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Recuadros:

Acorralados en Marruecos

El dispositivo instalado en las fronteras de Europa para combatir la inmigración clandestina convierte a muchos países limítrofes en vastas zonas de retención de migrantes. Este reportaje se llevó a cabo en Marruecos, donde se cierra el camino a España de diez mil emigrantes y refugiados políticos africanos. Conducidos hacia las grandes ciudades en las que deben instalarse, y víctimas de violencias cada vez más duras, estos exiliados, cuyas historias de vida son estremecedoras, son rehenes de una negociación entre Rabat y la Unión Europea.

Un grupo de personas se reúne frente a un altar improvisado: una caja de televisor, forrada con papel brillante, una cruz y unos ramos de flores silvestres. Más allá, unas piedras apoyadas directamente en el suelo señalan en dirección a La Meca. En un rincón alejado del campus universitario, los migrantes subsaharianos atrapados en la ciudad fronteriza de Oujda, al noreste de Marruecos, sienten una fuerte necesidad de rezar para seguir creyendo en su destino: "Estamos en manos de Dios", dicen.

En este campo de detención informal, entre 300 y 400 personas sobreviven gracias a la ayuda de asociaciones locales y de Médicos Sin Fronteras (MSF), a la solidaridad de mujeres del barrio y a los magros ingresos que sacan de la mendicidad, de pequeños trabajos ocasionales y de tráficos diversos. Duermen bajo unos toldos de plástico que cuelgan de los enclenques árboles y de las paredes del campus. Mal vestidos, mal alimentados, están expuestos a las redadas policiales y a la ley de las "mafias" que gobiernan el campo.

Los ocupantes son en su mayoría oriundos de Nigeria, Camerún, Guinea, Senegal, Malí, Costa de Marfil, República Democrática del Congo (RDC). Y de tanto en tanto, van a dar allí algunos sobrevivientes de Darfur. Tienen entre 18 y 30 años y viven agrupados por comunidades, de un lado los francófonos, del otro los anglófonos. La mayoría tiene un nivel de educación terciario, y un oficio. En su vida anterior eran artesanos, comerciantes, obreros, funcionarios, agricultores, médicos o ingenieros.

Para estos africanos que partieron "en busca de la vida" en Europa, la región de Oujda representó durante mucho tiempo una última etapa antes de pasar "al otro lado de la Tierra", menos violento y tanto más rico. La mayoría pensaba cruzar el Estrecho de Gibraltar. Su objetivo último era entrar a los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, sobrevivientes singulares de una época, la de la colonización, en que los desplazamientos de población transmediterráneos se realizaban de Norte a Sur.

Subcontratar la represión

Pero en la reunión del Consejo Europeo de Sevilla en junio de 2002, varios Estados europeos, liderados por la España del entonces presidente José María Aznar, amenazaron con interrumpir las ayudas financieras a los países de partida y de tránsito que no colaboraran con la lucha contra los clandestinos. Objetivo: crear un cordón sanitario alrededor de la Unión Europea, subcontratando a los países vecinos la retención de los emigrantes y solicitantes de asilo... así como las violaciones de los derechos humanos que van de la mano.

En la mira, Marruecos toma nota de este nuevo condicionamiento de la ayuda. Tiene mucho que perder, puesto que con un 20% es el mayor beneficiario de los fondos europeos destinados a los países mediterráneos (MEDA). En total, la Unión otorga al reino 150 millones de euros en ayudas al año, sin contar los préstamos.

En noviembre de 2003, Rabat promulga la ley 02-03 sobre los movimientos migratorios irregulares. Inspirado en el derecho francés, el texto prioriza el aspecto represivo, si bien protege de la expulsión a los refugiados políticos, a las mujeres embarazadas y a los menores de edad. En el aspecto operativo, Rabat decide crear en el Ministerio del Interior una Dirección encargada de la emigración y la vigilancia de las fronteras, para lo cual destina unos diez mil hombres.

A partir de 2004, la Unión Europea y su aliado marroquí cierran la ruta de Gibraltar. Después de los sangrientos asaltos del otoño de 2005, los enclaves españoles se convierten asimismo en fortalezas casi inexpugnables y las fuerzas marroquíes efectúan rastrillajes en las zonas boscosas aledañas. Las rutas de la emigración se desvían entonces hacia el sur. Los "cayucos" de más de cien plazas que parten rumbo a las islas Canarias desde las playas del Sahara Occidental suceden a las "pateras" de 20 a 40 personas que apuntaban a las costas andaluzas.

Luego, en 2006, decenas de miles de inmigrantes intentan la travesía desde Nouadhibou (Mauritania), Dakar o San Luis de Senegal. El cruce es más largo y peligroso; según las autoridades españolas, uno de cada seis pasajeros habría muerto ahogado el año pasado. Pero cuesta menos: alrededor de 500 euros, contra 1.000 a 1.300 por Laâyoune (Sahara Occidental).

Pero no por ello se abandonó la ruta marroquí, que en 2007 incluso aumentó su actividad, tras una pausa ligada al drama de Ceuta y Melilla, según explica Jelloul Arraj, de la Célula de Asistencia a los Emigrantes constituida por dos asociaciones locales. Hace algunos meses que Oujda acoge todas las noches a recién llegados de Argelia. Estos se mezclan con los otros emigrantes, violentamente detenidos en su carrera hacia Europa. "Hay una o dos devoluciones por semana", declara Arraj. Los emigrantes afectados fueron apresados en el mar, rescatados después de un naufragio o simplemente víctimas de redadas policiales, tanto en Oujda como en el resto del reino. Nadie está a salvo, ni las mujeres embarazadas, ni los niños, ni los refugiados o solicitantes de asilo. En plena noche, llevan a todos de regreso a la frontera argelina, situada a 13 kilómetros.

La mayoría vuelven enseguida del lado marroquí. En el camino, son saqueados por militares (argelinos y marroquíes), pandillas callejeras de los barrios pobres de Oujda o bandas de rapiñeros nigerianos. Las ONG constataron numerosos casos de violaciones. Las bandas además secuestran a personas, y piden rescates a la familia que quedó en el país.

Y por último, están en Oujda los antiguos, los que hace años que esperan, bloqueados en Marruecos, como Alphonse, de 34 años, que salió de la RDC en agosto de 2002. "Yo estaba cursando el último año de agronomía en Kinshasa. Militaba contra Kabila -cuenta-. Mis amigos fueron detenidos. Me enteré de que me estaban buscando y crucé el río rumbo a Brazzaville. Ni siquiera pasé por casa para despedirme de mi hija y llevarme mis pertenencias. En ese momento, la idea de ir a Europa ni se me pasaba por la cabeza."

Alphonse espera hace tres años. Después de una serie de aventuras que lo condujeron, de un "plan" a otro, desde Nigeria hasta Argelia, se estableció en Oujda, aunque a veces se va de nuevo al bosque para intentar pasar por los enclaves, o a Argelia, a trabajar. Dice que experimentó más de treinta devoluciones, dos de ellas después de haber logrado entrar a Melilla: "Te quitan todo, tu celular, tu dinero. Te suben a un camión que viaja rumbo al sur durante 12 horas. Finalmente te arrojan en el desierto; eso es la humillación de la piel negra". Actualmente, asiste a universitarios marroquíes que hacen estudios científicos: corrige, tipea y edita sus tesis de fin de año.

Organizaciones mafiosas

Alphonse sigue militando vía internet por una RDC distinta, pero también por los derechos de los emigrantes en Marruecos. "Acá vivimos en el terror. Yo me volví insomne. Espero todo el tiempo una incursión policial. Nos roban, nos golpean, nos encierran de a 800 en un cuarto donde no podemos respirar. Lo único que pido es el derecho a tener derechos."

Gustave, que es muy popular en el barrio de la universidad, instaló su "oficina" en un cibercafé. Desempeña además el papel de intermediario con las ONG, que ya no logran garantizar la seguridad de la distribución de ayuda humanitaria a los emigrantes. "Yo lucho por una atención igualitaria para todos -dice-. Entre nosotros hay líderes negativos que tienen en la mira los bolsillos de los demás. Ayer uno de ellos me abofeteó, pero eso no quiere decir que vaya a rendirme."

A principios de esta primavera (septentrional), la atmósfera del campo está más que tensa. A medida que la temporada de las travesías se acerca (abril-septiembre), los negocios se reinician. Dos chairmen (presidentes) nigerianos se enfrentan por el control del sitio. Según un integrante de la ayuda humanitaria, "hace unos años, los líderes eran intelectuales. Tuvimos un profesor de economía, un pediatra. Ellos administraban el campamento con sabiduría. Pero conforme pasan los años, más desesperada está la gente y más se endurece el régimen. Los que se imponen ahora son los más violentos". Una reducida minoría de hombres manejan la organización, extorsionan a los más débiles e infunden miedo en los rebeldes. Funcionan también como retaguardia de las pandillas de rapiñeros que saquean la zona fronteriza. Es comprensible entonces que varios cientos de migrantes prefieran evitar el campo y esconderse en los alrededores, en granjas abandonadas y refugios improvisados en los bosques.

Ali es uno de ellos: "Vine aquí a descansar -dice este joven gambiano de 24 años, que se expresa en un inglés perfecto-. Estoy cansado, y reflexiono. Me fui de mi país el 15 de julio de 2005. Hasta 2004, todo iba bien. Mi tío me pagaba mis estudios de Economía en la universidad de Banjul. Después él murió y como nadie me podía ayudar, tuve que dejar la facultad. Trabajé un poco en una agencia de transferencias de dinero pero al cabo de dos meses, la oficina cerró. Con lo que había ganado, hice una formación en informática, porque me gusta demasiado estudiar. Quería seguir. Un amigo me dijo que podría hacerlo en Europa. No tenía más que irme con él".

Seydou juntó 500 euros, que lo llevaron hasta Marruecos, vía Senegal, Malí y Argelia. "Participé en el asalto masivo a las vallas de Melilla en el otoño de 2005. Pero recibí un impacto de bala de goma en la rodilla. Los españoles me capturaron y me enviaron a Marruecos. Me expulsaron de Oujda y tuve que volver a pasar del lado argelino, a Maghnia. Por la rodilla, debía estar inmóvil. Como hablo bien el árabe, algunos argelinos me ayudaron. Unos islamistas me llevaron a Argel y me dieron alojamiento, y allí me quedé durante tres meses. Pero a esa gente la vigila la policía. Un día me detuvieron, después me soltaron. Un islamista me dio 100 euros y me pidió que me fuera. Volví al bosque de Marruecos".

"Junto a otros cuatro muchachos, volvimos a atacar el cercado de Melilla. Dos pasaron, pero a mí me atraparon y me volvieron a expulsar a la frontera argelina del lado de Oujda en diciembre de 2006. Con mi rodilla estropeada, tengo que renunciar a asaltar el vallado. Tengo que conseguir dinero para tratar de pasar de otro modo. No veo lugar para mí en África". Y uno de sus compañeros, joven camerunés de 22 años, llega aun más lejos: "No podemos volver con los brazos caídos después de haber dejado escurrirse todo nuestro capital. Yo me voy a quedar aquí hasta encontrar una solución".

Que la ruta de Oujda esté otra vez entre las preferidas se debe al desarrollo de nuevas redes. En realidad, para los emigrantes todo es cuestión de medios. Para pasar en primer lugar hay que tener dinero, y luego suerte. El asalto al vallado de los enclaves españoles, que suele estar condenado al fracaso, es sólo el recurso de los pobres. Para quienes disponen de mil euros, la nueva ruta del Rif (desde las costas nororientales de Marruecos hasta la zona de Almería en España) puede valerlos, si uno da con un pasador honesto y un mar clemente.

Por el mismo precio, se puede intentar también entrar a Ceuta o Melilla escondido dentro de un automóvil o un camión. "Esos enclaves son feudos del contrabando: droga, cigarrillos, etc. El tráfico de migrantes es sólo uno entre muchos", recuerda un integrante de la ayuda humanitaria. En Melilla, los migrantes asiáticos que llegan por África y Marruecos son hoy más numerosos que los subsaharianos. "Pagan muy caro al partir, hasta 10.000 dólares por persona, y tienen organizaciones bien estructuradas."

Pero la mayoría de las personas en tránsito en Oujda se dirige a las ciudades de la costa atlántica. "A partir de los sucesos de Ceuta y Melilla, observamos dos grandes tendencias", explica Javier Gabaldón, coordinador de MSF en Marruecos. La primera es la sedentarización de los migrantes y la segunda, la creciente intensidad de las violencias de que son víctimas, incluso de parte de los suyos: cerca del 30% de las violencias son imputables a los traficantes africanos, un 35% a las fuerzas de seguridad marroquíes y un 31% a los delincuentes marroquíes. "Nosotros constatamos también un muy preocupante incremento de los casos de violencias sexuales durante las expulsiones".

Hoy más del 80% de los cerca de diez mil migrantes africanos en Marruecos se encuentran en Rabat, y en menor medida, en Casablanca. La capital del reino se ha convertido en el cuartel general de la organización y en una etapa obligada antes de Laâyoune y de la partida hacia las Canarias. Los africanos viven allí en departamentos alquilados a un precio que duplica el del mercado, y si no pagan, son agredidos. Cada comunidad tiene su barrio preferido, su jefe, su ley, sus organizaciones. "Los nuevos hacen vivir a los viejos. Cuando llegamos a un alojamiento, debemos pagar un ‘derecho de gueto' de 50 euros", explica Gwenaëlle de Jacquelot, de Caritas, ONG católica que dirige un refugio para migrantes. Como éstos no tienen acceso al empleo, desarrollan una economía informal de supervivencia.

"Todo está muy organizado, y cada vez más", explica Pierre Tainturier, de Médicos del Mundo. Los chairmen embolsan las consiguientes ganancias. Dirigen a su grupo, y administran las transacciones de sus "protegidos" con los connection men, esos hombres clave que cuentan con todos los contactos necesarios para organizar el pasaje, incluso en la policía o el ejército.

Los otros migrantes se las arreglan como pueden para financiar la espera y juntar algo para partir. Algunos reciben dinero de la familia que quedó en el país. Otros mendigan, o ponen un puesto de verduras o de ropa. Y finalmente, están los tráficos: dinero falso, prostíbulos, documentos falsos.

Viaje al infierno

En este sistema cada vez más duro, la vida es un infierno para los más vulnerables. Empezando por las mujeres, casi todas condenadas a venderse por un techo o una moneda de 10 dirhams (1 euro). "Nosotras nos fuimos del país porque la cosa no iba bien. Pero no queríamos esta vida. Nos persiguen todo el tiempo, nos arrojan a Oujda, nos violan. Tenemos que ir siempre detrás de un hombre, que a cambio te pide tu cuerpo. Y después te deja embarazada, o enferma (de sida). Sólo Dios sabe cuándo podremos salir de esta desgracia", explica Françoise, una congoleña de 20 años que llegó en 2004.

El periplo de Françoise es un calvario trágicamente común para una mujer migrante. "Me fui de la República Democrática del Congo en 2001 debido a la situación política. Tenía 21 años. Mi padre era militar de Mobutu. Cuando Kabila tomó el poder, lo enviaron a Kisangani, en el norte. Un día, los rebeldes atacaron su campamento y requisaron las armas. Mi padre se pasó a su bando. Entonces Kabila se vengó. Envió a sus hombres a nuestra casa en Kinshasa. Violaron a mi madre delante de mí. Asesinaron a mi tía. Yo sufrí una crisis nerviosa y quedé paralizada de un lado. Unos vecinos me llevaron al hospital, donde pasé más de un año. Cuando salí, me enteré de que mi familia había partido a Brazzaville. Mi madre le había dejado dinero para mí a un amigo. Lo tomé y me fui a buscarla."

Françoise nunca volvió a encontrar a su familia. La buscó hasta en Camerún, donde fue aspirada hacia el norte por la red. "Yo no conocía a nadie y tenía que seguir. En Níger, un señor nos amontonó en un jeep. Había malíes, nigerianos, y sólo dos mujeres, una de ellas con un niño. Partimos, pero el conductor nos dejó en medio del desierto. A lo lejos veíamos las luces de Djanet, en Argelia."

"Aparecieron unos hombres que no eran blancos ni negros. Nos sacaron todo y me violaron, a mí y a las demás mujeres. Yo empecé a vomitar sangre, a ahogarme. Pero había que seguir. Partimos a pie hasta Djanet, donde unos ‘hermanos' me dejaron en el hospital." Françoise conoció allí a una argelina que se ocupó de ella. "Vivía en Argel y me llevó a su casa. Yo hacía las tareas domésticas y la ayudaba en su peluquería. Ella me pagaba y me trataba bien. Pasé un año así y decidí ir a Marruecos. En ese momento, en 2004, Marruecos era más seguro para los indocumentados. En Argelia, si te agarran te llevan a miles de kilómetros."

"En 2005, los hombres se fueron a asaltar el vallado de Ceuta. Yo no podía. Con un grupo decidimos rodear el enclave de noche, por mar. Unos guías marroquíes te dan unas cámaras de aire de las que te agarras y ellos nadan, arrastrando a tres personas unidas por cuerdas. Pero mi guía sufrió un espasmo de frío y me soltó. Estuve cinco horas en el agua helada. Un joven camerunés se ahogó ante mis ojos. Finalmente, unos pescadores vinieron a rescatarnos al amanecer."

Después de haber pasado varios meses más perseguida en la selva, Françoise siguió finalmente a su grupo a Rabat. "Caminamos durante 20 días, escondiéndonos. Llegué aquí el 24 de febrero de 2005." Hoy Françoise se desenvuelve sola, evitando a los hombres y las "mafias". Vive en un rincón de la cocina de una mujer marroquí que le cobra 150 dirhams por mes (15 euros). Para vivir, cuenta con las asociaciones, las iglesias y el poco dinero que le reportan sus talentos de peluquera clandestina.

Françoise también forma parte de los solicitantes de asilo reconocidos por el Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Después de la apertura de su agencia en Rabat a principios de 2005, el ACNUR recibió un promedio de 100 solicitudes de asilo por mes, fundamentalmente de congoleños (RDC) y marfileños. Hasta el momento, otorgó el estatuto de refugiado a menos de 400 personas, y declara una tasa de reconocimiento del 17%.

Sin embargo, Françoise ha escapado de las redadas policiales más gracias a su discreción que a su estatuto teóricamente protector. Porque Marruecos, que da prioridad a sus graves déficits sociales, no puede siquiera oír hablar de instaurar un derecho de asilo en su suelo, como le piden el ACNUR y la Unión Europea. El resultado es que los refugiados no tienen derecho ni a la carta de residencia ni al permiso de trabajo que les permitirían reconstruir su vida en Marruecos, ya que no pueden llegar a Europa. Peor aun, son regularmente atrapados en redadas y devueltos a la frontera argelina, pese a la ley 02-03 y a la Convención de Ginebra, que supuestamente los protegen.

Para Mohamed Kachani, ya es más que tiempo de romper con la obsesión securitaria y considerar la problemática migratoria en su conjunto. Asevera que hay que "actuar en el nivel de las causas fundamentales". Para lo cual el primer imperativo sería empeñarse en sacar a África de la crisis en la que se está hundiendo.

Negociaciones

Boukhari, Sophie

“En Marruecos, los que manejan el asunto de los flujos migratorios tienen una mentalidad securitaria. A ellos, lo único que les importa es hacer número, para demostrar su eficacia en Europa.” Y tratan de cosechar sus frutos. Pero en el aspecto financiero, hasta el momento Marruecos recibió tan sólo una ayuda específica de 67 millones de euros por su trabajo de gendarme de la Unión Europea. Una “propina”, según el jurista Mohamed Kachani, mientras que Rabat declara gastos mucho más elevados –vinculados en particular a las repatriaciones por avión de más de 7.000 africanos desde 2004–.
Por otra parte, Marruecos está negociando un aumento de las cuotas de trabajadores temporarios marroquíes admitidos en Francia y España. Pide asimismo a Europa más visas para sus ciudadanos. La magnitud de lo que está en juego es considerable: las remesas de marroquíes residentes en el exterior ascendieron en 2006 a 4.300 millones de euros, es decir, al 10% del PBI. Además, según el último estudio del Comisariado del Plan, más de uno de cada tres jóvenes marroquíes sueña con emigrar.
A un lado y a otro del Mediterráneo, la gestión securitaria de los flujos migratorios provoca dramas humanos terribles, pero pocos resultados duraderos. En realidad, los africanos bloqueados en Marruecos en condiciones inhumanas son víctimas de una política europea tan absurda como ineficaz. Porque cuantas más barreras pone Europa, más inmigrantes afluyen. En 2006, llegaron a las Canarias desde las costas de África Occidental 31.000 subsaharianos, es decir, seis veces más que el año anterior.
Tras desplegar un dispositivo casi militar estimado en 260 millones de euros para obturar 1.000 kilómetros de costas andaluzas, ¿tendrá la Unión el propósito de rodear todo el continente africano con una barrera protectora? Este proyecto irrealista sería aun más ridículo, dado que menos del 5% de los “clandestinos” que viven en Europa llegan allí por la ruta africana. Mehdi Lahlou nos recuerda que hay otros que entran por los puertos y aeropuertos munidos de una visa que cumple todas las de la ley, procedentes tanto de países de África como de otras partes.


Autor/es Sophie Boukhari
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 95 - Mayo 2007
Páginas:30,31
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Discriminación, Derechos Humanos, Estado (Justicia)
Países Marruecos, España