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Populismo francés

El pasado 6 de mayo, la segunda vuelta de las elecciones francesas concluyó en un claro triunfo de Nicolas Sarkozy, de la Unión por el Movimiento Popular (UMP), de derechas, sobre la candidata del socialismo Ségolène Royal. El triunfo de Sarkozy alinea a Francia con la administración estadounidense de George W. Bush. Una derecha brillante, agresiva y orgullosa de sí misma, contra una izquierda que busca el favor del centro y que desde la caída de la Unión Soviética no ha generado una teoría política a la altura de las circunstancias.

Hay algo fascinante en esta suerte de irrefrenable avance que llevó a Nicolas Sarkozy a la presidencia de la República francesa. El innegable talento político que demostró en el curso de toda la campaña, esa mezcla de voluntarismo, autoridad, personalización, provocación, nacionalismo y liberalismo, conjugado con un brillante arte oratorio y un manejo temible de las comunicaciones de masas le permitió, en parte gracias al apoyo masivo de los poderes mediático y económico, imponerse con manifiesta nitidez.

Lo que después asombró fue el desparpajo intelectual que lo llevó a arbitrar en el debate sobre las líneas de delimitación que separan la derecha de la izquierda. Había analistas que se preguntaban si esas líneas se habían movido, empujadas por la globalización liberal. Sarkozy zanjó la discusión. Y en la composición de su primer gabinete demostró que el perímetro de la derecha incluye ahora a buena parte del Partido Socialista, en todo caso a su ala "social-liberal" 1. En este sentido, el nuevo Ejecutivo (donde no menos de cuatro miembros: Bernard Kouchner, Eric Besson, Jean Pierre Jouyet y Martin Hirsch, vienen de la izquierda), no hace más que reflejar la derechización de la sociedad francesa.

Una derechización paradójica, dado que el deterioro social no ha dejado de aumentar y que desde 1995 las luchas sociales persisten vivas en un mundo laboral duramente golpeado por la precarización y la tercerización, las deslocalizaciones y el desempleo.

La era del gaullismo se termina, sustituida por la del sarkozismo, es decir, un populismo francés que se propone reunir en su seno a todas las derechas, de los lepenistas a los social-liberales, sin olvidar a los centristas, cautivándolas mediante una ilusión de movimiento y de apertura calificados de "modernos" y aun de "progresistas". Las principales fuentes de inspiración de esta derecha son el modelo republicano neoconservador de Estados Unidos (Halimi, pág. 16); Silvio Berlusconi en Italia y José María Aznar en España. Tres experiencias, dicho sea de paso, recientemente repudiadas por los votantes de esos países.

 Una derrota decisiva

 El nuevo fracaso de la izquierda es en primer lugar una derrota intelectual. El hecho de no haber producido, por inmovilismo, por quiebre de los sectores populares o por incapacidad, una nueva teoría política para construir una Francia más justa, a pesar de que todas las estructuras de la sociedad resultaron transformadas en los últimos quince años por el brutal desmoronamiento de la Unión Soviética y el impulso devastador de la globalización neoliberal, terminó por resultar suicida. La izquierda perdió la batalla de las ideas, después de haber bloqueado salarios, cerrado fábricas, eliminado empleos, liquidado sectores industriales y privatizado parte del sector público durante su experiencia de gobierno. En suma, desde que aceptó la misión histórica, contraria a su esencia, de "adaptar" Francia a la globalización, de "modernizarla" a costa de los asalariados y a favor del capital. Allí está el origen de su derrota actual.

Delegar la responsabilidad del fracaso en los grandes medios de comunicación, que constituyen hoy el principal aparato ideológico del sistema, remite a lamento infantil o a impotencia. Porque la nueva jerarquía de poderes instaurada por la globalización coloca evidentemente en la cumbre, como poder primordial, al poder económico y financiero seguido del poder mediático, mercenario del anterior. Este dúo prevaleciente domina el poder político, que en la era de la globalización, en las democracias de opinión, sólo se conquista con el consentimiento cómplice de los dos primeros.

La "izquierda de la izquierda" tampoco tuvo en cuenta esta evidencia; a pesar de la riqueza de sus propuestas ofreció a menudo un espectáculo consternante de desunión y egotismo.

Para el conjunto de la izquierda, se trata de una derrota decisiva. Señala el fin de una época. Y la obliga a una indispensable refundación. Para construir por fin, como se dice en estos tiempos en América Latina, "un socialismo del siglo XXI".

  1. Sarkozy confirmó así lo que sabíamos hace un tiempo: que "la socialdemocracia se ha convertido en la derecha moderna". Véase I. Ramonet, Guerras del siglo XXI, Mondadori, Barcelona, 2002.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 96 - Junio 2007
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Ciencias Políticas, Relaciones internacionales
Países Estados Unidos, Francia