Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Los paranoicos del complot

Cinco años después de los atentados del 11 de septiembre, muchos liberales estadounidenses adhieren a la teoría de un complot interno, concebido por un sector de la clase dirigente. Tras las elecciones legislativas del 7 noviembre pasado, la insistencia en la conspiración no sólo pone en evidencia su infantilismo político, sino también el vacío teórico y estratégico que padece la izquierda.

¿Donde estaba la izquierda estadounidense durante la campaña que terminó el 7 de noviembre con la victoria de los demócratas en las dos cámaras del Congreso? ¿Estaba en la calle movilizada contra la guerra de Irak?

No; el movimiento anti-guerra está inerte desde hace meses. Y durante una de las raras manifestaciones pacifistas, organizada en mi ciudad, Eureka (en el norte de California), donde me pidieron que hablara, tres de los cinco oradores ni siquiera mencionaron este conflicto. Prefirieron agobiar al público -reduciendo considerablemente su tamaño- a golpes de interminables raciocinios sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001. ¿Cuál era su objetivo? Probar que se trató de un complot interno fomentado por George W. Bush y Richard Cheney o (variación sobre el mismo tema) por poderes oscuros de los cuales los inquilinos de la Casa Blanca fueron simples comparsas.

Cinco años después de los atentados, la teoría del complot en relación con el 11 de septiembre ha penetrado las defensas de la izquierda estadounidense. También se la encuentra en el seno de la derecha "populista" o "libertaria", lo que no tiene nada de sorprendente desde el momento en que esas dos corrientes de pensamiento desconfían del Estado y tratan muchas veces de desenmascarar al conspirador que mejor se ajusta a su animosidad del momento, ya se trate del fisco, de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (Federal Emergency Management Agency, FEMA), de los helicópteros negros de Naciones Unidas 1 o de los judíos.

En estos días son raros los militantes de izquierda que estudian economía política leyendo a Carlos Marx. Ese vacío teórico y estratégico lo han aprovechado las teorías conspirativas, que perciben en las malas acciones de la clase dirigente no ya la crisis de acumulación del capitalismo, o la búsqueda de una tasa de ganancia más elevada, o las rivalidades entre imperios, sino artimañas urdidas en lugares precisos: el Bohemian Grove 2, el Club Bilderberg, Davos, etc. Sin olvidar instituciones y agencias maléficas, con la CIA a la cabeza. El complot del 11 de septiembre llevó todas esas frivolidades al paroxismo.

Teoría del complot

Tropezamos con el absurdo central de esta tesis desde el primer párrafo del libro de uno de sus grandes sacerdotes, David Ray Griffin. En Le Nouveau Pearl Harbour 3, escribe: "La mejor desmentida de la versión oficial reside en el propio desarrollo de los acontecimientos del 11 de septiembre. (...) Teniendo en cuenta los procedimientos habituales en caso de secuestro de aviones (...) ninguno de esos aparatos hubiera debido alcanzar su objetivo, y menos todavía los tres al mismo tiempo".

La palabra clave es "debido". Uno de los rasgos que caracterizan a los adeptos del complot es que tienen una fe absoluta en la eficacia estadounidense. Muchos de ellos parten incluso de un postulado racista -que se encuentra en algunos de sus escritos- en virtud del cual los árabes no hubieran podido nunca llevar a buen término ese tipo de atentado. En cambio, ellos creen que los dispositivos militares estadounidenses operan como prometen los encargados de prensa del Pentágono y como afirman los representantes comerciales de la industria de armamentos. En consecuencia, no dudan de que cuando el vuelo 11 de American Airlines dejó de emitir su señal a las 8 horas 14 minutos, un controlador aéreo de la Federal Aviation Administration (FAA) hubiera "debido" recurrir inmediatamente al Centro de Comando Militar Nacional y al Comando de Defensa del Espacio Estadounidense (NORAD). Y están seguros, ya que lo leyeron en el "sitio de internet de la US Air Force", de que un F-15 hubiera debido interceptar el vuelo "hacia las 8:24 horas y, en todo caso, no después de las 8:30 horas".

¿Nunca leyeron un libro de historia militar? Porque en ellos se aprende que operaciones planificadas con el mayor cuidado -sobre todo cuando se trata de anticipar la respuesta a un peligro sin precedentes- fracasan regularmente por razones relacionadas con la estupidez, la cobardía, la corrupción o cualquier otro defecto de la naturaleza humana. Sin mencionar siquiera los imponderables climáticos. Según los planes más minuciosos del Strategic Air Command (SAC), un ataque lanzado por la Unión Soviética, en otros tiempos, debía provocar la apertura de los depósitos de misiles de Dakota del Norte, liberando así los proyectiles intercontinentales ICBM hacia Moscú y otros objetivos señalados. Sin embargo, las cuatro pruebas de este tipo fracasaron, al punto que el SAC debió renunciar a hacerlas. ¿Fue a causa de un equipo defectuoso, de incompetencia humana, de la estafa de un proveedor militar de equipos, o... de un complot?

El intento del presidente demócrata James Carter, el 24 de abril de 1980, de liberar a los rehenes de la embajada de Estados Unidos en Teherán terminó en un fiasco dado que una tempestad de arena dejó fuera de acción a tres de los ocho helicópteros; porque esas máquinas estaban mal construidas, o ¿quizá porque agentes de Ronald Reagan y del Comité Nacional Republicano (la elección presidencial estadounidense tuvo lugar siete meses más tarde) habrían volcado azúcar en los tanques de combustible? Cuando el señor Cohen aumenta los precios de su pequeño comercio, ¿es porque quiere ganar un dólar más porque su alquiler ha aumentado... o porque los judíos quieren dominar el mundo?

Algunas fotos del impacto del "objeto" (es decir, del Boeing 757, vuelo 77) se parecen al agujero que podría provocar un misil. Vean -dicen los abogados de la tesis de un golpe interno-, no fue el Boeing 757, sino un misil el que alcanzó al Pentágono. La idea de que la humareda existente al momento de tomar algunos negativos habría podido oscurecer el tamaño de la perforación se rechaza de entrada. Poco importa, en consecuencia, que Chuck Spinney, que se fue del Pentágono después de haber hecho conocer durante años las extravagancias presupuestarias del Ministerio de Defensa, me precisara: "Las fotos del avión que chocó contra el Pentágono existen. Fueron tomadas por las cámaras de vigilancia del helipuerto, situado justo al lado del punto de impacto. Yo las vi. Fijas o en movimiento. No estuve presente durante el impacto del avión, pero el chofer del vehículo del que yo acababa de salir lo vio en ese momento con tanta precisión que pudo distinguir hasta los rostros aterrorizados de los pasajeros en las ventanillas. Y conozco dos personas que se encontraban en el aparato. Una de ellas fue identificada gracias a sus dientes, encontrados en el Pentágono".

Los adeptos del complot van a objetar que Spinney ya había servido en el Estado, que las identificaciones dentarias fueron falsificadas, que el Boeing 757 fue desviado hacia Nebraska para una reunión con el presidente Bush, quien luego abatió a los pasajeros, quemó los cuerpos sobre el asfalto y le dio los dientes del amigo de Spinney a Dick Cheney, con el fin de que éste los dejara caer de su pantalón agujereado durante una inspección de los restos en el Pentágono...

Ironías aparte, centenas de personas vieron el avión, personas que saben diferenciar un aparato de línea de un misil. Y además, ¿por qué los heridos ese día, los que perdieron a amigos o colegas, participarían hoy de semejante puesta en escena? Por otra parte, ¿para qué utilizar un misil cuando se dispone de un avión y -si se sigue la tesis de los adeptos del complot- ya se ha logrado estrellar (gracias a un comando a distancia...) dos aparatos contra objetivos mucho más difíciles de alcanzar, como las Torres de Nueva York?

¿Acaso Osama Ben Laden reivindicó los atentados? Se nos dice que habría sido pagado por la CIA. Y así por el estilo...

Infantilismo político

En el fondo, ¿cuál es el propósito de todo esto? ¿Probar que Bush y Cheney son capaces de cualquier cosa? Sin embargo, pareciera que nunca probaron tener el nivel de competencia requerido para llevar a cabo con éxito una operación tan sofisticada. Al día siguiente de la victoria de las tropas estadounidenses en Irak, ni siquiera lograron transportar al lugar algunas cajas con las letras "ADM" (por "Armas de Destrucción Masiva"), aunque les hubiera bastado con mostrárselas a una prensa encantada para que la foto diera la vuelta al mundo y quedara establecida la "prueba" de la justicia de la guerra.

La victoria electoral de los demócratas va a recordarnos pronto que Bush y Cheney no son, en este punto, diferentes de los responsables de la política externa estadounidense que los precedieron, o de los que los seguirán. Existe un consenso bipartidario sobre las cuestiones de Israel, Irak, etc. Al tratar de convencernos de la peligrosidad inédita de la administración que está en el poder, los adeptos del complot contribuyen a alimentar la fantasía de que una nueva administración -Clinton, Gore o algún otro- se dedicaría a llevar a cabo políticas mucho más humanas que las actuales.

Las Torres -nos siguen diciendo- no se desplomaron a una velocidad inesperada porque estuvieran mal construidas (por razones vinculadas tanto a la corrupción, como a la incompetencia de las empresas de construcción, o al laxismo reglamentario de las autoridades), o porque fueron chocadas por grandes aviones llenos de combustible. Habrían caído a la manera de un milhojas porque los agentes de Cheney -¡de los cuales habrían hecho falta muchos!- habrían llenado los pisos con cargas explosivas en los días anteriores al 11 de septiembre. Fue un complot que implicó a miles de personas, todas cómplices de un asesinato masivo y todas muy silenciosas desde entonces...

Sin embargo, Maquiavelo nos enseñó que una maquinación incrementa su riesgo de ser develada cada vez que recurre a un nuevo cómplice. A fin de cuentas, en el caso de los terroristas del 11 de septiembre, muchos de ellos habían mencionado su proyecto. Pero lo que protegió el secreto y lo que explica que no se los haya tomado en serio fue la idea de que árabes armados con cuchillos no realizarían nunca semejante atentado.

Un lógico británico y un hermano franciscano del siglo XIV nos enseñaron que, cuando un hecho puede ser explicado de varias maneras, la explicación más verosímil es la que requiere el menor número de hipótesis sucesivas (principio de Occam Razor). Ahora bien, en el caso del 11 de septiembre, el recurso a la hipótesis de las cargas explosivas no es absolutamente necesario para explicar la caída acelerada de las Torres, incluyendo la Torre 7 no chocada por un avión. Un ingeniero detalló las razones prácticas que hacen que la teoría de los explosivos sea a tal punto improbable que se torna absurda 4.

Hay en Estados Unidos una buena cantidad de verdaderos complots. ¿Por qué entonces fabricar falsos complots? Cada año, los grandes propietarios y las autoridades de Nueva York "conspiran" para reducir la cantidad de cuarteles de bomberos, de manera que los barrios se quemen más fácilmente y que los pobres que allí residen los abandonen, con el fin de que los promotores puedan construir velozmente residencias de buen nivel. Este fenómeno se observa en Brooklyn y también en San Francisco, donde lo que queda de población negra vive en un barrio que tiene 900 hectáreas de terreno con una vista incomparable de la bahía. ¿Por qué no interesarse en este tipo de "complot"?

Los rusos -dicen- no habrían podido nunca construir una bomba atómica sin contar con traidores comunistas a su servicio. Hitler ya había sufrido una traición del mismo tipo, sin lo cual sus tropas nunca hubieran sido vencidas por el Ejército Rojo. John Kennedy no pudo haber sido matado por Lee Harvey Oswald: fue un golpe de la CIA. Y son innumerables las explicaciones de este tipo que "prueban" que ni los rusos, ni los árabes, ni los vietnamitas, ni los japoneses habrían podido realizar jamás lo que en cada caso lograron las cábalas de confabuladores cristianos blancos. Este tipo de análisis economiza muchas lecturas y aliviana el fardo de la reflexión. En los años 1950, el miedo a una guerra atómica ¿no engendró acaso alucinaciones de platos voladores?

Algunos militantes de la izquierda estadounidense imaginan que toda lluvia es el preludio de un arco iris. Uno de ellos, aunque se burla de la tesis de un "complot interno" del 11 de septiembre, me ha precisado así las cosas: "Lo que me interesa de este asunto es descubrir la considerable cantidad de gente dispuesta a creer que Bush o bien ha fomentado los atentados, o bien supo que se iban a cometer y dejó hacer. Esto sugiere que hay una masa de estadounidenses que ya no le otorga ninguna confianza a sus representantes electos. Y eso es lo que cuenta". "No estoy seguro -le respondí- de que se pueda encontrar alguna ventaja en tal cinismo, que desmoviliza y aleja a la población de batallas políticas que podrían ser productivas."

Es que la teoría del complot nace de la desesperación y del infantilismo político. Imaginar que eso pueda producir alguna energía progresista equivale a creer que un iluminado que se desgañita en una esquina cualquiera revelará pronto talentos de gran orador.

En su libro sobre los servicios secretos británicos, Richard Aldrich describe la manera en que un informe del Pentágono recomendó que los documentos relativos al asesinato de Kennedy, recién desclasificados, se pusieran en internet. ¿Cuál era el objetivo? "Apaciguar el incesante deseo del público de conocer ‘secretos', procurándole de buena fe material para su distracción". Aldrich agrega: "Si los periodistas de investigación y los historiadores de lo contemporáneo dedicaran todo su tiempo a cuestiones al mismo tiempo inextricables y muy desgastadas, se los vería menos en terrenos donde no son bienvenidos" 5. Casi de la misma manera, podríamos imaginar que la Casa Blanca se regocija con las obsesiones relativas al "complot" del 11 de septiembre, que desvían la atención de las mil y una artimañas del sistema de dominación actual. Más fundamentalmente, Theodor Adorno opinó, en Minima Moralia 6, que "la inclinación por el ocultismo es un síntoma de regresión de la conciencia".

  1. En 1987, una serie televisiva de ficción anunciaba que en menos de diez años los rusos, disfrazados de "cascos azules" de Naciones Unidas, iban a ocupar el territorio estadounidense; la serie se hizo eco de una fantasía de este tipo, al mismo tiempo que la alimentaba. Serge Halimi, "Effrayantes invassions", Le Monde diplomatique, París, octubre de 1995.
  2. Club selecto ubicado cerca de San Francisco, en cuyas reuniones participaron los ex presidentes Richard Nixon, Ronald Reagan, George W. Bush y William Clinton, así como el primer ministro británico Anthony Blair.
  3. David Ray Griffin, Le Nouveau Pearl Harbor, Editions Demi-Lune, París, 2006.
  4. Para la refutación de la teoría del complot.
  5. Richard J. Aldrich, The Hidden Hand, Overlook Press, Nueva York, 2002.
  6. Theodor Wiesengrund Adorno, Minima Morali: Réflexions sur la vie mutilée, Payot, París, 2003.
Autor/es Alexander Cockburn
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 90 - Diciembre 2006
Páginas:18,19
Traducción Lucía Vera
Temas Ciencias Políticas, Terrorismo, Política
Países Estados Unidos