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Final sin gloria para Anthony Blair

Antes de abandonar el 10 Downing Street el 27 de junio, Anthony Blair se ocupó de mostrarse junto al nuevo presidente francés Nicolas Sarkozy. De los diez años de poder del Primer Ministro británico saliente la historia retendrá su alineamiento incondicional con Washington y su negativa a romper con el legado de Margaret Thatcher. Lo que invalida la utilización del término “izquierda” para caracterizar al blairismo.

El 17 de julio de 2006, en la cumbre del G8 celebrada en San Petersburgo durante la primera semana de la agresión israelí contra el Líbano, una cámara de televisión indiscreta pudo captar un diálogo inopinado entre Anthony Blair y George W. Bush. El Presidente de Estados Unidos charlaba por encima de su hombro con su principal aliado europeo, preguntándole con negligencia: "¡Eh! Blair, ¿tus cosas bien?"

La breve conversación que siguió no revestía ningún interés particular, pero los medios de comunicación registraron inmediatamente la total falta de interés de Bush por los dichos del Primer Ministro británico: "Blair aparece menos como el jefe de un gobierno soberano que como un colaborador de Bush que espera -en vano- el visto bueno de su patrón", comentó The Guardian. Si antes Blair podía imaginarse que mantenía una provechosa "relación especial" con el Presidente estadounidense (sus adversarios lo trataban de "caniche de Bush"), su breve diálogo televisado mostró que este último no tomaba muy en serio esta relación privilegiada. Apenas se sentía obligado a hablar de banalidades, como lo hubiera hecho con cualquier dirigente político.

La dimensión más emblemática del fracaso de Blair es la caída de ese bastión laborista tradicional que era Escocia, en beneficio de independentistas del Partido Nacional Escocés (SNP, según sus siglas en inglés) cuyo jefe, Alex Salmond, dirigirá en adelante el Ejecutivo regional en Edimburgo. La impopularidad de Blair tuvo un impacto catastrófico sobre la suerte del Partido Laborista, y su balance de jefe de gobierno se considera hoy el más desastroso desde el de Neville Chamberlain en los años '30 y el de Anthony Eden en los años '50: "Irak" igualó a "Suez" en el léxico de los desastres de la política exterior británica 1.

¿Cómo pudo Blair caer en semejante descrédito? Desde luego, fueron muchos los que alimentaron reparos a su respecto, pero la dimensión del desastre actual era difícilmente previsible durante sus primeros años en 10 Downing Street. El nuevo Primer Ministro era un ilustre desconocido en 1997, pero sus condiscípulos, desde la escuela primaria a la universidad, recuerdan bien su talento actoral. Su capacidad para desenvolverse, así como para fingir, aprender su texto aunque tuviera que apartarse de él e improvisar cuando las circunstancias lo exigían, se convertirían en los rasgos distintivos de su carrera política.

Blair es también conocido por su fervor religioso, insólito en la vida pública europea a fines del siglo XX; hay que remontarse a William Gladstone, en la época victoriana, para encontrar su equivalente en un Primer Ministro británico. El Reino Unido es un país ampliamente secularizado, y aunque los metodistas y otras corrientes de la Reforma ejercieron a menudo una fuerte influencia en el seno del Partido Laborista, sus sucesivos dirigentes se limitaron en general a asistir a los servicios de la Iglesia Anglicana, cuando las obligaciones de su cargo tornaban indispensable su presencia.

 Un imperialista liberal

 Blair se apartó de ese molde, acercándose más a Roma que a Canterbury 2. Sin embargo, tuvo frecuentes enfrentamientos con la autoridad religiosa, un poco como su amigo Hans Küng, el teólogo suizo cuyas relaciones con el Vaticano son siempre difíciles. Fue reprendido por el principal arzobispo católico británico del Reino por haber recibido la comunión católica, siendo oficialmente protestante (su esposa Cherie, en cambio, es católica). En cuanto al arzobispo de Canterbury, le rogó que no fuera tan lejos en su acercamiento a Roma. Sin embargo, Blair nunca tuvo en cuenta en lo más mínimo las advertencias contra la invasión a Irak formuladas tanto por el Papa como por el primado de la Iglesia Anglicana.

La política exterior fue la principal causa de su ruina. Involucró a su país en cinco conflictos en seis años 3, un récord desde la época del Imperio: en Irak con la operación "Zorro del Desierto" en 1998; en Kosovo en 1999; en Sierra Leona en 2000; en Afganistán en 2001; y nuevamente en Irak en 2002. Si bien el último contingente británico abandonó Bosnia en marzo de 2007, nada se solucionó definitivamente en Kosovo; en Sierra Leona retornó la calma, pero Irak y Afganistán siguen siendo heridas abiertas, a la vez costosas e impopulares, donde continúan muriendo soldados británicos.

No fue sólo en el seno del Partido Laborista y en la opinión pública donde Blair vio desmoronarse su popularidad y sus apoyos. La crisis de confianza que padece afecta a todo el establishment, incluidos los cuadros de la diplomacia, la administración, la justicia y, más recientemente, los altos responsables del Estado Mayor. Los militares impusieron la decisión, tomada en febrero último, de retirar tropas de Basora, en el sur de Irak, donde se perfila la derrota, y reforzar la presencia británica en Afganistán, donde Estados Unidos libra una guerra contra los talibanes escudándose en la bandera de la OTAN.

Blair fue descrito a menudo como el simple factótum del presidente Bush. La realidad es más grave: creyó firmemente, con una profunda ignorancia y de manera casi mística, en la misión que le incumbía en materia de política exterior, independientemente de Estados Unidos. Blair es un imperialista liberal a la vieja usanza, como tantos en los anales del Imperio. Si Bush hubiera dudado en lanzarse a una guerra contra Irak, Blair lo habría empujado a hacerlo, y muchos estadounidenses piensan que sus argumentos para justificarla eran mucho más convincentes que los de su Presidente.

La aventura iraquí había sido precedida por la "guerra contra el terrorismo" de Bush, a la que Blair adhirió con entusiasmo. Antes, el Partido Laborista rebosaba de juristas jóvenes e idealistas (como Cherie Blair) decididos a ampliar el campo de las libertades civiles y los derechos humanos. Todos fueron arrastrados por las exigencias de esta nueva guerra, que los condujo a dar su aprobación tácita a las exacciones de Guantánamo y de Abu Ghraib, y a avalar la legislación represiva implementada en su propio país 4.

Si bien el desastre iraquí fue la principal causa de la hostilidad hacia Blair, y de manera más general a su gobierno, no es la única. Hace diez años, podía pensarse que se esforzaría en implementar una alternativa progresista a las políticas neoliberales de Margaret Thatcher, que habían resultado extremadamente impopulares. Hoy resulta evidente que nunca fue ése su objetivo. Se trataba para él de apoyarse en la herencia de la Dama de Hierro; nunca de rechazarla.

Continuidad conservadora

 La totalidad del programa de política interior de los gobiernos de Blair no fue más que una continuidad del de los conservadores en el poder de 1979 a 1997. Blair se calzó las botas de Thatcher en materia de educación y salud, libertades públicas y seguridad, así como respecto de Irlanda del Norte. Ninguna originalidad en sus proyectos: la política respecto de Irlanda del Norte, que en abril de 1998 desembocó en el denominado acuerdo tripartito de Viernes Santo (protestantes del Ulster, IRA y gobierno de Dublín) fue el gran sueño de John Major, su antecesor en Downing Street. El actual gobierno lo implementó con éxito 5. El proceso de descentralización que condujo a la creación de asambleas políticas en Escocia y el País de Gales había sido elaborado en detalle por John Smith, a cuya muerte prematura, Blair tomó el relevo a la cabeza del Partido Laborista. Los llamados establecimientos escolares "especializados" y las "academias" (que implican un control y un financiamiento de las instituciones públicas por parte de las empresas privadas), al igual que el mantenimiento de las grammar schools (liceos elitistas que son los bastiones de los privilegios de la clase media en el seno del sistema público) y la eliminación de la gratuidad de los estudios superiores eran también propuestas de los conservadores.

Cierto es que Blair fijó un salario mínimo en 1999 6 mientras que el abandono de los equipamientos colectivos lo condujo a crear empleos en el sector público, pero continuó con la política de desentendimiento del Estado y privatización. La prolongación más significativa del thatcherismo fue la Iniciativa para el Financiamiento Privado (Private Finance Initiative, PFI) que permite a las empresas privadas brindar prestaciones de salud y educación, hasta entonces garantizadas por el servicio público. La PFI era un proyecto de John Major, presentado en 1992 por el entonces ministro de Economía, Norman Lamont. Apuntaba a incentivar a las empresas privadas para construir y administrar hospitales y escuelas. Las empresas involucradas dispondrían de una concesión que podía extenderse hasta 50 años, y recuperarían su inversión mediante pagos anuales de los contribuyentes.

Los conservadores implementaron proyectos pilotos, pero la PFI recién cobró verdadera importancia al ser adoptada con entusiasmo en 1997 por Gordon Brown, ministro de Economía y ahora sucesor de Blair. Brown se había comprometido a aumentar las inversiones en el sector público, sin salir de los estrechos límites de la capacidad de endeudamiento del Estado heredada de los conservadores. El problema parecía insoluble, pero la PFI aportaba la respuesta. El gobierno podía obtener hoy los fondos necesarios para las inversiones y devolverlos después.

La otra cara de la moneda era que las sumas adelantadas debían reembolsarse a un nivel muy superior al de una inversión tradicional. Así, a fines del año 2005, se firmaron contratos por casi 50.000 millones de libras, que obligaban a los contribuyentes a efectuar 20 pagos anuales de 7.500 millones de libras, es decir un total de 150.000 millones de libras. La PFI se ha extendido ahora a la construcción de rutas y cárceles, a las tecnologías de la información, mientras que las autoridades locales la destinan a viviendas, bibliotecas, alumbrado público. Es el Ministerio de Defensa el que más utiliza la PFI. Al punto que los conservadores ya no reconocen la paternidad de este dispositivo. En 2002, Norman Lamont declaraba: "La PFI nunca se concibió como un modo de encontrar financiamiento alternativo. Pienso que es peligrosa porque el financiamiento privado es más costoso".

Entre los beneficiarios de los contratos de la PFI figuran los innumerables consultores de cuatro grandes empresas: Price Waterhouse Coopers, KPMG (ex Peat Marwick), Deloitte Touche y Ernst & Young (hoy parcialmente en manos de la francesa Capgemini). Consultores de Accenture (ex Arthur Andersen), Booz Allen Hamilton y McKinsey tampoco quedaron afuera. De los 50.000 millones de libras prometidos en 2005, 5.000 millones se gastaron en honorarios de consultores.

Una de las ambiciones de Blair era "modernizar" el funcionamiento de la administración, y hablaba de una "reforma del servicio público centrada en objetivos". La explosión de los contratos con consultores privados involucrados en actividades hasta el momento realizadas por funcionarios generó efectivamente importantes reestructuraciones de la administración. Los funcionarios de las películas cómicas de la posguerra, que lucían bombín y paraguas, desaparecieron hace mucho tiempo. Habían sido formados para asesorar a los dirigentes políticos, no para gestionar proyectos. Estas tareas ahora están en manos de jóvenes consultores privados.

 "Tercera vía" o New Labor

 La PFI, que figura entre los proyectos predilectos de Blair, resultó altamente impopular, y cada vez más incapaz de lograr sus objetivos. Los fijados para las escuelas y los hospitales no se alcanzaron. Las reformas en materia de tecnologías de la información resultaron costosas e inadecuadas. Las enfermeras y los docentes salieron a la calle para manifestar su descontento. Un ex asesor ministerial llegó a hablar del "fracaso del Estado McKinsey". Otros recordaron el mecanismo de "puerta giratoria": se contrata a consultores privados para administrar proyectos públicos, mientras que altos funcionarios se jubilan anticipadamente para hacerse contratar por las empresas consultoras. La política ya no está asociada a las ideas, sino a la eficacia de la maquinaria administrativa. La única opción que se ofrece a los electores es designar al personal considerado más apto para implementar estas reformas administrativas.

El término "blairismo" designa hoy un proyecto político que fracasó, pero en un comienzo el sueño de Blair llevaba el nombre de "tercera vía". No sin una fuerte dosis de optimismo, pretendía trazar un camino (no definido) entre el socialismo y el capitalismo a fines de la Guerra Fría. De hecho, se trataba esencialmente de un proyecto proveniente de Estados Unidos, que emanaba del Partido Demócrata de la época de William Clinton, con vistas a brindar a los gobiernos clientes del imperio estadounidense una filosofía internacionalista. En el mejor de los casos, podía interpretarse como una respuesta racional al nuevo contexto social y económico asociado a la mundialización, fenómeno considerado como un hecho inmutable y permanente. En la medida en que los gobiernos por separado disponían de pocos medios para influir en los movimientos de los mercados financieros en un capitalismo globalizado, necesitaban -les decían- concentrarse en lo que estaba efectivamente a su alcance: formar a sus trabajadores para que se volvieran más competitivos, y crear la infraestructura -escuelas, hospitales, sistemas de comunicación- necesaria para ello.

En la práctica, la capacidad de los gobiernos para cumplir con esa hoja de ruta había sido sobreestimada, y la "tercera vía" no fue más allá del ejercicio retórico. Su versión británica (antes de la invención del "blairismo") se denominó Nuevo Laborismo (New Labour). Esta formulación fue urdida en los años 1990 para tomar distancia entre Blair, por un lado, y los partidarios del Viejo Laborismo (Old Labour), por el otro, estos últimos definidos como militantes a la antigua, y estigmatizados como sindicalistas de otra época, arcaicos defensores de la lucha de clases.

Para los blairistas, esta combinación de izquierdistas de ayer y hoy estaba totalmente desfasada de la realidad del momento, y pondría en fuga a la generación emergente de la clase media y de individualistas ávidos de dinero fácil, es decir, los herederos de la era Thatcher.

Había que imaginar otra cosa, y Blair dedicó gran parte de su carrera a luchar contra su propia formación, cuando no la ignoraba lisa y llanamente. Fue así que eliminó todo debate en el Consejo de Ministros, y suprimió el congreso anual del partido, que tradicionalmente discutía su política. Por eso la ideología del Nuevo Laborismo nunca fue apreciada por los militantes, y es poco probable que sobreviva a la partida de Blair. Conscientes de que los vientos han cambiado, dirigentes laboristas de primera línea se esfuerzan ahora por alentar los debates internos, notoriamente inexistentes durante una década.

 Justicia social, un sueño lejano

 Raras veces se utiliza la expresión "Nuevo Laborismo", reemplazada en los medios de comunicación por "blairismo". Lo que antes se presentaba como una vía intermedia entre el socialismo y el capitalismo es definido ahora por sus partidarios como el matrimonio de la economía de mercado con la justicia social. El Primer Ministro prefiere hablar de "eficacia económica", pero también le gusta cómo suena "justicia social", expresión que siempre está en su boca. Durante el congreso del Partido Laborista en octubre de 2006, explicó que "la eficacia económica y la justicia social" se habían vuelto "aliadas del progreso". Esta última definición del blairismo, rechazada por la opinión pública británica, se convirtió en la base doctrinal común de la izquierda y la derecha gubernamentales en toda Europa. Fue retomada con igual entusiasmo por Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy, por Blair y David Cameron, nuevo jefe del Partido Conservador. Este último puso en funcionamiento un grupo de trabajo sobre la "justicia social" para dar a su partido una imagen más "compasiva".

La expresión "justicia social" se utiliza esencialmente como adorno retórico, ya que carece de todo significado o realización concreta en su haber. Toda sugerencia de que pueda implicar una redistribución de la riqueza (durante mucho tiempo el objetivo del Viejo Laborismo) provocó la virulenta oposición de Blair. La tendencia es más bien en el sentido contrario: nada debe obstaculizar la "creación de riqueza", lo que significa la aceptación de las enormes desigualdades de ingresos características tanto de la Gran Bretaña de Blair como de la de Thatcher.

Las ganancias de las 100 grandes empresas del índice Financial Times Stock Exchange, FTSE100, explotaron: hoy son siete veces mayores a lo que eran en 2002. Los ricos se volvieron más ricos, y los pobres más pobres. El 1% más rico de la población posee el 25% de la riqueza nacional, y el 50% más pobre apenas el 6%. En una población de 60 millones de habitantes, 11 millones viven en la pobreza. Según el informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) sobre el bienestar de los niños, el Reino Unido se ubica en el último puesto de los 21 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que fueron objeto de estudio 7. La "justicia social" para las poblaciones olvidadas de las ciudades es un sueño lejano y cada vez más inaccesible.

 Cambios en la sociedad

 Los diez años que Blair estuvo en el poder constituyen un largo período en política. Sin embargo, muchos de los cambios significativos producidos en la sociedad británica durante esta década -caída masiva del empleo industrial, aumento de los servicios, cuasi desaparición de los agricultores- son fuertes tendencias antes que políticas gubernamentales. Estos cambios repercutieron en el compromiso político y sindical: el Partido Laborista tenía un millón de miembros en 1950, hoy sólo tiene 200.000. El número de sindicados cayó a la mitad desde 1970, y hoy asciende a 8 millones, principalmente en el sector público.

El desmoronamiento de la clase obrera tradicional, donde los peones eran numerosos, tuvo, entre otros efectos, la desaparición gradual del pub tradicional, abrumadoramente masculino y bastión de la "britanidad". Poca gente sigue bebiendo grandes cantidades de cerveza, y los pubs se transformaron en vinerías de moda para ambos sexos. Una clientela de jóvenes invade las mesas en las aceras, llueva o truene, como en un país mediterráneo, pero con sistemas de calefacción a gas móviles.

Al igual que en muchos otros países de Europa, se observa la omnipresencia de teléfonos celulares, la utilización generalizada de internet de gran velocidad, el gusto de un sector de la juventud por la bebida y las veladas hasta el alba en los locales bailables, el creciente consumo de crack, la preocupación de los medios de comunicación por la moda y el deporte, la explosión de los pasajes aéreos de bajo costo (low cost) que permitió a grupos sociales y familias de ingresos reducidos viajar a destinos lejanos. Profundos cambios de estilos de vida sobre los cuales los dirigentes políticos no ejercieron ninguna influencia y no saben qué decir.

Blair se considera un dirigente nacional heroico y se preocupa ahora de su "legado" para la historia. En materia de política exterior, lo que se recordará principalmente es su entusiasmo por la guerra, su voluntad de fortalecer la alianza angloestadounidense y la resurrección de una ambición imperial camuflada en "intervención humanitaria". Una de las innovaciones de su década en el poder tiene sin embargo muchas posibilidades de mantenerse: la capacidad del gobierno para manipular a los medios de comunicación. El número de sus asesores de prensa y relaciones públicas pasó de 300 en 1997 a 1.815 en la actualidad.

Es posible que los historiadores del futuro consideren que la longevidad de Blair en el poder y sus aparentes logros se deban más a la inhabitual mediocridad de la oposición conservadora que a los méritos y la popularidad de su Nuevo Laborismo. Tras la revolución thatcherista, los conservadores estaban escasos de ideas, y utilizaron a cuatro jefes en una década para finalmente seleccionar a David Cameron, un clon de Blair, doce años menor que él. De Cameron se desprende un opaco mensaje de moderación y de un "verde" muy "tendencia", susceptible de atraer a la clase media decepcionada con el blairismo. La única opción que le queda a Blair para que su reinado se perciba de manera menos negativa sería que George Brown, su sucesor (probablemente efímero), implemente una política todavía más de derecha que la suya.

  1. El abortado intento de invasión a Egipto organizado por Anthony Eden y el Primer Ministro francés de la época, Guy Mollet, tras la nacionalización del Canal de Suez por parte de Nasser, en 1956, fue la señal de la caída del Imperio británico.
  2. El arzobispo de Canterbury es el primado de la Iglesia Anglicana.
  3. Véase la obra del jefe de redacción de New Statesman, John Kampfner, Blair's Wars, Free Press, Londres, 2004.
  4. Tariq Ali, Quelque chose de pourri au Royaume-Uni. Libéralisme et terrorisme, Raisons d'Agir, París, 2006.
  5. Después de las elecciones del 7 de marzo pasado en Irlanda del Norte, los enemigos jurados que eran el protestante Ian Paisley y el católico Martin McGuinness, jefe negociador del Sinn Fein (vidriera legal del IRA) dirigirán juntos en Belfast un gobierno de coalición.
  6. 5,35 libras de ese momento, es decir 7,88 euros.
  7. UNICEF, Situation des enfants dans le monde 2007, UNICEF, Ginebra.
Autor/es Richard Gott
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:20,21
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Política
Países Francia