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La guerra de las palabras¿Para qué sirve la comunicación? Se intenta convencernos de que serviría para unificar y pacificar el mundo. Que bastaría que la comunicación se globalizara –gracias, en particular, a la conexión entre computadoras y teléfonos, y al auge de internet– para que los conflictos sociales, políticos o militares se apaciguaran y desaparecieran. Se trata de un mito, obviamente, que difunden aquellos que poseen el control de los conceptos. De allí la enorme importancia de la batalla acerca del sentido de las palabras que se lleva a cabo actualmente.El empobrecimiento de los conceptos que nos sirven para designar tanto el estado del mundo como su futuro se acentuó a medida que el mercado de las palabras tendió a reducirse a las palabras del mercado. La noción mecánica de información como cúmulo de datos -de data-, que surge de la ingeniería de las telecomunicaciones, desempeñó el papel de caballo de Troya. Al separarse de la cultura, en tanto producción de sentido y memoria, esta definición de la nueva materia prima "inmaterial" reverberó sobre los dos términos restantes de la trilogía: cultura y comunicación. Por esta razón la Organización Mundial del Comercio (OMC) pudo reivindicar el derecho a ocuparse de la "cultura", clasificada como un "servicio", patrocinando una doble Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información: en Ginebra en 2003 y en Túnez en 2005. En el terreno de las palabras, la friabilidad del suelo originó un estrato nebuloso de neologismos amnésicos que producen "efectos de realidad" por medio de modelos de acción que son encuadrados y promovidos como los únicos posibles 1. El movimiento multisecular de unificación del mundo se vio despojado de su historia y de su geopolítica conflictiva, quedando reducido a un fenómeno que data de hace apenas dos décadas. Historia recienteEn el corazón de esta novlang reinan las nociones de "sociedad de la información" y de "sociedad global de la información", erigidas en paradigmas dominantes del cambio social y garantía de un mundo más transparente. Ambas aparecen en los siglos XVII y XVIII con el pensamiento de lo calculable y mensurable como prototipo de todo discurso verdadero. Su historia más reciente empieza a fines de la Segunda Guerra Mundial y se prolonga durante las dos décadas siguientes. Por último, su historia de corta duración, el espacio-tiempo que los historiadores llaman el "presentismo", opera bajo la influencia de la carrera por la actualidad. Nadie habló mejor de larga duración que el escritor argentino Jorge Luis Borges, al referirse al mito de la construcción de una lengua artificial compartida por todos como fundamento de una comunidad universal, de una comunicación perfecta. Es el "Congreso" imaginado por Alejandro Glencoe en El libro de arena. Es la quimera de la construcción arbitraria de una lengua analítica que John Wilkins describió en Enquêtes. Si en 1948 Norbert Wiener, el inventor de la cibernética, designó a Leibniz como santo patrono de esta nueva ciencia, es precisamente porque no sólo inventó el lenguaje binario y el cálculo diferencial, sino porque mediante su proyecto de automatización del razonamiento pretendió también crear una lingua characteristica, una lengua "artificial" libre de los defectos de las lenguas naturales, fuente de desacuerdo y discordia, susceptible de contribuir a la creación de una comunidad universal. La historia a mediano plazo debe leerse en el contexto de la Guerra Fría. A partir de los años '50 se delinean en Estados Unidos las premisas teóricas de la "sociedad postindustrial" que, a partir de la década de 1970, se metamorfoseó en "sociedad de la información". Se estableció entonces un discurso de combate que concierne a la sociedad, orientado hacia la primacía de la ciencia y la inteligencia artificial, y basado en el anuncio de "fines": de la ideología, de la política, de la lucha de clases, de la intelectualidad contestataria y en consecuencia del compromiso, a favor de la legitimación de la figura del intelectual positivo, orientado hacia la toma de decisiones. En los años '60 la tesis principal era que la convergencia del teléfono, la televisión y la computadora estaban en vías de transformar el planeta en una "sociedad global". Pero la única potencia que alcanzó esta fase fue Estados Unidos. Sus industrias culturales y sus redes de información y comunicación vehiculan los valores de un nuevo universalismo. La sociedad global será pues la extrapolación del arquetipo nacido en Estados Unidos. Ya pasó el tiempo de las relaciones de fuerza imperiales. La "diplomacia de la cañonera" va a dejar lugar a una "diplomacia de las redes", y la atracción natural ejercida por un modelo de vida que hizo sus pruebas va a reemplazar a las estrategias coercitivas 2. En los años '70 el discurso sobre la sociedad de la información se tornó performativo; legitimó la formalización de políticas públicas. La crisis que reveló el primer choque petrolero (1973) puso las nuevas tecnologías de la información al servicio de las estrategias imaginadas por los grandes países industriales. En los años '80 las desregulaciones y privatizaciones desestabilizaron la idea de política pública. Los años 1984-1985 marcaron un cambio de dirección. La onda de choque de la desregulación de las telecomunicaciones se propagó de Estados Unidos al resto del mundo. Lo releva en la tarea el régimen neoliberal de Margaret Thatcher. El fin de la Guerra Fría en 1989 y la irrupción de internet a partir de 1994 propulsaron la información y sus redes al corazón de las doctrinas sobre la hegemonía mundial. En el lenguaje geoestratégico, el control de la información se convirtió en el inicio de tres "revoluciones": en las esferas militar, diplomática y comercial. El control de las redes, la global information dominance, decide nuevas maneras de hacer la guerra (una "guerra limpia"), nuevas estrategias (el soft power) para integrar al conjunto de las naciones en un mercado mundial. A partir de 1995, los siete países más industrializados (G7) ratifican, en la Cumbre de Bruselas, el concepto de "sociedad global de la información". Las "autopistas de la información" son promovidas como vector de un "nuevo orden mundial de la información", título de un discurso mesiánico sobre la unificación de la "gran familia humana" que pronunció Albert Gore, entonces vicepresidente de Estados Unidos. Habrá que esperar hasta 2001 para que la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) inaugure la noción de "brecha digital" y proponga una medida estadística con el explícito motivo de dar una "visión más societaria" de las tecnologías de la información y comunicación. Antes de ser definida administrativamente había sido inaugurada en el G8 del año 2000 en Okinawa, acompañada de una "Carta sobre la sociedad global de la información". Así, la noción y el proyecto de "sociedad de la información" adquirieron históricamente un carácter de evidencia, sin que los ciudadanos hayan podido ejercer su derecho a un verdadero debate. Rechazo al modelo verticalLas reglas de juego empezaron a cambiar a inicios del milenio. Tres acontecimientos sirvieron de revelador. En principio, la aparición de un "cognitariado", término forjado por los artesanos de la cibercultura anglosajona para designar al nuevo proletariado del "capitalismo del conocimiento", fuente de nuevas precariedades 3. Por su parte, la global war contra el terrorismo infligió una seria desmentida a la creencia en las virtudes del "todo tecnológico", empezando por los campos de batalla. La representación de una globalización regida únicamente por el recurso inmaterial fracasó ante al redescubrimiento de los problemas geopolíticos a largo plazo vinculados al control del aprovisionamiento energético. El leitmotiv del fin del Estado, del Estado-Nación y de sus poderes regios perdió su crédito. La obsesión securitaria sacó a la luz la cara oculta de las tecnologías de la información y de la comunicación aplicadas a la gestión de las sociedades: la vigilancia. Se agrietaron los postulados de las doctrinas sobre la construcción de la hegemonía mundial, basamento de un nuevo universalismo. La violencia aparece como un agente esencial para realizar el proyecto económico de integración global, más que la "puesta en forma del mundo" (shaping the world), según el lenguaje de los estrategas. El soft power, declinación de la "diplomacia de las redes", desapareció ante el retorno de las versiones hard del poder y de la coacción. Con el pretexto de perseguir al terrorismo, Estados Unidos se erigió en gendarme de los flujos globales (financieros, marítimos, aéreos e informativos). Así, en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información de 2005, consideró inadmisible el cuestionamiento a la reforma del "gobierno de internet". En efecto, la Internet Corporation for Assigned Names and Numbers (ICANN) administra la Red. Dotado con un estatus singular (sociedad de derecho californiano sin fines de lucro), este organismo controla el acceso a cualquier ámbito virtual, ya sea genérico (.com, .org, .gov, .edu, etc.) o nacional. En realidad, en última instancia compete al Departamento de Comercio estadounidense. La extensa alianza entre los gobiernos del Sur y la Unión Europea, movidos cada uno por intereses diferentes, no quebrantó el axioma del control de la Red por parte de Estados Unidos, aferrado a su doctrina de global information dominance. Por último, la nueva configuración de actores sociales y profesionales empezó a sustraer la cuestión de los nuevos yacimientos de riqueza inmaterial de la influencia de doctrinas y estrategias hegemónicas. Las diferencias de fondo se hicieron evidentes y dividieron el proyecto plural de construcción de "sociedades del saber" para todos y por todos, tanto en la esfera de la circulación como de la producción, y el proyecto unívoco y abstracto de una "sociedad global de la información" que olvida la relación de fuerza entre las culturas y las economías. Las contribuciones de estos nuevos sujetos del espacio público a los debates de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) (sobre la "sociedad de la información") y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) (sobre la protección y promoción de la diversidad cultural) lo confirman. Dos principios articulan el proyecto crítico de las lógicas mercantiles que impulsan a la patrimonialización. Por una parte, la filosofía (balbuceante) de los bienes públicos mundiales. Estos bienes se refieren no sólo a la cultura, la información, el conocimiento y la educación, sino también a la salud, el medio ambiente, el agua, el espectro de las frecuencias de radiodifusión, etc.; todos ámbitos que deberían constituir "excepciones" en lo que concierne a la ley del libre comercio. Son "cosas" a las cuales la gente y el pueblo tienen derecho, producidas y distribuidas en condiciones de equidad y libertad, cosas que constituyen la definición misma de servicio público, cualesquiera sean los estatutos de las empresas que aseguran dicha misión. Los derechos humanos universales y ecológicos son su regla, las instituciones internacionales legítimas el garante, la democracia la exigencia permanente y el movimiento social la fuente 4. Y, además, el "derecho a la comunicación". Ironía de la historia, se trata de un concepto que apareció en 1969 y que está de vuelta, con toda su fuerza. Ya lo había adelantado Jean d'Arcy, entonces director de la división de radio y servicios visuales en el Servicio Informativo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuando en la UNESCO tomaba forma el debate sobre las libertades en el ámbito de la información. En un artículo publicado en la revista de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), d'Arcy afirmaba: "La Declaración Universal de los Derechos Humanos, que hace veintiún años establecía por primera vez en su artículo 19 el derecho del hombre a la información, deberá un día reconocer un derecho más amplio: el derecho del hombre a la comunicación... Porque, en la actualidad los pueblos saben, y si son más difíciles de gobernar, quizás sea porque el instrumento de comunicación, información y participación que se les ofrece ya no se corresponde con el mundo actual y los adelantos de su técnica" 5. Durante la década siguiente iba a desarrollarse en la UNESCO la idea de la caducidad del modelo vertical del flujo de información en sentido único, del rechazo a una comunicación que va desde la elite hacia las masas, del centro a la periferia, de los ricos (en materia de comunicación) a los pobres. A partir de los años '80, las desregulaciones hicieron que se volviese a dejar de lado el concepto, aún embrionario. Pero desde 2001 los cuatro principios clave que fundan ese "derecho a la comunicación" -diversidad, libertad, acceso y participación- están en el centro de los debates que el movimiento social abrió a propósito de la diversidad de las expresiones culturales y mediáticas. Ésta es la gran batalla actual.
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