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Recuadros:

Errores tácticos, choque de estrategias

A comienzos del año 1967, los observadores y algunos “expertos” –categoría mal definida– no preveían grandes riesgos de un nuevo conflicto armado entre árabes e israelíes. Es cierto que desde 1964 la tensión aumentaba permanentemente a causa del “desvío” del río Jordán por parte de Israel y del “contra-desvío” de sus afluentes por parte de Siria, teóricamente apoyada por el Líbano y Jordania. Pero, en realidad, estos dos últimos países habían dado sólo un apoyo verbal, y Damasco se vio obligado a suspender sus obras preliminares a causa de bombardeos israelíes.

También es cierto que tanto la República Árabe Unida (RAU) 1 de Gamal Abdel Nasser como Israel estaban comprometidos en una carrera armamentística que afectaba mucho sus economías. Pero todo permitía pensar que los israelíes sobrestimaban públicamente la amenaza de Egipto con el fin de obtener las primeras entregas importantes de material de guerra estadounidense y una garantía de seguridad en caso de ataque árabe.

La evidente superioridad militar de Israel y la división que reinaba en el mundo árabe en plena Guerra Fría, entre “progresistas” y “conservadores” (reaccionarios, según la calificación de los primeros), llevaron a los expertos a estimar –utilizando una conocida expresión– que si bien la paz era imposible, la guerra parecía improbable.

Tres explicaciones principales se dieron para esta muy breve crisis, transcurrida entre el 13 de mayo y el 4 de junio de 1967. La primera, casi universal por entonces, afirmaba que Egipto pretendía destruir el Estado de Israel, lo que implicaba una conducta irracional, teniendo en cuenta la correlación de fuerzas. La segunda, casi simétrica, estimaba que el gobierno israelí habría tendido una trampa, logrando manipular tanto a los Estados occidentales como a los regímenes árabes, a fin de situarse en la mejor posición diplomática para lanzarse a la segunda fase de la expansión sionista. Como toda explicación elaborada en términos de conspiración, ésta presuponía una formidable inteligencia de parte de uno de los actores –el manipulador– y un déficit equivalente por parte de todos los demás. La tercera explicación evoca más bien una responsabilidad compartida, fruto de una serie de errores de cálculo de los protagonistas.

El renacimiento político palestino, concretado con la creación en 1964 de la Organización de Liberación de Palestina (OLP), y las primeras operaciones militares del Al Fatah, en 1965, habían introducido un nuevo factor. Tomando al pie de la letra las declaraciones belicistas de los gobiernos árabes, los responsables palestinos deseaban visiblemente forzarlos a entrar en guerra.

El comienzo de la lucha armada palestina, aunque sus resultados puedan parecer mínimos –unas quince bajas israelíes, en su mayoría militares, entre el 1 de enero de 1965, fecha de la primera operación de Al Fatah, y el 5 de junio de 1967– marca el primer cuestionamiento de la victoria israelí de 1948-1949, lo que para los militares es considerado como un casus belli. En su deriva activista e izquierdizante el neo-Baas sirio, llegado al poder en 1963, ayudaba a los palestinos y cuestionaba el hecho consumado menos admitido por la comunidad internacional: la soberanía israelí sobre la zona desmilitarizada entre ambos países 2. De eso resultó lo que los observadores llamarían luego el “síndrome sirio” de la política militar de Itzhak Rabin, por entonces jefe del Estado Mayor del Ejército, es decir, una política agresiva destinada a reafirmar los avances israelíes en la zona desmilitarizada y a forzar a Damasco a abandonar su apoyo a la lucha armada palestina.

Rabin no buscaba desatar una nueva guerra israelí-árabe. Pensaba que una simple demostración de fuerza, acompañada de un acuerdo tácito de Washington, alcanzaría para imponer su voluntad a Siria, que ya había sido abandonada por Egipto. Los planes de su Estado Mayor se basaban en una doctrina: llevar inmediatamente la batalla sobre el territorio del enemigo. Se trata de una visión puramente “técnica”, dado que el territorio israelí no se presta a una acción defensiva. De eso se desprende que, en caso de captura de territorios árabes, no se los devolvería antes de lograr una paz completa. Rabin y el Estado Mayor definieron ante el Primer Ministro Levi Eshkol el perímetro ideal que garantizaría la seguridad de Israel: el río Litani, el valle del Jordán y el canal de Suez. Eshkol no manifestó entusiasmo por la idea, salvo en lo que concierne al Litani, a causa del problema –ya por entonces urgente– de los acuíferos. Todos estuvieron de acuerdo en que semejante programa era irrealizable sin un apoyo internacional.

Mal cálculo de Nasser

En efecto, en 1956, durante la crisis que generó la nacionalización de la compañía del Canal de Suez por parte de Nasser, Estados Unidos se había mostrado como un atento protector del statu quo territorial y había exigido que el ejército israelí evacuara Gaza. Desde entonces, sólo concedió su creciente ayuda en función del respeto de ese statu quo. Por lo tanto, el problema no residía en la capacidad del ejército para conquistar nuevos territorios, sino en la del Estado para conservarlos.

Dos acciones militares israelíes precedieron la crisis de mayo-junio de 1967: la incursión sobre la población cisjordana de Samu, el 13 de noviembre de 1966, destinada a “castigar” a los habitantes de esa localidad por la ayuda que habían dado a Al Fatah; y el combate aéreo entre israelíes y sirios del 7 de abril de 1967 (6 cazas Mig sirios fueron derribados por aviones Mirage), cuyo objetivo era humillar al régimen de Damasco. La primera acción persuadió al rey Hussein de que Israel tenía la intención de destruir su reino para apoderarse de Cisjordania, y la segunda puso de manifiesto la inacción del Egipto nasserista.

Con el apoyo más o menos manifiesto de su gobierno, los militares israelíes aplicaban la estrategia de la tensión sin intenciones de llegar hasta la guerra, aunque no dudaban en amenazar al régimen baasista con posibles acciones extremas. En ese contexto, la Unión Soviética previno a Damasco y a El Cairo, el 13 de mayo de 1967, de una próxima invasión de Siria por parte del ejército israelí. La inquietud de Moscú se apoyaba en informaciones de inteligencia que concernían a la citada estrategia de la tensión. La ausencia de concentraciones militares en la frontera no probaba nada, pues Israel era capaz de movilizar sus fuerzas muy velozmente.

A partir del 14 de mayo el ejército egipcio se desplegó en el Sinaí. Su acción podía ser interpretada como de naturaleza disuasiva. Pero Nasser también actuaba en función del juego político árabe –aislar a Jordania para obligarla a pasar del bando saudita al egipcio– y con el objetivo de borrar las huellas de la agresión de 1956. Eso lo llevó a pedir, el 15 de mayo, la retirada de los cascos azules de la frontera internacional. La ONU decidió entonces retirar todas sus fuerzas del Sinaí y de la Franja de Gaza: sin el acuerdo de El Cairo, esos efectivos pasarían a ser jurídicamente una fuerza de ocupación.

Israel asistía así, sin poder hacer nada, a la pérdida de una parte de los principales beneficios que había recogido de la guerra de 1956 3. Peor aun, el 17 de mayo dos aviones de reconocimiento egipcios que pasaban por Jordania sobrevolaron –sin haber sido interceptados por la aviación israelí– la central nuclear de Dimona, lo que puso de manifiesto su vulnerabilidad, ya que no está muy lejos de la frontera. La convicción de los responsables israelíes era que una operación aérea “preventiva” contra sus instalaciones nucleares hallaría una cierta comprensión; incluso una amplia aprobación internacional. Esa preocupación se mantuvo hasta el final de la crisis, y provocó el primer llamado de reservistas. Lejos de garantizar la disuasión, el programa nuclear resultó ser un factor esencial en el camino hacia la guerra.

Siempre con el objetivo de volver a la situación anterior a la crisis de Suez, Nasser dio un nuevo paso: el 22 de mayo cerró el estrecho de Tiran, que separa el golfo de Akaba del Mar Rojo. El país estaba dispuesto a correr el riesgo de una guerra y pensaba que su ejército tenía los medios para enfrentar al enemigo si éste atacaba. Algunos de sus responsables militares analizaban incluso la posibilidad de una operación en el Neguev para establecer un vínculo con Jordania, pero Nasser vetó esa iniciativa. Públicamente puso en el mismo plano a Israel, al imperialismo y a la “reacción” (las monarquías saudita y jordana, el sha de Irán).

De esa forma, Nasser subestimaba el poderío militar del adversario: en su opinión, Israel sólo podría atacar si disponía de una ayuda exterior y, por otra parte, no podría desarrollar una guerra en dos frentes. Ahora bien, ninguna potencia europea –estimaba Nasser– le brindaría esa ayuda, ni siquiera Estados Unidos, que estaba empantanado en la guerra de Vietnam. Así, Egipto dispondría de los medios para concretar sus ambiciones ya que contaba con una disuasión suficiente como para desalentar cualquier ataque. Su líder no comprendía que Israel sólo necesitaba el apoyo político (y no la participación militar) de Estados Unidos y del Reino Unido.

Propaganda contraproducente

El Cairo lanzó una gran campaña propagandística contra Israel, el imperialismo y la reacción. Jordania fue el primer país en sumarse a Nasser, cuya popularidad, luego del 22 de mayo, estaba en su punto más alto. Pero a pesar de ser un astuto calculador, Nasser no tuvo en cuenta los riesgos inducidos por la propaganda. Le resultaba difícil conformarse con un éxito real, pero limitado. Su discurso, que a pesar de todo era mesurado (no hablaba de acción ofensiva) quedó totalmente tapado por sus propios órganos radiofónicos. Su emisora, La Voz de los Árabes, hablaba de liquidación total del Estado de Israel, de su inminente destrucción. Los otros órganos árabes retomaban ese estilo, que en Occidente se resume en una expresión que nunca fue pronunciada: “Empujar a los judíos al mar”. Nasser simplemente deseaba volver a la situación previa a 1956, pero su propaganda hablaba de antes de 1948.

Tomados por sorpresa, los militares israelíes presionaron al gobierno para asumir la iniciativa de la guerra. Sus servicios de informaciones eran incapaces de prever lo que vendría, porque la dirección egipcia improvisaba permanentemente, a veces de manera contradictoria. Eshkol quería limitarse a una acción diplomática. La prensa israelí hablaba de un “nuevo Holocausto”, creando así un clima de catástrofe inminente.

La decisión de enviar al ministro de Relaciones Exteriores, Abba Eban, a París y a Washington atrasó la adopción de medidas. El general De Gaulle afirmó que se opondría a cualquiera que iniciara las hostilidades. Londres y Washington consideraban el cierre del estrecho de Tiran como una agresión, pero no deseaban la guerra. Ambas capitales planeaban una demostración naval internacional para reafirmar la libertad de paso por el golfo de Akaba: las “regatas en el Mar Rojo”. El 26 de mayo de 1967, el presidente Lyndon Johnson hizo saber que “Israel no se encuentra solo, a menos que decida actuar solo”, y pidió un plazo para hallar una solución política.

A pesar de no haber sido consultada, la Unión Soviética apoyaba diplomáticamente la política de Nasser. El Kremlin sólo le pidió a los egipcios que actuaran con prudencia y que no iniciaran las hostilidades. Todas esas invocaciones confirmaban, en la opinión de Nasser, la fuerza de su posición y lo incitaban a querer concretar la nueva relación de fuerzas en el Sinaí y a aprovechar al máximo la situación para derrotar al “bando de la reacción”. No daría ni un paso atrás, pues sería un revés para las fuerzas progresistas. Éstas habían ganado la guerra de la propaganda haciendo imposible –pensó– una intervención militar estadounidense, pues provocaría el incendio de toda la región y la caída de los regímenes vinculados a Occidente. Sólo había que esperar que Jordania capitulase y que Arabia Saudita hiciera lo mismo, aislando completamente a Irán. Lo que estaba en juego ya no era el Sinaí, sino toda la península arábiga con sus reservas de petróleo.

El Cairo rechazó todas las iniciativas de solución política que incluyeran la reanudación de la navegación israelí en el golfo de Akaba. Londres y Washington tomaron conciencia de la imposibilidad de realizar concretamente las “regatas del Mar Rojo”. El riesgo era el cierre del canal de Suez, un eventual desabastecimiento de petróleo y el retiro por parte de los países árabes de sus haberes en libras esterlinas, lo que produciría el hundimiento de la moneda británica. De golpe, la situación cambiaba de naturaleza: ahora la cuestión consistía en saber cuál de los dos bloques (el mundo estaba entonces en plena Guerra Fría entre Occidente y el “bloque socialista”) controlaría Medio Oriente y sus recursos petrolíferos y financieros. Una intervención militar –aunque fuera simbólica– de las dos potencias anglosajonas beneficiaría fundamentalmente a los soviéticos.

La disuasión de Nasser funcionó admirablemente, pero seguía estando basada en la subestimación de la fuerza militar israelí, muy superior a la de 1956. Con total irresponsabilidad, los dirigentes egipcios se negaban a tomar en cuenta el efecto que tenían sus declaraciones sobre la opinión pública occidental e internacional.

Teoría del dominó

Mientras Nasser radicalizaba su discurso, el alto mando israelí aumentaba su presión sobre el gobierno. El general Ariel Sharon, por entonces comandante de una división, llegó incluso a considerar verbalmente la posibilidad de un golpe de Estado militar. El total alineamiento de Jordania con Egipto precipitó los acontecimientos, más aun cuando Arabia Saudita siguió el mismo rumbo. Israel aparecía totalmente rodeado por una coalición árabe: la peor pesadilla de sus estrategas.

Eshkol cedió el 1 de junio y formó un gobierno de unión nacional. Moshe Dayan pasó a ser el nuevo ministro de Defensa, y el jefe de la derecha, Menahem Begin, ministro sin cartera. Ambos eran partidarios declarados de la expansión territorial. Más allá de sobrevivir a una eventual agresión, se trataba de concluir lo que la guerra de independencia no había podido lograr, fundamentalmente, la conquista de Cisjordania.

Luego de perder la esperanza en una solución diplomática, la administración estadounidense estaba dispuesta a dejar actuar a Israel, pero tomando distancia para no aparecer comprometida frente a los árabes. El 31 de mayo, Meir Amit, jefe del Mossad –los servicios secretos israelíes– llegó a Washington para discutir la situación. Al día siguiente se entrevistó con el secretario de Defensa Robert McNamara y con el jefe de la CIA. Amit supo cómo hablarle a los estadounidenses, y adaptó la “teoría de los dominós” al Medio Oriente: si Nasser ganaba esta batalla, toda la región hasta la frontera soviética caería bajo dominación árabe. Israel necesitaba un apoyo estadounidense a largo plazo y una protección inmediata ante una eventual interferencia soviética. Sus interlocutores mostraron claramente que compartían esa visión.

En los primeros días de junio, varios canales transmitieron ese mensaje. En una circular telegráfica enviada a las embajadas estadounidenses en todo el mundo árabe, fechada el 3 de junio, el secretario de Estado, Dean Rusk, explicó la posición de su administración: ya no había lugar para una solución razonable frente a la psicología de “guerra santa” de los árabes, y a su equivalente israelí, la “psicología del apocalipsis”. Estados Unidos no podía seguir pidiéndole “moderación” a Israel en lo que consideraba la defensa de sus intereses vitales. Los árabes, como los israelíes, confiaban en la suerte de las armas.

El 4 de junio Walter Rostow, consejero del Presidente estadounidense, vislumbró el futuro en un memorando. Utilizó todas las precauciones retóricas necesarias con el fin de presentar como hipótesis la guerra y la victoria israelí. Los árabes moderados, es decir, virtualmente todos los árabes que temían la expansión de Nasser, preferían que éste fuese derribado por los israelíes antes que por fuerzas exteriores. La moderación se establecería en Medio Oriente, cuyos Estados pondrían el acento en el desarrollo económico y en la colaboración regional. Más aun, si se hallaba una solución al problema de los refugiados palestinos, Israel sería aceptado como parte integrante de la región. Se trataría de una transición histórica de transformación de la región. Luego de recibir todas las garantías necesarias de Washington, Israel ya no necesitaba esperar. El 4 de junio de 1967 el gobierno adoptó la decisión final.

Tierra Santa en disputa

La guerra de junio de 1967 nació efectivamente de errores de cálculo de todas las partes. Esa expresión figura muchas veces en los documentos disponibles. La confusión jurídica de los arreglos de 1957 sobre la libre circulación en el golfo de Akaba y en el estrecho de Tiran tornó difíciles tanto la definición del casus belli como la identificación del agresor: ¿el que impone el bloqueo y el que dispara primero? Del lado árabe, el motor de los acontecimientos fue, más que el conflicto árabe-israelí, la Guerra Fría que enfrentaba la RAU a Arabia Saudita. A causa de su retórica y de su actitud, los países árabes se colocaron en la peor de las situaciones respecto de la opinión pública internacional.

El acercamiento militar israelí-estadounidense, iniciado bajo la presidencia de John F. Kennedy, acentuó la radicalización de las posiciones, haciendo funcionar admirablemente la retórica de la descalificación, que no hacía diferencias entre el imperialismo, la reacción y el sionismo. Fue para salvar a Arabia Saudita que Estados Unidos autorizó tácitamente a Israel a entrar en guerra. Los que (¡ya por entonces!) vislumbraban una especie de “nuevo Medio Oriente”, lo hacían en el marco de cambios de regímenes, pero respetando la integridad territorial de los Estados existentes. De esa manera le daban razón a los progresistas árabes, que siempre denunciaron este tipo de conspiraciones occidentales, pero se hacían ilusiones sobre su capacidad para hacer respetar el orden territorial luego de una ocupación militar.

La perspectiva de una expansión territorial no estaba en el programa de Israel a comienzos de 1967, pero –jurídicamente– ese país jamás renunció a la totalidad de la Palestina de la época del mandato. Algunos aún hablan del tema, y muchos siguen pensando en ello. Nadie quiere ver que el renacimiento político palestino, acelerado por la guerra, acabará dando al conflicto, inexorablemente, su primera dimensión: la lucha de dos pueblos que reivindican la Tierra Santa. 

  1. La República Árabe Unida fue creada en 1958 al fusionarse Egipto y Siria. Un golpe de Estado en Damasco terminó con esa experiencia en 1961, pero Egipto conservó ese nombre hasta 1971.
  2. El 20 de julio de 1949 se firmó un armisticio entre Siria e Israel, en el que se definían dos zonas desmilitarizadas en la frontera entre ambos países. La cuestión de la soberanía sobre esas zonas fue dejada en suspenso.
  3. Al finalizar la guerra de 1956, la ONU instaló observadores en Gaza y en Sharm El-Sheikh para garantizar la libre circulación en el golfo de Akaba (principalmente hacia el puerto de Eilat).

Seis días de guerra

5 de junio. A partir de las 7:45 hs. la aviación israelí bombardea los aeropuertos egipcios y destruye la mayor parte de sus aviones.
6 de junio. El ejército israelí ocupa la Franja de Gaza y sus blindados penetran en la península de Sinaí.
7 de junio. Israel completa la conquista de la margen oeste del río Jordán y se
apodera de la ciudad de Jerusalén (la anexa el 27 de junio).
8 de junio. Los blindados israelíes llegan hasta el canal de Suez. El Cairo capitula.
9 de junio. Israel se torna contra Siria,
y al cabo de duros combates ocupa el Golán hasta la ciudad de Kuneitra.
Nasser renuncia, pero al día siguiente, frente al apoyo que le manifiestan miles de egipcios, decide mantenerse en su cargo.
10 de junio. Fin de las hostilidades.
Israel cuadruplica su territorio mientras 400.000 nuevos refugiados palestinos cruzan el Jordán.


Autor/es Meron Rapoport
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Militares, Políticas Locales, Políticas religiosas
Países Arabia Saudita, Israel, Jordania, Líbano, Siria