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Vacilaciones de una izquierda adormecida

La caída del comunismo provocó gran cantidad de daños colaterales, en particular en la manera de pensar de la izquierda, que permanece casi muda cuando el discurso dominante sobre los derechos humanos pone el acento sobre los derechos políticos e individuales e ignora los derechos económicos y sociales.

Mientras existió, el comunismo forzaba tanto a partidarios como a adversarios a reflexionar políticamente, es decir, a proponer programas a corto y largo plazo, a fijar prioridades y a evaluar las relaciones de fuerza.

La filosofía moral subyacente, "científica" o "materialista", consistía en insertar las tragedias y los crímenes, grandes o pequeños, en la cadena de causas y efectos, y en pensar que la condición humana sólo podía mejorarse cambiando las estructuras socioeconómicas. Fuera de los comunistas, esta manera de pensar se encontraba también en los socialdemócratas (cuando realmente lo eran), así como en la mayoría de los movimientos anticolonialistas. Toda la elaboración del derecho internacional y la mayoría de los esfuerzos en busca de la paz estuvieron vinculados a esta filosofía.

La actitud opuesta, que podríamos llamar religiosa, y que es muy fuerte tanto entre los "nuevos filósofos" como en el discurso del presidente de Estados Unidos George W. Bush, consiste en ver el Mal y el Bien como existentes "en sí mismos", es decir, independientemente de las circunstancias históricas dadas. Los "malos" -Hitler, Stalin, Ben Laden, Milosevic, Saddam Hussein, etc.- son demonios que salen de una caja, efectos sin causa. Para combatir el Mal hay una sola solución: movilizar al Bien, armarlo, sacarlo de su letargo, lanzarlo al asalto. Es la filosofía de la buena conciencia perpetua y de la guerra sin fin.

La reacción ante los atentados del 11 de septiembre de 2001 y sus consecuencias ilustran la diferencia entre ambas filosofías. Aquellos que, minoritarios en Occidente, intentaron comprender "por qué nos odian" fueron considerados como apóstatas por quienes "comprendían" la reacción estadounidense; dos países invadidos, una guerra sin fin, decenas de miles de muertos. Se trata generalmente de los mismos que "comprenden" la reacción israelí cuando uno solo de sus soldados es capturado. Pero también habría que "comprender" entonces la voluntad de los soviéticos, después de 1945, de hacer de Europa del Este una zona tapón a consecuencia de los millones de muertos que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. "Comprender" también la reacción china de encierro, en la época maoísta, a consecuencia de las guerras del opio, de las múltiples humillaciones que sufrió ese país a manos de las potencias occidentales y de la invasión japonesa. Y "comprender", finalmente, la reacción del mundo árabe ligada a la traición franco-británica al finalizar el Imperio turco en 1918, a la creación de Israel en 1948, y al apoyo occidental permanente a ese Estado, incluso durante las cinco guerras árabe-israelíes.

Despreciar la historia

Todos los seres humanos tienen temores irracionales y, cuando son atacados, reacciones excesivas que incluyen deseos de venganza. Pero la violencia contrarrevolucionaria, la opresión de las clases dominantes y las invasiones extranjeras preceden y engendran la violencia revolucionaria, no a la inversa. El caso del régimen de Pol Pot, en Camboya, es sin duda el ejemplo favorito de los intelectuales pro-occidentales. Pero, ¿cómo imaginar que ese régimen llegara al poder sin los bombardeos sobre Camboya, el golpe de Estado de marzo de 1970 contra el príncipe Norodom Sihanuk y la desestabilización de ese Estado por los estadounidenses? 1.

Lejos de admitir lo anterior, el discurso dominante sobre los países del Sur combina la estigmatización y el llamado a la injerencia. Lo primero se basa, en general, en los derechos humanos, la democracia y, en lo referido al islam, en los derechos de las mujeres. En los Estados donde existen dictaduras, se hace de éstas la fuente principal de todos los problemas. En el caso contrario, sus elecciones no son nunca suficientemente transparentes, su prensa no es suficientemente pluralista, sus minorías no están nunca suficientemente protegidas, sus mujeres no son nunca suficientemente libres.

Tal discurso desprecia la historia. Las sociedades occidentales sólo se volvieron respetuosas de los derechos humanos durante un largo período de acumulación económica y de evolución cultural, una y otra acompañadas de la más brutal violencia (colonialismo, explotación obrera, guerras mundiales). Es irreal exigir a países que hace apenas 60 años vivían bajo el yugo colonial o feudal, alcanzar súbitamente las normas de respeto de los derechos humanos que existen entre nosotros (y esto en tiempos de paz; en tiempos de guerra, véase Guantánamo o la suerte que Israel le reserva a la población palestina).

Hay una objeción más seria aun. El discurso sobre los derechos humanos pone siempre el acento sobre los derechos políticos e individuales, al mismo tiempo que ignora los derechos económicos y sociales, que también forman parte de la Declaración Universal, al igual que los primeros. Los economistas Jean Drèze y Amartya Sen han calculado que, partiendo de una base similar, China e India siguieron caminos de desarrollo diferentes, y que la diferencia entre los sistemas sociales de esos dos países (en materia de cuidados para la salud, por ejemplo) supuso 3.900.000 muertes suplementarias anuales en India 2. Comparaciones similares pueden hacerse hoy entre Cuba y el resto de América Latina. ¿En nombre de qué, ONGs occidentales como Reporteros Sin Fronteras, cuyos miembros gozan en general de ambos tipos de derechos (políticos y sociales), deciden cuáles son prioritarios?

Finalmente, imaginemos por un momento a Estados Unidos y a Europa sin el flujo constante de materias primas, de mano de obra inmigrante, de productos manufacturados fabricados con salarios de miseria, de flujos financieros que van del Sur al Norte (reembolso de la "deuda", fuga de capitales) e incluso de materia gris que viene a paliar el derrumbe de nuestros sistemas educativos. ¿En qué se convertirían entonces los magníficos éxitos que se supone constituyen nuestras economías? Éstas están, por el momento, dopadas por el imperialismo; pero tal vez el suministro de droga, en las condiciones actuales, no sea eterno.

Falsas simetrías

Ante el uso que se hace de los derechos humanos, el pensamiento crítico o de izquierda es extraordinariamente débil, en particular cuando se trata de oponerse a las guerras estadounidenses en Yugoslavia, Afganistán e Irak, todas ellas justificadas por la defensa de las minorías, de las mujeres o de la democracia. Esta debilidad refleja tal vez el malestar que experimentan muchos "ex" (comunistas, trotskistas, maoístas), debido a que los derechos individuales y políticos fueron remitidos, durante el período "leninista", a las calendas griegas. Pero no sirve de nada reemplazar una ceguera por otra.

Una buena ilustración de esta debilidad de la izquierda es la ideología del "ni-ni", que ha dominado las tímidas protestas en contra de los conflictos recientes: ni Milosevic ni la OTAN, ni Bush ni Saddam; o aun, ni Olmert (o Sharon) ni Hamas. Hay en esto varias falsas simetrías. En primer lugar, en todas esas guerras hay un agresor y un agredido. Poner a ambos en el mismo plano es haber abandonado toda noción de soberanía nacional. Además, el poder y la capacidad de daño de ambas partes no son comparables. Estados Unidos y su potencia militar son el pilar del orden mundial en el cual vivimos. Es a Estados Unidos, y no a los países antes mencionados, a quien las fuerzas progresistas enfrentan y continuarán enfrentando en el desarrollo de la mayoría de los conflictos. Además, ahora que Milosevic está muerto y Saddam preso, ¿qué van a hacer los adeptos del ni-ni para oponerse a la otra parte, la OTAN o Bush?

Con el "ni-ni" parece que estuviéramos situados por encima de la maraña, fuera del espacio y del tiempo; cuando en realidad vivimos, trabajamos y pagamos nuestros impuestos en los países agresores o en sus aliados (la posición "ni Bush ni Saddam" tiene, en cambio, un sentido bien diferente para los iraquíes, que debieron sufrir ambos regímenes). En lugar de compartir la visión que tiene Occidente del resto del mundo, la izquierda occidental podría esforzarse por hacer comprender a los "occidentales" la visión que el resto del mundo tiene de ellos, y combatir todo lo que refuerce un sentimiento de superioridad y de pureza moral.

El siglo XX no fue el siglo del socialismo, fue el de la descolonización, que permitió a centenas de millones de personas escapar a una forma extrema de opresión. Podemos imaginar que el siglo que comienza sea el del fin de la hegemonía estadounidense. "Otro mundo" se volverá entonces realmente posible y, cuando nuestras economías se vean privadas de los beneficios provenientes de su posición dominante en el sistema mundial, tal vez se discuta seriamente el socialismo. 

  1. Agreguemos aquí que cuando los vietnamitas derrocaron al régimen de los Khmeres Rojos, en el año 1979, el régimen fue inmediatamente apoyado por los occidentales... Sin embargo, si alguna vez una intervención extranjera tuvo efectos humanitarios, fue precisamente ésta.
  2. Jean Drèze y Amartya Sen, Hunger and Public Action, Clarendon Press, Oxford, 1989.
Autor/es Jean Bricmont
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 86 - Agosto 2006
Páginas:52
Traducción Lucía Vera
Temas Sociología, Política