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Recuadros:

Un giro político hacia la religión

La guerra de 1967 dejó relativamente pocas víctimas mortales, pero Egipto fue el país que pagó el mayor tributo (10.000), mientras que los soldados sirios y jordanos muertos no pasaron en total de 5.000. Sin embargo, los árabes hubieran preferido perder hombres antes que territorios y su dignidad. La naksa, literalmente la “recaída”, se refiere a la derrota ante Israel, pero también y sobre todo a la brutal interrupción del gran proyecto de un Estado árabe progresista, nacionalista y modernista, que encarnaban el nasserismo y el baasismo 1, y que había culminado con la creación de la República Árabe Unida entre Egipto y Siria (1958-1961). Durante casi dos décadas, entre 1950 y 1967, los árabes mantuvieron la esperanza de una segunda oportunidad para “reparar” la catástrofe (nakba) original de la pérdida de Palestina en 1948-1949. En 1967, la irreversibilidad del Estado hebreo se hizo patente, a la vez que en Israel tomaba forma un discurso sobre la irreversibilidad de la conquista de los territorios. El tablero político se redefinía en consecuencia 2.

Avance del islamismo

La derrota marcó profundamente las conductas y hasta los sistemas de valores de las sociedades árabes, donde el precio de la vida humana se redujo. Ciertamente, una familia se desespera aún por la desaparición de un hijo, pero las sociedades se consideran en estado de guerra, una guerra legítima de la que el dolor forma parte. Desde esa época se verifica la glorificación de la muerte, primero por el movimiento de los fedayines palestinos, que se sacrificaban por la tierra y la protección de la identidad nacional; luego por los movimientos islamistas, que la recuperaron y sacralizaron.

La guerra de 1967 representó ante todo un giro político en la región, que implicó, de un lado, la “palestinización” del conflicto israelo-árabe, y de otro, la afirmación del factor religioso. Por primera vez, desde 1948, la reivindicación palestina era asumida por una dirección propia: la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), nacida en 1964, y poco después reconocida por la Liga Árabe como única representante del pueblo palestino. La OLP entró en la lucha armada a fines de la década de 1960, pero a medida que se cerraban los países desde los que podía actuar, adoptaba otros modos de resistencia. Luego de su eliminación de Jordania en 1970-1971, se lanzó al terrorismo internacional, un instrumento clave en su estrategia de supervivencia. Sólo renunció completamente a ese proceder en la década de 1980. La aparición de grupos armados no estatales que llevaban adelante ataques más allá de las fronteras era algo nuevo, y esas formaciones chocaban tanto con Israel como con los gobiernos de los países desde los cuales operaban.

En segundo término, se produjo un giro en la relación entre política y religión. Desde el día siguiente de su derrota y de las grandes manifestaciones en su favor para que retirara su renuncia 3 Gamal Abdel Nasser buscó el apoyo del establishment religioso. Y lo obtuvo. En una rogativa pública, al día siguiente de la derrota, el sheik Mohammed Mitwalli Shaarawi, el más popular de los responsables religiosos del país, agradeció “a Dios esa derrota traumática que sirvió para despertar a la nación y hacer que tome conciencia de su equivocación al excluir la religión de los asuntos públicos”. El gobierno vio en la instrumentación de la religión un medio para reconstruir la legitimidad perdida, convencido de que lograría controlar a los religiosos. Nasser designó entonces al sheik Shaarawi como responsable de la predicación en el seno del partido único. Sin embargo, rápidamente percibió el riesgo que ello implicaba, y trató de limitar su influencia.

Cuando en 1970 Anuar El Sadat sucedió a Nasser, retomó la estrategia de la cooptación. A partir de entonces se instaló y se profundizó la connivencia entre ambos poderes, con el objetivo de anestesiar a la población e impedir un desafío al orden existente. De todas formas, las propias autoridades religiosas empezaron a actuar de manera autónoma, confiadas en el poder que ejercían sobre los corazones y las conciencias. Ocuparon el espacio público: la cultura, los asuntos sociales, los medios de comunicación. El aumento de su influencia –Al Azhar en Egipto, establishment wahabita en Arabia Saudita– las transformó en un polo alternativo, capaz de estructurar la vida de la sociedad, de dar un sentido a su existencia colectiva. Por otra parte, sus medios financieros le brindaban la capacidad de suministrar servicios sociales a la población más desprotegida.

Incluso antes de la proliferación de movimientos extremistas que se dicen islámicos, la institución religiosa hizo de la cuestión palestina, al sacralizarla, el centro del problema identitario. Convirtió así el enfrentamiento nacional y territorial, en antagonismo judeo-musulmán. Afirmar que el islamismo es una respuesta a la creación del Estado hebreo sobre una base religiosa, es una lectura retrospectiva inexacta. Entre 1948 y 1967 Israel fue percibido como la materialización de un proyecto nacionalista, al que se oponía el nacionalismo árabe y palestino. Pero el fracaso del poder nasserista y baasista en 1967 privó a esas corrientes de capacidad para formular un método de lectura del conflicto. Bajo la influencia de la institución religiosa se reescribió la historia: las generaciones que crecieron luego de 1967, y que hoy en día representan la inmensa mayoría de la población, aprenden una historia impregnada del discurso religioso, lo que genera un sentimiento de culpabilidad en todo aquel que se aleja de la devoción y del camino señalado.

En 40 años, el divorcio entre las sociedades árabes y sus gobiernos se fue profundizando. La gestión de las conciencias fue dejada al establishment religioso, y la de las frustraciones y aspiraciones políticas, a los movimientos islamistas, que se dividieron en dos tendencias principales: una legalista; otra “revolucionaria”.

Fue siempre a partir de Egipto que se definieron las orientaciones ideológicas y que surgieron las corrientes que influenciaron toda la región. Al deshonor de la derrota de 1967 se sumó la proximidad del enemigo israelí, cuyas fuerzas estaban estacionadas en la margen oriental del Canal de Suez y en las alturas del Golán, a menos de 100 kilómetros de la capital siria. Los Hermanos Musulmanes abandonaron las ideas de Sayyed Qutb 4, renunciaron a la violencia y adoptaron una estrategia de conquista progresiva de la sociedad por medio de la rápida expansión de su credo. Siguieron llamando a la guerra santa contra la fuerza de ocupación (Israel o las fuerzas militares extranjeras) pero se diferenciaron claramente de los extremistas, que preconizaban una guerra a ultranza contra los infieles, en el interior como en el exterior del país, por la gloria de Dios.

Por otro lado, surgió el movimiento de los gamaat islamyia, decidido a desarrollar acciones violentas, que se separó de los Hermanos Musulmanes para desplegar su actividad en tres direcciones 5. En primer lugar, se lanzó a la conquista de los jóvenes, se implantó en las universidades, penetró las escuelas secundarias más prestigiosas y reclutó sus militantes entre los hijos de las grandes familias burguesas de Damasco, Amman, El Cairo, Alejandría o Jartum. El islamismo extremista, movimiento preponderantemente intelectual y político, nunca fue patrimonio de las clases pobres. Sus dirigentes, como los de los gamaat islamyia a partir de 1967, o más tarde los de Al Qaeda, fueron intelectuales de la burguesía educada y acomodada.

Posteriormente desarrollaron una campaña para difundir el uso del velo por las mujeres. Frente a la “violación” de la tierra musulmana, los islamistas se mostraron obsesivamente aferrados a las nociones de honor y de virtud, que las mujeres tendrían la vocación y el deber de proteger. Como los gobiernos no fueron capaces de poner a salvo esos valores, la sociedad y las mujeres debían hacerlo directamente.

El tercer y último eje de la estrategia de los gamaat fue el entrenamiento físico y deportivo. Partiendo del loable principio de mantener una higiene de vida y un cuerpo sano, los militantes se preparan, en realidad, para la acción armada, para lanzarse a una confrontación con el poder.

En un primer tiempo, los Hermanos Musulmanes egipcios, cuya dirección fue devastada en los años 1965-1966 por una feroz represión, vieron en la seducción de las tesis de los gamaat sobre la juventud un medio de renovarse y de recomponer sus filas. Pero los jóvenes encolerizados llamaban a la guerra, mientras que los Hermanos ya habían elegido la vía pacífica, opción que no se vio jamás desmentida.

El mismo esquema se reprodujo en cada gran crisis. La sangrienta represión de los Hermanos Musulmanes sirios en la ciudad de Hama en 1982; la feroz persecución de los gamaat por el gobierno egipcio en los años 1988-1992 a raíz de atentados contra civiles y turistas; la década negra de 1990 en Argelia; el 11 de septiembre de 2001... Todas esas crisis provocaron dos reacciones inversas: una fracción mayoritaria renunció a la violencia o a la clandestinidad y se orientó hacia la legalidad y la moderación, mientras que un sector minoritario se radicalizó y se lanzó a la violencia guerrasantista, a menudo marchando al exilio.

A largo plazo, el discurso moderado y los métodos legalistas se mostraron políticamente eficaces: la popularidad de sus partidarios aumentó. Por lo demás, los poderes políticos, que sólo sabían usar los servicios de seguridad, los famosos mujabarat, se apoyaron en los islamistas moderados de Arabia Saudita, Egipto, Jordania y Marruecos para polemizar con los extremistas en el plano doctrinario, tratar de frenar la atracción que ejercen sobre los jóvenes y desprestigiar la violencia. La experiencia resultó exitosa, pues mermó la influencia de los grupos armados, tanto en Egipto como en Argelia. Pero el islamismo, como modo de pensamiento y modelo de sociedad, se impuso inducido por los moderados y por las instituciones religiosas. Creció así el conservadurismo y se erosionaron las libertades.

La derrota de 1967 produjo también la caída de los equipos en el poder en Siria, en Irak, en Sudán y en Libia. Pero fueron los últimos sobresaltos de ese tipo: mientras que desde 1948 la inestabilidad política formaba parte del paisaje en Medio Oriente, donde los golpes de Estado eran repetitivos, desde hace cerca de 40 años los mismos dirigentes (o sus hijos) están sólidamente instalados en el poder 6 (ver “Gobiernos que cambian...”).

Riqueza despilfarrada

En 1973 se produjo un sobresalto que es aún un modelo en el imaginario árabe. La guerra lanzada por El Cairo y Damasco contra Israel en el mes de octubre hizo creer que se podía lavar la afrenta de 1967, con una relación de fuerzas invertida. A nivel estratégico, ante todo, la movilización común de recursos militares y petrolíferos permitía pensar que, a falta de unión, existía al menos una solidaridad árabe, que podía dar mayor peso a las reivindicaciones de los más débiles, en primer lugar, de los palestinos. En el plano político, el mundo árabe tuvo entonces una sola voz y formuló reivindicaciones coherentes. Y por último, en el plano económico, las repentinas riquezas que convergían hacia los países petroleros permitían esperar un beneficio para la sociedad, gracias a su distribución por parte de los gobiernos.

Tales esperanzas resultaron ilusorias. En el plano militar, la guerra no aportó ninguna mejoría y resultó un empate. El tiempo de las negociaciones y de los compromisos había sido fijado incluso antes de iniciarse las hostilidades. Luego de haber cruzado exitosamente el Canal de Suez, el ejército egipcio se detuvo por una orden política: el presidente Sadat sólo quería mover las líneas del alto el fuego de 1967 para iniciar negociaciones desde una posición ventajosa.

Los líderes, Egipto y Arabia Saudita, mostraron rápidamente que la nueva solidaridad árabe dependía del apoyo y de la ayuda de Estados Unidos. La repentina riqueza adquirida por los Estados petroleros y sus considerables repercusiones sobre los otros Estados árabes, los ingresos transferidos por la masiva mano de obra que había inmigrado al Golfo vinieron acompañados de un aumento sin precedentes de la corrupción, de los negocios parasitarios y del malestar de la sociedad. El petróleo enriqueció y consolidó los poderes establecidos, cortejados por los países consumidores. Mientras se perfeccionaban los servicios de seguridad y de control de la población, la imagen de Estados policiales se desdibujaba frente a los negocios irresistibles que ofrecían. Su poder sobre la sociedad se vio reforzado por un llamado a las antiguas elites invitándolas a enriquecerse y por la creación de una nueva burguesía de Estado. Esa garantía permitió a los gobiernos aceptar algunas reformas de fachada (principalmente, un aparente multipartidismo) destinadas a corregir un poco su imagen.

Quince años después, se puede ver que la década de la tafra (riqueza repentina) no fue utilizada para mejorar las condiciones de vida de la población, sino que fue despilfarrada de manera imperdonable, como ocurrió en Argelia. Los países del Golfo reemplazaron progresivamente a los trabajadores árabes por mano de obra asiática, cerrando así las perspectivas de miles de jóvenes que de esa forma quedaban condenados al desempleo en sus respectivos países.

En ese contexto... ¿cuál fue y cuál es la influencia del conflicto israelí-palestino?, ¿constituye un elemento verdaderamente central?, ¿su solución es la clave para el desarrollo de la región? En Estados Unidos y cada vez más en Europa, se piensa que no, o que ya no. Hay que reconocer que ese leitmotiv se volvió difícilmente audible y no parece verse confirmado, a juzgar por las evoluciones de la región desde fines de la década de 1970. Por entonces el presidente Sadat decidió cambiar radicalmente de orientación, de prioridades y de alianzas expulsando a los consejeros soviéticos y abriéndose a Estados Unidos para poder recuperar el Sinaí. Abandonando a los palestinos, en 1978 firmó la paz por separado con Israel en Camp David: los países árabes rompieron sus relaciones con El Cairo.

El aumento de la importancia y de la influencia financiera de Arabia Saudita y de los países del Golfo fue acompañado de valores religiosos, de consumismo, de benevolencia e incluso de gratitud hacia las potencias anglosajonas que los habían ayudado a establecer su autoridad e incluso, a algunos, los habían instalado en el trono de entidades territoriales delimitadas a su medida. Mientras que Egipto argumentaba su “egipcianidad”, las elites del Golfo deseaban construir su futuro nacional y la seguridad de la Península Arábiga, no sin un cierto sentimiento chauvinista de no deberle nada a la “causa árabe”, de la que se presentaban como los únicos sostenes. Jordania se había fijado como prioridad defender su territorio y su integridad, deshaciéndose de la resistencia palestina. Siria hacía otro tanto por medio de su intervención en el Líbano en 1976 y a través de sus ofensivas para reducir las capacidades de la OLP, en contradicción con su retórica nacionalista, que mantenía intacta.

La revolución islámica iraní de 1978-1979, y la guerra de ocho años iniciada por Saddam Hussein contra Teherán, pusieron de manifiesto otro eje de tensión, mucho más mortífero que el conflicto con Israel, y contribuyeron a desacreditar a quienes afirmaban la centralidad del conflicto israelí-árabe. La capacidad de Irak para modificar el equilibrio regional fue desperdiciada movilizando todos los recursos nacionales para enfrentar de manera obsesiva la amenaza del chiismo en el plano interno y en su rivalidad con el vecino iraní. La decisión de Saddam Hussein de invadir Kuwait en 1990 puso fin a cualquier esperanza de que su poderío pudiera servir para ponerle límites a Israel. De esa forma, luego de Egipto, un segundo gran país árabe salía de la ecuación israelí-árabe.

El mito, vía de escape

La derrota de 1967 y el consiguiente acercamiento entre Egipto y Arabia Saudita terminaron con la Guerra Fría árabe entre “países progresistas”, aliados de la Unión Soviética, y “países reaccionarios”, aliados a Estados Unidos (ver Laurens, pág. 22). Pero no fue instaurado ningún sistema de seguridad regional capaz de manejar las crisis y de solucionar los conflictos. Hasta la noción de “mundo árabe” fue puesta en entredicho...

La cuestión de la “centralidad” del conflicto permitió a los gobiernos actuales apoderarse del poder, justificar gastos exorbitantes en armamentos y desarrollar de manera tentacular sus servicios de seguridad, valiéndose de una retórica nacionalista. Sin embargo, el conflicto palestino no permite en absoluto explicar la violencia de los regímenes respecto de la sociedad y su total control de todos los sectores de la vida pública. Ese conflicto tampoco justifica la mala gestión, el autoritarismo, la corrupción y la crueldad de los dirigentes respecto de sus ciudadanos.

Pero si los dirigentes utilizan tan eficazmente ese imperativo de la lucha contra Israel se debe a que efectivamente el conflicto moldea en gran medida la conciencia colectiva de los árabes. Es allí donde reside la centralidad del conflicto: la relación con Israel determina el juicio de la opinión pública respecto de cada potencia extranjera, como respecto de las orientaciones y los discursos de las diferentes fuerzas políticas. Los pueblos de la región buscan incansablemente el mejor marco (árabe o islámico) capaz de mejorar la posición árabe frente a Israel. Esa población rechaza cualquier combate cuyo objetivo no sea oponerse al Estado hebreo; se muestra reticente a las luchas que se desvían de esa meta, a las que en consecuencia estima “antipatrióticas”. Así se explica la seducción que ejerce cualquier movimiento que propone una nueva estrategia contra Israel, desde Hamas hasta Hezbollah, y que lleva incluso a algunos a la tentación nihilista de aplaudir las acciones de Al Qaeda. El conflicto ya no estructura totalmente la constelación estratégica regional, pero continúa determinando los comportamientos. Los dirigentes tratan de enterrarlo, pero, indefectiblemente, el monstruo vuelve a despertarse.

La derrota de 1967 marcó a toda una generación, traumatizada tanto como la de los franceses que tenían 20 años al producirse la derrota de 1940. Los de más edad se dejaron confiscar el control de su destino; su decepción fue terrible. Pero para los que entraban en la vida adulta fue aun más grave: tenían que construir el futuro a partir de una realidad paralizadora. Físicamente, el espacio árabe se había transformado. Junto a la guerra se habían perdido muchos territorios. Había que aceptar a Israel en las fronteras que el mundo le reconocía, las del 4 de junio de 1967, esperando que se conformaría con ello, a cambio de los gestos de buena voluntad que exigía.

Mentalmente, esa generación se situó de manera diferente en el tiempo. La proyección en el porvenir resultaba angustiante, sin perspectivas; y no se podía encontrar la brújula en el pasado. Muchos encontraron en el mito, más que en la memoria, una vía de escape. La cultura política de esas generaciones del post-1967 árabe, antiimperialista, nacionalista o islamista, se formó dentro del molde dejado por la guerra; el contorno de su conciencia estuvo dado por las líneas del alto el fuego del 12 de junio. Israel modificó las fronteras militares y estratégicas, y luego, por medio de la ocupación, las realidades económicas y humanas.

Frente a ese lento hundimiento de los países árabes, los palestinos necesitaron mucho coraje: por una parte, para luchar y organizar la resistencia; por otra, para mantenerse conscientes de que la acción militar deberá ser instrumentalizada tarde o temprano para iniciar negociaciones y hacer concesiones. Yasser Arafat y sus compañeros sabían eso desde comienzos de la década de 1970. Pero, a diferencia de los dirigentes de los Estados árabes, nunca decidieron avanzar solos, imponiendo su voluntad por la fuerza. Siempre buscaron el debate entre las organizaciones palestinas, el consenso. En síntesis, se aferraron a un imperativo democrático. Con esa misma convicción, luego de las elecciones de enero de 2006 que llevaron a Hamas al gobierno, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, prefirió intentar un cogobierno antes que tratar de retomar el control de la situación por la fuerza. Los esfuerzos de ambas partes para conformar un gobierno de unión nacional, hasta ahora frágil e incapaz de imponer el orden, como lo muestran los enfrentamientos actuales, responden a esa orientación.

La ausencia de democracia en el resto del mundo árabe ha privado a esas sociedades de un espacio de debate y de mecanismos de participación. La elite intelectual intenta reflexionar sobre la situación, mientras los dirigentes tratan de negociar la paz –su paz– y la población, abandonada a si misma, busca la solución a sus angustiantes problemas cotidianos a la sombra de gobiernos de los que ya no espera gran cosa.

El mundo árabe no supo discutir y menos aun superar el pasado, ese “veneno del intelecto”, según lo definió Paul Valéry. En 40 años, el nacionalismo palestino cambió de estrategia, de liderazgo, de discurso y de referencias, pero 40 años de ocupación prueban que es irreductible. Henry Kissinger pudo pronunciar su famosa frase, “Bye bye OLP”, pero no estuvo presente para ver llegar a Hamas. Para la generación marcada por esa guerra, la solución de la cuestión palestina sigue siendo la condición sine qua non y el elemento motor para proyectarse seriamente hacia el futuro. Cuando ese cerrojo se quiebre, será posible oponerse a los poderes constituidos y promover la democracia y las libertades sin ser acusado de traición a la gran causa; se podrá entonces cuestionar la influencia de las fuerzas armadas y de los servicios de seguridad en la vida de las sociedades; poner en tela de juicio el pensamiento único islamista, y establecer relaciones de mayor confianza con el exterior, especialmente con Occidente. 

  1. Gamal Abdel Nasser (1918-1970) tomó el poder en Egipto en 1952, con los Oficiales Libres, y se convirtió en el promotor de la unidad árabe. El partido Baas (que significa “renacimiento”), creado en 1947 bajo la consigna “unidad, liberación, socialismo”, tenía mucha influencia entre los militares y en las clases medias. Ese movimiento, que disponía de “secciones” en cada país árabe, se adueñó del poder en Siria y en Irak en la década de 1960. Sin embargo, las pésimas relaciones y las divergencias existentes entre Damasco y Bagdad impidieron la unidad árabe.
  2. Ian S. Lustick, Unsettled States Disputed Lands, Britain and Ireland, France and Algeria and the West Bank-Gaza, Cornell University Press, Nueva York, 1993.
  3. Nasser renunció el 9 de junio, pero revirtió su decisión al día siguiente debido a las grandes manifestaciones.
  4. Miembro de los Hermanos Musulmanes, teórico de la violencia como estrategia política, que inspiró a los movimientos guerrasantistas. Fue ejecutado por orden de Nasser en 1966.
  5. Safahat majhoula fi tarikh al haraka al islamyia al mu'asira. min al naksa ila almachnaqa, testimonio de Talal el Ansari (uno de los líderes de la Yihad islámica de Egipto), recogido por Abdallah Sourour, Al Mahrousa, El Cairo, 2006.
  6. Faruk Mardam-Bey y Elias Sanbar, Être arabe, entrevistas con Christophe Kantcheff, Actes Sud, Arles, 2006.
  7. Charles Taylor, “A Different Kind of Courage”, The New York Review of Books, 26-4-07.

 

B.K.

Gobiernos que cambian... y duran

1968
Julio. Golpe de Estado del Partido Baas en Bagdad.
1969
Febrero. Yasser Arafat se convierte en presidente del comité ejecutivo de la
Organización para la Liberación de Palestina (OLP).
Mayo. Gaafar Muhammad Nemeiry toma el poder en Jartum (Sudán).
Septiembre. Muammar Kadhafi derroca la monarquía en Trípoli.
1970
Septiembre. Muere Gamal Abdel Nasser, a quien sucede Anuar El-Sadat.
Noviembre. Hafez Al-Assad se convierte en el número uno en Damasco.
1979
Febrero. El ayatollah Khomeini regresa a Teherán y al asumir se instaura la República Islámica.
1981
Octubre. Asesinato del presidente Sadat, a quien sucede en el cargo Hosni Mubarak.
1985
Marzo-Abril. Varias manifestaciones populares en Sudán desembocan en el
derrocamiento de Nemeiry por parte del ejército, y en la instauración de un
régimen parlamentario.
1989
Junio. En Irán, muere Khomeini. En Sudán, golpe de Estado del general Omar Hassan Al-Bechir, aliado a los
islamistas.
1999
Febrero. Fallece el rey Hussein de Jordania, a quien sucede su hijo Abdala.
2000
Junio. Fallece el presidente sirio Hafez
El-Assad, a quien sucede su hijo Bachar.
2004
Noviembre. Muere en Francia Yasser Arafat. Mahmud Abbas lo sucede al frente de la Autoridad Nacional
Palestina.


Cuarenta años de enfrentamientos

1970
Septiembre. Enfrentamiento entre
las tropas del rey Hussein de Jordania
y la Resistencia Palestina, que es
expulsada del país al año siguiente,
y se instala luego en el Líbano.
1973
Octubre. Ofensiva de las tropas egipcias
y sirias contra Israel, cuyo ejército,
luego de haberse visto en un principio sobrepasado, acaba imponiéndose.
1975
Abril. Comienzo de la guerra civil en el Líbano, que durará hasta los acuerdos de Taef (1989) acarreando (oficialmente) 150.000 muertos.
1978
Marzo. Israel invade el sur del Líbano donde crea una “zona de seguridad”.
1980
Septiembre. El ejército iraquí invade Irán. Comienza una larga guerra, que terminará en 1988, con un saldo de dos millones de muertos.
1982
Junio. Comienza la invasión del Líbano por parte de Israel, que recién abandonará el sur de ese país en 2000.
1987
Diciembre. Comienza en Gaza la primera Intifada. La rebelión se extiende a Cisjordania y durará hasta 1991, acarreando 1.500 palestinos muertos.
1990
Agosto. Irak invade Kuwait.
1991
Enero-marzo. Primera Guerra del Golfo (150.000 muertos del lado iraquí,
466 en las filas de la “coalición”).
1994
Mayo-julio. Guerra civil en Yemen.
1996
Abril. Operación israelí “Las uvas de la ira” contra el Líbano.
Septiembre. Enfrentamientos en el
Kurdistan iraquí. Intervención del ejército iraquí y bombardeos estadounidenses.
2000
Septiembre. Segunda Intifada, hasta 2005, con un saldo de 1.000 muertos israelíes y 4.500 palestinos muertos.
2001
Septiembre-octubre. Atentados de Al Qaeda en Nueva York y Washington. Comienza la guerra de Afganistán.
2002
Marzo-junio. Operación Muralla:
Israel reconquista militarmente toda
Cisjordania.
2003
Marzo-abril. Guerra anglo-estadounidense contra Irak.
2006
Julio-agosto. Guerra de Israel contra el Líbano (1.300 muertos libaneses, 160
israelíes muertos).


Autor/es Bassma Kodmani
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:25,26,27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia
Países Egipto, Jordania, Siria