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Recuadros:

Populistas, liberales y sociedad

Resulta interesante comparar la situación política argentina con la francesa. Y puesto que el tema está en el candelero en estos días, también con otro momento de la historia nacional, el que se vivió a comienzos de la década del '40, cuando el peronismo apareció en escena.

Tanto en Francia como en Argentina se consolidan alianzas políticas fuertes que representan a la derecha y a la izquierda, pero que en realidad se disputan, tanto en el terreno programático como en el electoral, lo que se entiende como el centro, un magma de ideologías e intereses de sector altamente volátil. En ambos países se observa pérdida de influencia de los partidos sobre los votantes; desplazamientos "extraños" -como el de intelectuales y sectores obreros y populares hacia la derecha-; mediatización de la política (Collovald, pág. 20); fuertes contradicciones políticas y de intereses entre dirigentes; frecuentes desplazamientos personales; frenética formación y ruptura de alianzas. La política moviéndose, como siempre, en la cresta de la ola de lo social.

En Francia, desempleo estructural, caída del ingreso de los trabajadores y sectores medios, presiones inmigratorias, conflictos sociales, inseguridad urbana, declive económico e industrial, descontento, desesperanza.

En Argentina, un declive mucho más grave, luego de décadas de violencia, despilfarro e irresponsabilidad, que se expresa en retroceso económico, institucional, educativo y científico, en la pérdida del control de los recursos naturales y en el hecho de que, en el país más igualitario de América Latina a lo largo de casi todo el siglo XX, la mitad de la población se encuentra hoy en la pobreza y una quinta parte en la miseria. También aquí las conmociones de la política son el reflejo de la nueva situación social.

En el plano económico, si Francia puede contar con su propio desarrollo y con la Unión Europea para salir de su crisis, Argentina dispone aún de su desarrollo agropecuario, de su relativo desarrollo industrial y disfruta de una situación regional e internacional excepcionalmente favorable.

Se podría agregar que en los dos países es visible el afán ciudadano por mantener y consolidar el sistema democrático, pero eso sería forzar las cosas, porque lo que en Francia es un ejercicio de toda la vida, entre nosotros sigue siendo una acrobacia difícil, algo que practicamos con dificultad, aunque ahora con empeño. Los franceses aún confían en sus instituciones; los argentinos no tienen razones para hacerlo.

60 años después

Es en este último punto donde acaba la primera comparación y aparece el interés de la segunda: un momento político y social de la historia argentina que parece tener muchos puntos de contacto con la década en que apareció el peronismo.

La reciente formación de un grupo de centro-derechas para enfrentar al populismo peronista hizo que algunos medios, con más afán de sensacionalismo fácil que de análisis, hablaran de una "nueva Unión Democrática"; otros de una "coalición" 1, y que algunos hasta llegaran a esgrimir el casi olvidado "Braden o Perón". Los más prudentes se limitaron a temer o a pronosticar una reedición de los odios entre liberales y populistas.

Los artículos de Sebreli y Kovadloff citados son ilustrativos, tanto como que ambos hayan sido publicados por La Nación, el periódico que expresa con naturalidad a esa coalición en ciernes. Mientras Sebreli expone con sobriedad y franqueza las diferencias históricas y su posición personal ante la nueva oportunidad, Kovadloff elige el tono profético. Habla de "Tierra Prometida", del "Israel buscado que palpita" y propone un "prolongado ejercicio en el desierto" con Lilita Carrió como un Moisés con faldas y Virgen Desatanudos al cuello. Esta mirada que ve a la coalición no como política, sino como la alianza de la tradición judeo-cristiano-occidental-democrática contra la barbarie, inspira temor, al menos en perspectiva. Hace pensar en un retorno aggiornado del lenguaje gorilas-descamisados; en "herético-populistas" en lugar de "cabecitas negras", puesto que los "cabecitas" figuran hoy por hoy entre los apoyos, o al menos en los objetivos electorales, de todos los sectores políticos.

Pero hay que alegrarse ante el proyecto de coalición de derechas, siempre que se atienda a la racional propuesta de Sebreli antes que a la alucinada de Kovadloff. En cualquier caso el país, el mundo, son tan otros, que tanto populistas como liberales deben revisar sus herramientas. Las bases del populismo se han disgregado y las del liberalismo otro tanto. Desde las conmociones sucesivas al regreso de la democracia hasta las de la etapa neoliberal y su crisis, la base social tiende cada vez más a moverse por sí misma, desbordando el marco de sindicatos y partidos y, puesto que no encuentra otra manera de hacerse oír, violando con frecuencia el ineficiente y corrupto sistema legal e institucional.

Así, el movimiento social desborda al populismo, porque le pide a la vez la recuperación de los niveles de igualdad perdidos y una institucionalidad democrática y eficiente. Para lo primero, el populismo no atina a encontrar la manera, ya que los parámetros económicos y sociales no son los mismos de hace medio siglo y ante los problemas que plantea hoy el modelo capitalista sufre de la misma impotencia propositiva que liberales y socialdemócratas. Para lo segundo, sencillamente no está capacitado; las instituciones nunca fueron para el populismo otra cosa que una herramienta de uso.

Pero el movimiento social también desborda al liberalismo, porque le exige otro tipo de participación democrática y más igualdad, algo que éste ya no es capaz de ofrecer en ningún lugar del mundo.

Disgregación social

La actitud de la Iglesia católica y de cierta derecha, como la que expresa el diario La Nación, podrían confortar a los partidarios de la comparación 1945-2007. Pero este sector de la coalición sabe que el juego tiene límites precisos. El progresismo católico se activa lentamente, pero se activa; y si las clases medias y algunos sectores populares adhieren a las "soluciones" de la derecha respecto a la inseguridad, también desean la igualdad de géneros, el aborto libre y poder recomendar a sus hijos que usen preservativos. Además suelen votar a la izquierda, o a lo que se presenta como tal, porque tienen mucho terreno económico y social perdido.

La oportunidad que señala Sebreli es pues la de la conformación de un polo liberal civilizado y progresista, aunque no explicita qué tipo de antecedentes históricos existen para fundar semejante esperanza. Es cierto, como aclara, que la Unión Democrática nació "cuando todavía no existían ni Braden ni Perón" y que en su origen fue otra cosa que lo que indica la demonización peronista. Pero si hay que juzgarla por su evolución posterior ante el peronismo, cabe pensar que ese élan democrático-progresista fue un momento ("la huella de un hombre entre dos mareas", diría Aragon), algo que ni antes ni después tuvo deseos ni estuvo en condiciones de ofrecer: una democracia política verdadera y mayor igualdad.

El populismo, por su parte, está pagando el precio de representar el mismo papel en un decorado diferente. Su manejo de las instituciones del Estado y su propia institucionalidad, si así puede llamarse al sistema clientelar, que antes le permitían avanzar a la cabeza de los aspirantes sociales, choca ahora con una masa social disgregada, esparcida en numerosos sectores de interés, muchas veces contrapuestos o contradictorios, como en el caso de los católicos y el aborto. La opacidad de la oferta política ante las necesidades sociales provoca situaciones como la de la provincia de Misiones, en la que las bases peronistas, asqueadas de los manejos de siempre, se apartaron de su propio candidato para seguir a un cura. Basta por otra parte observar las crecientes dificultades de los dirigentes gremiales para mediar entre las empresas y sus compromisos políticos por un lado y las angustiosas reivindicaciones de sus bases por otro, para comprender hasta qué punto la correa de transmisión populista gobierno-partido-sindicatos está mellada en numerosos sitios.

Respecto a las maneras, ya se ha dicho aquí que ante el desquicio nacional no se puede exigir del gobierno demasiada delicadeza para cambiar las cosas, pero el conjunto de la actividad debería transparentar un firme avance hacia el respeto institucional. Poner al frente de la Secretaría de Comercio Interior a un funcionario con los modales de un patovica de discoteca para eliminar los aspectos fraudulentos de la inflación -esa especialidad empresaria nacional- puede que resulte provisoriamente necesario y eficaz. Pero el intento de falsear de manera autoritaria los datos del INDEC no sólo evidencia falta de respeto a las instituciones; también que el populismo pierde el rumbo en su propio mar social, que ya no "entiende" a la gente.

Es por eso que ha cambiado el contacto directo con sus bases de representación social por un discurso mediático que se contonea al compás de los sondeos de opinión y la propaganda. Lo que dicho sea de paso permite entender por qué este gobierno decretó ilegalmente, entre gallos y medianoche, la prolongación de las licencias de antena de radio y televisión a los grandes grupos mediáticos, al tiempo que viene postergando sin mayores explicaciones la modificación de la Ley de Radiodifusión, vigente desde la dictadura de Videla.

Populistas y liberales se encuentran así compartiendo los mismos métodos y disputándose los mismos sectores sociales. Si los primeros ponen desde el gobierno el acento -más retórico que concreto- en la igualdad y la soberanía nacional, y desde la oposición los segundos insisten en la institucionalidad, las razones para desconfiar de unos y otros están al alcance de la mano: durante el menemismo, cuando crecían las desigualdades, se remataban los recursos naturales y se despreciaba a las instituciones, ambos callaban en el mejor de los casos; medraban en el peor.

Desde la crisis de 2001 y sus consecuencias sociales, el clientelismo no garantiza ya la fidelidad electoral ni, mucho menos, la pasividad social. Las encuestas pierden precisión y credibilidad al ritmo de las presiones de quienes las contratan, y en cuanto a las campañas mediáticas, su capacidad de influir sobre el electorado en situaciones de conflictividad social se muestra cada vez más relativa.

Lo que sí resulta comparable entre el presente y los años '40 es que Argentina se encuentra otra vez ante la responsabilidad de demostrarse a sí misma que es capaz de salir del subdesarrollo económico, social e institucional, una empresa en la que tanto la sociedad como sus dirigentes siempre han fracasado. 

  1. Juan José Sebreli, "¿Es posible una coalición democrática?" y Santiago Kovadloff, "El espíritu de la coalición", en La Nación, Buenos Aires, 7 y 24-4-07, respectivamente.

Algunos artículos anteriores

Gabetta, Carlos

Descrédito y necesidad de la política,
julio de 1999
Cuando la política juega con la democracia,
agosto de 1999
Gobierno electoral,
julio de 2005
Peronistas y liberales,
septiembre de 2005
Institucionalidad,
octubre de 2005
Populismos,
junio de 2006
Instituciones ausentes,
julio de 2006
Necesaria democratización sindical,
enero de 2007


Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 95 - Mayo 2007
Páginas:3
Temas Política
Países Argentina, Francia