo sucede con todo el mundo. Porque la realidad no es inmutable sino cambiante. Sólo podemos acercarnos a la realidad si dejamos de pretender definirla de una vez por todas. Las verdades parciales que propone una novela son una defensa contra los abusos dogmáticos. Entonces, ¿por qué los escritores, considerados políticamente débiles e insignificantes, son perseguidos por los regímenes totalitarios como si fuesen verdaderamente importantes?

Esta contradicción revela la naturaleza profunda de la política en la literatura. La referencia es la polis, la ciudad, la comunidad de ciudadanos que evoluciona pero sigue siendo constante, no la autoritas, los poderes que pasan y son en esencia efímeros aunque, henchidos de orgullo, se crean eternos.

La ficción de Kafka describe un poder que atribuye un poder a su propia ficción. El poder es una representación que, como las autoridades en El Castillo, adquiere más fuerza a través de la imaginación de aquellos que están fuera del castillo. Cuando esta imaginación deja de conferir al poder aun más poder, el emperador aparece desnudo, y el escritor impotente que lo señala es condenado al exilio, al campo de concentración o a la hoguera, mientras que el sastre del emperador le confecciona nuevos trajes.

Que la escritura haga posible un poder político es más bien excepcional. En circunstancias "normales" el escritor carece, por así decirlo, de cualquier importancia política. Por supuesto, él o ella, en tanto ciudadano, puede ser políticamente importante. Así, él o ella tiene la importancia política absoluta de ofrecer a la ciudad, por más tranquilos, tardíos o indirectos que sean, los dos valores indispensables que unen lo personal y lo colectivo: palabras e imaginación, lengua y memoria, discurso e intención.

De Rabelais y Cervantes a Grass, Goytisolo y Gordimer, la ficción es pues otra manera de cuestionar la verdad, dado que nos esforzamos en alcanzarla a través de la paradoja de una mentira. Esa mentira quizás se llame imaginación. Puede ser considerada como un espejo crítico de lo que pasa por ser la verdad en un mundo de convenciones. Por cierto, erige un segundo universo del ser, donde Don Quijote y Emma Bovary tienen una mayor realidad, no menos importante, que el batallón de ciudadanos con los que tratamos, reunidos de apuro y rápidamente olvidados. Es cierto que Don Quijote o Emma Bovary arrojan luz, dan peso y presencia a las virtudes y los vicios -a esas personalidades fugitivas- de nuestros diarios encuentros.

La herencia mora y hebrea

Es posible que Ahab (héroe de Moby Dick, de Herman Melville), Pedro Páramo (de la novela epónima de Juan Rulfo) y Effie Briest (de la novela de Theodor Fontane) sean también el vívido recuerdo de las grandes, gloriosas y mortales subjetividades de los hombres y las mujeres que olvidamos, que nuestros padres conocían y nuestros abuelos habían previsto.

En Don Quijote, escribió Dostoievski, una mentira salva a la verdad. Con Cervantes la novela estableció su certificado de nacimiento basado en una mentira que es el fundamento de la verdad. Porque por medio de la ficción el novelista pone a prueba a la Razón. La ficción inventa lo que le falta al mundo, lo que el mundo olvidó, lo que espera alcanzar y tal vez no alcance nunca. La ficción es pues una manera de apropiarse del mundo, de darle color, sabor, sentido, sueños, noches de vigilia, la perseverancia e incluso la perezosa tranquilidad que necesita para seguir existiendo.

Penetra en tu propio yo y descubrirás el mundo, nos dice el novelista. Pero también: recorre el mundo y te descubrirás a ti mismo. En el transcurso de las sombrías horas que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, el novelista alemán Thomas Mann cruzó el Atlántico llevando a su exilio estadounidense el Quijote como su más segura cuerda salvavidas que lo ligaba a una Europa enfrentada con la muerte. Y ya antes, bajo los amenazantes nubarrones de la Primera Guerra Mundial, Franz Kafka había descubierto que el Quijote era una magnífica invención de Sancho Panza, que le permitía convertirse en un hombre libre de seguir las aventuras del caballero errante sin herir a nadie. Y para terminar, en su "Pierre Menard, autor del Quijote", Jorge Luis Borges nos explica que para recrear la novela de Cervantes basta con volver a escribirla palabra por palabra, pero en una época distinta y con una intención distinta.

Cervantes vivió su época, la España decadente de los últimos Habsburgos; Felipe III y la devaluación de su moneda; la caída económica, consecuencia de la sucesiva expulsión de las industriosas poblaciones judía y árabe; la forzosa necesidad de disimular los orígenes hebreos y moros, que provocó la aparición de una sociedad hecha de frágiles máscaras, carente de administradores verdaderamente eficaces al servicio de un imperio tan extenso; la desaparición del oro y la plata de las Indias en las poderosas centrales comerciales del Norte de Europa. Una España de pícaros y mendigos, de gestos vacíos, aristócratas crueles, caminos devastados, posadas miserables y gentileshombres quebrados que, en tiempos más vigorosos, habían conquistado México y navegado por el Caribe, dando al Nuevo Mundo sus primeras universidades y sus primeras imprentas: la fabulosa energía de España puesta en la invención de América.

Tanto Cervantes como los otros grandes escritores de la Edad de Oro española demostraron que la literatura podía darle a la sociedad lo que la historia le había quitado. "¿Dónde están los pájaros del año pasado?" suspira en su agonía Don Quijote. Están muertos y disecados, y por eso Don Quijote tiene que darle a su novela el vuelo resucitado del águila, la envergadura del albatros.

Así como Cervantes respondió a la degradada sociedad de su época mediante el triunfo de la imaginación crítica, nosotros nos vemos también confrontados a una sociedad degradada sobre la que estamos obligados a reflexionar, reflexionar acerca de la manera en que ella se infiltra en nuestras vidas, nos circunda e incluso nos expone a la permanente situación de tener que contestar al paso de la historia con la pasión de la literatura.

Ventana abierta a la duda

Somos conscientes del peligro de posponer las agendas humanas a comienzos del siglo XXI. El presupuesto militar excede en mucho las inversiones en salud, educación y desarrollo. Las urgentes demandas de las mujeres, los ancianos, los jóvenes quedan libradas al azar. Se multiplican los delitos contra la Naturaleza. Borges escribió que los verbos conservar y crear son sinónimos en el Cielo. En la Tierra, se volvieron enemigos.

Las causas primarias del terror no interesan a nadie. La respuesta al terror no puede ser el terror sino más bien la inteligencia, el control democrático y el desarrollo socioeconómico, al tiempo que hay que consolidar la identidad cultural de las naciones que durante largo tiempo soportaron el yugo de la autoridad colonial.

Los valores internacionales, adquiridos a fuerza de perseverancia crítica y sacrificio -derechos humanos, diplomacia, multilateralismo, prioridad de la ley- son acosados por la ciega precipitación del unilateralismo, la guerra preventiva y el orgullo absoluto que "precede a la destrucción" (Proverbios, 16:18). A veces nuestra respuesta a esas realidades se limita a una beatífica pasividad. Están los que creen vivir en el mejor de los mundos posibles porque se les dijo que lo indispensable era imposible.

Pero por otra parte estamos acosados por el febril aunque inerte temor de un latente Apocalipsis que se desencadenaría si Dios dejara de amar a sus criaturas y tuviera que destruirlas totalmente, antes de recomenzar desde el principio, como decía Goethe.

El espacio capituló. Gracias a la imagen, podemos estar en todas partes, instantáneamente. Pero el tiempo se pulverizó, desmenuzándose en imágenes que corren el riesgo de negar tanto a la imaginación del pasado como a la memoria del futuro. Podemos convertirnos en esclavos de imágenes hipnotizantes que no hemos escogido. Podemos transformarnos en satisfechos robots que se divierten hasta la muerte.

Creo que son realidades que tendrían que motivarnos a afirmar que el lenguaje es el fundamento de la cultura, la puerta de la experiencia, el techo de la imaginación, el sótano de la memoria, la alcoba del amor y, por sobre todo, la ventana abierta al soplo de la duda que cuestiona e interroga. En todas las grandes novelas descubro un proyecto humano, llámese pasión, amor, libertad o justicia, que nos invita a adecuarlo a la actualidad y convertirlo en realidad, aun cuando sepamos que está condenado al fracaso.

Don Quijote sabe que va a fracasar, así como lo saben Papá Goriot de Balzac; Ana Karenina de Tolstoi y el príncipe Myshkin en El idiota, de Dostoievski. Pero es únicamente gracias a la toma de conciencia, implícita o explícita, de tales fracasos que pueden proteger y nos ayudan a proteger la naturaleza de la propia vida, la existencia humana y sus valores tal como son vividos, propuestos y recordados por todas las épocas, todas las razas, todas las familias humanas, sin que se pierdan en una ilusión ilimitada que certifica y garantiza progreso y felicidad. Tras las experiencias de los pasados siglos, ya no podemos ignorar las trágicas excepciones a la dicha y al progreso con que la humanidad topó constantemente.

En Luz de agosto William Faulkner opone y al mismo tiempo incluye dos personajes distintos: Joanna Burden, la ninfómana de edad madura, y Joe Christmas, su joven amante negro. Christmas representa la libertad, pero sabe que su libertad es limitada, incluso prometeica. Se siente como un águila, duro, poderoso, implacable, independiente. Pero esta sensación se disipa y entonces se da cuenta de que es prisionero de su piel. Al tomar posesión del cuerpo de Joe, Joanna Burden desea su propia condena pero no para siempre, sólo por un momento: "Dios mío, no me obligues a rezar -implora-. Déjame condenarme a mí misma sólo un tiempo más".

Se trata solamente de dos de los personajes de Faulkner, que descubren en el amor la trágica naturaleza de la libertad y el destino. En este autor, el saber que somos capaces de resistir significa que somos también capaces, en ciertos momentos, de lograr la victoria.

Restauración de la vida

Si subrayo en Faulkner esta trágica verdad es porque la considero esencial en la propia inspiración de la novela: la libertad es trágica porque es consciente tanto de su necesidad como de sus límites. Kafka escribe: "No espero la victoria, y no me alegra la lucha en sí misma, salvo en la medida en que es lo único que puedo hacer (...) Tal vez finalmente me rinda, no a la lucha sino a la alegría de la lucha".

"Entre el sufrimiento y la nada, elijo el sufrimiento"; célebre frase de Faulkner, a la que agregó: "el hombre prevalecerá". ¿Acaso no es ésa la verdad de la novela? La humanidad prevalecerá y lo hará porque, a pesar de los accidentes de la historia, la novela nos dice que el arte restaura la vida en nosotros, esa vida que la aceleración de la historia menospreció. La literatura hace real lo que la historia olvidó. Y porque la historia es lo que fue, la literatura ofrecerá aquello que la historia nunca fue. Por esta razón nunca podremos atestiguar el fin de la historia, salvo que adviniera el fin del mundo.

Comparemos entonces las palabras de Franz Kafka y de William Faulkner con las teorías del fin de la historia y el choque de civilizaciones. Hablo en tanto escritor de idioma español, el lenguaje de un continente que es ibérico, indio y mestizo, negro y mulato, atlántico y pacífico, mediterráneo y caribe, cristiano, árabe, judío, griego y latino.

No puedo aceptar la tesis de que vivimos en un conflicto de civilizaciones, porque todas las que cité son mías y en mi alma no se pelean. Se hablan entre ellas y discuten para entenderse. El lugar donde todas se encuentran, el lugar del discurso, del pensamiento, de la memoria y de la imaginación que cada uno y cada una de nosotros lleva en sí, participa en un diálogo de civilizaciones y niega el fin de la historia.

¿Cómo podría llegar el fin de la historia mientras no hayamos dicho nuestra última palabra?

  1. Milan Kundera, El telón, Barcelona, Tusquets, 2005.
  2. En francés en el original.
  3. Idem.
Autor/es Carlos Fuentes
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 78 - Diciembre 2005
Páginas:36,37
Traducción Teresa Garufi
Temas Relaciones internacionales
Países Alemania (ex RDA y RFA)