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Recuadros:

El sueño costarricense de los “nicas”

¿Qué queda de la Revolución Sandinista? El recuerdo de las luchas que el 17 de julio de 1979 culminaron en la caída de la dictadura de Anastasio Somoza. El desastre de las políticas neoliberales impuestas después de la derrota electoral de 1990. El triunfo de Daniel Ortega el 5 de noviembre ¿pondrá fin al caos social que lleva a decenas de miles de nicaraguenses a exiliarse?

Como cada lunes al atardecer, están allí, esperando. Son sobre todo ancianos, mujeres y niños. En el cruce de dos callejuelas polvorientas, están atentos a la llegada de la camioneta. Todo el pueblo de Santa Rosa del Peñón, en el norte de Nicaragua, espera noticias de Costa Rica. Cuando el vehículo que entrega los paquetes aparece vertiginosamente en medio de una nube gris, se genera una verdadera batahola: la gente se acerca para retirar cartas, pagarés metidos en un sobre y hasta una pequeña heladera. Desde el país vecino, los emigrantes originarios de Santa Rosa ayudan a sus familias: el pueblo depende de la ayuda externa. Las sumas enviadas varían entre 10 y 100 dólares mensuales, "para poder comer", "para los cuadernos de los niños", "para los medicamentos" o "para pagar una deuda".

Desde que Nicaragua redujo sus servicios públicos, los gastos escolares y de atención médica se hacen sentir sobre la población, incapaz de asumirlos. Y a pesar de recibir un flujo regular de dólares, Santa Rosa del Peñón se contenta con sobrevivir.

Tradicionalmente, la región estaba dedicada a la agricultura. Ya no produce casi nada. "Cultivamos fundamentalmente para nuestro propio consumo, ¿cómo producir más?", se pregunta Julio Antonio Niño en medio de su campo invadido por los hierbas salvajes. Y añade: "No puedo invertir en un pozo ni en un sistema de riego, porque los créditos son muy caros [40 %, n. de la r.] y los bancos sólo dan préstamos a las grandes explotaciones que tienen garantías sólidas". Eso es algo que están comprobando todos los pequeños campesinos nicaragüenses. La crisis del café, originada en el derrumbe de los precios internacionales, ensombreció aun más el panorama.

Claro que, oficialmente, el gobierno se preocupa por los campesinos, en un país donde la mitad de la población vive en zonas rurales. Pero en realidad, su política económica tiene otras ambiciones: apertura de las fronteras, competitividad internacional por medio de una agricultura de exportación, inversiones extranjeras en las zonas francas que según el presidente saliente, Enrique Bolaños generan miles de empleos. Esa performance hace sonreír amargamente a Julio: "Sí, algunas mujeres del pueblo se fueron a trabajar en las maquilas textiles, es mejor que no hacer nada. Pero los salarios son dos veces más bajos que los de Costa Rica...".

"Costa Rica", de eso se trata, precisamente. Se estima que uno de cada cinco habitantes de Santa Rosa fue o es inmigrante en ese país. En el nivel nacional, unas 500.000 personas habrían cruzado el San Juan, el río fronterizo, mientras que otras 300.000 se habrían dispersado en otras latitudes, lo que representa cerca del 14% de la población. Para los campesinos sin recursos, Costa Rica es el destino mas evidente: está a pocas horas de autobús y hasta hace poco no se requería visa, lo que implica un ahorro de unos diez dólares, para los que desean ingresar legalmente. 

Independientemente del oficio de cada uno, muchos nicaragüenses trabajan como peones en las plantaciones costarricenses. Banana, café, ananá, azúcar, naranjas: el país vecino supo diversificar exitosamente el negocio agrícola y requiere mucha mano de obra. "A partir de enero me voy allá, a recoger el café, y luego sigo con las otras cosechas", explica Julio Antonio Niño, quien, harto de las dificultades para trabajar el campo en Santa Rosa, cada año pasa la frontera ilegalmente. "Y como hacen otros aquí, regreso para sembrar el frijol. Gano al menos el doble de lo que podría ganar en Nicaragua." 

Una migración de supervivencia

Históricamente, ya sea para escapar a los períodos de violencia, a la dictadura de Anastasio Somoza, o a la guerra de la década de 1980, los nicaragüenses siempre se dirigieron hacia su vecino del sur. Pero desde la década de 1990 la migración se volvió económica. Una migración de supervivencia. Luego de la guerra, la desmovilización dejó en la calle a miles de soldados y contrarrevolucionarios, sin recursos ni futuro, y la economía nicaragüense se mostró incapaz de integrarlos.

Por entonces, la prioridad de Managua era privatizar y reducir los gastos públicos. Costa Rica, con su crecimiento económico y su Estado providencia, notablemente desarrollado para la región, surgió como El dorado al alcance de la mano. Martha Cranshaw, miembro de la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones (RNSCM), una organización no gubernamental (ONG) de apoyo a los emigrados y a sus familias, considera:  "Nuestro gobierno tiene un real interés en esa emigración. Hace bajar la presión del desempleo. Pero ahora empezamos a ver el impacto que tiene en nuestro país ese fenómeno". Impacto que algunas veces va a contracorriente de los análisis de moda...

Mientras que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) cuentan con las remesas de dinero de los emigrados para reactivar el desarrollo, las investigaciones hechas sobre el terreno, en Nicaragua, demuestran que los 900 millones de dólares de transferencias -cifra que supera la del total de las exportaciones del país- sirven sobre todo para hacer menos dura la vida diaria de una población al límite 1. La RNSCM observa además otro fenómeno, más difícil de cuantificar inmediatamente: "Poco a poco, nos vamos dando cuenta de los miles de dramas individuales que genera la emigración del padre o de la madre de familia. Considerado de manera colectiva, el impacto de ese fenómeno sobre nuestra sociedad es inmenso", afirma Martha Cranshaw. Familias desestructuradas, hijos criados por abuelos que no siempre están presentes, ausencia de la figura paterna o materna, deserción escolar: ¿qué sociedad futura está creando Nicaragua?

En Santa Rosa del Peñón, un abuelo cuyo hijo partió con su esposa pero dejando a los niños, explica: "Mi mujer y yo criamos a nuestros nietos, pero a veces la tensión con ellos es muy fuerte, y nos preocupamos mucho por nuestro hijo, que está en Costa Rica indocumentado. A veces me digo que hay que buscar otra manera de solucionar las cosas. Hay demasiados riesgos, para nosotros y para ellos".

En las calles de San José, la capital costarricense, es fácil identificar a los nicaragüenses. Tienen la piel más morena, los cabellos más oscuros, e indefectiblemente cargan una mochila en la que llevan su ropa de trabajo o prendas para cambiarse. Los hombres trabajan en la construcción o como guardias privados. Las mujeres, como empleadas domesticas. Los que vienen a trabajar por temporada suelen carecer de documentos, pero también los que se instalan por varios años. Sólo la mitad de los "nicas" que viven en Costa Rica tendrían una situación legal. Todos o casi todos conocen el duro trabajo de las plantaciones de café o de otros cultivos. Pero para la gran mayoría de los 4,3 millones de "ticos" -como se llama a los costarricenses- son sobre todo el diez por ciento indeseable de la población. 

"¡No seas nica!"

"El nicaragüense encarna una forma de anti-valor para los costarricenses", afirma contundentemente Carlos Sandoval, un sociólogo de la Universidad de San José. A su entender, la construcción de la identidad de Costa Rica se concretó en torno de conceptos fuertes: la blancura de la piel, llamativa en el contexto centroamericano y debida a la escasa presencia de población indígena cuando llegaron los conquistadores españoles; la estabilidad  de la democracia, que registró pocos episodios de violencia; los buenos resultados de la economía y de un Estado providencia únicos en la región. Para las naciones vecinas y para sí mismo, ese pequeño y hermoso país en las montañas es efectivamente "la Suiza de América Central". ¿Acaso no es el único que recibe masivamente turistas de países desarrollados en busca de sus playas y de su jungla, de su vida plácida y su turismo ecológico?

Visto desde aquí, Nicaragua, con sus guerras y su crónica inestabilidad, aparece como un país inmaduro, condenado a la pobreza. En Costa Rica, los nicaragüenses, de piel morena, son vistos como seres violentos, ignorantes y poco confiables, además de ladrones y alcohólicos. Un insulto bastante corriente es: "¡no seas nica!", ("¡no seas idiota!")...

Esa xenofobia latente -a la que, por otra parte, responde un racismo anticostarricense bastante fuerte en Nicaragua- vuelve a surgir periódicamente, en cuanto se agudiza el eterno conflicto sobre la navegación del río San Juan, que marca la frontera. Pero ambos países conviven con ese conflicto. O mejor dicho, convivían. Porque luego de la adopción de una nueva ley sobre la inmigración, a fines de 2005, el clima se deterioró.

Adoptando la misma postura que asumió Estados Unidos ante la llegada masiva de inmigrantes, San José cuenta con una ley que el nuevo presidente de la República, Oscar Arias -premio Nobel de la Paz, y ajeno al partido que la promovió- calificó de "draconiana", agregando que podía transformar a la policía de migraciones en una nueva Gestapo. Esa ley costarricense, basada en el modelo de legislación que se debate en Washington, prevé mayores limitaciones para la inmigración legal y medidas represivas contra los indocumentados, los que los albergan o les dan trabajo. Sólo que para que esas disposiciones se apliquen realmente, se necesitan medios humanos y financieros que el país no tiene...   

Indeseables e imprescindibles

Cabe preguntarse si esa ley no fue una respuesta simbólica a la exasperación de la población, que ya es enorme. Una noche de noviembre de 2005, el propietario de un taller situado a unos treinta kilómetros de San José lanzó sus dos perros rottweiler contra un joven nicaragüense que aparentemente trataba de ingresar en su propiedad. Ante la mirada de la policía, que había sido alertada pero que se mantuvo impasible, los dos perros dieron muerte al joven. Una cámara filmó la escena, que los telediarios transmitieron como noticia primordial: el primer hate crime de Costa Rica llevó al máximo nivel la tensión entre ambos países.

Algunos meses después, entre los macizos de flores de colores del Parque de la Merced, lugar de encuentro dominical de los nicaragüenses en San José, Gustavo explica: "Ese día verdaderamente tuvimos miedo. Estábamos acostumbrados al racismo, pero morir de esa manera es espantoso. En Nicaragua la gente también se asustó. Una prima mía decidió ir a El Salvador, es menos peligroso y además no exigen visa". Mientras saborean las especialidades de su país preparadas por unos y otros, los "nicas" confían su preocupación. "Con la ley, todos quisiéramos estar en regla. Hasta ahora no nos preocupaba demasiado... En Nicaragua no hay papeles, y aquí es casi más práctico para todo el mundo estar ‘en negro'". Gustavo tiene 28 años y hace cinco que vive indocumentado. Trabaja en la construcción en el interior del país, y todos los fines de semana viene a ver a su mujer y a su hijo a San José. Al igual que otros nicaragüenses, se muestra contento de tener un hijo nacido aquí: "Así tiene la nacionalidad costarricense".

Últimamente, el ambiente que reina en Costa Rica, sumado a las necesidades de mano de obra de El Salvador (ver recuadro) parecen haber reducido la inmigración proveniente de Nicaragua. Esa tendencia preocupa a los grandes empresarios del país. En agosto de 2006 la Cámara de Exportadores se quejó abiertamente de la falta de mano de obra: podría reducir en un 15% las exportaciones nacionales, que dependen aproximadamente en un 25% del sector agrícola.

La economía costarricense, atípica en América Central, desarrolló los sectores secundario y terciario (fundamentalmente, una exitosa actividad de ecoturismo) pero aún descansa en gran medida en la producción agrícola. El país es el segundo exportador mundial de bananas, se destaca en la producción de café y desarrolló cultivos "de nicho" como las flores y los melones. Los trabajadores nicaragüenses son indispensables: en la región bananera de Sarapiquí, constituyen mas del 40% de la mano de obra. En opinión de numerosos economistas han constituido -y constituyen aún- una formidable variable de ajuste para una economía en plena transición. Representaron una ventaja considerable para los grandes exportadores agrícolas en el plano de la competencia internacional, al mantener los costos de producción lo mas bajo posible. Reemplazaron a los nacionales -actualmente con mayor calificación- en el sector agrícola y en la construcción y facilitaron también el acceso al mercado laboral de las mujeres costarricenses, al poner a su disposición un verdadero ejército de empleadas domésticas.

En privado, Oscar Alfaro, fundador de una empresa de transportes terrestres que opera en toda América Central y miembro de una importante organización patronal, confía su punto de vista: "Los costarricenses deben entender que necesitamos a los nicaragüenses. Nuestra política migratoria está basada en una filosofía securitaria mas que en un realismo económico, sin contar que escapa al marco de la más elemental solidaridad".

Alfaro recuerda que luego del huracán Mitch, que había asolado Nicaragua en diciembre de 1999, Costa Rica regularizó a 152.000 personas. "Siempre existirá una interacción entre nuestros dos países. Pero...  -y Alfaro hace suya una opinión mayoritaria en el pais- habría que enmarcar esa interacción, terminar con la ilegalidad. Eso afecta a nuestro sistema de salud pública y de educación, abierto a los extranjeros, pero ellos no participan en los aportes" (Alfaro omite decir sin embargo que los empresarios que emplean indocumentados tampoco aportan...).

El propio gobierno costarricense subrayó el costo social que implica la inmigración masiva en su pequeño país. Respondiendo a la denuncia de xenofobia presentada por Nicaragua ante la comisión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos 2, San José recordó que la Caja de Seguro Médico se hacía cargo de todos los casos de urgencia, embarazos y partos, sin tener en cuenta la nacionalidad de los pacientes. Afirmó, además, que la educación primaria era gratuita para todos. "Y eso en un país en desarrollo, con un porcentaje de inmigración superior al de los países desarrollados: 110‰, es decir, prácticamente igual que Luxemburgo, que posee el PBI mas elevado del mundo".

Para Carlos Sandoval, Costa Rica está en medio de una contradicción: necesita la inmigración para mantener su economía y contribuir a la renovación generacional, pero la sociedad costarricense es incapaz de afrontarla serenamente. "Cierto que las diferencias culturales forman parte del problema, explica el sociólogo, pero fue cuando nuestro país entró en crisis, en los años 1990, que el rechazo anti-nica se hizo fuerte. Sobre todo en el sector de población mas afectada". 

El racismo de los perdedores

El modelo social costarricense aspira a parecerse en gran medida a los sistemas europeos, con una fuerte tendencia a la redistribución y a la inversión pública 3. Sin embargo, en la década de 1980 la lógica liberal se impuso en el país. La inversión pública se redujo en educación, salud y vivienda social. Actualmente, las clases medias bajas son las que más sufren la degradación del nivel de vida. "El sector de la población más xenófobo es el que más perdió. Nuestra sociedad, que se considera una excepción, se siente en decadencia y proyecta ese sentimiento sobre los inmigrantes, sin preguntarse por la fragilización de nuestro modelo debida a las políticas económicas", comenta Sandoval. En 1999 se puso en tela de juicio la universalidad de una beca escolar para los más pobres: algunas autoridades se habían negado a concederla a los extranjeros. Al modo de algunos países del Norte, Costa Rica, inquieta por su futuro, fue aprendiendo a hacer diferencias entre los "nacionales" y los otros.

En Guararirí, villa miseria de las afueras de San José, se apretujan viviendas de los más diversos materiales, entre las cuales corre un hilo de agua sucia procedente del rutilante centro comercial situado más arriba. Allí viven varios miles de inmigrantes. A primera vista, Guararirí se parece a Nicaragua, sin embargo en esa barriada la gran mayoría de los habitantes tiene un empleo y en todas las casas hay agua corriente y electricidad. Es decir que allí se vive mejor que en el propio país. Pobre, sucia y a veces utilizada como refugio por los dealers, Guararirí, con su mala reputación, acoge también a cientos de familias costarricenses que cayeron en la pobreza. "Aquí no hay problemas de racismo, la realidad es la misma para todos", dicen sus habitantes. Por otra parte, la mayoría de las iniciativas para que "nicas" y "ticos" convivan mejor provienen de los barrios más pobres del país. "Esas iniciativas son positivas -comenta Carlos Sandoval- pues destruyen ciertos mitos que circulan sobre los nicaragüenses, como por ejemplo que les quitan el trabajo a los demás. En realidad, hacen los trabajos que ya rechazan los costarricenses". 

Pero las campañas de información sobre la fraternidad entre nicaragüenses y costarricenses tienen su límite. Actualmente el porcentaje de desempleo se mantiene en un nivel razonable (apenas 6,5%), pero algunos observadores se inquietan ante los efectos que podría tener un alza de ese índice. ¿Se mantendría el frágil equilibrio en que vive ese país en desarrollo si nacionales y extranjeros comenzaran a competir en el mercado laboral? En Guararirí, en el Parque de la Merced o en las plantaciones de la costa atlántica, la situación, que ya es tensa, podría volverse inmanejable.

  1. El estudio realizado en tres comunidades del país por la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones indica que el dinero que reciben las familias es utilizado prioritariamente para la alimentación (57%), para gastos médicos o escolares (respectivamente 12% y 17%) y para el reembolso de deudas (12%).
  2. http://www.corteidh.or.cr/
  3. En la clasificación del índice de desarrollo humano, Costa Rica está cerca de Croacia.

En El Salvador, dólares que cambian la situación

Bail, Raphaële

El Salvador es un caso de manual, un observatorio privilegiado para registrar los efectos de la emigración masiva sobre el país de origen. No es de extrañar, si se tiene en cuenta la dimensión del fenómeno. Según las estimaciones, entre el 25% y el 34% de los salvadoreños viven fuera de su país, es decir, entre 1,7 y 2,5 millones de personas; la enorme mayoría de ellas en Estados Unidos. La diáspora salvadoreña, muy bien organizada, cuenta con el apoyo del “viceministerio de los salvadoreños en el exterior”, consagrado a la defensa de sus intereses. En los diarios hay secciones enteras dedicadas al tema, en particular las páginas “Departamento 15” de La Prensa Gráfica, en referencia al decimoquinto departamento de El Salvador: Estados Unidos...
La diáspora salvadoreña se muestra generosa. Según el Banco Central, las transferencias de dinero (“remesas”) llegaron a 2.100 millones de dólares en 2003; 2.500 millones en 2004, y casi 3.000 millones en 2005. Sumas que rondan el 15% del PBI, es decir, muy superiores a los presupuestos de Educación y Salud sumados... Para las familias, esas remesas son un complemento nada despreciable de sus ingresos. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estima que entre el 20% y el 25% de la población recibe esa ayuda, por un monto de cerca de 400 dólares anuales por persona. En regiones de alta emigración (las zonas fronterizas con Honduras) esos envíos pueden representar casi un 30% del ingreso.
Uno de los reversos de la medalla fue la aparición y desarrollo en el país de bandas de delincuentes jóvenes y violentos, llamadas maras. En Estados Unidos, en un contexto social muy difícil, muchos jóvenes salvadoreños se incorporan a las bandas existentes en los guetos. Detenidos, condenados y encarcelados, son expulsados a su país de origen, donde integran las bandas locales, a las que aportan sus conocimientos en materia de armas y de violencia. Así se establecen redes que desde El Salvador hasta Honduras y Guatemala trabajan por cuenta de estructuras del crimen organizado.
Por otra parte, los 2,5 millones de salvadoreños instalados en Estados Unidos, país que está endureciendo su política migratoria, influyen en la política exterior de San Salvador. Para preservar esa fuente de remesas, verdadero pilar de la economía nacional, el país evita por todos los medios contrariar al Tío Sam. El Salvador se alinea detrás de Washington en todas las instancias internacionales y sigue siendo la única nación de América Latina que mantiene tropas en Irak.
La última pero no la menor de las paradojas: en el departamento salvadoreño de La Unión, la emigración generó una verdadera demanda de mano de obra... extranjera. Como los salarios en las plantaciones o en la construcción no pueden competir con el aporte de las remesas, los trabajadores salvadoreños rechazan esos empleos. Así es que se ven llegar autobuses enteros de obreros provenientes de las zonas rurales más pobres de los países vecinos. La mayoría de las veces están “en negro”. Carpinteros, vendedores ambulantes, empleados domésticos y peones son los oficios típicos de esos emigrantes hondureños y nicaragüenses, también atraídos por la dolarización de la economía salvadoreña (en 2001). Actualmente, en lo que hace a la recepción de inmigrantes, El Salvador compite incluso con Costa Rica.


La segunda industria de Ecuador

Lemoine, Maurice

“Es una verdadera tragedia nacional”, lanzaba Rafael Correa, pocas semanas antes de ganar las elecciones presidenciales del 26 de noviembre. ¡Ya no se sabe siquiera cuántos ecuatorianos viven en Ecuador! En los últimos veinte años, unos cuatro millones de personas debieron dejar el país 1. Y con razón... Cerca de la mitad de la población vegeta en medio de la pobreza. La dolarización decidida en 2000 hizo estragos en las condiciones de vida. Al provocar el aumento de los costos de producción, actualmente superiores a los de los países vecinos; esa medida destruyó la agricultura y la industria.
A ese cuadro se añade una deuda externa de 18.000 millones de dólares, a la vez que –explica Correa– en un país que es el cuarto productor de petróleo de la región “las multinacionales se llevan cuatro de cada cinco barriles de petróleo producidos, dejando sólo uno, la más baja participación de toda América Latina”. No es de extrañar entonces que las rebeliones populares hayan derribado a tres presidentes en diez años. Además, una ola de emigración desangró el país.
La hemorragia comenzó en la década de 1980, cuando el presidente León Febres Cordero impuso el modelo neoliberal. Hasta 2002, el 80% de los emigrantes pertenecía a sectores indígenas y campesinos. A partir de 2003 comenzaron a partir, fundamentalmente hacia Europa, profesionales, ingenieros, docentes, médicos. Esas personas todavía disponen de salarios, pero no así los más pobres. Ahora bien, el arriesgado viaje cuesta caro y todos se endeudan. Los coyotes, traficantes de seres humanos, cobraban para organizar el periplo entre Ecuador y Estados Unidos 4.000 dólares en 2000; 8.000 dólares en 2003; y actualmente exigen entre 10.000 y 12.500 dólares 2. Desde comienzos de 2006, la nueva política migratoria de Washington y el control que ejerce en la frontera aumentaron considerablemente los costos. Ante tal demanda aparecieron los “chulqueros”, que en el marco de un sistema financiero ilegal prestan dinero ¡a 30% o 40% de interés!
Los coyotes sacan a los candidatos a la American Way of Life por mar, hasta las junglas de América Central, desde donde los interesados pasarán clandestinamente la frontera mexicana, y luego, si todo marcha bien, la de Estados Unidos. El viaje a Europa –menos peligroso y más barato–  sólo requiere la falsificación de papeles y documentos. Actualmente viven en España 800.000 ecuatorianos, el 64% de los cuales tienen entre 15 y 40 años 3. Muchos cumplen jornadas agotadoras de 15 horas de trabajo en la cosecha de frutas y legumbres. Es que, además de tener que sobrevivir con salarios de miseria y enviar dinero a la familia, hay que pagarles a los “chulqueros”. Y la tragedia acecha. “Se trata de una mafia. Al dar el préstamo exigen las escrituras de la casa o del terreno. Si no comienzas a pagar te lo confiscan. Y peor aun, si te mueres tu familia se queda en la calle”, explica Freddy Cabrera, un docente que practica la enseñanza alternativa en la ciudad de Riobamba.
El 24% de la población ecuatoriana recibe dinero proveniente del exterior: 1.700 millones de dólares 4. Pero a qué precio... Parejas separadas, familias desestructuradas, disminución de la presencia masculina, empleo de mujeres en los trabajos más duros. Y pérdida de valores, añade Correa. “La gente que logró irse tiene hijos que no tienen ninguna conciencia del valor de las cosas. Gastan las remesas en vestimentas, en chucherías electrónicas, en baratijas, en cualquier cosa.” Un gran consumo sin desarrollo productivo. ¿Qué pasará el día de mañana?
En una pared de Cuenca, la tercera ciudad del país, puede leerse: “El último que se vaya que apague la luz”.

  1. La población se calcula en 13,5 millones de habitantes.
  2. El Universo, Quito, 25-6-06.
  3. El País, Madrid, 13-8-06.
  4. Segunda fuente de ingresos financieros del país, después del petróleo (1.900 millones de dólares).


Autor/es Raphaëlle Bail
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 90 - Diciembre 2006
Páginas:7
TraducciónCarlos Alberto Zito
Temas Movimientos de Liberación, Neoliberalismo, Política, Movimientos Sociales
Países Nicaragua