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Racismo y eugenesia en EE.UU.

Algunos, como Daniel Goldhagen, intentaron explicar el nazismo como una perversidad antisemita exclusivamente alemana; otros, como Ernst Nolte, con un espíritu visiblemente apologético, hablan de comportamiento "asiático" o de imitación de los bolcheviques. ¿Y si, tal como lo percibió Hannah Arendt muy tempranamente, el racismo y el antisemitismo nazis tuvieran en cambio una fuente occidental 1, e incluso filiación estadounidense? En efecto, entre las lecturas favoritas de los fundadores del Tercer Reich se encontraba el libro de un personaje estadounidense altamente representativo: Henry Ford. Por otra parte, las doctrinas científicas y las prácticas racistas políticas y jurídicas de Estados Unidos tuvieron un impacto nada despreciable en las corrientes equivalentes en Alemania.

Esta conexión estadounidense se remonta en primer lugar a la larga tradición de la construcción jurídica de la raza, una tradición que ejerció una gran fascinación sobre el movimiento nazi desde sus orígenes. En efecto, por razones históricas, ligadas -entre otras cosas- a la práctica ininterrumpida durante siglos de la esclavitud de los negros, Estados Unidos ofrece quizás el único caso de una metrópolis que estableció tan tempranamente, y en su propio territorio, una clasificación racista oficial como fundamento de la ciudadanía. Se trate de las definiciones de "blancura" y "negrura" que, pese a su inestabilidad, se suceden desde hace tres siglos y medio como categorías jurídicas, de las políticas de inmigración envidiadas por Adolf Hitler en los años '20 o incluso de las prácticas de esterilización forzada realizadas en algunos estados varias décadas antes del ascenso del nazismo en Alemania, la conexión estadounidense ofrece un terreno privilegiado, aunque para nada único, para repensar las fuentes propiamente modernas del nazismo y su continuidad inconfesada en algunas prácticas políticas de las sociedades occidentales (incluso democráticas).

Esterilización forzada

La denuncia del antisemitismo y del judeocidio es hoy uno de los principales componentes de la cultura política dominante de Estados Unidos. Afortunadamente. En cambio, impera un incómodo silencio sobre los lazos, las afinidades, las conexiones entre importantes personajes de la elite económica y científica de Estados Unidos y la Alemania nazi. Recién en los últimos años se publicaron libros que abordan frontalmente estas cuestiones embarazosas. Dos de estas obras merecen una atención particular: The Nazi Connection. Eugenics, American Racism and German National Socialism 2, de Stefan Kühl, y The American Axis. Henry Ford, Charles Lindbergh and the Rise of the Third Reich 3, de Max Wallace. Stefan Kühl es un universitario alemán que realizó investigaciones en Estados Unidos y Max Wallace un periodista estadounidense radicado desde hace mucho tiempo en Canadá.

"Hoy existe un país donde puede verse el comienzo de una mejor concepción de la ciudadanía", escribía Hitler en 1924. Se refería al esfuerzo de Estados Unidos por mantener la "preponderancia del origen nórdico" en su política respecto de la inmigración y la naturalización.

El proyecto "de higiene racial" desarrollado en Mein Kampf tomaba como modelo la Immigration Restriction Act (1924), que prohibía el ingreso a Estados Unidos de personas que sufrían enfermedades hereditarias, así como de inmigrantes provenientes de Europa del Sur y del Este. Cuando, en 1933, los nazis implementaron su programa para "el mejoramiento" de la población mediante la esterilización forzada y la reglamentación de los matrimonios, se inspiraron abiertamente en Estados Unidos, donde varios estados ya aplicaban desde hacía décadas la esterilización de los "deficientes", una práctica sancionada por la Corte Suprema en 1927.

El brillante estudio de Stefan Kühl describe esta siniestra filiación analizando los estrechos lazos que se tejen entre eugenistas estadounidenses y alemanes del período de entreguerras, la transferencia de ideas científicas y prácticas jurídicas y médicas. Bien documentada y defendida con rigor, la tesis principal del autor es que el apoyo permanente y sistemático de los eugenistas estadounidenses a sus colegas alemanes hasta el ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, su adhesión a la mayoría de las medidas de la política racial nazi, constituyeron una importante fuente de legitimación científica del Estado racista de Hitler.

En contraposición a una parte considerable de la historiografía dominante, Kühl demuestra que los eugenistas estadounidenses que se dejaron seducir por la retórica nazi de la higiene racial, no eran sólo un puñado de extremistas o marginales, sino un grupo considerable de científicos cuyo entusiasmo no disminuyó cuando la retórica nazi se convirtió en realidad. El estudio de la mutación de estas relaciones entre ambas comunidades científicas permitió al sociólogo e historiador alemán poner en evidencia los múltiples aspectos de la influencia que los "progresos" de la eugenesia estadounidense ejercieron sobre los adeptos a la higiene racial -especialmente la eficacia de una política de inmigración que "combinaba la selección étnica y eugenista"- y el éxito que conoció el movimiento eugenista estadounidense haciendo que se adoptaran leyes en favor de la esterilización forzada.

Mientras que, en la República de Weimar, trabajadores sociales y responsables de la salud pública se preocupaban por reducir los costos de la protección social, los especialistas de la higiene racial tenían su mirada puesta en las medidas de esterilización forzada practicadas en varios estados de Estados Unidos para reducir el costo de los "deficientes". La referencia a Estados Unidos, primer país en institucionalizar la esterilización forzada, abundaba en todas las tesis médicas de la época.

Una de las explicaciones que solían dar para dilucidar este estatuto vanguardista del que gozaba la eugenesia estadounidense era la presencia de negros que habría "obligado muy tempranamente a la población blanca a recurrir a un programa sistemático de mejora de la raza". Esta misma explicación será dada más tarde por los apologistas estadounidenses del régimen nazi como el genetista Tage Ulrich Holten Ellinger que comparaba la persecución de los judíos con el tratamiento brutal de los negros en Estados Unidos.

Con el ascenso del nazismo, los eugenistas estadounidenses, siguiendo el ejemplo de Joseph DeJarnette, miembro del movimiento de esterilización de Virginia, descubrieron con sorpresa y fascinación que "los alemanes nos superan en nuestro propio juego...". Lo que no impidió, al menos hasta el ingreso de Estados Unidos en la guerra (diciembre de 1941), su apoyo activo a las políticas racistas de los nazis, así como tampoco el silencio de la gran mayoría de los eugenistas frente a la persecución de judíos, gitanos y negros del Tercer Reich. Desde luego, la comunidad eugenista no fue homogénea, tal como lo demuestran las virulentas denuncias de científicos como los eugenistas socialistas Herman Muller y Walter Landauer, las del genetista progresista L.C. Dunn y el célebre antropólogo Franz Boas. Pero, a diferencia de estos dos últimos, que eran críticos de la eugenesia, Muller y Landauer realizaban una crítica científica del nazismo que, si bien negaba la jerarquía de las razas, reconocía la necesidad de mejorar la raza humana mediante la promoción de la reproducción de los individuos "capaces" y la prohibición de la de los individuos "inferiores".

Un vocabulario higienista

El capítulo 6 del libro de Kühl, "Ciencia y racismo. La influencia de los diferentes conceptos de raza en las actitudes respecto de las políticas racistas nazis" desmiente la tesis canónica según la cual las tendencias "pseudocientíficas" de la eugenesia estadounidense -responsables de la ley racista de 1924 sobre la inmigración- habrían cedido su lugar, en el transcurso de los años '30, a una eugenesia progresista más "científica" en total ruptura con la higiene racial.

La compleja tipología que construye el autor demuestra que las diferenciaciones en el seno del movimiento eugenista estadounidense nada tenían que ver con su devenir más "científico". Señala que la lucha dentro de la comunidad científica internacional a propósito de la política racial nazi era ante todo una lucha entre posiciones científicas divergentes relacionadas con la mejora de la raza y los medios científicos, económicos y políticos para lograrla.

Ésta es la razón por la cual el autor propone dos nociones -"racismo étnico" y "racismo genético"- que considera necesarias para la comprensión del fenómeno estudiado. El primero fue condenado abiertamente por el tribunal de Nuremberg; para el segundo, esto fue más difícil. Por un lado, la mayoría de los higienistas raciales no fueron juzgados por la esterilización forzada de 400.000 personas. Y la reciente investigación demostró que parte de la acusación trató de presentar las masacres masivas y los experimentos en los campos como prácticas separadas de la "eugenesia auténtica".

En 1939, Ellinger escribía en The Journal of Heredity que la persecución de los judíos no era una persecución religiosa, sino "un proyecto de selección a gran escala tendiente a eliminar de la nación los atributos hereditarios de la raza semita". Y agregaba: "Pero cuando se trata de saber cómo puede realizarse el proyecto de selección con la mayor eficacia, una vez que los políticos decidan llevarlo a cabo, la ciencia puede asistir incluso a los nazis". Años más tarde, Karl Brandt, jefe del programa de eliminación de personas discapacitadas, declaraba ante sus jueces que dicho programa se había basado en experimentos estadounidenses, algunos de los cuales databan de 1907. Citaba para su defensa a Alexis Carel, quien hasta hace poco daba su nombre a una universidad francesa 4.

El caso Ford

La obra de Max Wallace analiza las relaciones con el nazismo de dos íconos estadounidenses del siglo XX: el fabricante de automóviles Henry Ford y el aviador Charles Lindbergh. Este último, consagrado héroe de la aviación tras haber cruzado por primera vez el Atlántico (1927), desempeñaría un papel político significativo en los años '30, como simpatizante estadounidense del Tercer Reich y, a partir de 1939, como uno de los organizadores (junto con Ford) de la campaña contra Roosevelt, acusado de querer intervenir en Europa contra las potencias del Eje.

Aunque menos conocido, el caso de Ford es más importante. Tal como lo demuestra muy bien Max Wallace -es uno de los puntos fuertes de su libro- The International Jew (1920-1922) de Ford (ver recuadro), inspirado por el antisemitismo más brutal, tuvo un impacto considerable en Alemania. Traducido en 1921 al alemán, fue una de las principales fuentes del antisemitismo nacionalsocialista y de las ideas de Adolf Hitler.

En diciembre de 1922, un periodista de The New York Times que visitaba Alemania cuenta que "la pared detrás del escritorio de Hitler, en su despacho privado, estaba decorada con un enorme retrato de Henry Ford". En la antesala había una mesa cubierta de ejemplares de Der Internationale Jude. Otro artículo del mismo diario estadounidense publicaba, en febrero de 1923, las declaraciones de Erhard Auer, vicepresidente del Parlamento de Baviera, en las que acusaba a Ford de financiar a Hitler, porque era favorable a su programa que preveía "la exterminación de los judíos en Alemania".

Wallace señala que este artículo es una de las primeras referencias conocidas de los proyectos de exterminio del dirigente nazi. Finalmente, el 8 de marzo de 1923, en una entrevista de The Chicago Tribune, Hitler declaraba: "Consideramos a Henry Ford como el líder del movimiento fascista creciente en Estados Unidos (...). Admiramos particularmente su política antijudía, que es la de la plataforma de los fascistas bávaros" 5. En Mein Kampf, que se publicaría dos años más tarde, el autor rinde homenaje a Ford, la única persona que resiste a los judíos en Estados Unidos, pero su deuda con el industrial es mucho mayor. Las ideas de The International Jew están omnipresentes en el libro, y algunos pasajes se extrajeron de allí casi literalmente, especialmente en lo que respecta al papel de los conspiradores judíos en las revoluciones en Alemania y Rusia.

Años más tarde, en 1933, con el partido nazi en el poder, Edmund Heine, el gerente de la filial alemana de Ford, escribió al secretario del industrial estadounidense, Ernest Liebold, para contarle que The International Jew era utilizado por el nuevo gobierno para educar a la nación alemana en la comprensión de la "cuestión judía" 6. Reuniendo esta documentación, Max Wallace estableció, de manera incuestionable, que el fabricante de automóviles estadounidense figuraba entre las fuentes más significativas del antisemitismo del nacionalsocialismo.

Tal como lo recuerda Max Wallace, en 1938 Hitler, a través del cónsul alemán en Estados Unidos, condecoró a Henry Ford con la Gran Cruz de la Orden Suprema del Águila Alemana, una distinción creada en 1937 para honrar a las grandes personalidades extranjeras. Antes, la medalla, una Cruz de Malta rodeada de esvásticas, había sido otorgada a Benito Mussolini.

Sin embargo, Wallace no nos explica por qué, teniendo en cuenta los numerosos trabajos antisemitas europeos, especialmente alemanes, el autor de Mein Kampf quedó fascinado hasta ese punto por la obra estadounidense. ¿Por qué decoró su oficina con el retrato de Henry Ford, en vez del de Paul Lagarde, Moeller van der Bruck y tantos otros ilustres ideólogos antisemitas alemanes? Además del prestigio asociado al nombre del industrial, tres razones podrían explicar este interés por The International Jew: la modernidad del argumento; su vocabulario "biológico", "médico" e "higienista"; su carácter de síntesis sistemática, que articula en un discurso grandioso, coherente y global el conjunto de diatribas antisemitas de la posguerra; finalmente, su perspectiva internacional, planetaria, mundial.

Wallace demuestra, en base a documentos, que Hitler no fue el único de los dirigentes nazis que recibió la influencia del libro escrito en Dearborn. Baldur von Schirach, líder de la Hitlerjugend y, más tarde, gauleiter de Viena, declaró, durante el juicio de Nuremberg en 1946: "El libro antisemita decisivo que leí en esa época, y el libro que influenció a mis compañeros es el de Henry Ford, The International Jew. Lo leí y me volví antisemita". Joseph Goebbels y Alfred Rosenberg figuran también entre los dirigentes que mencionaron esta obra como una de las importantes referencias de la ideología del Partido Nacionalsocialista Alemán (NSDAP) 7.

En julio de 1927, amenazado con un juicio por difamación y preocupado por la caída de las ventas de sus automóviles, Ford decidió retirarse como es debido. En un comunicado de prensa afirmaba sin pestañar "no haber sido informado" del contenido de los artículos antisemitas publicados en The Dearborn Independent, y pedía a los judíos "perdón por el mal involuntariamente causado" por el panfleto The International Jew 8. Considerada poco sincera por buena parte de la prensa estadounidense, esta declaración le permitió sin embargo liberarse de su responsabilidad penal. Pero no le impidió seguir apoyando, secretamente, una serie de actividades y publicaciones de carácter antisemita 9.

El "Henry Ford precursor del nazismo" fue ocultado en Estados Unidos, en beneficio del gran industrial moderno promotor del automóvil fabricado en serie y vendido a precio económico. Es a este hombre a quien el escritor inglés Aldous Huxley presentaba irónicamente, en su distopía Un mundo feliz (1932), como una divinidad moderna, reemplazando la antigua plegaria dirigida a "Our Lord" ("Nuestro Señor") por "Our Ford".

Este largo silencio incómodo es claramente comprensible. El "caso" Henry Ford plantea cuestiones delicadas sobre el lugar del racismo en la cultura estadounidense y las relaciones entre nuestra "civilización occidental" y el Tercer Reich, entre la modernidad y el antisemitismo más delirante, entre progreso económico y regresión humana. El término "regresión" es además impertinente: un libro como The International Jew no hubiera podido escribirse antes del siglo XX, y el antisemitismo nazi es también un fenómeno radicalmente nuevo. El caso Ford revela crudamente las antinomias de aquello que Norbert Elias llamaba: "el proceso de civilización". 

  1. Véase la demostración que hizo Hannah Arendtrespecto del colonialismo, el imperialismo y el antisemitismo europeos, en el primer y segundo volúmenes de Los orígenes del totalitarismo. Para una actualización y enriquecimiento de esta tesis, véase Enzo Traverso, La violence nazie, La Fabrique, París, 2002.
  2. Stefan Kühl, The Nazi Connection. Eugenics,American Racism and German National Socialism, Oxford University Press, Nueva York, 1994.
  3. Max Wallace, The American Axis. Henry Ford,Charles Lindbergh and the Rise of the Third Reich,St. Martin's Press, Nueva York, 2004.
  4. La Facultad de Medicina Lyon-I, hasta 1996.
  5. Max Wallace, op. cit.
  6. Ibidem.
  7. Ibidem.
  8. Ibidem.
  9. Ibidem.
Autor/es Michael Löwy, Eleni Varikas
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 95 - Mayo 2007
Páginas:35
Traducción Gustavo Recalde
Temas Sociología, Discriminación, Política