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Recuadros:

Los Estados y el arma petrolera

Un informe reciente de la consultora Wood Mackenzie (Edimburgo) señala que en el futuro será necesario invertir de forma masiva para extraer un petróleo cada vez más escaso y de difícil acceso. La lucha por el oro negro entre las compañías internacionales, las nacionales y los Estados se acentúa, en beneficio de estos dos últimos protagonistas. Tras un eclipse de dos décadas, asistimos a un regreso triunfal del poder público.

El 4 de diciembre de 2006 Petrochina, la primera empresa petrolera china, que cotiza en Hong Kong y Wall Street, superó a Shell, conviertiéndose en la sexta compañía en capitalización bursátil mundial. Sin embargo, no es más que la filial de una importante sociedad del Estado, la China National Petroleum Corporation (CNPC); otras dos compañías chinas la siguen de cerca, la China Petroleum & Chemical Corporation (SINOPEC) y la China National Off-Shore Oil Company (CNOOC). En 1999, estas sociedades operaban en Venezuela, Sudán, Azerbaiyán, Kazajstán, Birmania e Indonesia; ahora están presentes en unos cuarenta países.

China e India, de donde provino el grueso de la demanda suplementaria de hidrocarburos durante estos tres últimos años, tratan de coordinar su expansión en el exterior de su territorio para actuar de consuno. No es más que un signo, entre otros, del fuerte cambio que se está operando en la industria petrolera mundial, oculto por el incesante yoyó de las cotizaciones del oro negro que excita a los especuladores, deprime a los automovilistas y alarma a los consumidores de ambos hemisferios.

Un puñado de actores operan en el inicio de la cadena, en la exploración y producción, a través de todo el planeta, y se reparten las reservas mundiales de petróleo y gas. Pero la relación de fuerzas está en pleno cambio entre los dominantes de ayer, las majors o "grandes compañías", sobre todo anglosajonas, que son sólo cinco -Exxon, Shell, BP, Total y Chevron- (véase el recuadro "Los actores", pág. 27) y que controlan apenas el 9% de los yacimientos, y los nuevos titanes del crudo que son las Compañías Petroleras Nacionales (CPN) de los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, véase el mismo recuadro de pág. 27). Once de ellas disponen de la mayoría de las reservas (53%) y saben que ahora son ineludibles. Atrás, muy atrás, otras CPN explotan el 16% de las reservas. Muchas de ellas son el brazo armado de Estados como China, India, Brasil o Malasia, cuyas necesidades se multiplican al ritmo excepcional de su crecimiento económico.

Finalmente están las independientes, en general compañías privadas, con frecuencia occidentales, aunque no de manera exclusiva, de tamaño más modesto que las "grandes compañías" o las CPN, que reinan sobre un quinto de las reservas mundiales de hidrocarburos.

Fuera de los diez de la OPEP 1, los otros tres actores extraen de sus reservas, de las que son propietarios, pero que disminuyen inexorablemente, por lo que miran el futuro con inquietud. La brecha es preocupante, en primer lugar para las independientes (con 34% de la producción mundial pero sólo el 22% de las reservas), y también para las CPN que no pertenecen a la OPEP (25% contra 16%) y para las grandes compañías petroleras (13% contra 9%).

Tres de cada cuatro actores se encuentran en la muy poco confortable situación de bombear cada día más cantidad de hidrocarburos de la que adquieren por sus descubrimientos o por compras de yacimientos a otras compañías. En la jerga de los petroleros, se dice expresivamente que son "deficitarias", ya que no pueden reconstituir sus reservas. Si no acceden a nuevos yacimientos con rapidez, su futuro está en juego, sobre todo para aquellas que cotizan en bolsa y cuyas cotizaciones pueden bajar más rápido que sus reservas, exponiéndolas permanentemente a la Oferta Pública de Adquisición (OPA) agresiva de un competidor. Por eso los "errores" en la medición de las reservas del subsuelo, que tienden a sobreestimar con facilidad. Royal Dutch Shell tuvo que reconocer en 2004 haber "manipulado" las suyas hacia arriba (+20%) para quedar mejor ante sus accionistas.

Según PFC Energy, una influyente sociedad internacional de consultores, el 77% de los hidrocarburos del mundo pertenece a las CPN, por lo tanto al sector público. En términos geopolíticos, las empresas de los países consumidores se encuentran principalmente en el norte o en el este, y los yacimientos principalmente en el sur... Así el encuentro entre las primeras, las Compañías Petroleras Internacionales (CPI) y los gobiernos de los países exportadores es inevitable. Inevitable pero cada vez más difícil.

Desde los años '70 ha ido desapareciendo el modelo tradicional, de la concesión, que reconocía a las empresas la propiedad de los yacimientos, con excepción de Estados Unidos y de algunos países europeos como Reino Unido, Países Bajos o Noruega. Y de otros como Colombia, Tailandia, países del Golfo... Los últimos contratos de concesión que escaparon a la gran ola de nacionalizaciones de los años '70 están llegando o han llegado ya a su término. En Abu Dhabi, por ejemplo, donde tres concesiones concluyen en 2014 y 2018, las autoridades ya han hecho saber a las grandes compañías que las explotan que no serán prorrogadas.

Para reemplazar la concesión apareció una nueva fórmula después de la Segunda Guerra Mundial: el Contrato de Participación en la Producción (CPP; en inglés: Production Sharing Agreement). El principio es simple: el Estado se asocia con una empresa extranjera, un contrato fija las condiciones de la "prospección, exploración y producción de hidrocarburos" para un período y superficie determinados, y se establece un monto mínimo de inversiones en exploración y un régimen fiscal. El inversor paga un derecho de entrada -el bonus- tomando por su cuenta el riesgo de no encontrar nada; pero, en caso de éxito, comparte con el Estado el valor de la producción. La empresa financia con sus fondos propios los gastos de exploración y de desarrollo del campo petrolero y luego se cobra con la producción que le corresponde.

Pulseada fiscal

El CPP rinde más y tiene una superioridad político-jurídica sobre la concesión, ya que los recursos naturales siguen siendo propiedad nacional, como unánimemente lo exige la opinión pública en la actualidad, de la derecha a la izquierda, de los nacionalistas a los islamitas, en los Estados petroleros. La última demostración la ofrecieron los desengaños de las grandes empresas anglosajonas en Irak; Washington pudo sin demasiadas dificultades reescribir a su antojo la Constitución del país ocupado, pero todos sus intentos por abolir la ley de nacionalización de 1972 y volver al régimen de las concesiones fueron hasta hoy intentos vanos...

Los CPP les permitieron a las compañías petroleras internacionales volver a los países que habían estado durante mucho tiempo cerrados para ellas, como Venezuela, Argelia, Birmania (rebautizada Myanmar por la dictadura), Irán, la ex Unión Soviética, etc. Pero este retorno se produjo en un momento en que los precios del petróleo estaban bajos, en que la OPEP parecía destinada a dividirse y en que los países exportadores no tenían dinero para invertir en su sector petrolero. Es una ley de hierro que la producción de un pozo disminuye con el tiempo. Si no se perforan regularmente nuevos pozos para compensar esa inexorable declinación, la producción baja, y con ella los ingresos presupuestados.

En su momento, la ventaja la tenían las empresas, que la aprovecharon fiscalmente, a veces de manera ultrajante, como en Rusia. En Sakhalin II, gigantesco proyecto gasífero en Siberia Oriental, Shell obtuvo en 1995, en un momento en que el Tesoro ruso estaba agotado, que sus gastos les fueran reembolsados con prioridad. Concretamente, el 100% de los ingresos van a Shell mientras el trust anglo-holandés no haya recuperado íntegramente sus inversiones. En general, ese monto tiene un techo del 50 - 60%. En el otoño de 2006, la empresa tuvo que confesar que sus gastos prácticamente se habían duplicado con relación a lo que se había previsto contractualmente entre ambas partes: 22.000 millones de dólares en lugar de 12. Antes de ver el color del primer dólar, Moscú hubiera debido esperar dos veces más tiempo del previsto, o sea una buena decena de años. Algo intolerable para el Kremlin, que dos meses más tarde tomó el control de Sakhalin II sin ningún esfuerzo, por una bicoca...

El retorno de los precios elevados del petróleo, a partir del año 2000, provocó un cuestionamiento casi general de los impuestos al petróleo pagados por los operadores. Se planteó claramente la cuestión del reparto de la "renta adicional". Londres dio el ejemplo desde 2002 aumentando en 10% el impuesto a las compañías petroleras que operaban en el Mar del Norte, para llevarlo finalmente al 60% en 2005 (contra el 30% antes de 2002). En Estados Unidos, la Comisión de Presupuesto del Senado, en la época de mayoría republicana, se pronunció a favor de un impuesto suplementario a las compañías para reducir el déficit presupuestario. Los demócratas, victoriosos en las elecciones legislativas de mitad de mandato, en noviembre de 2006, hicieron de la cuestión fiscal petrolera una de las seis prioridades a realizar en las "primeras 100 horas" en el poder. Con sólidos argumentos.

Los impuestos al petróleo estadounidense giran en torno al 40%, contra una media mundial de 60 a 65%... En cuanto a los subsidios decretados por la administración Bush para alentar la prospección marítima (off-shore), que los demócratas piensan abolir, no parecen haber tenido mucho efecto.

Los países productores no se quedaron atrás. Según los cálculos del profesor Jean-Marie Chevallier, miembro del Cambridge Energy Research Associates (CERA), un reputado estudio de consultores, estos países han encontrado, y con razón, que su parte de la torta era demasiado escasa con relación a la del fisco de los países consumidores, de los operadores, los bancos y otros intermediarios financieros. Las compañías vinculadas con CPP aceptaron, en general de buena gana, renegociar discretamente su régimen fiscal. Nada o casi nada se ha filtrado. El cambio de las "condiciones del mercado" ayudó. Un simple cálculo muestra que, para las compañías, cobrar el 25% de un barril que vale 60 dólares rinde más que el 33% de un barril a 30 dólares.

El único choque serio sobre el tema impositivo se produjo en Venezuela, porque estuvo acompañado de un cuestionamiento de los propios contratos. Y, en ese caso, la comprensión se desvaneció. "En nuestra actividad acumulamos los riesgos, por eso la importancia del contrato que nos vincula con el gobierno huésped; sobre esa base invertimos miles de millones de dólares por 25 años o más", explica Patrick Pouyanné, director de Estrategia, Crecimiento e Investigación de la rama "Exploración y Producción" de Total. En ExxonMobil, número uno de las grandes compañías y que tiene la capitalización bursátil más fuerte del mundo, se habla incluso de "derechos sagrados" (sanctity of rights, en inglés).

La nueva ola 

Para las grandes petroleras occidentales, Hugo Chávez y Vladimir Putin se disputan el lugar de enemigo número uno. Llegado al poder en 1999, después de elecciones indiscutibles, el nuevo presidente venezolano convenció a sus socios de la OPEP y México de bajar su producción para hacer subir las cotizaciones del crudo, que habían caído a menos de 10 dólares el barril, luego de una falsa maniobra de Arabia Saudita. Y eso funcionó... Las cotizaciones retomaron su nivel durante más de cinco años. En 2002, Chávez logró terminar con un lock-out muy político, de dos meses, de la empresa nacional de petróleo, PDVSA. La mitad de los 40.000 trabajadores hicieron huelga, y 18.000 perdieron su empleo después de su fracaso.

Siguiendo los consejos de Bernard Mommer, un matemático de Oxford convertido en prestigioso experto petrolero, el presidente venezolano obligó a las empresas extranjeras, que habían firmado durante la apertura liberal de los años '90 contratos de servicios, reembolsables con petróleo por descubrir, a entrar en sociedades mixtas, donde el Estado tiene por lo menos el 60% del capital. Todas aceptaron, excepto la italiana ENI y Total, que se negaron a que la participación de PDVSA pasara a ser del 75% y la suya retrocediera en 13% y 12%.

Los franceses temían sobre todo que esa aceptación fuera un precedente para su gran negocio, Sincor I, un proyecto diez veces más importante (de 2.000 millones de dólares) que involucra al bruto extra-pesado de la faja del Orinoco. Después de varios meses de negociaciones infructuosas, Caracas amenaza con que la nacionalización será hecha por ley.

La nueva ola de nacionalismo petrolero llegó también a Ecuador donde Occidental Petroleum fue lisa y llanamente expropiada; y a Perú y Bolivia donde la nacionalización de los yacimientos de gas se inició seis meses después, sin dificultades por parte de las empresas extranjeras, de las cuales la más importante es la brasileña Petrobras. A la oposición de derecha que le reprochó al gobierno del presidente Lula su "actitud de sumisión" respecto a su pequeño vecino, el ministro de Relaciones Exteriores le respondió: "Brasil no puede actuar como una potencia del siglo XIX". En este sentido, el pasado 15 de febrero ambos países llegaron a un acuerdo sobre el precio del gas boliviano importado por la estatal blasileña Petrobras 2.

Vladimir Putin fue más brutal con las grandes compañías. Jean Lemierre, el presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (BERD), muy activo en la ex Unión Soviética, explica la razón: "Rusia ha dicho siempre que la energía era un sector estratégico". Como pretende ser el nuevo fundador del Estado ruso, Putin necesita ingresos petroleros para financiar su presupuesto, equilibrar sus relaciones económicas con el extranjero y existir en el escenario diplomático internacional 3. Ya no puede seguir dejando saquear con toda impunidad la principal riqueza natural rusa por un puñado de oligarcas que se la apoderaron sin pagar nada o casi nada en los tiempos de Boris Yeltsin, y de los cuales se sospecha que quieren ceder a las grandes compañías (las majors) la propiedad plena de los yacimientos.

En un libro reciente sobre "la piratización de Rusia" 4, Marshall I. Goldman, titular de la cátedra de estudios rusos en la Universidad de Harvard, relata que el nuevo presidente Putin, al llegar a la cabeza de la Federación Rusa, se había indignado por la diferencia entre los precios de exportación de los hidrocarburos rusos y los precios pagados por los compradores. ¿Dónde iba la diferencia? Sistemáticamente, paso a paso, su gobierno retomó el control del sector,  primero en el gas, con Gazprom, el antiguo ministerio soviético del gas privatizado en 1992, en el cual diez años más tarde el gobierno ruso sólo poseía el 38% del capital, habiéndose distribuido la mayoría a una camarilla manejada por el primer ministro de Boris Yeltsin y sus familiares. Mientras tanto, Gazprom habría "perdido" en promedio 2.000 millones de dólares anuales, desviados por sus dirigentes, y el 10% de sus reservas.

Desde su llegada a la Presidencia, en junio de 2000, Putin nombró a un hombre de su confianza en la jefatura del grupo, que posee un cuarto y tal vez un tercio de las reservas mundiales de gas natural. De a poco, Gazprom, donde el Estado se volvió mayoritario en diciembre de 2005 (51% del capital), recupera sus activos, algunos comprados amistosamente, y otros expropiados sin miramientos, implementando para lograr sus fines impuestos asombrosos, multas récord por "delitos ecológicos", no siempre imaginarios, o maniobras retorcidas dignas de la ex KGB.

La caída espectacular de Mijail Jodorkovski y de su grupo Yukos mostró hasta dónde llegaba, en este ámbito, la determinación de Putin, a pesar de las fuertes presiones estadounidenses. El vicepresidente de Estados Unidos, Richard Cheney ¿no denunció acaso el verano pasado a los hidrocarburos rusos como "un instrumento de intimidación y de chantaje"? Los nuevos aliados de Washington, reclutados entre las ex repúblicas o satélites soviéticos, no dejan de hacer notar este mensaje, resucitando lo que el escritor ruso Víctor Erofeyev denomina "la nueva Guerra Fría"..., la de la imagen.

El final de los buenos tiempos para las grandes compañías, acorraladas entre sus accionistas, que reclaman dividendos siempre más elevados, y los grandes países productores, que les cierran el acceso a los yacimientos más prometedores, está paradójicamente acompañado de una acumulación de capitales sin precedentes. ExxonMobil, la más poderosa de las majors, ostenta una facturación de 450.000 millones de dólares, una cifra superior al PIB de 180 de los 195 países miembros de las Naciones Unidas. Pero lejos de ser un signo de buena salud, esta opulencia financiera traduce una impotencia para reinvertir eficazmente los enormes beneficios, y para encontrar proyectos que respondan a los extravagantes criterios de rentabilidad que se les imponen a los ingenieros.

Las desventuras recientes de British Petroleum ilustran esta paradoja: en 2005 explotó una de sus refinerías en Estados Unidos, matando a 15 obreros e hiriendo a otros 170; en Alaska tuvo que detener el bombeo del más grande yacimiento petrolero de América del Norte porque los oleoductos, utilizados hasta el máximo, tienen pérdidas. Una misión de expertos, nombrada por BP, incriminó en su informe de enero de 2007 la insuficiencia de dinero y de esfuerzos del grupo para garantizar la seguridad de sus refinerías en Estados Unidos. La justicia estadounidense está investigando para determinar si esta subinversión no fue deliberada.

Si mañana al mundo le falta petróleo, seguramente será más por falta de inversiones que por falta de yacimientos. Un descubrimiento exige miles de millones de dólares en equipamiento para transformarlo en producción y los operadores más ricos, las grandes compañías, representan apenas el 20% de las inversiones al inicio de la cadena, en la exploración y la explotación. Sin embargo, es allí donde se encuentran los mejores especialistas mundiales, que están en condiciones de concebir proyectos de vanguardia, de los más adelantados en la investigación tecnológica.

En lugar de eso, las compañías marcan una preferencia, apenas oculta, por la antropofagia bursátil, que las lleva a comerse las unas a las otras. La última ola de concentración se remonta al final de los años '90, cuando Lord Brown creó la primera super-major petrolera fusionando BP y Arco, y forzó a Exxon, Total y Chevron a imitarla para no perder su posición. "En esos años de vacas flacas, cuando el barril de crudo cayó a 10 dólares, estábamos tranquilamente en vías de reconstituir las ‘Siete Hermanas' 5 de la gran época, absorbiendo a las pequeñas empresas del Estado nacidas después que nosotros y asfixiando a la OPEP", relata un viejo experto en esta gigantesca batalla bursátil.

Hoy circulan en los mercados financieros rumores sobre nuevas concentraciones, donde BP hace el papel de presa de caza después de la renuncia sorpresiva de su presidente a comienzos del año. Circula en los mercados la hipótesis de una fusión de la número 2, Shell, y la número 3, BP. A fines de diciembre, Statoil y Norsk Hydro reunieron sus actividades offshore "para responder al desafío de la industria petrolera". Repsol, la gran compañía española, está en venta desde hace varios meses. Sin éxito hasta ahora, porque los financistas que temen el efecto Chávez consideran que el grupo está demasiado comprometido en América del Sur. Otros especulan sobre el futuro del grupo italiano ENI, fundado por Marco Mattei, y sus dificultades para mantenerse independiente por más tiempo.

Hasta ahora, los especuladores han tenido el campo libre. No hubo, a nivel mundial, una respuesta colectiva significativa ante los fuertes cambios acaecidos desde 2000 en el escenario petrolero; al contrario. Los gobiernos de los países desarrollados y también de los países emergentes se dedicaron principalmente a asegurar su acceso a los yacimientos, reforzando sus vínculos con los últimos países productores accesibles. A modo de caricatura de ese "sálvese quien pueda" general, puede mencionarse el entierro a fines de diciembre del sátrapa de Turkmenistán, Saparmourad Niazov, "el padre de todos los turkmenos" y el campeón de todas las categorías de la corrupción y el mal gobierno -según Transparencia Internacional- en una región, Asia Central, donde precisamente no faltan... Los demócratas occidentales que se proclaman los más apegados a los derechos humanos enviaron allí, sin avergonzarse, a excelencias y ministros, ya que el enorme yacimiento de gas de Iolotan Sud, recientemente descubierto, bien valía, evidentemente, un renuncio.

Angola, Nigeria, el Golfo de Guinea, y toda África Subsahariana resultan casi tan fascinantes como Asia Central. Según las previsiones del US National Intelligence Council, Estados Unidos podría importar de allí el 25% de su petróleo en 2015, contra el 15% actual, reduciendo en otro tanto su dependencia de Medio Oriente... La región presenta dos ventajas: allí los contratos son "razonables" y las empresas nacionales, a diferencia de las de Medio Oriente, tienen muy poco dinero como para comprar los activos de las grandes compañías, como Putin o Chávez en sus países. ¿Permitirán estos ajustes responder verdaderamente a los grandes cambios en curso?

  1. Las estadísticas mencionadas se refieren a diez de los doce miembros de la OPEP. No incluyen a Irak ni Angola, que adhirió a principios de este año.
  2. Véase diario La Nación, Buenos Aires, 16-02-07.
  3. Jean-Marie Chauvier, "Nueva situación política en Rusia", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2007.
  4. M. I. Goldman, The piratization of Russia: Russia reform goes awry, Routledge, Londres y Nueva York, 2003.
  5. Las "Siete hermanas" son las siete compañías petroleras mundiales anglosajonas que dominaron esta actividad desde 1914 hasta el primer shock petrolero de 1973. Tres sobrevivieron (Exxon, Shell, BP) y cuatro desaparecieron, absorbidas por las primeras (Texaco, Mobil, Socal, Gul).

Los actores

Las majors. Son cinco: ExxonMobil (Estados Unidos), Royal Dutch Shell (Reino Unido y Países Bajos), British Petroleum (Reino Unido), TotalFinaElf (Francia) y Chevron Texaco (Estados Unidos).
OPEP: Argelia, Angola (desde el 1º de enero de 2007), Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia, Irán, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Qatar y Venezuela.
Las más grandes compañías petroleras nacionales (CPN): Las principales compañías petroleras nacionales (cuya propiedad es 100% del Estado, salvo mención en contrario): Arabian American Oil Company - Aramco (Arabia Saudita); National Iranian Oil Company - NIOC; Iraqi National Oil Company - INOC (Irak); Kuwait Oil Company - KOC (Kuwait); Abou Dhabi Company for Onshore Oil Operations - ADCO (Emiratos Árabes Unidos, el Estado posee el 60% de sus acciones); Petróleos de Venezuela SA - PDVSA (Venezuela).
Otras compañías nacionales: China National Petroleum Corporation - CNPC; Oil and Natural Gas Corp - ONGC (India); Petroleo Brasileiro SA - Petrobras (Brasil); Statoil (Noruega).

Fuentes: Boletín Anual de Estadísticas de la OPEP - 2005; Sociedad de Ingenieros en Petróleo.


Autor/es Jean-Pierre Sereni
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 93 - Marzo 2007
Páginas:26,27
Traducción Lucía Vera
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía), Política internacional
Países Venezuela, China, Rusia