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El regreso de los tártaros a Crimea

Mientras el oeste de Ucrania está masivamente poblado por ucranianos católicos-uniatas, la parte oriental cuenta con un 40% de rusos ortodoxos. En Crimea, estos últimos conforman incluso la mayoría de la población. Pero 250.000 tártaros sunnitas que volvieron de Asia Central, donde Stalin los había deportado en 1944, luchan por el reconocimiento de sus derechos políticos, lingüísticos y culturales.

"No queremos ser reconocidos como una minoría en nuestra propia tierra, sino como el pueblo autóctono de la República de Crimea". Con su hilo de voz casi inaudible y su cigarrillo casi perpetuo, Mustafá Djemilev, presidente del Mejlis -el "gobierno" tártaro de Crimea-, repite incansablemente las reivindicaciones del pueblo deportado en 1944 por Stalin hacia la lejana Asia Central.

Aprovechando la fragmentación de la URSS, 250.000 tártaros volvieron a Crimea 1. Hoy representan más del 12% de la población de esta península al sur de Ucrania, mayoritariamente rusófona 2 pero "regalada" por Nikita Kruschev a la República Socialista Soviética de Ucrania en 1954, para celebrar el 300º aniversario de la unión entre Rusia y Ucrania. Casi veinte años después del regreso de los primeros deportados, la situación de los tártaros de Crimea, pueblo turcófono y sunnita, sigue siendo extremadamente precaria y el recuerdo de la deportación permanece como una herida abierta.

En el pequeño edificio azul del Mejlis (el Ejecutivo) de Simferopol, la capital de la República Autónoma de Crimea 3, un grupo de hombres que rondan los cincuenta años hacen cola para obtener una entrevista y exponer sus quejas al "presidente". Para los tártaros de Crimea, Djemilev es un ícono viviente. Cofundador de la Unión de la Juventud Tártara en 1961, fue elegido para la dirección del Mejlis en 1991, luego de liderar, durante los años '70 y '80, el movimiento de rehabilitación del pueblo tártaro (y haber conocido, en repetidas oportunidades, la prisión y los campos de trabajo soviéticos).

"Las dificultades actuales de los tártaros de Crimea son a la vez culturales y políticas -explica Djemilev-. Por una parte, nos faltan escuelas. Las generaciones más jóvenes tienen una alta tasa de asimilación del ruso, y el Estado no hace nada para estimular el renacimiento cultural de nuestro pueblo, mientras que, políticamente, estamos subrepresentados en las instancias oficiales. Además, los tártaros son objeto de numerosos prejuicios -sobre todo en lo que concierne a la cuestión de las tierras-, lo cual compromete el proceso de regreso en su conjunto."

Efectivamente, esta "cuestión de las tierras" es uno de los puntos más sensibles. Durante la deportación de 1944, más de 80.000 viviendas fueron "recuperadas" y adjudicadas a las poblaciones eslavas de la península (rusos y ucranianos). En adelante, estos terrenos y casas constituyen otros tantos conflictos explosivos entre los descendientes de los antiguos propietarios tártaros y los dueños actuales.

Las medidas aplicadas por el Estado no hicieron nada por calmar las aguas. Cuando se hundió la URSS, Ucrania, nuevamente libre, instauró un sistema de privatización de tierras que permitió a los ex trabajadores de los koljós recuperar una parcela de sus antiguas granjas colectivas. Como durante el período soviético estaban exilados, los tártaros quedaron excluidos de esta redistribución. En los pequeños estudios de Tatar TV, la cuestión de las tierras abre regularmente el noticiero. Único medio televisivo en lengua tártara, el canal está relegado al fondo de un patio interno, en el primer piso de un edificio abandonado en una calle anónima de Simferopol.

Tierras por recuperar

El tema que acapara actualmente las primeras planas es un terreno oficialmente recuperado por tártaros tras un largo proceso judicial y reclamado ahora por un empresario ruso, a quien respaldan los papeles. "Es siempre lo mismo -suspira Ibrahim, el técnico del estudio-. Cuando se trata de buenas tierras, fértiles, o de lugares propicios para la especulación, surgen empresarios de la nada con documentos fechados con anterioridad y reivindican sus prerrogativas por sobre los propietarios tártaros." "Nosotros hacemos informes sobre el tema con mucha frecuencia -agrega Vinera Abdulaeva, una joven periodista de 23 años-. Somos prácticamente los únicos que cubren las noticias que afectan a los tártaros; los medios ‘eslavos'no se preocupan por eso. Y a la inversa, cuando se trata de cubrir otros temas, sentimos cierta hostilidad de parte de los otros periodistas y de los funcionarios, como si debiéramos ocuparnos exclusivamente de cuestiones tártaras, y sobre todo no participar en la vida social y política de Crimea..."

Esta televisión tártara, que sólo emite pocas horas por semana, cuenta con medios irrisorios. Además, para poder aprovechar estas emisiones aún falta dominar la lengua, aptitud que no se da en todo el mundo, y sobre todo en las generaciones más jóvenes... Para entender el tártaro hay que aprenderlo. En el barrio periférico Svodoba ("Libertad") de Simferopol, el liceo número 82 es una de las pocas escuelas de Crimea en que las clases se dan -parcialmente- en esta lengua. Su director, Nariman Akhmedov, muestra orgulloso los edificios de una antigua escuela de veterinaria reciclada por la comunidad tártara para ser convertida en un colegio secundario. "Este año tenemos 628 alumnos inscriptos; menos de 100 no son de origen tártaro, y sólo 4 de los 56 docentes lo son. Sin embargo, las clases deben darse en ruso y en ucraniano..."

Obligados a seguir el programa escolar oficial, los docentes se turnan para dar, después de clase, cursos de lengua, cultura e historia tártaras. "Los huecos del programa escolar oficial son terroríficos, sobre todo en historia: ¡no hay una sola mención de la deportación de los tártaros!", explica el director.

Nacido durante el exilio en Samarkand, en Uzbekistán, Akhmedov llegó a Crimea en 1990, en el marco de la primera gran oleada de regresos. La calidad de la enseñanza del liceo 82 descansa en gran parte sobre los esfuerzos de este médico de 41 años, que dirige el establecimiento desde julio de 2005. Las paredes de la escuela están decoradas con citas del héroe nacional, Ismail Gasprinski, mientras unas niñitas entonan el himno nacional tártaro (Vatan, "la patria") en una biblioteca en la que la mayoría de las obras están en ruso y en ucraniano.

Este liceo "modelo" es, sin embargo, la excepción que confirma la regla: el estado general de la enseñanza es deplorable. Sólo quince escuelas tártaras funcionan en Crimea, lo que explica que sólo el 10% de los niños tártaros puedan asistir a alguno de estos establecimientos. Medios deficientes, edificios en desuso, falta de manuales escolares y de personal: estas escuelas (pero también los medios y muchas asociaciones culturales o sociales) están sostenidas por el Mejlis, el "gobierno" tártaro de Crimea. Y éste no cuenta con recursos necesarios para apoyar todas estas actividades.

Alianzas de minorías

El Mejlis constituye, en realidad, el órgano ejecutivo del Kurultai, el Congreso tártaro. Fundado en 1991, el "segundo Kurultai" 4 tiene 264 diputados, elegidos para un período de cinco años por todos los tártaros de Crimea, que se reparten en más de 300 pequeños Mejlis locales y regionales. El Kurultai elige luego los 33 representantes que formarán el Mejlis, dirigido desde su fundación por Djemilev.

La influencia del Kurultai es muy fuerte en la población, lo que convierte a su órgano ejecutivo en el interlocutor único de las autoridades crimeas y ucranianas, aunque su estatuto no sea reconocido por Simferopol o Kiev. "El Mejlis es la única entidad oficial que representa al pueblo tártaro de Crimea -explica Djemilev-. Esta coherencia nos permite hablar con una sola voz frente al gobierno ucraniano y a la comunidad internacional".

Desde 1998, Djemilev y Refat Tchbarov, número dos del Mejlis, son también diputados del Parlamento ucraniano, bajo los colores del partido nacionalista Rukh, miembro de la coalición Nuestra Ucrania del presidente Víctor Yushenko. Es mucho más una alianza por conveniencia que una coincidencia ideológica. En honor de esa alianza fue que los tártaros de Crimea apoyaron masivamente la "Revolución naranja" de 2004, que llevaría al poder a Yushenko; esta toma de posición "etnicizó" un poco más el debate político crimeo, pues la mayoría rusa de la península se oponía fuertemente al bando "naranja".

En una Crimea rusófila y muchas veces refractaria a la autoridad de Kiev 5, las minorías tártara y ucraniana de la península tienen interés en entenderse, aun si esta alianza, por el momento, no aportó soluciones concretas a los problemas de los primeros. El apoyo del gobierno central ucraniano a los tártaros -aunque sea teórico- también permite a Kiev plantar bandera en una región donde su poder muchas veces es vapuleado por los dirigentes locales 6.

Hay que añadir que la cuestión tártara representa "un problema periférico para el gobierno ucraniano", según se lamenta un dirigente tártaro en Simferopol. Y las actividades políticas nacionales de los dos dirigentes del Mejlis no alcanzan para corregir la débil representación de los tártaros en la esfera política local: según los datos del Mejlis, éstos representan un 12% de la población de Crimea y sólo detentan el 4% de los puestos políticos.

Políticamente marginados, los tártaros también lo son en el ámbito laboral, lo cual explica -por lo menos en parte- su tasa de desempleo endémica: más del 60% de los adultos estaría desempleado 7, mientras que aquellos que sí tienen trabajo ocupan en general puestos subalternos y/o mal remunerados.

Tal es el caso de Guirey, soldador de profesión, de treinta y cinco años. Llegado de Uzbekistán a principios de los noventa, vive en el "barrio número 6" de Bakhchisarai, pequeña ciudad del sur de Crimea y capital del "khanato tártaro" de 1532 a 1783 (pág. 30). Situado en la periferia del pueblo, este conjunto de casas y ranchos parece en obra perpetua: ni un solo edificio fue terminado, ni un solo comercio tiene local propio; sólo la incesante danza de antiguos autos soviéticos confirma que el barrio no está deshabitado.

"En este barrio casi no hay gente que no sea tártara", confirma Guirey, que desde hace tres años vive con su familia en la casa que él mismo construyó, después de pasar muchos años viviendo en lo de parientes y amigos. Su historia es la misma que la de varios tártaros que volvieron: el padre es el primero en emprender el camino a Crimea, en 1987, y luego los hijos se le unen, en 1991. "Cuando llegamos era imposible conseguir trabajo sin propiska 8, pero para conseguir esta propiska, ¡había que trabajar!", ironiza Guirey. Tras muchos años de esfuerzos, finalmente obtuvo la autorización para construir esta casa en el terreno que previamente había ocupado sin documentos oficiales.

Discriminaciones

Una carrera de obstáculos que debieron sortear todos los que volvieron al país. Aunque la caída del imperio soviético puso fin a las prohibiciones formales de asentamiento de los tártaros, en los hechos se multiplican las dificultades cotidianas, y las administraciones locales del gobierno autónomo de Crimea muchas veces son señaladas por su desinterés voluntario.

Para los tártaros que volvieron, lo primero fue parar en el casillero administrativo. Aquellos que fueron registrados en Crimea antes del 14 de noviembre de 1991 obtuvieron automáticamente la nacionalidad ucraniana. Los demás debieron hacer los trámites administrativos de adquisición de la nacionalidad, un proceso largo, complejo y oneroso 9. Pero también tuvieron que encontrar un techo. Como las propiedades de antes de 1944 habían sido ocupadas por familias eslavas, los recién llegados debieron alojarse en otros lugares... a menos que se quisiera entablar procesos judiciales con pocas posibilidades de llegar a buen término.

Fue así como nacieron los asentamientos tártaros, muchas veces instalados en las afueras de las ciudades, incluso en lugares escondidos de la península, en especial en las planicies del Norte, poco fértiles y alejadas de cualquier centro urbano. Algunos llegarían incluso a practicar el "samo-zakhvat": la apropiación sin consentimiento de terrenos para la construcción. Hoy en día, un 40% todavía no tendría domicilio fijo, y estaría alojado en hoteles o casas de parientes 10.

Todo lo cual no deja de provocar estallidos de violencia entre las poblaciones tártara y eslava: con frecuencia surgen escaramuzas locales a veces muy violentas, como en junio de 1995, cuando una batalla campal dejó cuatro muertos y forzó la intervención de tanques blindados en las calles de Simferopol. En agosto de 2006, un conflicto explotó en Bakhchisarai cuando los tártaros exigieron el desmantelamiento de un mercado ubicado en el terreno de uno de sus antiguos cementerios 11.

Ampliamente difundidos por el Mejlis, estos conflictos, que desvirtúan el reclamo, además son alimentados por movimientos nacionalistas radicales, presentes sobre todo en el seno de la comunidad rusófona. Es el caso del partido político Bloque Ruso, pero también de la asociación Comunidad Rusa, que cuenta con muchos miles de miembros 12. Para los dirigentes de esta organización, el Mejlis "criminal" representa los intereses de los ambientes integristas musulmanes en Crimea, y sería responsable, además, de exacciones cometidas contra la población rusa desde la llegada de los tártaros a principios de los años '90.

Ausencia de soluciones, discriminaciones diversas, embrollos burocráticos, falta de acceso a la propiedad... La normalización del estatuto de los tártaros en Crimea parece todavía muy lejana, y sin embargo los 200.000 tártaros que aún permanecen en Asia Central 13 en su mayoría se sienten proclives al regreso, aunque sea para escapar a las condiciones económicas difíciles y a los regímenes políticos autoritarios de las repúblicas centroasiáticas.

Un sondeo efectuado en la universidad de Simferopol en 2004 -y altamente mediatizado por la comunidad tártara- ilustró la amplitud de la incomprensión. En vísperas del 60º aniversario de la deportación, el 70% de los estudiantes de origen eslavo que fueron encuestados pensaban que la deportación de los tártaros de Crimea había estado "justificada"...

  1. El último censo oficial ucraniano (2001) evalúa en 243.400 el número de tártaros en Crimea; los representantes tártaros estiman que su comunidad cuenta con unas 260.000 almas.
  2. Hay un 58,5% de rusos, un 24,4% de ucranianos y un 12,1% de tártaros de Crimea, según el censo de 2001. En Crimea se cuentan más de 125 nacionalidades diferentes.
  3. Crimea goza de un estatuto de amplia autonomía: aunque es una entidad "integrante e inseparable" de Ucrania, tiene su propia Constitución desde 1998.
  4. Así llamado por un primer Kurultai que fue creado en 1917.
  5. En ocasión del referendo sobre la independencia de Ucrania, el 1-12-1991, Crimea se destacó por votar por el sí "sólo" en un 54%, contra el 90,5% del conjunto de los países.
  6. Aurélie Campana, "L'ethnicisation du champ politique en Crimée", Cahiers d'études sur la Méditerranée orientale et le monde turco-iranien, N° 37, París, enero-junio de 2004.
  7. Según el movimiento de defensa de derechos humanos Azatliq (www.azatliq.net).
  8. Visa interior instaurada en la época soviética sin la cual es imposible instalarse y trabajar en una región determinada.
  9. Aurélie Campana, op. cit.
  10. www.azatliq.net
  11. www.regnum.ru/news/687941.html
  12. www.ruscrimea.ru
  13. Greta Lynn Uehling, Beyond Memory. The Crimean Tatar's Deportation and Return, Palgrave MacMillan, Nueva York, 2004.
Autor/es Alexandre Billette
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 90 - Diciembre 2006
Páginas:28,29
Traducción Mariana Saúl
Temas Estado (Justicia), Movimientos Sociales, Sectas y Comunidades
Países Ucrania