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Las recetas ideológicas de Sarkozy

Nicolas Sarkozy fue elegido presidente de Francia con una ventaja de dos millones de votos sobre su rival socialista. Logrado con una alta tasa de participación electoral, 85,97%, este resultado desmiente la “norma” según la cual una mayoría saliente es derrotada en la siguiente elección. Pero el nuevo jefe de Estado marcó distancia con su antecesor, Jacques Chirac, manifestando reiteradamente su deseo de ruptura con lo que asimila a un cuarto de siglo de “corrección política”. Las primeras medidas sociales y económicas tomadas por su gobierno (eliminación del mapa escolar, impugnación del contrato laboral y el derecho de huelga, reducción de impuestos sobre los ingresos más altos) dan su significación a esa ruptura. Aprovechando el desconcierto de la izquierda, Sarkozy logró aliar a su programa a varios ex responsables del centro y del Partido Socialista. Con su colaboración, cuenta con poder modificar profundamente el equilibrio político del país y seguir ostentando sus convicciones de derecha. En ese sentido evoca transformaciones que se produjeron en otros países: España, Italia, pero sobre todo Estados Unidos.

En Francia, un hombre de derecha acaba de suceder a un Presidente impopular de la misma tendencia, derrotando a una mujer de izquierda. Al parecer, este tipo de historias levanta un poco la moral a los candidatos republicanos que aspiran a suceder a George W. Bush. Sobre todo si prevén que en noviembre de 2008 se enfrentarán a la demócrata Hillary Clinton.

Sin embargo, sería paradójico ver a la derecha estadounidense inspirándose en la estrategia política del nuevo Presidente francés. ¿Acaso uno imita a la propia imagen reflejada en el espejo? Ahora bien, en materia de estrategia electoral, Nicolas Sarkozy fue más un buen alumno de las técnicas políticas desplegadas del otro lado del Atlántico desde hace cuarenta años, que el inspirador de una nueva alquimia destinada a la exportación. Insistencia en el tema de la decadencia nacional y moral, con el objeto de preparar las mentes para una "terapia de shock" liberal (la "ruptura"); combate contra un "pensamiento único de izquierda" al que se acusa de haber paralizado la economía y atrofiado el debate público; rearme intelectual "gramsciano" de una derecha suficientemente "desacomplejada" como para exhibir a sus amigos millonarios (y sus yates); redefinición de la cuestión social de modo que la línea divisoria ya no oponga a ricos y pobres, capital y trabajo, sino a dos fracciones del "proletariado" entre ellas, la "harta de hacer esfuerzos", y la "república de los asistidos"; movilización del conservadurismo del "hombre de la calle", de quien pretende ser la expresión valerosa y perseguida; y por último, voluntarismo político frente a una elite gubernamental que habría bajado los brazos: la derecha estadounidense no necesita atravesar el Atlántico para que Sarkozy le enseñe tales recetas, pues son las suyas desde Richard Nixon 1. En efecto, a la vez que mechaba sus discursos con referencias a Jean Jaurès, Léon Blum y Guy Môquet, Sarkozy se dedicó a retomar las temáticas más eficaces de los últimos Presidentes republicanos.

La imagen de la decadencia suele caer oportuna. La urgencia de un llamado al orden se impone más naturalmente cuando el desorden reina en la vieja casa. En 1968, el candidato de derecha Richard Nixon perfeccionó su discurso glorificando a una "mayoría silenciosa" que ya no soportaba más ver a su país presa del caos. Acababan de producirse dos asesinatos políticos (Martin Luther King y Robert Kennedy), y la ofensiva de Tet de los comunistas vietnamitas significó que Estados Unidos había perdido la guerra de Indochina. Nixon invitó entonces a sus compatriotas a escuchar "una voz tranquila en medio del tumulto de gritos. Es la voz de la gran mayoría de los estadounidenses, los estadounidenses olvidados, los que no gritan, los que no manifiestan. No son ni racistas ni enfermos. No son culpables de los flagelos que infestan nuestro país" 2.

Sarkozy aprovechó los tumultos en los suburbios franceses (octubre-noviembre de 2005), cuyo alcance dramático fue difícilmente comparable, para retomar ese registro de tiempos tormentosos. El 18 de diciembre de 2006, en la ciudad de Charleville-Mézières, en las Ardenas, celebró a  "esa Francia que cree en el mérito y en el esfuerzo, esa Francia sufrida, esa Francia de la que nunca se habla porque no se queja, porque no quema autos -aquí no se hace eso de romper lo que se ha pagado tan caro-, porque no bloquea los trenes. Esa Francia que está harta de que se hable en su nombre". Cuatro meses después, conminó a una muchedumbre marsellesa a levantarse para "expresar el sentimiento de esa mayoría silenciosa".

Como Nixon, Reagan o Bush, Sarkozy comprende que ninguna campaña moviliza si se limita a ser una letanía de intenciones piadosas, consensuales y tediosas. Utilizó entonces palabras de combate. La derecha estadounidense había aprovechado el debilitamiento del discurso de los demócratas, que a partir de la década de 1950 había abjurado del repertorio de polarización social de William Jennings Bryan (1860-1925) y de Franklin Delano Roosevelt. Los sucesores de Harry Truman no decían todavía "todos salimos ganando", pero ésa era su idea. Su fórmula hubiera sido más bien: ¡el adversario es el enemigo! 

El miedo a dar miedo del partido demócrata, es decir, en realidad el miedo a ser verdaderamente de izquierda, fue tal, que llegó a reprochar a los republicanos el ser "populistas", prefiriendo guardarse para sí la designación más tranquilizadora de "conservador". En octubre de 1952, su candidato, Adlai Stevenson, explicó: "La extraña alquimia del tiempo convirtió de algún modo a los demócratas en el verdadero partido conservador del país -el partido consagrado a conservar todo lo bueno y a construir, sólida y tranquilamente, a partir de esos fundamentos-. Los republicanos, por el contrario, se comportan como un partido radical, dedicado a desmantelar las instituciones que hemos anclado sólidamente en nuestro tejido social" 3

Ya en diciembre de 2005, envalentonado por el alboroto que parecía suscitar cada una de sus propuestas (y de sus provocaciones) Sarkozy recordó que su estrategia apuntaría también a invertir los frentes: "Estaremos orgullosos de ser el partido del movimiento. Los socialistas se volvieron conservadores" 4. Luego se ocupó de designar al enemigo 5, y puso en la mira a la década de 1960. Ya Nixon y Reagan lo habían hecho antes que él, pero en otra época, más cercana a los acontecimientos que atacaban.

Instalar la discordia moral

El enemigo quedó encarnado en quienes "habían proclamado que todo estaba permitido, habían dicho: basta de autoridad, basta de buenos modales, basta de respeto; que nada era sagrado, nada admirable, basta de reglas, de normas, de prohibiciones". A mil leguas de distancia de los discursos congregacionistas y mecánicos del presidente Chirac, pero igualmente alejado del galimatías compasivo y "participativo" de Ségolène Royal, patchwork de propósitos inconexos y pronto olvidados, Sarkozy impactó en las mentes. Sostuvo que la izquierda "heredera de mayo del '68" había "liquidado la escuela de Jules Ferry", y simultáneamente provocado "la crisis laboral" y desatado "el odio contra la familia, la sociedad, el Estado, la Nación, la República". Y afirmó además -ya que estaba- que la izquierda había "preparado el triunfo del predador sobre el empresario, del especulador sobre el trabajador", y que "seguía buscándoles excusas a los sinvergüenzas".

Esa es una vieja receta de la derecha: para evitar dar explicaciones sobre la cuestión de los intereses (económicos) -lo que es prudente cuando se defiende a una minoría de la población- se manifiesta inagotable sobre el tema de los valores: orden, respeto, mérito, religión. La maniobra resulta aún más fácil cuando la izquierda se niega a designar a sus adversarios, suponiendo que aún los tenga. Un día, François Hollande deslizó que tal vez los socialistas la emprenderían con los "ricos". Pero evitó reincidir, dada la barahunda que suscitó. Queda pendiente la cuestión de los valores. Hablar del tema permite a los conservadores instalar la discordia en el seno de los sectores populares, que en general están más divididos sobre las cuestiones de moral y de disciplina que sobre la necesidad de tener un salario correcto.     

Sin embargo, ni en Estados Unidos ni en Francia la derecha adjudicó la supuesta "decadencia" del país a motivos exclusivamente morales o culturales. En su opinión, fueron políticas económicas precisas las que atacaron de lleno "el valor trabajo" (o work ethic en el caso estadounidense). Los demócratas habrían generado desempleo al subir los impuestos; los socialistas, habrían desalentado el esfuerzo (y deprimido los salarios) al reducir el tiempo de trabajo. La derecha no podía aceptar semejantes errores a la espera de que sobreviniera la suerte o la mano invisible (del mercado).

En ese punto suele caerse en un lamentable contrasentido respecto del neoliberalismo. Pues su ejercicio corriente no se basa en la indolencia del laissez faire, laissez passer. Así, tanto Ronald Reagan como Bush intervinieron permanentemente para favorecer los intereses de los empresarios y de los poseedores de capitales, que para ellos son indisociables del interés nacional. El mismo año en que el primero entró en funciones, en 1981, adoptó tres decisiones fundamentales: romper la huelga de los controladores aéreos, despidiendo a los 12.000 empleados que habían tomado parte en la medida de fuerza y destruyendo su sindicato; congelar el salario mínimo (que aumentó sólo una vez durante las dos presidencias de Reagan); y reducir drásticamente los impuestos al sector de mayores ingresos (que en 1981 pagaban un 70%, y en 1987, apenas 28%).

Impulsadas por la Casa Blanca, y no por "el mercado", esas tres orientaciones convergían. La destrucción del sindicalismo favorece la transferencia de una parte de la riqueza del trabajo hacia el capital, del salario hacia los dividendos; y muchas veces suele ser la condición previa para lograrlo. ¿Es realmente casual que los partidarios de Sarkozy deseen que también provoque una pulseada con los sindicatos, y que -como Reagan en 1981 y como Thatcher en 1984-1985 frente a los mineros británicos- marque la "ruptura" con una acción espectacular? Es posible que el anuncio de una reglamentación del derecho de huelga en los servicios públicos (transporte y escuelas) permita en breve comprender claramente que, para Sarkozy, son los directivos empresariales y no los asalariados quienes gobiernan el "valor trabajo".

En enero de 1978, apenas un año después de haber entrado en la Casa Blanca, el presidente demócrata James Carter reclamó a sus conciudadanos "paciencia y buena voluntad", y les explicó: "El Estado tiene límites para lo que puede hacer. El Estado no puede resolver nuestros problemas. No puede fijar nuestros objetivos. No puede definir nuestra visión. No puede eliminar la pobreza, garantizar la abundancia o reducir la inflación. No puede salvar nuestras ciudades, luchar contra el analfabetismo ni suministrarnos energía" 6.

En julio de 1980, el "liberal" Reagan, mientras se preparaba para enfrentar a un Presidente acusado de "indecisión" ante la crisis energética y de "desarme unilateral" ante la expansión soviética, opuso su voluntarismo a la aparente neurastenia de su adversario, criticando su "debilidad", su "mediocridad", su "incapacidad". Reagan afirmó: "Es posible que haya un marinero al timón del país, pero la nave del Estado no tiene rumbo" (...) "Nuestros problemas hacen sufrir y destruyen la fibra moral de personas concretas, que además no tienen por qué soportar el oprobio de que el gobierno les diga que todo es culpa de ellas" 7. Por supuesto que Reagan nunca hubiera dicho como Sarkozy, "si queremos una sociedad justa, necesitamos primero contar con un Estado fuerte" 8. Pero pretender que el discurso voluntarista del Presidente francés lo diferencia fundamentalmente del liberalismo de la derecha estadounidense es un profundo error.

Al igual que Reagan, Sarkozy opuso permanentemente su propia energía, su liderazgo, a la "inercia", al "inmovilismo" de sus predecesores. Observando a Jacques Chirac, Sarkozy, entonces su ministro del Interior, llegó a pensar en "Luis XVI ocupado en armar cerraduras en Versailles mientras Francia rugía". Y sobre ese terreno de la negligencia oficial, los socialistas no están exentos de reproche. A fuerza de bajar los brazos; de argumentar que todos los problemas eran complejos y que exigían un tratamiento europeo; de proclamar que "el Estado no puede hacerlo todo"; de atribuir su conducta pusilánime a la existencia de un electorado "marcado por la globalización, por el fatalismo, por la resignación" 9, abrieron la puerta a este contraataque de la derecha: "Mitterrand decía: hemos probado todo. No es así. ¡Contra el desempleo no se probó todo! (...) Me acuerdo de que Lionel Jospin había declarado durante la campaña presidencial: ‘Un político responsable no habla de la moneda'. ¡Para mí es esa afirmación la que es irresponsable!  No existe país en el mundo donde la moneda no sea un instrumento de la política económica" 10

Particularmente bien apreciada en las regiones industriales en crisis, una homilía voluntarista insistía: "No me gusta la política que se conforma con administrar. No me gusta la política que está persuadida de que no se puede cambiar nada. No me gusta la política que supone que el mundo es como debería ser. No me gusta la política que dice: ya probamos todo. ¡No me gusta esa política! ¡No creo en esa política!" 11. En la ciudad de Saint-Etienne, Sarkozy agregó: "La política es impotente cuando no desea nada. ¡Cuando no se desea nada no se puede hacer nada! ¡Yo deseo mucho y vamos a poder mucho!" 12. Por supuesto, Chirac hizo ese tipo de afirmaciones hace doce años. Precisamente, resultó electo... En todo caso, ya podemos estar seguros, "Europa" obliga, el nuevo Presidente tampoco podrá hacer todo. En particular disgustar a sus amigos millonarios: "Ellos dicen: ¡hagamos pagar al capital! Pero si el capital paga demasiado, acabará por irse" 13. Johnny Hallyday ya prometió regresar de Suiza en cuanto el gobierno desgrave las sucesiones. Porque eso sí que va a hacer el Estado 14

Exhibir una voluntad de ruptura obliga a liderar la batalla de las ideas. Al respecto, la derecha nunca fue tan estúpida como imagina la izquierda, que se abandona a las solicitadas de intelectuales y artistas que se pronuncian a su favor sin provocar en general otras reacciones que el sarcasmo o la indiferencia. Como candidato casi seguro de su bando desde 2003, Sarkozy construyó -como lo hicieron antes los conservadores estadounidenses- su corpus ideológico, lo que le permitió romper con "la letanía socialdemócrata" y sustituirla por "todo lo que la derecha republicana ya no se atrevía a hacer porque tenía vergüenza de ser la derecha" 15. Luego fue ajustando -y retocando- ese programa cada semana.

Sarkozy explicó que "para que una idea se imponga en el país, debe penetrar las mentes durante cerca de un año" 16. Un año es muy poco, pero el candidato electo contó con la ayuda de los medios de comunicación, de la patronal, de los ministerios; sacó provecho de las argumentaciones difundidas una y otra vez por el publicista Nicolas Baverez y sus numerosos epígonos  sobre "la Francia que decae" debido a una "política de eutanasia del trabajo" 17; y se apoyó en las conclusiones (que él mismo había solicitado) del informe Camdessus, de la misma harina ideológica que los panfletos de Baverez, pero menos caricaturescos 18. Por lo tanto, su travesía del desierto pareció entonces una sucesión de oasis. Y la guerra de posición cultural se volvió Blitzkrieg. Por otra parte ¿dónde estaba el enemigo? "Quisiera -ironizó cruelmente Sarkozy- que me comparen con el líder del primer partido de oposición de Francia. ¿Cuáles son las ideas nuevas que presentó François Hollande en los últimos cuatro años?" 19.

Dos grandes expertos en el combate de ideas tuvieron que soportar un itinerario más arduo: el pensador ultraliberal Friedrich Hayek (1899-1992), que había "pensado lo impensable" 20, tuvo que esperar más de treinta años antes de que dirigentes políticos de primer plano (Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Augusto Pinochet) tuvieran la posibilidad de transformar sus análisis en actos; el dirigente comunista italiano Antonio Gramsci murió cuando Mussolini aún estaba en el poder. Pero esos dos grandes intelectuales rompieron verdaderamente con la ideología dominante en su tiempo. Y no contaban con el canal de televisión TF1, ni con el semanario Le Point, ni con la radio Europe-1 como permanentes cajas de resonancia.

Un gramsciano de derecha

Fiel a su estrategia, que consiste en citar a los autores menos esperados, Sarkozy prefirió situar su acción en la línea del comunista italiano antes que en la del ultraliberal austro-estadounidense. "En el fondo,  afirmó poco antes de ser electo, yo hice mío el análisis de Gramsci: el poder se gana por las ideas. Es la primera vez que un hombre de derecha asume ese combate. En 2002, quince días después de ser designado ministro del Interior, un sector de la prensa comenzó a atacarme, afirmando ‘Sarkozy le hace la guerra a los pobres'. Me dije: o abandono, y en tal caso no puedo hacer más nada, o bien encaro la batalla ideológica para demostrar que la seguridad está antes que nada al servicio de los más pobres. Así fue que a partir de 2002 inicié un combate para dominar el debate de ideas. Todas las tardes hablo de la escuela y denuncio la herencia de 1968. Denuncio el relativismo intelectual, cultural, moral... Y la violencia de la izquierda contra mí se debe a que entendió de qué se trataba" 21.        

Al privilegiar desde la década de 1960, "los colores vivos en lugar de los tonos pastel", Reagan estaba anticipándose a Nicolas Sarkozy y contradiciendo a todos los politólogos que sólo conciben la conquista del poder como una eterna carrera hacia el centro. Había propuesto "una opción, no un eco" 22. Pero en su caso tuvo que pagar un precio por correr el riesgo de ser considerado un extremista. El precio de tener que pronunciar, entre 1954 y 1962, cientos de discursos a la gloria del capitalismo, como portavoz itinerante de General Electric 23. El precio de tener que esperar cerca de quince años para lograr imponerse en el Partido Republicano y para acceder a la Casa Blanca. Una vez Presidente, muchas veces citó emocionado el nombre de John Kennedy, olvidando que en 1960 había luchado contra su candidatura y dicho a Nixon: "Bajo su apariencia juvenil se ocultan las viejas ideas de Karl Marx. No hay nada nuevo en la concepción (de Kennedy) de un Estado todopoderoso. Hitler llamaba al suyo nacional-socialismo" 24. Las futuras decisiones de Sarkozy nos permitirán ver rápidamente si aprecia a Jean Jaurès tanto como Reagan adoraba a Kennedy. 

Es habitual el planteo de su sinceridad. ¿Cómo puede pretender, por ejemplo, haber sido perseguido por lo "políticamente correcto" cuando ha sido ministro de Estado en cuatro de los últimos cinco años, y cuando contó sistemáticamente con el sólido apoyo de la patronal y de la mayoría de los medios? También en ese punto algunos antecedentes estadounidenses permiten hallar una respuesta. En 1961, la ensayista y novelista Ayn Rand, una inmigrante soviética cuyos libros se vendían por millones, redactó un artículo titulado: "La minoría más perseguida de Estados Unidos: el big business" 25. Vale la pena recordar que, por entonces, los negros que vivían en los Estados del sur seguían sin poder ejercer el derecho de voto... Nixon, símbolo de la pequeña burguesía provincial, se consideraba despreciado por la dinastía de los Kennedy, y por importantes medios de comunicación, que se extasiaban ante esa familia de aristócratas fotogénicos de la Costa Este. Bush, a pesar de haber hecho estudios en Yale y luego en Harvard, durante mucho tiempo se consideró a sí mismo como un rebelde, un pequeño texano un poco rústico, perdido en un mundo de snobs progresistas.

En sus memorias, Peggy Noonan, redactora de algunos de los más célebres discursos de Reagan, resume en dos frases ese fantasma derechista del disidente permanente; décadas de gobierno republicano no lograron apaciguarlo: "La gente siempre me pregunta cómo una mujer de mi generación pudo volverse conservadora. Me resulta difícil decir en qué momento comenzó mi rebelión" 26. Unas páginas después ironiza, pero respecto de los demócratas: "Tenían todo lo que deseaban, incluyendo 50.000 dólares por año desde la edad de treinta y dos años, y sin embargo se sentían permanentemente acosados". Una buena síntesis...

Cuando tenía treinta y dos años, Sarkozy, eterno paria, ya administraba la ciudad de Neuilly, una de las más ricas de Francia. La invasión del parloteo psicológico en el discurso político francés tuvo posiblemente esa consecuencia: el más mínimo rasguño al amor propio de un adolescente hoy en día transforma a un hijo de buena familia en mártir. A partir de allí, cualquier cosa basta para reabrir la herida. "Desde 2002 -indicaba Sarkozy hace algunas semanas- me fui construyendo al margen de un sistema que no me aceptaba como presidente de la UMP, que rechazaba mis ideas como ministro del Interior y que cuestionaba mis propuestas" 27. Y esta vez, Gavroche triunfó.

Vocero del pueblo

A priori, resulta difícil para un candidato que tiene el apoyo de la patronal, que reclama la drástica reducción del impuesto a las ganancias, la disminución o la supresión de los gravámenes sucesorios, y una reducción de los impuestos de las empresas, presentarse como el vocero del pueblo. Aunque en Estados Unidos la hazaña fue concretada por Reagan, y más recientemente por Bush. Para comprobarlo, bastaba seguirlos en los Estados industriales de ese país, que durante mucho tiempo votaron a los demócratas (Michigan, Virginia Occidental) 28.

Su éxito se debió en gran medida a que apelaba al sentimiento nacional y patriótico (anticomunismo, y posteriormente, antiterrorismo), al resentimiento fiscal del "pequeño contribuyente" contra el "gran recaudador de impuestos". Sin olvidar, evidentemente, el apego a los "valores morales tradicionales" (oposición al aborto, a la homosexualidad), y el rechazo del "laxismo" judicial, al que se acusa de ser el principal promotor de violencia y de crímenes. La paleta de Sarkozy se inspiró en ese registro, pero dejando de lado las referencias demasiado claras a los valores religiosos, a pesar de que para el nuevo Presidente "la cuestión espiritual ha sido ampliamente subestimada en relación a la cuestión social" 29.

Sin embargo, el éxito de la derecha, tanto de la estadounidense como de la francesa, en el campo popular, no se explica solamente por el talento electoral de sus voceros. Ambas se aprovecharon del debilitamiento de las organizaciones obreras y de los grupos militantes, lo que llevó a muchos electores de bajos ingresos a vivir su relación con la política y con la sociedad de una manera más individualista. El discurso sobre la posibilidad de "elegir", sobre el "mérito", sobre el "valor trabajo", los tocó particularmente. Ellos quieren poder elegir (la escuela, el barrio) para no tener que quedarse con lo peor; consideran que tienen méritos y que no les son reconocidos; trabajan duro y no ganan mucho más que los desempleados y los inmigrantes. Los privilegios de los ricos les parecen tan lejanos que verdaderamente ya no les conciernen más.

Al respecto, la historia no data de ayer. En Estados Unidos, a fines de la década de 1960, la competencia internacional y el miedo a verse desclasado transformaron al populismo de izquierda rooseveltiano, optimista, conquistador e igualitario, que aspiraba al deseo compartido de vivir mejor, en un "populismo" de derecha que se desarrolló gracias al miedo que experimentaban millones de electores populares de no poder mantener su nivel, de verse alcanzados por otros aún más necesitados que ellos. Fue a partir de ese momento que los republicanos lograron que la línea de demarcación dejara de pasar entre ricos y pobres, entre capitalistas y obreros, y se situara entre asalariados y "asistidos", entre blancos y minorías raciales, entre trabajadores y tramposos.

Así, durante los diez años previos a su llegada a la Casa Blanca, Reagan relató la historia (falsa) de una "reina de la ayuda social (welfare queen) que utiliza ochenta nombres, treinta direcciones y doce tarjetas de seguridad social, gracias a lo cual sus ingresos libres de impuestos superan los 150.000 dólares". En la década de 1980 la estrategia republicana fue suficientemente transparente como para que uno de sus arquitectos, Lee Atwater, la detallara sin vueltas: refiriéndose a los lectores de The National Enquirer (un diario de escándalos, vendido a bajo precio en los supermercados) subrayó que "ahí siempre hay historias sobre tal o tal millonario que posee cinco Cadillac y que no paga impuestos desde 1974". Los demócratas ya casi ni mencionaban esas historias, por temor a que se los acusara de propagar "la lucha de clases". Pero, prosigue Atwater, "hay también artículos sobre un tipo sentado bajo una galería degustando un vaso de alcohol comprado con los cupones alimentarios". Sobre esas historias se arroja el Partido Republicano.   

Sarkozy se negó a "que los que no quieren hacer nada, los que no quieren trabajar, vivan del esfuerzo de los que se levantan temprano y trabajan duro".  Enfrentó a la Francia de los "que se levantan temprano" con la de los "asistidos", pero nunca con la de los rentistas. A veces  -a la manera estadounidense- agregó incluso una dimensión étnica y racial a la oposición entre categorías populares, y la atizó, mostrando hasta qué punto esperaba obtener de eso beneficios electorales. Así, en la ciudad de Agen, el 22 de junio de 2006, el siguiente pasaje de uno de sus discursos le valió la más larga ovación: "Y a los que deliberadamente decidieron vivir del trabajo de los demás, a los que creen que tienen derecho a todo sin que ellos mismos le deban nada a nadie, a los que quieren todo, e inmediatamente, sin hacer nada, a los que en lugar de hacer un esfuerzo para ganarse la vida, prefieren buscar en los repliegues de la historia una deuda imaginaria que Francia tendría con ellos, y que en su opinión aún no habría sido saldada, a los que optan por fomentar la escalada en las memorias para exigir una compensación que nadie les debe, en lugar de tratar de integrarse a través del esfuerzo y del trabajo, a los que no aman a Francia, a los que exigen todo de ella sin aceptar darle nada, a ellos les digo que no están obligados a permanecer en el territorio nacional".

Observando la elección presidencial que acaba de desarrollarse, Peggy Noonan, la rebelde republicana, acaba de sufrir una nueva conversión: "Es tranquilizador poder admirar de nuevo a Francia. Y no solamente porque tuvo la sensatez de elegir a un conservador, sino por la manera en que lo hizo" 30.

  1. Véase Le Grand bond en arrière: comment l'ordre libéral s'est imposé au monde, en particular el capítulo 4, "La droite américaine dans un théâtre en feu", Fayard, París, reedición en 2006.
  2. Discurso ante la convención del Partido Republicano, Miami, 8-8-1968.
  3. Adlai Stevenson, Discurso del 3-10-1952, citado en John Gerring, Party Ideologies in America 1828-1996, Cambridge University Press, Cambridge, 2001.
  4. Discurso sobre las injusticias, ante la convención de la UMP, 30-11-2005. Citado por Éric Dupin, À droite toute, París, Fayard, 2007.
  5. Una práctica que fue abandonada hasta por los sectores situados más a la izquierda. Véase "Nommer l'ennemi", Le Plan B, París, febrero de 2007.
  6. Discurso sobre el estado de la Unión, 19-1-1978.
  7. Ronald Reagan, Discurso del 17-7-1980 ante la convención republicana de Detroit. 
  8. Nicolas Sarkozy, Discurso sobre las injusticias, ante la convención de la UMP, 30-11-05. 
  9. François Hollande, programa de televisión "France Europe Express", canal de televisión France 3, 13-5-07.
  10. Nicolas Sarkozy, Discurso "Por la Francia del trabajo",  Agen, 22-6-06.
  11. Nicolas Sarkozy, Discurso en Marsella, 19-4-07.
  12. Nicolas Sarkozy, Discurso en Saint-Etienne, el 9-11-06. El programa "Là bas si j'y suis", emitido por la radio France Inter el 2-5-07, difundió esos extractos, y realizó un análisis muy esclarecedor, comparando los discursos de Sarkozy y de Ségolène Royal. Eso mostró, por ejemplo, que entre el 1-1-07 y fines de abril, Ségolène Royal utilizó sólo una vez la palabra "dividendo".
  13. Nicolas Sarkozy, discurso del 22-6-06, op. cit.
  14. El 6 de mayo, a la salida del lujoso restaurante parisino Le Fouquet's donde el presidente festejó su victoria, Johnny Hallyday declaró: "Sé que cumplirá las promesas que hizo. Nicolas Sarkozy va a hacer honor a su palabra".
  15. Nicolas Sarkozy, Discurso en Toulouse, 12-4-07.
  16. Nicolas Sarkozy citado por Carl Meeus, "PS: le choc des ambitions", Le Point, París, 17-5-07.
  17. Nicolas Baverez, La France qui tombe, Perrin, París, 2003.
  18. Abogando en favor del "valor trabajo", Baverez había explicado: "Para las capas más modestas, el tiempo libre es el alcoholismo, el aumento de la violencia, la delincuencia" (20 minutes, París, 16-10-03.)
  19. Nicolas Sarkozy, L'Express, 17-11-05.
  20. Véase "Cuando la derecha estadounidense pensaba lo impensable", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2002.
  21. Le Figaro, París, 17-4-07.
  22. Formula de Barry Goldwater, "padre" del conservadurismo estadounidense moderno y candidato del Partido Republicano en las elecciones presidenciales de 1964 (en las que sufrió una derrota demoledora). 
  23. Véase "De Edison al frenesí de las fusiones", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2006.
  24. "Text of 1960 Reagan Letter", The New York Times, 27-10-1984.
  25. Reeditado en Ayn Rand, Capitalism, the Unknown Ideal, Signet, Nueva York, 1967.
  26. Peggy Noonan, What I Saw at the Revolution: A Political Life in the Reagan Era, Random House, Nueva York, 1990.
  27. Le Figaro, París, 17-4-07.
  28. Véase "El pueblo humilde que vota a Bush", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2004.
  29. Philosophie Magazine, París, abril de 2007.
  30. Peggy Noonan, "Everything Old Is New Again", The Wall Street Journal, Nueva York, 14-5-07.
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:16,17,18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Ciencias Políticas, Ultraderecha, Política
Países Francia