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¿Qué precauciones tomar?

Debe tenerse en claro que cualquier proyecto de desarrollo implica algún impacto sobre el ambiente. Pero éste no es igual para todas las actividades y varía ampliamente según las tecnologías utilizadas y las precauciones que se tomen. La cuestión es decidir en cada proyecto si la relación beneficio/riesgo es favorable o no.

Siempre deberá analizarse si el daño causado al ambiente se justifica en función del empleo y la riqueza a producir. Situación más difícil de lo que parece en teoría, ya que a menudo los beneficiarios y los perjudicados son personas (o grupos sociales) diferentes.

En el caso de la forestoindustria se complica más por la habitual incoherencia argentina, que consiste en pensar que las plantas celulósicas uruguayas no deben existir y que las plantas celulósicas argentinas existentes no deben ser controladas. Mientras esta situación se mantenga, cualquier nuevo proyecto genera una razonable prevención. No hay que olvidar que la preocupación de los vecinos de Gualeguaychú se origina, en buena medida, en la conducta de algunas empresas del sector, como Celulosa Puerto Piray (de Misiones) o Papel del Tucumán.

Las fábricas absolutamente limpias no existen. Una gran industria es siempre un vecino peligroso, que debe ser cuidadosamente controlado. La paradoja es que existen tecnologías que permiten reducir la contaminación en niveles razonables y a costos aceptables. El abaratamiento de los costos de control de la contaminación que ocurrió en las últimas décadas es comparable al que ocurrió con las computadoras. Una generación atrás, una computadora era un lujo que sólo podían darse unas pocas empresas y universidades del mundo. Hoy hay millones de hogares que pueden pagarlas. Lo mismo pasó con las técnicas de depuración de efluentes en todas las industrias, incluyendo la de celulosa y papel.

He visto funcionar en Finlandia las fábricas de Botnia y, a pesar de algunos conflictos, conviven con la población local de un modo que esa población considera razonable. Sólo que siempre la opción más barata es contaminar, y cualquier empresa lo hará, salvo que el Estado ejercite un control riguroso de sus actividades.

De modo que hablar de las expectativas ambientales de cualquier emprendimiento es referirnos a lo que hará la empresa y también a lo que hará (o dejará de hacer) el Estado que debe controlarla. Cualquier mirada que se refiera a uno sólo de los actores sociales involucrados es necesariamente incompleta.

Asumir responsabilidades 

Ante cualquier proyecto de esta envergadura, lo primero es hacer una evaluación del impacto ambiental. Evaluación no es solamente un estudio, aunque lo incluye. La provincia de Corrientes (como otras) tiene un procedimiento de evaluación ambiental por el cual el estudio se pone a disposición de la comunidad y se discute en audiencia pública (Ley Nº 5067 y Decreto 876/2005).

Precisamente, la información y la audiencia son herramientas de participación ciudadana, que ayudan a que las personas con conocimiento en el tema adviertan a la comunidad acerca de los riesgos del proyecto. En muchas ocasiones, proyectos irracionales o corruptos fueron denunciados en la audiencia respectiva y quedaron fuera de carrera.

En cuanto al control, dejarlo exclusivamente en manos de la provincia, es un error equivalente a poner a un niño a controlar a un adulto. El gobierno nacional tiene que asumir su responsabilidad en el control de este tipo de grandes establecimientos, tal como se lo recordó la Corte Suprema de Justicia respecto al Riachuelo.

Una buena evaluación tendría que comenzar por la forma en que se produce la materia prima. Para la mayor parte de la gente, los árboles son un cultivo mucho más simpático que la soja. Pero un cultivo de eucaliptos no es un bosque natural, ni lo puede reemplazar. Habrá que analizar el impacto de ese monocultivo de árboles sobre la fauna, el suelo y el agua subterránea. Habrá que tener en cuenta su capacidad para retener población rural, ya que, en Misiones, por ejemplo, las zonas forestales expulsan más población que las que hacen yerba o té.

Y también habrá que analizarlo en función de los riesgos de incendio. Una posible explicación de los incendios que afectaron Galicia los últimos veranos es que se quemaron plantaciones de árboles destinados a la industria papelera. Cuando hay una sola especie vegetal, el resultado es más rentable, pero si es una especie fácilmente combustible, puede ser catastrófico. Tal vez la provincia debería obligar a los forestadores a mantener cortinas de monte natural entre una y otra plantación de eucaliptos.

Por otra parte, la industria celulósica necesita mucha agua, tanto como materia prima como para descargar efluentes. Pero el río Uruguay, al que irían a parar las descargas, no se caracteriza por tener caudales regulares. Su caudal medio en Concordia es de 4.460 metros cúbicos por segundo. Su máxima crecida registrada (abril de 1959) fue del orden de 35.000 metros cúbicos por segundo y en el momento que tuvo menos agua fueron 92 metros cúbicos por segundo (febrero de 1945).

Repasemos lo que estos números significan: el río Uruguay puede traer entre 92 y 35.000 metros cúbicos por segundo. O sea que la cantidad de agua que trae (y que serviría para diluir un efluente) puede variar nada menos que 380 veces. No me parece un destino muy confiable para lo que arrojen las fábricas.

Cuando se diseña una planta de tratamiento de efluentes, se lo hace (o se lo debería hacer) teniendo en cuenta el cuerpo receptor al cual se arrojan los líquidos ya tratados. Si el objetivo es que contamine a veces sí y a veces no, se hará la planta de tratamiento pensando en un río que lleve 4.460 metros cúbicos por segundo. Pero si el objetivo es que no contamine nunca, bajo ninguna circunstancia, habría que calcularlo sobre un río que lleve 92 metros cúbicos por segundo.

Estas consideraciones, en la práctica, no resultan lo mismo en diseño tecnológico, y, por supuesto, no es la misma inversión en dinero.

La represa de Garabí 

Ocurre que, para empeorar las cosas, también existe en proyecto una represa hidroeléctrica sobre el río Uruguay. Se llama Garabí y es un proyecto compartido con Brasil, que quedaría aguas arriba de la planta celulósica a radicar en Corrientes.

El Proyecto Hidroeléctrico Garabí abarca importantes áreas en las provincias de Corrientes y Misiones en Argentina y en el Estado de Rio Grande do Sul en Brasil. Además de Salto Grande, en Brasil hay cinco represas sobre el río Uruguay; la última en inaugurarse fue la de Itá.

Esto plantea necesidades contrapuestas entre una gran represa y una gran fábrica. La fábrica necesita la certeza de un caudal del río relativamente constante. En la medida en que su operatoria regular la lleva a arrojar más o menos la misma cantidad y calidad de efluente al río, necesita tener el mismo caudal todos los días. Si hay menos caudal, puede ser que el río no llegue a diluirlo adecuadamente. En ese caso, se estarían superando los parámetros admitidos y la empresa estaría contaminando.

Pero, por su lado, la función de la represa hidroeléctrica no es mantener el caudal del río sino producir electricidad para el mercado. O sea que cuando le convenga retener agua o soltar agua lo va a hacer, sin preocuparse por la cantidad de agua que se necesita río abajo. Simplemente porque cada litro de agua que suelta sin usarlo para hacer girar una turbina, es dinero que pierde.

Según los informes ambientales de Cancillería, esas plantas no deberían instalarse sobre el río Uruguay, ya que:

-se encuentran frente a una zona densamente poblada;

-el receptor de los efluentes líquidos contaminados es muy variable, con frecuentes períodos de bajo caudal y, por su estado, no admite la incorporación de nutrientes adicionales que pondrían en riesgo su presente uso turístico;

-el tramo aguas abajo del vertido de efluentes alberga una comunidad de peces de alta diversidad y abundancia que sustenta la pesquería más importante del tramo compartido;

-puede contaminarse y sufrir un impacto catastrófico si se produjera un pico de descarga de efluentes;

-la atmósfera será afectada con gases contaminantes, con el consiguiente impacto en la salud y en la calidad de vida de la población.

Asimismo, existen además argumentos políticos para no radicar plantas celulósicas sobre el río Uruguay. En particular, el tradicional principio que dice: "Si Argentina tiene un problema, Corrientes la va a ayudar". Después de haber dicho que no eran viables las plantas ubicadas del lado uruguayo, el impacto político de una planta semejante colocada del lado argentino puede ser muy desfavorable.

La localización ambientalmente menos conflictiva es, en mi opinión, sobre el río Paraná y no sobre el Uruguay. Frente a Corrientes, el Paraná trae 15.000 metros cúbicos por segundo, mucho más que el río Uruguay.

A esto, los economistas forestales contestan que la madera es muy pesada y que eso obliga a industrializarla allí donde se la corta. Pero todos los cálculos se hacen sobre la base de llevarla en camión, un medio de transporte irracionalmente caro para esto. La solución es llevar la madera en tren a un sitio ambientalmente más adecuado. Si en el siglo XIX el país construyó ferrocarriles sobre casi todo el territorio, ¿por qué no hacerlo ahora? Los obrajes madereros de 100 años atrás tenían su propio ferrocarril, muchas veces en base a vías que se desmontaban y volvían a colocar en otro lugar. En relación con las inversiones de un proyecto así, construir o rehabilitar una vía ferroviaria no es descabellado. Y el combustible para las locomotoras serían las sobras de madera, con lo cual habría un ahorro energético.

Es cuestión de pensar los proyectos desde la propia realidad...

Autor/es Antonio Elio Brailovsky
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 95 - Mayo 2007
Páginas:42
Temas Desarrollo, Política, Medioambiente
Países Argentina