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Recuadros:

La ablación retrocede

Según un informe de Unicef sobre la ablación, son mutiladas 3 millones de mujeres africanas por año. El 12 de marzo pasado 59 aldeas de Senegal y Mali procedieron oficialmente a una declaración pública de abandono de la ablación. Burkina Faso es el país precursor en esta lucha.

La estación seca en Burkina Faso durará unos días más, pero pronto no se podrá pasar por Bissiri, un villorrio entre matorrales, ubicado a unos cincuenta kilómetros de Uagadugú, la capital. Una treintena de casas de ladrillos duros, dispersas en varios metros cuadrados, a veces precedidas por un patio cerrado con una pared, anticipan una pequeña represa. Bajo un gran árbol, unas cincuenta personas esperan. Aminata Ouedraogo, miembro del Comité Nacional de Lucha contra la Práctica de la Ablación 1 (CNLPE, en francés), se regocija: "Están motivados, ya es algo". ¿Motivados por el interés en lo que les van a decir? ¿Por la perspectiva de una distracción? ¿Por la autoridad de sus jefes? En cualquier caso allí están, los hombres de un lado y las mujeres del otro.

Junto a tres colegas del CNLPE, Ouedraogo vino a animar una de las últimas "charlas educativas" de la temporada. Un joven de unos veinte años, vestido con una camisa de tela estampada que reproduce el cartel de la "Jornada internacional de la mujer", su referencia en el lugar, comienza un discurso en mooré, única lengua que todos comprenden. Habla durante diez minutos con tono monocorde. Ouedraogo masculla: "Esto así no va". Se levanta y hace volver al joven a su lugar. El público espera.

Y entonces Ouedraogo comienza a hacer mímica, a saltar de un pie al otro; va hacia las mujeres, se vuelve hacia los hombres, hace preguntas, obliga a participar a unos y otras. Saca la lengua. "¿Saben para qué sirve esto?" Algunos responden: "para comer"; "para lamer" (risas socarronas). "Para sentir el gusto." "Eso, para sentir el gusto. Sirve para apreciar lo que es bueno y lo que no. ¿A ustedes no les han cortado la lengua? ¿La siguen teniendo?" Asentimiento. "Entonces, ¿por qué, más abajo, cortamos?" Alaridos de risa. Pero alaridos que oscilan y luego se detienen, en el momento en que la observación cumple su cometido. La partida está ganada: durante una hora, Ouedraogo desarrolla los argumentos contra la ablación, los vincula con los derechos fundamentales, hace un paralelismo entre las diferentes costumbres mostrando que no hay en ellas nada de universal, desarma el argumento religioso, toma a Europa como ejemplo para probar que las mujeres sin ablaciones pueden parir y casarse como las demás...

La ablación está prohibida en Burkina Faso desde noviembre de 1996 y su práctica sancionada por el Código Penal 2. Lo que es más sorprendente, la ley se aplica (ver recuadro). En Kogolonaba, un barrio de las afueras de Uagadugú, se encuentran los locales del CNLPE. Ni sombra de riqueza, salvo algunos pesados vehículos 4 x 4 blancos, con el logo del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). Oficinas superpobladas, pintura descascarada, pasillos llenos de bolsas de cemento. En las mesas, algunas computadoras. Dado el costo de la comunicación, está prohibido llamar hacia teléfonos móviles desde la oficina.

En las paredes hay carteles contra la ablación, ingenuos, crueles y crudos. En uno, una mujer joven, rodeada de máscaras africanas, tiene las manos sobre su sexo, una caracola negra de la que brotan algunas gotas de sangre roja. La consigna es: "¡Digan no a la práctica de la ablación!". En otro, un puñado de hombres y mujeres, funcionarios, intentan luchar contra la bárbara costumbre. Convencidos, militantes. Sin matices. No hay aquí ninguna consideración multicultural, ninguna revalorización del peso de las tradiciones. Una única consigna: hacer retroceder esta práctica. Hay sociólogos, investigadores y agentes públicos. Desde 1990, actúan 45 Comités Provinciales del CNLPE, que multiplican los desplazamientos de campo. Porque el verdadero y primer problema es la información: ir aldea por aldea diciendo que todo ha cambiado, que lo que ayer estaba permitido hoy está prohibido.

Convenciendo a los jefes

Hay que imaginarse a Burkina Faso, uno de los países más pobres del mundo 3. Es una vasta extensión de tierras muchas veces áridas, situada en pleno Sahel 4, donde se malvive sobre la base de una economía campesina, en manos de un régimen político que oscila entre cierta democracia y períodos de endurecimiento. Cohabitan allí sesenta etnias, que hablan lenguas diferentes, con una tasa de alfabetización muy baja 5. El 85% de los habitantes vive en el campo. Los pueblos están dispersos en la llanura, en general alejados unos de otros; las rutas asfaltadas son escasas y la estación de las lluvias aísla a algunas regiones durante meses. La primera dificultad consiste en vencer las distancias, los kilómetros de caminos, el barro, la falta de vehículos, de altoparlantes, incluso de pilas para los grabadores.

En Beré, pequeña aldea de la provincia de Bazega, la asociación local Mwangaza Action anima una jornada de talleres destinados a los jefes consuetudinarios. Comienzan largas horas de trabajo separadas en módulos muy precisos. Hay que lograr que los interesados comprendan por sí mismos lo absurdo de sus posiciones, antes que imponerles pretendidas evidencias. "Está bien la ley -afirma Roger Belensigri, un sociólogo que trabaja en Beré-. Pero no sirve para nada mientras la gente no esté convencida." Se inicia entonces una larga lista de presentaciones, en la sala de reuniones del pueblo. Fina, vestida con un hermoso vestido azul, con zapatos de taco aguja blancos, Amila Tapsora, miembro de Mwangaza, desarrolla el programa en mooré. Los carteles están escritos a mano en papel kraft y la cinta adhesiva se usa con parsimonia. Los jefes están más o menos atentos. Uno se duerme. Dos jóvenes se ríen en un rincón.

La sesión comienza con una hora de curso sobre los órganos genitales femeninos, acompañado de dibujos de un realismo bastante crudo. Impasible, Tapsora muestra, con una regla, de qué se trata, después de haber pedido a dos voluntarios que precisen lo que saben sobre esos órganos. En lo que se refiere a la parte externa, se las arreglan. Pero los detalles más internos y las sutilezas de la reproducción son desconocidos, o casi. Las burlas y bromas son legión en esta etapa.

Luego, insensiblemente, la tenaza se cierra. ¿Qué saben de la ablación? ¿Qué saben de las razones para la ablación? ¿Cuál es, en su opinión, el discurso de la religión sobre la ablación? Son desmenuzados los pretextos, las costumbres y las certezas. Al término de la jornada, todo el mundo está visiblemente fatigado. Un hombre protesta porque era el día de la fiesta del "Mouloud" (que celebra el nacimiento del profeta Mahoma) y lo esperaban en su casa. Otro se ha ido. Pero varios han manifestado interés y ninguno rechazó violentamente lo dicho, como ocurría con frecuencia en el norte del país. ¿Qué quedará de todo esto?

A la noche, los animadores analizan la situación. Roger Belensigri se muestra convencido, pero Séverine Zongo, su colega, expresa dudas. Hace ya varios meses que están allí y se quedarán todavía seis meses en el lugar. Ella enumera las dificultades con que chocan: falta de recursos ante demandas en aumento, factores sociológicos que hacen pesado el proceso, clandestinidad creciente... "El verdadero desafío es llegar a convencer a los jefes consuetudinarios -explica Drissa Sawadogo, de la Oficina de Asuntos Sociales de la provincia de Bazega-. Tienen miedo de que esto socave su influencia, lo cual a sus ojos se ve confirmado por el atrevimiento de los jóvenes." Poseedores de un verdadero poder en las aldeas, tienen una influencia superior incluso a la de los jefes religiosos.

Algunos ya se han dejado convencer. Las personas presentes en Beré se acuerdan de la triunfal jornada del 3 de mayo de 2003, cuando 23 aldeas hicieron una declaración conjunta de abandono de la práctica de la ablación. Cinco mil personas asistieron a la ceremonia, cubriendo como un ejército la plaza del pueblo. Durante meses (de diciembre de 2000 a marzo de 2002, con una interrupción debida a la estación de las lluvias), Beré, Bindé y otras aldeas siguieron un programa de información y de sensibilización que abordó los derechos humanos, la planificación familiar y la condición de la mujer.

Fue un día de fiesta. Estuvieron allí la televisión y la prensa del país, que en general sólo se desplazan si hay alguna remuneración prevista. Se había levantado una tribuna. Hacía calor, pero la gente se puso su mejor ropa. Una mujer subió a la tribuna y leyó la declaración: "Practicábamos la ablación porque creíamos que era algo bueno para nuestras hijas, porque éramos analfabetos, porque ignorábamos las consecuencias de esa práctica sobre la salud, porque ignorábamos que todo ser humano tiene derechos, como el de disponer de su cuerpo". El mensaje era claro: de la ignorancia nace la oscuridad y es por medio de la educación que vendrá la luz. Una educación que todavía choca con contundentes negativas.

En el norte del país, en la provincia de Oudalan, Karamoko Traoré es jefe consuetudinario. Tiene unos cincuenta años, algunos mechones grises en su corta barba, la cabeza cubierta con un sombrero tradicional y una túnica azul y blanca. Toda esta agitación en torno a la ablación casi lo divierte. "Siempre hemos practicado la ablación. Es la tradición. ¿Por qué habría que cambiar? Si no se las opera, las chicas corren por todos lados. Para que lleguen vírgenes al matrimonio, hay que hacerles la ablación. Es más higiénico. En la aldea de mi cuñado hay mujeres que no tienen hecha la ablación. Y están locas." ¿Locas cómo? Sonríe, pero no responde. "Siempre tuvimos placer con nuestras mujeres. Hoy los jóvenes ya no respetan nuestras costumbres. Por eso hay sida, el divorcio aumenta y también la prostitución. Los primeros musulmanes se escondían para rezar y terminaron ganando. Lo mismo ocurrirá con los que se ven obligados a hacer la ablación a escondidas. Yo quise que a mis hijas se les aplicara la ablación. Cumplí con mi deber. A ellas les corresponde ahora cumplir con el suyo."

Estos argumentos pueden multiplicarse. Así, se oye decir que el clítoris contiene gusanos (una confusión frecuente con las secreciones vaginales ligadas a una mala higiene), lo que haría al hombre impotente y mataría al bebé al nacer, puesto que su cabeza lo toca... La idea de la iniciación es más seria, ya que en muchos casos la ablación forma parte de un rito. Pero, ¿qué significa ese rito cuando, como ocurre hoy, se mutila a niñas cada vez más pequeñas, a veces sólo de algunos meses?

En cambio, mencionar la pérdida del placer resulta inútil, como lo constata el sociólogo Zachari Congo. "A la mayoría de las mujeres se les practica la ablación siendo vírgenes y tienen dificultades para darse cuenta de lo que eventualmente perdieron. Para luchar, más vale resaltar los argumentos sanitarios. Es concebible renunciar a la ablación para facilitar la llegada de un niño. Pero no para que las mujeres aumenten su placer sexual."

Con frecuencia, lo que se manifiesta es el temor a obedecer a los "blancos". El periodista Boubacar Traoré escribe en un editorial titulado "No condenen la ablación" 6: "Desde muchos puntos de vista, el combate contra la ablación atestigua también un fulgurante choque de culturas. ¿Cómo explicarle a una vieja de Malí que practica la ablación, cuyas competencias le fueron transmitidas por su madre, que a su vez las recibió de la suya, que su actividad es hoy un delito? Hay prácticas que desde una perspectiva occidental pueden parecernos por lo menos salvajes, pero que en otros lugares están inscriptas como un rito banal. La cuestión es únicamente de orden cultural. Y guardando todas las proporciones, ustedes encontrarán más de un africano escandalizado al ver que muchos occidentales no dudan en desembarazarse de sus propios padres, una vez que se han vuelto viejos, poniéndolos en un hospicio... No hay que dejarse atrapar por la facilidad de un juicio maniqueo, dictado por un etnocentrismo endógeno".

Educación y represión

La educación tuvo que apoyarse en su vieja compañera, la represión. Desde noviembre de 1996, hay una ley que condena la ablación. Prevé penas de prisión de 6 meses a 3 años para quienes las practican y de 5 a 10 años en caso de muerte de la víctima, además de una multa de 150.000 a 900.000 francos CFA 7, entre 229 y 1.372 euros. A los médicos les corresponde el máximo de la pena y la prohibición de ejercer durante cinco años. Los que no denuncian pueden tener que pagar multas de 76 a 152 euros. Para las denuncias tienen a su disposición un número telefónico gratuito, de SOS ablación, ya que el costo de la comunicación podría disuadir a muchos.

Ese teléfono suena en la oficina del policía Antoine Sarron. Esta vez, un vecino señala que se está preparando una ablación en un patio, en la zona de Tampoui, en Uagadugú. Junto con otros dos agentes, Sarron sube al auto de la comisaría y sale.

Tampoui es uno de esos barrios pobres como los hay cada vez más en los alrededores de Uagadugú, aun cuando a lo lejos se asomen los edificios de "Uaga 2000", la nueva ciudad "estilo Brasilia" que se está construyendo. Una calle sin asfaltar de tierra roja, donde el polvo vuela al paso del vehículo, mendigos que duermen en el suelo, un canal para hacer correr las aguas, un sinfín de negocios que venden de todo y "maquis", esos pequeños restaurantes populares en cuyo interior chisporrotean menudencias de oveja. El automóvil se detiene ante una casa, provocando inmediatamente una aglomeración. El policía se baja del auto y golpea. Enseguida, gran conmoción en la calle, más expresión de curiosidad que de agresividad. Tanto mejor. Cuantos más vean y oigan, más alcance tendrá el mensaje.

Abre una mujer. ¿Sabe de qué se trata? Por sus ojos pasa la vieja luz, mezcla de malicia y temor, de quienes aguardan a la policía y esperan embaucarla. "Buenos días. Soy policía. Recibimos un llamado informando de que aquí iba a haber una ablación." Silencio. Llega un hombre. "¿Una ablación? ¿Aquí? No." Sarron ya tiene claro que se trata de la dirección correcta. Las negativas del hombre son demasiado enfáticas y no demasiado convincentes. Entra en el patio con los otros dos policías. Dos niñas juegan. ¿A cuál de las dos van a operar? Tal vez a las dos...

Todavía están a tiempo de impedirlo. El policía explica. Recuerda que la ablación está prohibida, invoca la ley, los riesgos, intenta justificar la razón de la prohibición. Frente a él, aunque sin confesar (el policía no los empuja a hacerlo), la gente de la casa ni siquiera niega. Después de una hora de discusión, Sarron se va. ¿Los convenció? No lo sabe. Pero prefiere prevenir a reprimir. "Ahora saben. Espero que el mensaje les llegue. Muchas ablaciones se hacen todavía porque la gente es ignorante. Si de todas maneras lo hacen, lo sabremos. Y entonces, deberé aplicar un castigo."

En las provincias, la brigada de la policía local es la que acude a los lugares. Pero todavía hay algunos, demasiados, que hacen caso omiso. Incluso en las ciudades. Uagadugú se conmocionó, hace dos años, por la detención y condena de una tal "señora Barry". El 15 de agosto de 2004, ella y trece de sus cómplices fueron detenidos en el barrio de Tanghin, en plena ciudad. Acababan de praticar la ablación a dieciséis niñas, todas con el mismo y único cuchillo. La señora Barry tenía 70 años y había estado ya cuatro veces encarcelada por ablación. Cobraba 250 francos CFA (38 centavos de euro) por operación. Esta vez recibió seis años de prisión. Desde entonces se convirtió en el símbolo de la obstinación en hacer ablaciones.

Pero no es la única: poco después, el 16 de agosto de 2004, se descubrieron cinco víctimas en Massé, una de las cuales, de dos años de edad, murió. Su abuelo había pedido que se le practicara la ablación. Sin embargo, la mujer que la realizó, llamada Bila Kaboré, había sido sensibilizada antes y había jurado dejar de hacerlo. Un mes más tarde, en septiembre de 2004, en la provincia de Nahui, una niña pidió ella misma que se le hiciera la ablación porque sus compañeras se burlaban de ella. También en este caso, quien le practicó la ablación había abandonado sus cuchillos, pero los fetiches le dijeron que moriría ese año si no lo hacía.

Riesgos de la clandestinidad

El inevitable peligro ligado a toda prohibición, la clandestinidad, se extiende. La ablación se practica a escondidas, cada vez más temprano, a veces a niñas de sólo algunos días, porque resulta más fácil. Generalmente, la gente de la ciudad va al campo, donde se ven a veces suntuosos vehículos todo terreno que se detienen ante la puerta de una mujer que practica la ablación. Hay padres que van a Malí o a Ghana, donde ninguna ley prohíbe su práctica. Todavía no se han producido condenas por ablaciones hechas en el extranjero. En esos casos la higiene es todavía más improbable y las tarifas aumentan. ¿En qué proporción? Difícil saberlo.

Los "bolsones de resistencia" son todavía numerosos. Hay dieciséis provincias identificadas. Para las que practican la ablación, que se transmiten su cargo de madre a hija, el oficio se vuelve cada vez más rentable, precisamente por su clandestinidad. "Observé a mi madre durante diez años, después tomé la posta -explica una mujer de Markoye, en la provincia de Oudalan-. Hice ablaciones desde los 22 a los 46 años. Me buscaban las madres. Dejé el día en que una niña estuvo a punto de morir."

Sin embargo, algunas abandonan la práctica y en algunos países, como en Burkina Faso, las expertas en el oficio dejan sus cuchillos. ¿Pero qué hacer luego con esas mujeres a quienes se les ha confiscado su medio de vida? Se abrió un debate sobre la necesidad de que el Estado les procure un trabajo sustituto 8. Félicite Bassolé, presidenta del CNLPE, se opone a esta solución, porque ve en ella tanto una legitimación de su actividad como la ocasión de extorsionar si lo que se les ofrece a cambio finalmente no les conviene. "Yo no quiero reconvertirlas, porque reconvertirlas es también reconocerlas", protesta Bassolé.

Queda mucho por hacer. Es cierto que el CNLPE no es una herramienta perfecta. Pero, aunque desprovisto de recursos, sin un poder real para alcanzar los objetivos fijados e impotente para controlar el aumento de las ablaciones clandestinas, ha logrado resultados. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) constató en 2001 que la práctica persistía en 14 de las 45 provincias de Burkina Faso, así como su disminución en la escala de edades; el 75,4% de las mujeres de más de 20 años habían sufrido la ablación, una tasa que cae al 43,6% para las adolescentes de entre once y veinte años, y al 16,3% para las niñas de entre cinco y diez años; el 58,72% de las mujeres musulmanas habían sido sometidas a la ablación. Ha mejorado mucho la información a nivel local. Ahora el 90% de la población sabe que la ley existe. Entonces, los que la transgreden no pueden ignorar lo que hacen. Ni a lo que se arriesgan.

  1. Según la Unesco, la mutilación sexual femenina -conocida como ablación- implica, en el 8% de los casos, la ablación del clítoris y a menudo la de los labios menores. La infibulación es una ablación que incluye la de los labios mayores, cuyos muñones se suturan de un extremo a otro. La ablación se practica en 28 países africanos y dentro de las comunidades de inmigrantes en Europa, Australia, Canadá y Estados Unidos (n. de la t.).
  2. Joelle Stolz, "Le Burkina Faso fait reculer l'excision", Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1998.
  3. Burkina Faso se ubica en el número 175 en la Escala de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que considera a 177 países.
  4. Zona árida entre el desierto de Sahara y la región tropical, más al sur.
  5. Sólo el 8,1% de las mujeres de más de 15 años y el 18,5% de los hombres de más de 15 años están alfabetizados, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
  6. "No condenen la ablación"
  7. Moneda de la Comunidad Financiera Africana, compuesta por 14 países, que fueron antiguas colonias francesas (n. de la t.).
  8. En Guinea, algunas practicantes de la ablación amenazaron con retomar su actividad si no se las subvencionaba mejor, y jóvenes que nunca la habían practicado se declararon expertas en ablación que estaban dejando el oficio para tener derecho a ese trabajo sustituto.

Los combates de Thomas Sankara

Prolongeau, Hubert

Las primeras protestas en Burkina Faso contra la ablación, una práctica que existía desde antes de la llegada del islam, se remontan a comienzos del siglo XX. Emanaron especialmente de los religiosos blancos. Algunos habitantes siguieron sus consejos. Sin embargo, las niñas que no eran sometidas a la ablación tenían dificultades para encontrar marido, y si lo encontraban, los maridos las hacían mutilar después del matrimonio. En los años 1960, después de la independencia, el nuevo presidente de Alto Volta (antiguo nombre de Burkina Faso), Maurice Yameogo, intentó una campaña de sensibilización, pero se le reprochó tener una actitud de “blanco de piel negra” y debió dar marcha atrás.
El año 1975 fue el Año Internacional de la Mujer. Algunas denunciaron ese flagelo por radio, pero en muchos casos se les respondió con violencia. Hubo que esperar todavía diez años, hasta la Semana Nacional de la Mujer, creada en 1985 por el presidente Thomas Sankara, para que se escuchara el mensaje. La acción de Sankara en este ámbito fue muy innovadora: nombró a varias mujeres en el gobierno, las exhortó a luchar para obtener su emancipación, se pronunció contra la poligamia (a la que reglamentó) y contra la ablación (que prohibió).
En mayo de 1988, un seminario nacional reunió a 300 representantes de todos los organismos involucrados y concluyó, en octubre, con la creación de un Comité Provisorio de Lucha contra la Ablación. El 18 de mayo de 1990 se implementó el Comité Nacional de Lucha contra la Práctica de la Ablación (CNLPE), definitivo esta vez, cuya presidente sigue siendo Chantal Compaoré, esposa del actual jefe de Estado, Blaise Compaoré, acusado de haber hecho asesinar a su hermano de armas Thomas Sankara en octubre de 1987.
En noviembre de 1996 se promulgó la ley de prohibición, que incluye sanciones penales. Este avance espectacular culminó en mayo de 1997 con la creación de un secretariado permanente del CNLPE, y en mayo de 2000 con la instauración de una jornada nacional de lucha contra la ablación, el día 18 de mayo de cada año.


Autor/es Hubert Prolongeau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 86 - Agosto 2006
Páginas:34,35
Traducción Lucía Vera
Temas Movimientos de Liberación, Sexismo, Derechos Humanos
Países Malí, Senegal