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Tareas para las izquierdas

Derrota de los socialistas franceses a manos de la derecha en las presidenciales (Halimi, pág. 16); derrota de los socialistas españoles en las municipales; tremenda fragilidad del gobierno de la sinistra italiana e inminente regreso de la derecha berlusconiana. Despedida sin gloria para el laborista Tony Blair en Inglaterra. Gobierno de extrema derecha en Polonia. Avances de la derecha en Bélgica, en Holanda, incluso en los países escandinavos...

Aunque en cada país cuestiones puramente locales suelen inclinar la balanza electoral de uno u otro lado (en España el problema vasco es el que parece haber sentenciado esta vez a los socialistas), es relativamente sencillo encontrar un denominador común para este ocaso de la izquierda reformista europea. Ocaso que no se expresa solamente en derrotas electorales, sino en crisis internas, transfuguismo y hasta peligro de extinción. Este último es el caso del Partido Comunista francés.

La razón no puede ser otra que la imposibilidad de aplicar políticas de izquierdas -una distribución del ingreso que apunte a reducir las desigualdades y mejores servicios sociales para las mayorías vía aumentos salariales y una mayor carga fiscal para los más pudientes- en el contexto de un capitalismo globalizado en plena fase de concentración y fuga hacia adelante especulativa global.

El panorama ha cambiado para una izquierda reformista acostumbrada, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a administrar con mayor sensibilidad social los excedentes que arrojaba un capitalismo en plena reconstrucción de posguerra; empeñado además en una vital disputa ideológica, política y geoestratégica con la Unión Soviética y por lo tanto forzado a hacer concesiones contrarias a su naturaleza. Durante varias décadas la expansión productiva capitalista generó trabajo y altos salarios y los capitalistas toleraron y hasta propiciaron altas cargas fiscales a bienes y ganancias. El capitalismo era aún inclusivo y esa fue en consecuencia la época de oro del reformismo de izquierdas; la de grandes líderes como Willy Brandt, Olof Palme y Enrico Berlinguer. Del mismo modo que algo antes, ya que la recuperación europea llevó un par de décadas, esa fue la época feliz y progresiva de los populismos en América Latina.

El caso de la izquierda italiana es representativo. En los '70 del siglo pasado, el "compromiso histórico" entre comunistas y democristianos propuesto por Berlinguer preocupó de tal modo al capitalismo, que el secretario de Estado de Richard Nixon, Henry Kissinger, no tuvo empacho en anunciar que Estados Unidos "no permitiría un gobierno comunista en Europa Occidental" 1. Una cosa era la socialdemocracia y otra los comunistas con el respaldo de la URSS, aun diluidos en una alianza con la democracia cristiana.

Desconcierto progresista

Ese era entonces el límite. Hoy, desplomada la URSS, y extremadamente debilitado el comunismo, el "compromiso histórico" es un tigre de papel cuyo remedo, l'Unione italiana, no sabe qué hacer con el gobierno. En efecto, como en todas partes, los salarios no sólo no pueden aumentarse, sino que tienden a bajar por efectos de la presión de la creciente masa de desocupados que produce el capitalismo actual, por no hablar de las presiones del capital especulativo. Los demócrata-cristianos acabaron dejando paso a una derecha lumpenizada y los comunistas italianos han perdido la brújula, del mismo modo que en Estados Unidos gobierna una derecha despiadada y los demócratas, como los laboristas ingleses y los socialistas franceses, o se vuelcan a la derecha o se muestran desconcertados. La presión social y los desequilibrios que produce el sector marginal necesitarían de un mayor presupuesto de Estado para ser atendidos, pero los patrones capitalistas, presionados por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en el sector productivo y aventado el peligro comunista, chantajean con llevarse las inversiones a otra parte, con preferencia a la especulación, si aumentan las cargas fiscales...

En estas condiciones, el reformismo, cualquiera sea su envoltura -liberal, socialdemócrata, socialcristiano, populista- no tiene nada que ofrecer.

Resulta evidente que el esquema capitalista políticamente democrático y socialmente inclusivo, posible desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en una serie de países desarrollados y esbozado en otros países, en particular en América Latina, se está desarticulando. El retroceso de la democracia es evidente, tanto en Estados Unidos como en Europa, no sólo por la aplicación de leyes que consagran retrocesos explícitos (el caso de la Patriotic Act), sino también por la manipulación ciudadana por parte de la alianza grandes empresas-medios de comunicación. La combinación de inseguridad social y cañoneo ideológico está haciendo que este retroceso democrático resulte avalado por grandes sectores de la población.

De allí el predominio de las derechas, que llevan adelante con decisión el desmantelamiento del esquema capitalismo inclusivo-democracia política, ya que para ellas la gran batalla es la que tiene lugar, a escala planetaria, por la absorción de empresas y nuevos mercados. Los problemas sociales deben ser contenidos, acotados, de cualquier modo.

Frente a este panorama no sólo nuevo, sino extremadamente complejo, las izquierdas, el progresismo en general, se muestran desconcertados, carentes de proposiciones. Ocurre que ante los nuevos problemas o la mayor escala de los viejos -inseguridad, educación, presión inmigratoria, descontrol juvenil, corrupción, etc.- el habitual recurso distributivo ya no es posible, porque el sistema no lo tolera. Las derechas ofrecen sus soluciones habituales, que se pueden resumir en una palabra: represión, aunque esto se expresa como "orden y disciplina", una consigna extremadamente eficaz para estos tiempos.

Pero las izquierdas le simplifican el problema, porque no asumen el fracaso o la distorsión, al menos en el contexto en que intentaron aplicarse, de algunas de sus propuestas. El victorioso candidato francés de derechas, Nicolas Sarkozy, hizo de la consigna "el profesor y el alumno no son iguales" uno de los caballitos de batalla más exitosos de su campaña. Esa verdad de perogrullo dio en el centro de las preocupaciones de padres y profesores angustiados ante el desapego por los estudios y la indisciplina de los jóvenes, pero escandalizó al progresismo, que todavía se empeña en confundir la condición de ciudadano con la de alumno y cree en tonterías tales como la eliminación de todo tipo de sanciones y que es posible "aprender jugando", en lugar de aprender trabajando duro y jugar fuera de clase. En Argentina, por ejemplo, esto es evidente en la ceguera progresita ante la necesidad de reformas al sistema educativo, en particular la universidad. Si este caos continúa, la derecha acabará popularizando la privatización del sistema. Ejemplos de este tipo de desconcierto progresista pueden extenderse a problemas como la inseguridad, la inmigración y casi todos los demás 2.

Es necesario dejar de lado por irrelevante a la izquierda consignista, esa de puño izquierdo en alto y lenguaje estereotipado que no se ha hecho cargo del fracaso de la URSS y de la disolución progresiva del proletariado, en cuyo nombre sigue proponiendo "la revolución". El problema de las izquierdas, justamente, es que deben reformular a la vez su visión del capitalismo, sus propuestas alternativas y los sujetos sociales que las deben poner en práctica.

La lógica del sistema

Aunque la situación política se presenta invertida y la económica es coyunturalmente favorable, estas nuevas reglas del juego son también válidas para América Latina, donde gobiernos populistas o de centroizquierdas gobiernan en varios países importantes, mientras el resto se debate en conflictos políticos internos graves, como es el caso de Colombia y México.

La favorable coyuntura económica internacional para la región, básicamente por los altos precios de los bienes de origen agropecuario o extractivo, que sustenta las políticas progresivas, puede durar un tiempo debido al crecimiento de gigantes como China, India y Brasil. Pero acabará, como acaban todos los periodos de auge, según los manuales de economía. Además existe el peligro, señalado por todos los economistas serios, de una crisis financiera y/o recesión global, entre otras causas debido a los graves desequilibrios en Estados Unidos. Los expertos se dividen entre quienes pronostican un crash y los que hablan de "aterrizaje soft", pero todos coinciden en que tarde o temprano habrá un "sinceramiento" global, una posible ola proteccionista y las consecuentes tensiones 3.

En cualquier caso, a los gobiernos progresistas de América Latina les habrá llegado la hora de enfrentar los límites del capitalismo actual, con la dimensión agregada que tienen los problemas en el subdesarrollo. Es por eso que una definición precisa de la coyuntura global es el verdadero problema de las izquierdas y el progresismo.

En estos años empiezan en toda América Latina las conmemoraciones del bicentenario de las independencias. Hace doscientos años, el mundo también se debatía en grandes convulsiones y la ocasión fue aprovechada para lograr una relativa, y luego se vio que más bien ilusoria, independencia política. Pero aunque vivió momentos de esplendor, América Latina fracasó respecto de sí misma, de sus propias posibilidades, hasta llegar a la situación en la que la dejó el neoliberalismo en las últimas décadas del siglo XX.

Los populismos y gobiernos de centroizquierda varios que hoy representan las aspiraciones de las grandes mayorías en varios países latinoamericanos deben tomar en cuenta que o superan de algún modo la lógica interna del sistema, o esa misma lógica acabará por apartarlos del apoyo popular. Entonces, como en Estados Unidos y Europa, será el turno de las derechas. Y si la derecha estadounidense es capaz de imponer a esa sociedad la Patriotic Act y Guantánamo, hay que imaginarse a las derechas del subdesarrollo gobernando en un mundo sacudido por las tensiones de un capitalismo revenido al estado salvaje. Y ahora, global.

  1. En los primeros '90, un juez italiano descubrió que bajo el paraguas de la OTAN se parapetaba una organización anticomunista de sabotaje internacional, en la que estaban implicados todos los jefes de Estado Mayor militar de los países miembros desde los años '50. La "red Gladio" -así se llamaba- era financiada por la CIA estadounidense, dependía del Estado Mayor de la OTAN y operaba en todos los países. En Italia, donde estalló el escándalo, resultaron implicados el ex presidente Francesco Cossiga y el ex primer ministro Giulio Andreotti. Se sospecha que Gladio estuvo detrás del asesinato de Aldo Moro y de los graves atentados que dieron al traste con el "compromiso histórico". La información sobre Gladio es abundantísima en internet. Ver, por ejemplo, "Gladio" en Google.
  2. Robert Hughes, La cultura de la queja, Anagrama, Madrid, 1991.
  3. Hasta las visiones optimistas trasuntan el peligro. Ver, por ejemplo, "America's fear of China", The Economist, Londres, 19-5-07.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:3
Temas Ultraderecha, Nueva Economía, Política, Sociedad