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Recuadros:

Literatura india, cuatro mil años de compromiso social

Por primera vez la Feria del Libro en París reservará el lugar de honor a la literatura india, cuya tradición se remonta a casi cuatro mil años. Abiertas a las dieciocho lenguas oficiales del país, las letras modernas experimentan una nueva vitalidad. Desde la época de los Veda hasta las novelas de las nuevas generaciones de habla inglesa, el compromiso social e incluso a veces la protesta marcan esta creación.

Shakuntala, la obra más conocida del gran poeta dramático de la India clásica, Kalidasa (siglo IV), narra el encuentro del rey Dushyanta, durante una partida de caza, con la hija de un ermitaño. Flechazo recíproco. La pareja se casa en secreto, pero, tras la noche de bodas, el rey se va. Abrumado por las cuestiones del reino, termina por olvidar a su nueva conquista, que lo espera. El drama amenaza con estallar, pero como no hay tragedia en el teatro indio, el rey finalmente recobrará su memoria y se reunirá con su bella Shakuntala. Esta historia, que tanto entusiasmó a la intelligentsia occidental cuando fue traducida del inglés por primera vez, en el siglo XVIII, resulta representativa de las relaciones complejas de amor y olvido que desde hace muchos años Occidente mantiene con las literaturas indias.

El período actual es favorable al acercamiento de los imaginarios, como lo demuestra la extraordinaria simpatía de la que gozan los escritores indios en lengua inglesa. Sin embargo, los indios cuentan y crean en una veintena de lenguas, algunas de las cuales tienen tradiciones plurimilenarias. Estas obras escritas en hindi, bengalí, sánscrito, tamil o alguna de las otras catorce lenguas oficiales del país también merecen ser conocidas, por sus riquezas estéticas, imaginativas o filosóficas. La literatura india, que en sus orígenes fue esencialmente religiosa, ha sido muy abundante, desde los Veda (1.500 a 2.000 a.C.) hasta el Ramayana y el Mahabharata (siglos I y II d.C.), sin olvidar el Kathasaritsagara (siglo XI) o los Bhakti (véase el recuadro, pág. 36).

Invectivas y poesía

La corriente moderna en las letras indias nació al despuntar el siglo XIX, al contacto con Europa, con sus pensadores y sus libros. Se la encuentra en principio en la literatura bengalí, cuyos autores se vieron expuestos muy pronto a la influencia occidental, dado que los ingleses habían elegido la región de Bengala como centro administrativo de su imperio. Fundada en 1690 por un empleado de la East India Company, y luego capital de la India británica (hasta 1912), Calcuta se convirtió en el centro neurálgico de la vida intelectual india, en parte gracias al descubrimiento por parte de los sanscritistas europeos de tesoros insospechados de la literatura clásica india, y en parte a la creación de los primeros establecimientos universitarios (el Fort Williams College en 1800 y el Hindu College en 1817), que impartían una enseñanza de tipo occidental. Los jóvenes bengalíes formaron una nueva elite, de la que salieron los escritores que renovarían la literatura, inyectándole nuevas ideas e importando formas tales como la oda, el soneto, el verso libre, y sobre todo la novela y el cuento.

Bajo el impulso del escritor Bankim Chandra Chatterjee se enraizó la ficción novelesca. Autor de catorce novelas, Bankim trata temas nacionalistas, pero también intrigas románticas e históricas a la manera de Walter Scott. Muy popular en Bengala pero también en otras regiones, donde sus novelas fueron traducidas rápidamente, se lo considera unánimemente el "padre de la novela india". Así, a fines del siglo XIX, Bengala ya tenía una literatura de primera línea con sus novelistas, sus cuentistas y sus poetas, que habían sabido domesticar las formas occidentales y las habían convertido en el apoyo elocuente de la efervescencia social e intelectual que sacudía entonces a este viejo país, en lucha con las fuerzas de la modernidad. La obra multidimensional de Rabindranath Tagore, que se ubica en la confluencia de India y Occidente, de lo secular y lo espiritual, y que fue coronada por el Premio Nobel de Literatura en 1913, es el resultado emblemático de esta empresa de renovación intelectual, llamada "renacimiento bengalí".

Esta corriente modernista se propagó muy rápidamente en los otros centros culturales e intelectuales, y dio un impulso decisivo a la creación literaria en las grandes lenguas regionales indias. Las primeras novelas en hindi, en urdú, en telugú, en tamil, en malabar, en guyaratí o en oriya datan todas de la segunda mitad del siglo XIX. El cuento logró un éxito extraordinario en todas las literaturas vernáculas. Bajo la influencia de Tagore, que lo había pedido prestado a los franceses para luego popularizarlo en Bengala, antes incluso de que el género se impusiera en Inglaterra, los escritores indios se apropiaron de esta forma de narración breve tan contraria al largo aliento del discurso indio. La adaptaron con bríos a las urgencias de la reforma social y de la resistencia nacional contra el colonizador, las dos fuentes principales de inspiración durante la primera mitad del siglo XX.

Pero el cuento alcanzó sin dudas una cumbre de perfección y expresividad, nunca después igualada, con escritores de la escuela progresista como Munshi Premchand (hindífono), Saadat Hasan Manto (urdúfono) o Ismat Chughtai (urdúfono), quienes dominaron la escena literaria hasta la Independencia, en 1947, con temas tales como la miseria social y la opresión de las mujeres.

Tras la Declaración de la Independencia, las literaturas de las principales lenguas vernáculas (bhasa) experimentaron un impulso que revitalizó todos los géneros. La poesía bengalí se modernizó y se urbanizó, alejándose del idealismo romántico y del culto a lo bello que caracterizaban la poesía de Tagore y sus herederos inmediatos, como Jibanananda Das o Sukanto Bhattacharya. En la pluma de los poetas muchas veces reunidos en cenáculos 1, la poesía se volvió más popular, más irrespetuosa de las convenciones; se atrevió a invectivas y groserías, sin dudas para comulgar más con la calle, su principal fuente de inspiración. En las regiones del sur, los cuentos, muchas veces publicados en los diarios, se impusieron como la forma literaria más acorde a las expectativas populares.

Entre las grandes figuras de estas literaturas vernáculas post-independencia se encuentran Mahasweta Devi, Nirmal Verma, U.R. Ananthamurthy, O.V. Vijayan 2. Escritores decididamente individualistas, en quienes la sensibilidad personal prevalece sobre el compromiso colectivo. Paralelamente, asistimos también a un gran movimiento de democratización y de "desaburguesamiento", como lo confirman la llegada de mujeres y la irrupción de los autores dalit u "oprimidos", término con el que quieren ser identificados los escritores de origen intocable. La subversión entra en la literatura.

"Nací cuando amainó el sol / Y lentamente se apagó / En el asedio de la noche. / Nací en un sendero / Entre trapos viejos. / Crecí como un loco de tornillos sueltos / Comí excrementos y crecí. / Déme cinco paisas, déme cinco paisas, / Y a cambio tome cinco insultos / Voy camino del santuario", escribe el gran poeta Namdeo Dhasal, resumiendo en pocos versos la privación y la crueldad que sufre su comunidad. Constituida por el 24% de la población, la comunidad intocable está ubicada en el escalón más bajo de la jerarquía social de castas que rige en India desde la más alta antigüedad. La poesía dalit nació de este sufrimiento y de las persistentes luchas de personalidades como el Mahatma Jyotiba Phule o Bhimnao Ramji Ambedkar 3 para concientizar a la población. Es una poesía que emergió en los sesenta en el estado indio occidental de Maharashtra, lugar natal de Ambedkar, y que habla de la humillación cotidiana que afecta a la esencia misma de la vida. En un poema sobre el agua, Dhasal acusa: "Hasta al agua se le enseñan los prejuicios de casta". "Hasta el sol deberá cambiar", exclama Arjun Dangle, otro poeta de Maharashtra.

Un millón de rebeliones

Para ellos, escribir no es sólo una práctica estética, sino también un acto político cuyo fin es desterrar el orden hindú de la sociedad por la fuerza de la palabra. Inspirándose en la rebelión de los poetas negros estadounidenses del Harlem Renaissance, en 1973 fundaron el movimiento de las Panteras Dalits, que pretende aliar la práctica poética con un activismo político radical.

Fundador de este movimiento, Dhasal adquiere cierta notoriedad con su primera antología de poemas, titulada Golpitha. Sus poemas chocaron con el establishment literario por la crudeza de su lenguaje, por las evocaciones osadas donde se mezclan la sexualidad, la abyección y la rebeldía. V.S. Naipaul, que conoció a este poeta rebelde en la década del '80, esboza un retrato admirativo del personaje en su relato de viajes India, un millón de rebeliones (1988): "La gran originalidad de Namdeo (Dhasal) fue escribir en un estilo natural, utilizando palabras y expresiones que son sólo propias de los dalits (...). Su primer libro de poemas está escrito específicamente en el idioma del barrio de burdeles de Bombay. Eso fue lo que causó sensación".

Las autobiografías también marcaron las letras dalits. Ma vie d'intouchable, de Daya Pawar, y Oupra, de Lakshman Mané 4, son obras maestras del género, que sorprenden tanto por la economía y eficacia de su escritura como por su valor testimonial. Se trata fundamentalmente de historias de vida que permiten comprender lo absurdo y lo inhumano de ciertas tradiciones y creencias hindúes.

En la actualidad cabe hablar de un corpus verdaderamente nacional de literatura dalit, con la entrada en escena de escritores en lengua tamil, guyaratí o punjabi. Según Bama, la gran voz de la literatura tamil cuya novela autobiográfica Sangati ("La asamblea") 5 fue traducida en 2002, "la literatura dalit es la única verdadera literatura de liberación de la India".

Menos combativa pero igualmente subversiva, la corriente de los digambara kavulu (poetas desnudos), en la que se enmarca la poesía erótica telugúfona, rica en imágenes sexuales y jalonada de vocablos obscenos, sacudió profundamente, en los albores de la década del '70, el elitismo de la India profunda. Muchos poetas digambara impulsaron la provocación hasta lograr difundir sus primeras antologías por conductores de rikshas, lavacopas de restaurantes ruteros o prostitutas. Los brahmanes-como-la-gente todavía no se recuperaron del impacto.

En cuanto a la literatura en lengua inglesa, adquirió desde hace unos años una visibilidad de la que aún no gozan las otras literaturas indias. Fruto de casi 200 años de colonización británica, la anglofonía india vive actualmente un período de esplendor, gracias a la fecundidad y al talento deslumbrante de novelistas como Salman Rushdie, Tarun Tejpal o Arundhati Roy, para citar solamente los nombres más mediáticos. Esta generación de escritores -llamada la generación de los "hijos de la medianoche", en alusión al título de una novela de Salman Rushdie- muestra, mediante su práctica totalmente liberada de la lengua de Shakespeare, hasta qué punto, lejos de ser el vestigio de un pasado de servidumbre, el inglés se convirtió en la herramienta privilegiada para explorar la realidad contemporánea india en toda su complejidad.

Ansiosa por consolidar su dominio sobre el país mediante la promoción de una elite anglófona que pudiera servir de intermediaria entre ella y las masas indias, la administración británica, desde el siglo XIX, deseó ver emerger, según las palabras de Thomas B. Macaulay, "una clase de individuos indios por su sangre y el color de su piel, pero ingleses por sus gustos, sus opiniones, su moral y su capacidad intelectual" (Minute on English Education, 1835). Como consecuencia, en 1835 se alentó la promulgación de una ley que imponía el estudio del inglés en la enseñanza secundaria y superior.

La primera novela india en inglés data de 1864, pero el género conoció su verdadero auge a partir de los años '30, con la generación de R.K. Narayan, de Mulk Raj Anand y de Raja Rao, quienes dieron vida a una literatura original. Estos pioneros de las letras indo-inglesas hicieron historia, pues fueron los primeros en comprender que la utilización del inglés en el contexto indio no era evidente y que había que escribir teniendo siempre presentes las condiciones problemáticas del inglés en India y del escritor anglófono. En el prefacio a su novela Kanthapura (1938), cuyo mensaje conserva su actualidad, Raja Rao escribió: "Estamos condenados a expresar este espíritu, que es el nuestro, con palabras venidas de otra parte. Es difícil darse cuenta de los matices de nuestro pensamiento y de los silencios que llenan el proceso de reflexión, a causa de esa incapacidad que sentimos para expresarlos en una lengua extranjera".

Pero, ¿puede decirse del inglés que es una lengua extranjera para los indios? Para Salman Rushdie y sus condiscípulos, que a principios de los ochenta tomaron por asalto la escena de la anglofonía india cómodamente dormida, la respuesta evidentemente es no. Salidos de las clases sociales más acomodadas, casi todos estudiaron en escuelas donde el inglés era la primera lengua. Viven en su casa a la manera occidental, aprovechando ese ambiente de plurilingüismo del que habla el escritor vernáculo Ananthamurthy: "Vivimos en un ambiente de influencias múltiples, cualquiera sea el lugar de India en que vivamos. Esto puede ser particularmente cierto si vivimos en una de esas ciudades del interior. Hablar una lengua en casa, otra en la calle y una tercera en el trabajo resulta de lo más natural y habitual".

Justamente explotando con bríos e inventiva el potencial novelesco de este "ambiente de lenguas" en su Hijos de la medianoche, Salman Rushdie logró renovar profundamente la literatura angloindia. Publicada en 1981, esta novela que narra las aventuras y desventuras de la India poscolonial, vistas a través de los ojos de los niños nacidos en la fatídica hora de la medianoche del 15 de agosto de 1947, justo cuando India accedía a su independencia, fue premiada con el Booker Prize, equivalente inglés del Premio Goncourt francés. Al adaptar los recursos de la creatividad india a la tradición novelesca europea, Los hijos de la medianoche despejó el camino hacia una anglofonía asumida y liberada.

Dentro de la primera ola de escritores que salieron a la luz después de Rushdie, hay que citar a Amitav Ghosh, Shashi Tharoor, Vikram Seth, Rohinton Mistry, Upamanyu Chatterjee, Amit Chaudhuri, Bharati Mukherjee, Shauna Singh Baldwin, Githa Hariharan. Residentes en su mayoría en el exterior, estos autores exploran India y sus abismos a través de la trama de la nostalgia o de la parodia, recreando, para citar a Rushdie, "patrias imaginarias, invisibles, Indias de la mente" arrancadas a la distancia y al olvido. La publicación en 1997 de El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy, acreedora del Booker Prize y uno de los mayores éxitos editoriales nacionales e internacionales, marcó la entrada en escena de la segunda ola de escritores indios anglófonos, que en su mayoría viven en India. Tarun Tejpal, Rana Dasgupta, Indrajit Hazra, Ruchir Joshi, Radhika Jha y Raj Kamal Jha, en Delhi; Anita Nair y Lavanya Sankaran, en Bangalore; Allan Sealy en Dehradun. Como el exilio no maquilló su percepción de los temas que tratan, muchas veces son más lúcidos que sus predecesores. Pero no son menos cosmopolitas en sus filiaciones literarias y estéticas, como lo prueba la sutil novela corta de Rana Dasgupta, Tokio cancelled (Black Cat, 2005), heredera del Decamerón de Bocaccio (1348) y de los Cuentos de Canterbury del inglés Geoffrey Chaucer (siglo XIV).

En su último libro aparecido en francés con el título de Le jardin des délices terrestres 6, Indrajit Hazra explora, por su parte, las relaciones complejas de la escritura y la mentira, mediante una fantasmagoría que hace viajar al lector entre una Calcuta surrealista y sorprendente y una Praga fría y desencarnada. Finalmente, Fireproof, de Raj Kamal Jha 7, que ya había escrito en 1999 una novela intimista de enorme intensidad, vuelve con una historia armada de manera inteligente y ubicada en muchos niveles, sobre el pogrom antimusulmán que tuvo lugar en India en 2002, bajo la mirada cómplice del poder de turno; una novela fuerte, catártica, que se apoya en la imagen central de un feto desmembrado y que invita al lector a descender a lo más profundo de una memoria colectiva enlutada para siempre, y a interrogarse sobre la precariedad de nuestra humanidad, sobre la barbarie que amenaza a la civilización.

Este cuestionamiento crítico y punzante de las incurias sociales, en el que los jóvenes anglófonos parecen sobresalir en la actualidad, es sin dudas uno de los elementos que tienen en común con el vasto corpus literario plurimilenario de India. Su hilo conductor es el compromiso social.

  1. Por ejemplo, el cenáculo que se formó alrededor de la revista Krittivas en 1953, que reunía a la nueva generación de poetas, y que fue impugnado en la década de 1970 por los modernistas del grupo Hungry (Hambrientos).
  2. Véase Shashi D. Chintamani, "Réalisme magique au Kerala", Le Monde diplomatique, París, octubre de 2004.
  3. El primero (1827-1890) era un brahmán que militaba contra el sistema de castas, y el segundo (1891-1956) era un abogado dalit, padre de la Constitución India posterior a la Independencia, en 1947.
  4. Daya Pawar, Ma vie d'intouchable, La Découverte, París, 2007, y Lakshman Mané, Oupra, Maren Sell, París, 1987.
  5. Editions de l'Aube, La Tour d'Aigues, 2002.
  6. Le Cherche-midi, París, 2005
  7. Picador, Londres, 2007.

Bibliografía

Chanda, Tirthankar y Hossain, Bilkish

H. de Glasenapp, Les Littératures de l’Inde, des origines à l’époque contemporaine, Payot, París, 1963.
Denise Coussy, Le roman indien de langue anglaise, Karthala, París, 2004.
Lyne Bansat-Boudon, (bajo la dirección de), Théâtre de l’Inde ancienne, La Pléiade, Gallimard, París, 2006.
Hymnes spéculatifs du Véda, traducido del sánscrito y comentado por Louis Renou, Gallimard/Unesco, 1956.
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El Ramayana, Porrúa, México, 2001.
Océan des rivières de contes, (Somadeva), bajo la dirección de Nalini Balbir, La Pléiade, Gallimard, París, 1997.
Panchatantra, Océano, Barcelona, 1997.
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Príncipe Ilango Adigal, Le Roman de l'anneau (tamil), Gallimard/Unesco, 1961.
Salman Rushdie, Hijos de la medianoche (inglés), Plaza & Janés, Barcelona, 1997.
Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas (inglés), Anagrama, Barcelona, 2001.
Namdev, Psaumes du tailleur (maratí), Gallimard/Unesco, 2001.
Nirmal Verma, Un bonheur en lambeaux (hindi), Actes Sud, 2002.
O.V. Vijayan, Les Légendes de Khasak (malabar),  Fayard, 2004.
Tarun Tejpal, Loin de Chandigarh (inglés), Buchet-Chastel, 2005.


De los Veda al Kamasutra

Chanda, Tirthankar

En su origen, las literaturas indias son religiosas. Y debemos los Veda, los primeros textos literarios, a sacerdotes-poetas panteístas, adoradores de las divinidades del alba, las montañas y los ríos. Hace aproximadamente 4.000 años, sus autores vivían en el noroeste del subcontinente, región habitada por tribus indoeuropeas que habían conquistado toda la cuenca del Indus. A la vez archivos de la naciente civilización hindú y monumento literario, los Veda se distribuyen en cuatro recopilaciones de himnos y cánticos (Rig Veda, Yajur Veda, Sama Veda y Atharva Veda) dirigidos a divinidades tutelares. Literalmente, “Veda” significa “conocimiento”. Un conocimiento de orden esencialmente mítico y espiritual. De allí que los hindúes crean que las compilaciones védicas no son de inspiración humana, sino que provienen de la boca misma del demiurgo Brahma. Textos revelados que sólo podían ser enunciados en sánscrito, la lengua de los dioses.
A lo largo de la época védica, que duró casi mil años, el sánscrito se convirtió en la lengua franca, codificada desde el siglo IV a.C. por el gramático Panini. Sin embargo, incluso en esa época la India era plurilingüe, y la elección de tal o cual idioma por parte de los poetas y los bardos tenía implicaciones sociales y religiosas muy importantes. Así Buda, por ejemplo, que apareció en el siglo VI a.C. y cuya enseñanza no encajaba con el elitismo brahmánico, predicaba en dialectos tales como el palí o el pakrit, hablados por la mayoría. Tesoro de la literatura narrativa mundial, los Jataka o los relatos de las vidas anteriores de Buda –entre ellos algunos que fueron narrados por el Maestro en persona– están en palí, una lengua que impugna la rigidez del hinduismo y del sistema de castas.
A pesar de estos cuestionamientos, el prestigio del sánscrito como lengua de cultura no dejó de crecer durante el primer milenio de nuestra era, época en que se produjeron las grandes creaciones de la literatura posvédica. Las epopeyas abrieron el juego. Aparecieron entonces el Ramayana y el Mahabharata, que relatan, a la manera de los relatos homéricos, las guerras y la paz en el crepúsculo del tiempo. Partiendo de acontecimientos históricos ocurridos durante los primeros siglos del establecimiento de las tribus indoeuropeas en el subcontinente indio, ambos poemas épicos mezclan el mito y la verdad histórica, lo real y lo maravilloso, para poner en escena la confrontación universal del Bien y el Mal.
Atribuido al poeta legendario Valmiki, el Ramayana –que significa “el camino de Rama”– cuenta cómo un príncipe del norte de India logra superar los obstáculos geográficos y militares para liberar a su esposa, que el demonio Ravana había raptado y tenía prisionera en su isla fortificada, a lo largo de la costa meridional. Esta historia parece haber sido inspirada en los cantos heroicos que celebraban las campañas de colonización aria del sur de India. Compuesto en un sánscrito muy puro y redactado bajo la naciente forma de schlokas (estrofas de cuatro versos octosilábicos), el Ramayana marca un hito y anuncia, por su cuidado de la forma y su lirismo, la alta poesía de la época clásica, que comenzará a continuación.
Por su parte, el Mahabharata también está construido en torno a una historia de guerra, pero una guerra fraticida que opone a los clanes de una misma tribu aria, los Bharatas. Es una guerra apocalíptica que libran los cinco hermanos Pandavas contra sus primos Kauravas para recuperar su reino. Mostrado al público francés durante el Festival de Avignon de 1985 por el dúo formado por Peter Brook y Jean-Claude Carrière, el Mahabharata está considerado el libro más extenso del mundo. Cuenta con 400.000 versículos repartidos en dieciocho secciones. Al núcleo guerrero se suman miles de episodios adventicios, relatos independientes, poemas dentro del poema. Este relato abundante en deseos habría inspirado a Henri Michaux la siguiente reflexión: “Si se le contara esta historia a un palo viejo, ¡le saldrían hojas y raíces!”.

Literatura profana. En el siglo IV a.C. India entró en la era de los grandes imperios, que duraría más de mil años. Las dinastías sucesivas (los Maurya, los Kushana, los Gupta) centralizaron el país y crearon condiciones políticas y sociales favorables a la expansión de una civilización brillante, sofisticada, urbana, muchas veces comparada con la Atenas de Pericles o la Florencia de los Medici. En la corte de estos emperadores y sus vasallos se elabora una literatura profana que, inspirándose en los libros sagrados y fundamentales de la civilización brahmánica, narra el amor, las fiestas, las alegrías y las vicisitudes de la vida de los niveles más acomodados de la sociedad. El soporte de estos temas es la poesía y la prosa narrativa cuyas normas fueron redactadas mientras tanto por teóricos.
El Natyashastra (“Tratado del arte del espectáculo”), atribuido a un Bharata, es la obra de retórica más antigua (siglo I a.C.). El libro elabora las concepciones fundamentales que rigen el arte poética y sobre todo la famosa teoría de los nueve rasas o sentimientos (ternura, heroísmo, pathos, furor, miedo, asco, comicidad, maravilla y paz) que la poesía debe suscitar en los espíritus. Al poeta se lo mide con la vara de sus proezas verbales más que por la originalidad de sus temas, extraídos de las mitologías tradicionales y conocidos de antemano por los lectores.
La figura literaria que marca el período es ciertamente Kalidasa, considerado muchas veces el Shakespeare de la India antigua. A la vez dramaturgo y poeta, Kalidasa es el autor del célebre Shakuntala. Este drama en siete actos que narra el triunfo de la inocencia provocó la admiración de Goethe, quien vio en él los orígenes del pensamiento romántico, del cual sería uno de los pioneros en Europa. La tradición atribuye a Kalidasa tres obras de teatro y numerosos poemas, entre los cuales el más original es sin dudas Meghaduta, un relato en verso de las penas en el exilio de un yaksha (miembro de la corte del dios de la prosperidad), quien ruega a las nubes que lleven su mensaje a la bienamada que quedó en la patria.
Otro desarrollo de la literatura narrativa son las recopilaciones de cuentos y fábulas. La primera antología –y la más conocida– es el Panchatantra (siglo V). Existen en el mundo doscientas versiones, en más de cincuenta idiomas. En el siglo XI, el erudito cachemir Somadeva dio a los cuentos su forma definitiva, reuniéndolos en una obra magistral (Kathasaritsagara, u “Océano de ríos de cuentos”) que tiene más de 100.000 versos y 350 cuentos. El famoso Kamasutra, que literalmente significa “Aforismos sobre el deseo”, también fue escrito durante este período clásico, a la vez para responder a la curiosidad de los jóvenes aristocráticos y para controlar mejor la vida sentimental y erótica de la época. Un dato interesante es que su autor, Vatsyayana, que habría vivido entre el siglo IV y el VI, era un asceta (y por lo tanto célibe).
Paralelamente a las epopeyas y la poesía clásica en sánscrito, en el sur florece, desde el comienzo de la era cristiana, una literatura en lengua tamil, impregnada de altos valores morales y humanistas. Dicha literatura se encuentra en el origen de una sensibilidad devota, conocida con el nombre de bhakti, que representa una doctrina religiosa, fundada en el vínculo de amor entre el fiel y su dios. A leguas de distancia de la práctica de la religión hindú brahmánica, llena de ceremonias complicadas, el bhakti se hizo muy popular a partir del siglo VI en el estado de Tamil Nadu (en el sudeste de India), donde se convirtió en la fuente de inspiración de un vasto corpus de poesía en alabanza de Shiva y de Vishnú.
A partir del siglo XII, este movimiento, que se dio tanto en la India Occidental como en la Septentrional, encontró sus portavoces principales en poetas como Jayadev, Vidyapati, Surdas, Kabir, Mirabai, Tukaram y Namdev. Con frecuencia salidos de categorías sociales marginales, estos autores revolucionaron profundamente la poesía al introducir los temas del deseo, el amor y la fusión mística con Dios (en este caso Krishna), y sobre todo al expresarse en lenguas locales como el braj, el hindi, el maratí, para llegar al público popular más amplio. Desde el principio del segundo milenio, emergen las lenguas vernáculas, que entre los siglos XII y XVIII, y gracias al talento y la audacia lingüística y metafórica de los poetas del bhakti, se convertirían en idiomas literarios propiamente dichos.


Autor/es Tirthankar Chanda
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 93 - Marzo 2007
Páginas:34,35,36
Traducción Mariana Saúl
Temas Historia, Literatura
Países India, Francia