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Entre la nostalgia soviética y el nuevo patriotismo de EstadoLa probable reelección de Vladimir Putin en los comicios de este 14 de marzo marcará un vuelco político en Rusia. En el umbral de una nueva avanzada del capitalismo, el Presidente ruso enfrenta las exigencias de “poner en vereda a los oligarcas”, redistribuir las riquezas, restablecer la protección social y volver a ser potencia. Estas demandas van a la par de una revalorización de la herencia de la Unión Soviética, que no puede reducirse a la caricatura liberal de una “nostalgia” pasatista.¿Quién no ha visto alguna una vez, aunque sea en la pantalla, el monumento de Vera Mujina que representa al obrero y a la campesina koljoziana lanzándose hacia un futuro radiante, blandiendo la hoz y el martillo? 1. Erigido en la entrada del Parque de Exposiciones de Moscú, el monumento acaba de ser desarmado. No para arrumbarlo, sino para renovarlo. Banderas rojas florecen nuevamente cada 9 de mayo, para las celebraciones oficiales de la victoria sobre la Alemania nazi, como en los desfiles comunistas del 1º de mayo y el 7 de noviembre 2. Vuelve a resonar el himno de la URSS 3. Adolescentes exhiben remeras con la inscripción "Mi patria, la URSS". Grupos de rock reciclan "éxitos" soviéticos. Las radios FM en Moscú difunden más canciones en ruso. Cafés de moda y publicidades utilizan también símbolos soviéticos, atestiguando una "nostalgia" posmoderna. Este retorno del péndulo se inició a mediados de los años 1990. Las películas soviéticas vuelven a pasarse en televisión a pedido del público, según los canales. Un editorialista se inquieta: el "pueblo soviético" sigue ahí, la nostalgia surge como "la dominante del humor que se percibe en el ambiente" 4. Las encuestas de institutos considerados serios confirman: "el 57% de los rusos quiere retornar a la URSS" (2001), el 45% considera el sistema soviético "mejor" que el actual, el 43% desea incluso "una nueva revolución bolchevique" (2003). Las opiniones sobre el presente resultan también poco "correctas": descrédito de la "revolución democrática" de agosto de 1991 5 y rechazo masivo (alrededor del 80%) de las grandes privatizaciones "criminales". Los demócratas vituperan: amnesia ("se olvidaron del gulag y las penurias"), odio a los ricos "sólo por ser ricos", mediocridad de perdedores y de ancianos; "la biología resolverá el problema". Bajo el gobierno de Vladimir Putin, los acontecimientos políticos vinieron a confirmar sus angustias: acciones judiciales contra varios grandes oligarcas amigos y patrocinantes 6; recuperación del control de importantes medios de comunicación por el Kremlin; rehabilitaciones del NKDV y la KGB 7; creciente influencia de los "siloviki" 8 y del FSB, intención de recuperar la influencia rusa en el espacio ex soviético, críticas oficiales lanzadas contra Estados Unidos y su penetración en dicho espacio, contra su guerra en Irak a pesar de la "alianza estratégica" entablada por el presidente Putin con Washington a partir del 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, no se escatimaron esfuerzos para erradicar el comunismo. Desde 1991 los rusos están saturados de archivos, artículos, libros y programas de televisión que denuncian los "crímenes bolcheviques": terror rojo bajo Lenin y Trotsky, "Gran terror" bajo Stalin, hambruna de 1932-1933, gulag, deportación de pueblos "castigados" por colaborar con la Alemania nazi o "sospechosos" de hacerlo, represión bajo el gobierno de Breznev. Los grandes medios de comunicación, periodistas, historiadores, libraron ardientemente la "batalla de la memoria", conjugada con la promoción de los "valores mercantiles democráticos", respaldada por una vasta red occidental y sobre todo estadounidense de instituciones, universidades y fundaciones (Ford, Soros, Hoover, Heritage, Carnegie, USIS, USAID), además de los oligarcas filántropos de Rusia 9. Los debates contradictorios de la época de Gorbachov cedieron lugar a la requisitoria contra "el Imperio del Mal" en todas sus encarnaciones. La virulencia de este anticomunismo ruso hace palidecer a los cruzados occidentales. Pero se trata de agitar, en cada momento de crisis amenazadora para el nuevo régimen, el fantasma del "retorno de los rojos" y la guerra civil. Reconstrucción de la memoriaLa condena del "bolchevismo" implica la rehabilitación de sus opositores, principalmente el movimiento blanco y las disidencias. Incluso ciertas colaboraciones con los nazis se miran con "comprensión". Así, el cronista de Izvestia Maxim Sokolov intenta explicar: "Los tiempos eran complejos... (El Tercer Reich) era el único bastión que protegía a Europa de la barbarie bolchevique. Si hubiera vivido hasta nuestros días, el Reichsführer SS (Himmler) sería probablemente reconocido como combatiente contra el totalitarismo" 10. Este revisionismo caricaturesco, que ignora los contextos reales, los períodos, los regímenes, las sociedades y las muy diversas culturas de la historia soviética, es cuestionado por numerosos historiadores, pero no son ellos quienes llevan la voz cantante. Mayor difusión tienen los best-sellers de Viktor Suvorov. El más reciente, publicado a fines de 2002 11, comienza con esta afirmación: "Todos los dirigentes soviéticos, sin excepción, han sido crápulas y bribones". Uno de los pioneros del anticomunismo oficial, Alexandre Tsipko, considera contraproducente esta moda denigratoria: sus efectos desmoralizantes, combinados con los de las "reformas confiscatorias" -se lamentaba en 1995 12- "prepararon el terreno para una reivindicación de la historia soviética". Su observación es acertada. Más allá del "sistema", los ataques apuntan a los valores igualitarios y colectivistas, comunitarios, tanto rusos tradicionales como soviéticos. Apuntan a "la gente de abajo", a los obreros que, desestabilizados en sus condiciones de vida, son al mismo tiempo estigmatizados como "cómplices" del antiguo régimen, "asistidos", "perezosos" e "inútiles" para el progreso posindustrial 13. A pesar de esta avalancha, Rusia escapa aún al "pensamiento único" sobre la URSS. Existen aquí demasiadas experiencias vividas, herencias culturales, memorias desgarradas, como para dar lugar a este tipo de uniformidad. Las historias de vida pueden transmitir los ecos caóticos de tiempos extremos, en los que las fronteras entre la fe cristalina, las alegrías positivas, la caída incomprendida y repentina a los infiernos de un terror ciego, eran movedizas, imprevisibles. Un testigo mayor del universo de los campos de concentración, Varlam Shalamov 14, evoca su juventud estremecida, el resplandor de Lenin y los ideales de la revolución ("Qué horizontes, qué inmensidades se ofrecían a los ojos de todos, del hombre más común"), en este período soviético muy ambiguo de los años veinte 15. La voz de destinos más comunes, que permite percibir las razones de la adhesión popular a aquel socialismo, se deja oír a través del relato de Liudmilla, hija de campesinos maltratados por la deskulakización, pero que atraviesa la frontera de los mundos para recorrer, en la ciudad, el camino de la movilidad social. Efectivamente, este fue el camino de millones de trabajadores rurales. Entre los campesinos que atravesaron la guerra civil y permanecieron en la ciudad luego de la "gran ruptura" de la colectivización, se recogieron a su debido tiempo 16 otras historias de vida, a comienzos de los años 1990, cuando la palabra se liberó antes de ser "reformateada" por la ideología anticomunista dominante. Uno de los problemas de la memoria "reconstruida" en ese nuevo contexto es el reclutamiento de las víctimas y los mártires al servicio de una ideología "antitotalitaria" formulada a posteriori. Pero entre ellos había muchos comunistas y opositores de izquierda trotskistas 17, gente que al volver de los campos de concentración no dejó de creer en y de servir al "socialismo" del que pretenden hoy hacerles renegar. La mayoría de los ex soviéticos aún con vida no conoció los tiempos extremos. Evocan los cuarenta años soviéticos vividos después de la Guerra y la muerte de Stalin. Un artista recuerda la atmósfera de los años 1960: "Tal vez idealice, pero había entonces un impulso optimista en el país. No hablo de política, sino del clima moral de la gente que me rodeaba. El impulso dado por los Beatles reveló la aspiración al amor, que conoció su cenit con el movimiento hippie... Era un tiempo luminoso, que me enseñó a vivir mirando el futuro con optimismo". Colisión-colusión inesperada de referencias: una en sintonía con los ideales oficiales ("el futuro con optimismo"), la otra con una cultura inconformista (los Beatles). Sucede que la confianza en las perspectivas de un país en pleno auge, donde nadie temía al futuro, pudo coexistir en muchos con el apoliticismo y las tentaciones de una cultura alternativa. Otros, contestatarios del régimen de Breznev, extrañan el tiempo en que arreglaban el mundo en las cocinas. "El futuro aún no había llegado", y sería -se sabe- muy decepcionante. ¿Cuántos de ellos, después de 1991, se retiraron de la escena, enfermos, deprimidos o muertos de tristeza al ver lo que el cambio tan esperado había producido? "Los nuevos jefes desacreditan a los chestidisiatniki, la gente de los años 1960 -cuenta Vasili Juravliov- por ser para ellos un reproche viviente. Porque es sobre sus espaldas que los oligarcas y otros hombres de negocios treparon al poder" 18. Aquellos jóvenes -que no eran ni militantes, ni contestatarios, ni intelectuales, ni cuadros del partido, sino que simplemente estaban ávidos de vivir plenamente- abandonaron el confort urbano por las "grandes obras" de los años 1950-1980, por romanticismo o atraídos por los salarios. La construcción de la "ciudad de los sabios" en Novosibirsk, de las grandes centrales sobre los ríos siberianos, de los complejos industriales de Togliatti y sobre el Kama, del segundo transiberiano, el BAM, les dejaron a menudo los recuerdos de una juventud intensa, a pesar del sentimiento actualmente difundido de un inmenso estropicio. Otros volvieron heridos de una aventura abominable: la guerra en Afganistán, de la que hablan los mutilados de cuarenta años en las calles y el subterráneo. La joven generación que "regresó de Chechenia", otra abominación, ya tomó el relevo. Pero la gran mayoría no participó de compromisos tan importantes. Simplemente vivieron, inmersos en un modo de vida, de relaciones sociales, en una cultura de la que no se separan sin dolor. Nacido en 1961, el escritor ucraniano Andrei Kurkov habla de ello a su modo, que no es excepcional: "Esta sociedad estaba fundada en la amistad. Podías golpear a la puerta de tus vecinos; si necesitabas dinero, te lo prestaban. Luego de la caída, toda esa solidaridad se derrumbó (...). La gente que nació justo antes de la caída, que tiene veinte años, se adapta muy rápido. Para mi generación la soledad es la enfermedad de esta época. Perdí muchos amigos. Muchos se suicidaron, otros emigraron" 19. ¿Recuerdo de relaciones amistosas o vivacidad de una cultura social aún perceptible en las resistencias a la liberalización? La intelectual Liudmila Bulavka aporta los testimonios de sectores obreros involucrados en los recientes movimientos de protesta: los militantes juzgan con severidad sus propias ilusiones de los años 1989-1991 (el apoyo a los demócratas), sienten una pérdida dolorosa con el fin de la URSS, no aceptan que los patrones hagan las leyes sin consultarlos, quieren seguir creyendo que "el Estado somos nosotros" y permanecen aferrados a una cultura de consenso y paternalismo social 20. Opiniones según la edadLos occidentales carecen de todo un continente de conocimientos para comprender la "pérdida" vivida: el universo de una cultura, la dimensión de una vida social que no concuerdan con ninguna ideología. ¿Dónde clasificar, en su estrechez de miras, no sólo a la vanguardia, sino a la cultura popular de masas que marcó a generaciones, las comedias musicales de Alexandrov y el jazz de Utesov, el humor de Ilf y Petrov, las aventuras del soldado Vasili Tiorkin, los personajes "entre dos" del cine de Vasili Chukchin, el arte aficionado de los clubes de fábricas y el vasto movimiento de la canción de autor, el "cuestionamiento" de masas más importante de los años 1960-1980? ¿Dónde ubicar la reciente decisión de los poetas inconformistas de todas las edades de consagrar "canción del siglo" a la balada "Grenada" de Mijail Svetlov, "poeta del Komsomol" de los años 1920? ¿Podrán transmitirse alguna vez los mensajes de esta Atlántida que existió realmente? Una encuesta realizada con el auspicio de la fundación alemana Friedrich Ebert, dirigida por Mijail Gorchkov 21, muestra hasta qué punto "la rehabilitación de la URSS" proviene de una reflexión madura, poco conforme a los estereotipos. Revela el fracaso del poder y de los medios de comunicación en su intento de presentar los setenta años soviéticos como una "pesadilla", estimando incluso que la presión ejercida en este sentido agotó sus efectos. Las opiniones difieren sin embargo según los períodos considerados y la edad de las personas encuestadas:
En cuanto al futuro, una amplia mayoría se pronuncia a favor de una administración estatal de los grandes sectores de la economía, la educación y la salud, y sólo aprueban la administración mixta (con el sector privado) en el campo de la alimentación, la vivienda y los medios de comunicación. La mayoría (54%) "opta por una sociedad de igualdad social" y define como característica principal de la democracia "la igualdad de los ciudadanos ante la ley". Puntos de no retornoEvolutiva, la visión del pasado aparece filtrada por la experiencia de "reformas de mercado", cuyo carácter desastroso se reconoce ampliamente en la actualidad. La primera inspiradora de estas reformas, la socióloga Tatiana Zaslavskaia 22, considera que los trabajadores están "mucho más despojados de la propiedad y privados de derechos que en la época soviética. (...) La producción no sólo ha caído, sino que se ha degradado desde el punto de vista estructural y tecnológico. (...) Sectores que cubrían las necesidades sociales en la época soviética y elevaban, aunque sea modestamente, la calidad de vida de la población, se degradan hoy cada vez más. Las conquistas democráticas de la época de la perestroika y de la glasnost están en peligro (...). La polarización de la sociedad ha adquirido dimensiones colosales (...): entre un 20% y un 30% de la población vive con graves privaciones, en viviendas ruinosas, padece hambre, enfermedades y muere prematuramente". El economista liberal Grigori Iavlinski 23 habla de "desmodernización" de Rusia, el ecologista Oleg Ianitskii de "sociedad de todos los riesgos". "Vivíamos detrás de la Cortina de hierro. Ignorando las realidades exteriores, creímos vivir en la miseria de la nivelación. Ahora que la Cortina de hierro cayó (...) sufrimos la prueba de la verdadera miseria. Sabemos ahora que en la época soviética no vivíamos en la miseria, teníamos cubiertas las necesidades en un nivel parejo, aunque bajo. El sistema de salud y educación era accesible a todos, a pesar de los privilegios de los "servidores del pueblo". Las colas existían para que cada uno pudiera procurarse lo necesario, hoy ya inaccesible para la mayoría", explica el historiador del mundo rural y la colectivización Viktor Danilov. Según Danilov, para muchos "se abrieron sin duda las puertas al mundo exterior, pero se erigieron ‘puertas blindadas' entre la gente. La ‘atomización' nunca había alcanzado un nivel semejante". Más allá de estas tristes constataciones, no faltan en Rusia reflexiones interesantes sobre el pasado, el futuro y las posibilidades de desarrollo. Pero este universo muy plural del pensamiento ruso es ignorado en Occidente, donde sólo repercuten los puntos de vista liberales occidentalistas. El nuevo patriotismo se alimenta sin embargo del resentimiento nacido del desconcierto, la miseria, la nueva "imagen del enemigo" -el "terrorista" árabe-musulmán- formada de común acuerdo con el Occidente civilizado con el que los rusos se identifican. Ya no hay clima de "antiimperialismo", sino de xenofobia "de blanco pobre" hacia los pueblos aun más desposeídos, hacia ese Sur amenazador. Es paradójico: muchos extrañan el espíritu de amistad que reinaba en las comunidades multinacionales soviéticas de obreros y estudiantes, y al mismo tiempo deploran las trabas políticas y financieras a la libertad de viajar, las familias y los grupos de amigos desmembrados. Aceptan la matanza de chechenos, pero disfrutan la película de culto de los años 1930 El Circo, donde el actor judío Solomon Mijoels, que murió asesinado por Stalin, canta una canción de cuna yiddish a un niño negro arrancado de las garras del racismo estadounidense. La nostalgia de la URSS y su revalorización en la población no deben confundirse con sus diversos usos políticos. La realidad excluye un "regreso del sovietismo": la liquidación del sistema social soviético, las privatizaciones, el rol del dinero y las presiones del mundo exterior "globalitario" han alcanzado puntos de no retorno. Y si bien las necesidades internas del poder y el control de la renta petrolera reactivaron las tradiciones de gran potencia, burocráticas y policiales, esto sucede en un contexto internacional donde el ejemplo de la militarización, de la obsesión por la seguridad, proviene del "modelo" estadounidense, venerado por los nuevos rusos. En las "rehabilitaciones", el presidente Putin no olvidó a Pedro el Grande, al reformador liberal autoritario Piotr Stolypin, bajo el reinado de Nicolás II, ni a la muy actual Iglesia ortodoxa. El Kremlin tiene como emblema el águila imperial bicéfala coronada. El ídolo de la nueva burguesía es un becerro de oro verde como el dólar. En cuanto a la pareja inmortalizada en metal por Vera Mujina, blandiendo aún las herramientas del comunismo, la noticia de su renovación no debe asustar a los liberales: cuando se encuentren nuevamente de pie, orgullosos y petrificados en su impulso hacia el futuro anterior, el obrero y la campesina koljoziana deberían estar apoyados sobre un zócalo más grande, digno de los nuevos tiempos. Delante de un centro comercial.
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