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Negacionismo del pasado imperial“Wen Jiabao (primer ministro chino) se mostró muy impresionado por la imparcialidad de la exposición cuando visitó nuestro museo”, recuerda con orgullo Masahiko Mouri, director del Centro Internacional para la Paz de Osaka, más conocido como “Peace Osaka”. La anécdota sorprende si uno conoce las percepciones históricas irreconciliables de los funcionarios chinos y japoneses, en particular sobre la Segunda Guerra Mundial, a la que está dedicado el museo. Al principio de la visita puede leerse esta inscripción: “No debemos olvidar que Japón fue responsable de enormes sufrimientos infligidos a los chinos y a otros pueblos de la región Asia-Pacífico (…), así como a los coreanos y los taiwaneses, durante la colonización japonesa”. Al museo se entra por una sala sumergida en una penumbra rojiza, donde fueron reconstruidos los muros carbonizados y los edificios incendiados durante los bombardeos estadounidenses de 1944-1945 en Osaka. En los carteles, algunas cifras: 12.000 víctimas, en sólo ocho meses. La visita continúa con un enorme mapa, donde puntos luminosos indican la ubicación y el tamaño de los múltiples depósitos de armamento y de las industrias de guerra que tenía la ciudad en esa época, ofreciendo así una explicación para los bombardeos. La segunda parte del museo, dedicada al expansionismo japonés en Asia durante los años treinta y cuarenta, es sin dudas la más impresionante. Allí, mediante fotos, se explica la condición de los trabajadores forzados coreanos, la política de asimilación de los pueblos colonizados y la propaganda que justificaba el proyecto colonial japonés, a saber la construcción de la “esfera de coprosperidad de la Gran Asia Oriental”. “Aunque la nueva consigna defendía la independencia y la prosperidad de Asia, en los hechos significaba nada menos que la invasión y la expansión de Japón sobre un Asia del Sudeste rica en recursos naturales”, puede leerse en el museo. También está representada la percepción de los pueblos colonizados, a través de manuales de historia singapurenses, taiwaneses o malayos. “Peace Osaka” invita a reconstruir la imagen, ya tradicional en Occidente, de un Japón “con memoria corta y ambigua”, “que no ha hecho un trabajo sobre la memoria”. Abierto en 1991 y financiado por la prefectura y el municipio, también contribuyó, en el interior de la sociedad japonesa, al cuestionamiento de la representación oficial, la de una población víctima de la guerra –con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki como símbolos–, para mostrar un Japón también agresor en Asia. Siguiendo este ejemplo se inauguraron muchos museos, en particular los de Kyoto y Kawasaki en 1992 y el de Saitama en 1993. El Peace Museum de Hiroshima, que no situaba la bomba de Hiroshima en su contexto histórico, también fue renovado en 1994 de manera de proponer una visión más equilibrada. “Las muestras de estos museos reflejan las tendencias del pensamiento histórico de la época –comenta Takashi Yoshida, profesor adjunto de historia en la Western Michigan University 1–. Los historiadores y los profesores locales (…) no se interesaban exclusivamente por la experiencia de los bombardeos incendiarios y atómicos estadounidenses, que tanto afectaron a la población civil japonesa; además, estudiaban cómo los japoneses comunes habían cooperado con el Estado y con el ejército para perseguir a otros pueblos asiáticos durante la guerra (…)”. Poderoso lobby conservadorSi bien a nivel local la autocrítica es posible dentro de las instituciones culturales públicas, no sucede lo mismo en la capital. En Tokio, el Showakan (museo de guerra nacional tardíamente abierto en 1999) se ajusta a la visión oficial. Su exposición reconstruye la difícil vida cotidiana de los japoneses durante la guerra y la posguerra mediante numerosos objetos y sin ningún contrapunto. Allí, la guerra aparece como una especie de catástrofe natural, sin causas políticas y por ende sin responsables. Nada muy sorprendente, ya que el Showakan, aunque es público, está dirigido por la Organización de Familias de Soldados Muertos en Guerra (Nihon Izokukai, o, en inglés, Japan Bereaved Familias Association, JBFA). Este poderoso lobby conservador vela para que la visión oficial de la guerra no sea cuestionada. Así, cuando en 1995 el gobierno del primer ministro socialista Tomiichi Murayama presentó al Parlamento una resolución de disculpas por la agresión de Japón en Asia, “el ‘Comité Nacional’, fundado por la JBFA, amenazó con retirar su apoyo electoral a los políticos conservadores que apoyaran la resolución (o que simplemente se negaran a oponerse a ella) –relata Steven Benfell en la revista Harvard Asia Quarterly 2–. La resolución fue finalmente adoptada el 9 de junio de 1995 en una versión edulcorada: el término “disculpas” fue reemplazado por las expresiones “sinceras condolencias” y “remordimientos”. La muerte del emperador Hirohito y la pérdida temporal de hegemonía del Partido Liberal Demócrata (PLD) hizo de los años noventa un período propicio para la difusión de una visión crítica del pasado imperialista. En reacción, la corriente neonacionalista adquirió más fuerza. En 1996 se creó la Sociedad Japonesa para la Reforma de los Manuales Escolares, cuyo objetivo era la promoción de una orientación más “positiva” frente a la percepción “masoquista” de la historia. Los nuevos manuales, inspirados por las tesis revisionistas, recibieron el aval del muy conservador Ministerio de Educación en 2001 y en 2005. Debido a la polémica suscitada en Japón y entre sus vecinos chinos y coreanos, estos manuales actualmente se utilizan en menos del 1% de los establecimientos escolares nipones. Más allá de la polémica alrededor de estos manuales, el propio sistema escolar japonés está hoy en el banquillo de los acusados. “Las materias fundamentales en el curso son el japonés, el inglés y la matemática”, explica Tatsuo Horiuchi. Padre pobre de la educación japonesa, la historia moderna se ve a fin de año y, por lo tanto, muchas veces se estudia a las corridas durante la secundaria. La materia es optativa en el sacrosanto examen de ingreso a la universidad, ya que los alumnos deben elegir entre historia mundial, historia japonesa y geografía. “Contrariamente a otros aspectos y períodos de la historia de Japón, que sí aparecen en los exámenes de ingreso, la Guerra (del Pacífico) raramente se cruza en el camino de los estudiantes”, apunta Steven Benfell. El resultado es, entre los jóvenes japoneses, no tanto el olvido como la ignorancia de las causas del conflicto y de la lógica política que condujo a él. Doble rasero de las potencias¿Cómo explicar los orígenes de esta amnesia organizada? Un primer elemento de respuesta se encuentra en la ausencia de un archivo sistemático de los documentos oficiales, dado que los archivos nacionales japoneses fueron creados recién en 1971, con la puesta en marcha del Japan Center for Asian Historical Records (JACAR), que reúne todos los documentos oficiales sobre Asia desde la Revolución Meiji de 1868. “Hasta ahora estos documentos estaban muy dispersos, por lo que, incluso después de los treinta años que hay que esperar para que los documentos se hagan públicos, no eran utilizados por los investigadores”, explica Shohei Muta, investigador del JACAR. Sin embargo, la apertura de este Centro no apagará las controversias históricas, ya que muchos documentos oficiales se perdieron en los combates, fueron destruidos voluntariamente o simplemente no ofrecen datos sobre las atrocidades cometidas. Otro elemento de respuesta obliga a remontarse a los sesgados fundamentos del nuevo Japón de posguerra, establecidos durante la ocupación estadounidense de 1945 a 1952, y en particular en el Juicio de Tokio, blanco favorito de los ultranacionalistas, para quienes dicho proceso simboliza una “justicia de los vencedores”. Como equivalente asiático del Juicio de Nuremberg, este juicio definió la versión oficial de las responsabilidades. Los soldados rasos, el pueblo japonés y hasta el Emperador fueron presentados como las víctimas de una conspiración atribuida a una pequeña pandilla de militares que, conducidos por el general Tojo, usurparon el poder. La población se identificó con su Emperador, libre de toda culpa y “símbolo de la nación japonesa”, según el nuevo estatus que le confirió la Constitución de 1947. La memoria de guerra oficial se construyó, pues, sobre esta versión muy cómoda para todos (véase el artículo de Takahashi, pág. 28). En su libro de referencia sobre el Japón de posguerra, Embracing Defeat 3, John Dower muestra hasta qué punto el Juicio de Tokio no fue el modelo de justicia internacional que pretendía exhibir. Por ejemplo, informa que de los once jueces, cinco (entre ellos el presidente del tribunal) expresaron opiniones críticas sobre la conducta del Tribunal de Tokio o sus conclusiones. Las más severas vinieron del juez indio Radhabinhod Pal, quien puso énfasis en el doble estándard de evaluación de la política colonial. Evocando la toma del poder de los japoneses en Manchuria, Pal observó: “Es pertinente recordar que la mayoría de los intereses reivindicados por las potencias occidentales –parte acusadora– en el hemisferio asiático, incluida China, fueron obtenidos por los mismos métodos agresivos que hoy se les reprochan a los japoneses” 4. Como señala Keiji Yamamoto, director general del JACAR: “Al colonizar a los pueblos asiáticos, los japoneses reemplazaron a sus predecesores europeos, quienes nunca expresaron oficialmente ningún sentimiento de culpa por su comportamiento”. El otro problema mayor es la liberación de la mayoría de las figuras políticas de los años treinta y cuarenta, en el contexto de la Guerra Fría y la lucha contra el comunismo. Sólo el 0,29% de la población fue destituida de sus funciones públicas, contra el 2,5% en las zonas ocupadas por los estadounidenses en Alemania 5. Algunos ex dirigentes incluso encontraron rápidamente puestos clave. Uno de los ejemplos más chocantes es Nobosuke Kishi, ex líder económico del Estado de Manchukuo, acusado de haber reducido a trabajo forzado a cientos de chinos. Liberado en 1948, fue primer ministro de Japón entre 1957 y 1960. El actual primer ministro, Shinzo Abe, no es otro que su nieto. Todo un símbolo.
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