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Recuadros:

La rebelión de los cipayos

En mayo de 1857, el Imperio británico fue amenazado por la rebelión anticolonial más sangrienta y más importante jamás sufrida por un imperio europeo durante el siglo XIX. Algunas similitudes entre las aventuras imperiales de los británicos en Asia durante esa época –con numerosas insurrecciones– y los acontecimientos actuales en Irak merecen ser señaladas. También pueden extraerse enseñanzas de los errores cometidos por los británicos, por arrogancia o idealismo mal entendido. Karl Marx ya denunciaba entonces los excesos imperiales.

A principios del siglo XVII, Inglaterra dio inicio a sus intercambios comerciales con India mediante la East India Company, (Compañía Británica de las Indias Orientales, CBIO) 1. Estas relaciones evolucionaron a lo largo del siglo siguiente, con el declive del Imperio mogol. Para proteger sus intereses comerciales y geopolíticos, así como su derecho a explotar los recursos minerales, la Compañía decidió reclutar soldados indígenas y conquistar territorios.

La voluntad de dominación británica en la región alcanzó otra dimensión cuando un nuevo grupo de conservadores accedió al poder en Londres a fines del siglo XVIII. Nombrado gobernador general, Lord Richard Wellesley, hermano mayor del duque de Wellington, llamó a su política ofensiva "Forward Policy" (política de progreso), aunque en realidad se trataba de un "Proyecto para el nuevo siglo británico". Lord Wellesley dejaba entender con toda claridad que quería hacer valer su preeminencia por sobre todos sus rivales europeos, particularmente Francia, y que más valía derribar, preventivamente, los regímenes musulmanes que se presumieran hostiles a la creciente hegemonía de Occidente.

Como de costumbre, en la prensa de derecha numerosas voces se pronunciaron a favor de esta idea. Los aliados musulmanes fantoches -que en los hechos permitían que el Imperio británico manejara sus asuntos- aún podían permanecer en su lugar, pero los gobiernos susceptibles de oponerse a la avanzada británica ya no debían ser tolerados.

Ficciones oficiales

No había dudas de que el primer objetivo sería un dictador, el sultán de Mysore, Tipu Sahib, cuya familia había usurpado el poder por la fuerza militar. Según decían las fuentes cercanas al gobierno, este soberano era "un enemigo cruel y despiadado", un "beato intolerante", un "fanático furioso" que tenía "siempre a flor de labios amenazas de yihad". Se lo acusaba también de ser un "soberano injusto y tiránico... (y un) pérfido negociador".

Wellesley llegó a India en 1798, con la misión de reemplazar al sultán de Mysore por un títere de Occidente. Pero antes debía legitimar una política cuyo resultado ya había sido programado. Wellesley comenzó por movilizar sus fuerzas -militares, logísticas y sobre todo retóricas-, pues siempre es difícil hacer aceptar una guerra costosa y polémica. Y hubo que juntar un manojo de pruebas aparentemente irrefutables contra el enemigo para hacer callar a los antiimperialistas gruñones, reunidos en cenáculo en torno a Edmund Burke 2.

Así, Wellesley y sus aliados desencadenaron una enorme campaña de difamación contra Tipu Sahib, quien era presentado como un monstruo musulmán vicioso y agresivo que quería barrer el Imperio británico del mapa de las Indias. Esta operación de propaganda abrió naturalmente la puerta a una conquista lucrativa y a la instauración de un régimen más conveniente, y permitió a los conquistadores hacer creer que devolverían el país a sus amos legítimos, cuando en realidad mantenían una firme dominación de Occidente.

Los británicos pasaron de la expulsión de los soberanos musulmanes peligrosos a la anexión de los Estados musulmanes más débiles. En febrero de 1856, las tropas imperiales entraron en Awadh (actual Uttar Pradesh) con el pretexto de que un dirigente mogol nawab era "excesivamente corrupto". Para legitimar la anexión, se presentó ante el parlamento británico un informe tan excesivo y retorcido que un representante oficial implicado en la operación calificó al Parliamentary Blue Book on Oudh (Libro azul del Parlamento sobre Awadh) de "ficción oficial", de "fantasía oriental" ("a fiction of official penmanship, (an) Oriental romance"), que sin embargo es refutado "por un hecho simple y persistente": el pueblo conquistado de Awadh "prefiere el régimen calumniado" de los nawab antes que "el gobierno de toda confianza pero codicioso de la Compañía". También es cierto que con estos métodos, a principios de 1857 la East India Company manejaba directamente cerca de dos tercios del subcontinente indio.

Por su parte, muchos legisladores británicos partidarios de esta política llamada "de progreso" planeaban imponer no sólo sus leyes y tecnologías, sino también sus valores. India sería entonces un país dominado pero también redimido de sus pecados. Las costumbres locales que chocaban con la sensibilidad cristiana -a veces con razón- fueron proscriptas: se prohibió, por ejemplo, quemar a las viudas en la cremación de los maridos. Uno de los directores de la CBIO, Charles Grant, no fue el único en pensar que la Providencia había llevado a los británicos a India para llevar a cabo grandes designios: "¿No habría que concluir que nuestros territorios asiáticos nos han sido dados no sólo para que podamos sacar beneficios de ellos, sino también para que podamos extender entre sus habitantes, tanto tiempo sumidos en la oscuridad, la luz de la Verdad?"

Los tratados religiosos de los misioneros confirmaron los temores de los musulmanes, quienes aumentaron la hostilidad hacia la dominación británica y crearon una fuerza política para los cada vez más numerosos yihadistas, decididos a poner fin a la supremacía de los infieles (kafirs). Por otro lado, la existencia de "conspiraciones wahhabitas" para resistir a los cristianos reafirmaron las convicciones de los evangelistas a favor de un "poderoso ataque" capaz de acabar con estos "fanáticos musulmanes".

"Guerra de religiones"

La reacción a esta lenta escalada llegó en 1857, con la rebelión de los cipayos. Hace exactamente ciento cincuenta años, el 11 de mayo de 1857, al alba, el soberano mogol Bahadur Shah Zafar estaba pronunciando sus rezos en un oratorio con vista al río Yamuna cuando vio una nube de polvo levantarse en el horizonte. Pocos minutos después comprendió por qué: trescientos caballeros de la Compañía de las Indias Orientales estaban arremetiendo contra su palacio.

Estos caballeros indios enrolados en el ejército de la Compañía habían salido la víspera de Meerut (ciudad guarnición de Uttar Pradesh), donde habían vuelto sus armas contra los oficiales británicos que los comandaban 3.

Tras encaminarse a Delhi para pedir al emperador que aprobara su rebelión, los cipayos entraron a la ciudad, masacraron a todos los cristianos -hombres, mujeres, niños- que encontraron en su camino y designaron a su viejo emperador de 82 años como su nuevo soberano. Más tarde se detuvieron en Chandni Chowk, la arteria principal de Delhi, y preguntaron a la población: "Hermanos, ¿están ustedes con los de la Fe?" Los británicos, hombres y mujeres, convertidos a la religión musulmana -eran asombrosamente numerosos en Delhi- fueron perdonados, pero los indios convertidos al cristianismo fueron inmediatamente eliminados. Como se dijo más tarde en una carta enviada por los jefes rebeldes: "Los ingleses derriban todas las religiones (...) En la medida en que son el enemigo común (de los hindúes y los musulmanes), debemos unirnos todos para masacrarlos (...) Sólo así serán salvadas las vidas y las creencias de nuestras dos comunidades".

La insurrección se convirtió rápidamente en una bola de nieve y devino la rebelión anticolonial más importante del siglo XIX contra un imperio europeo. Así, de los 139.000 cipayos del ejército de Bengala, sólo 7.796 soldados permanecieron fieles a sus amos británicos. En muchos lugares, los cipayos fueron apoyados por un enorme movimiento rebelde de la población civil. En ambos bandos se cometieron atrocidades.

Aunque tuvo múltiples causas y reflejaba heridas políticas y económicas profundas, la rebelión adquirió el cariz de una guerra de religión, pero también de una acción defensiva contra la rápida penetración en India de las ideas cristianas de los misioneros. El movimiento se integró en una lucha más general por la liberación de la ocupación occidental.

La mayoría de los cipayos eran hindúes, pero eso no impide que pueda establecerse un paralelismo con las insurrecciones musulmanas que hoy en día Estados Unidos combate en Irak y en Afganistán. En Delhi se izó la bandera de la yihad sobre la mezquita principal, y muchos resistentes se presentaron como mujaidines o combatientes de la yihad. Así, al término del asedio, tras la desaparición de una parte importante de los cipayos, estos últimos representaban alrededor de la mitad de las fuerzas rebeldes en el centro de la agitación en Delhi, e incluían un regimiento de asesinos kamikazes (suicide ghazis) que habían jurado luchar hasta la muerte contra los kafirs y no alimentarse, "porque los que mueren ya no tienen necesidad de alimentarse".

El asedio conoció su punto culminante el 14 de septiembre de 1857, cuando las fuerzas británicas atacaron la ciudad asediada. Los ingleses no sólo masacraron a los cipayos rebeldes y a los yihadistas, sino también a los ciudadanos comunes de la capital mogola. En un único barrio, Kucha Chela, unos 1.400 ciudadanos no armados fueron eliminados. "Las órdenes eran disparar a todo el mundo -escribió el joven oficial Edward Vibart-. Se trataba literalmente de asesinatos (...). Yo vi muchas escenas terribles y sangrientas estos últimos tiempos, pero espero no ver nunca más alguna como la que presencié ayer (...)".

Visión simplista de la realidad

Quienes sobrevivieron fueron trasladados al campo y luego librados a su suerte. Delhi, una ciudad de medio millón de habitantes, por ese entonces animada y muy desarrollada, se vio convertida en ruinas. La familia imperial mogola se rindió pacíficamente, pero la mayoría de los dieciséis hijos del emperador fueron juzgados y colgados. Tres de ellos fueron fusilados, aunque ya habían depuesto sus armas y se habían desvestido ante sus nuevos amos: "En veinticuatro horas dispuse de los principales miembros de la familia de Tamerlán -escribió el capitán William Hodson a su hermana el día siguiente-. No soy cruel, pero confieso que estaba feliz de poder librar al mundo de esos villanos".

El emperador cautivo fue juzgado y acusado -bastante injustamente- de haber apoyado una conspiración musulmana internacional contra el Imperio británico que se habría extendido desde La Meca e Irán hasta el Fuerte Rojo de Agra (residencia del emperador en Delhi). Prefiriendo ignorar que la rebelión había estallado primero entre los cipayos, en su enorme mayoría hindúes, el fiscal británico sostuvo que "a las intrigas de los musulmanes y a la conspiración de los mahometanos debemos el terrible desastre de 1857". Al igual que algunas ideas que propulsan las aventuras contemporáneas en Oriente, esas afirmaciones delatan una visión ridícula, hipócrita y simplista de la realidad: los jerarcas prefirieron imputar la masacre que ellos mismos habían desatado al "fanatismo musulmán" antes que examinar las consecuencias de su política exterior.

Odios y prejuicios necesarios

Las lecciones de la sangrienta insurrección de 1857 son muy claras. A nadie le gusta que otro pueblo venga a conquistar sus territorios, privarlo de su tierra o forzarlo a adoptar ideas mejores bajo la amenaza de las armas. Los británicos descubrieron en 1857 lo que Estados Unidos e Israel están aprendiendo ahora: no hay nada como una intrusión agresiva para radicalizar más fácilmente un pueblo contra ellos, o para hacer tambalear al islam moderado. La historia del fundamentalismo musulmán y la del imperialismo occidental ¿no están, acaso, estrecha y peligrosamente ligadas? Curiosamente pero de manera muy concreta, los fundamentalistas de las tres religiones monoteístas siempre han tenido necesidad uno del otro para consolidar los prejuicios y los odios en el bando opuesto. Con frecuencia el veneno de unos ha sido el motor de los otros.

La violenta represión de la rebelión de los cipayos en 1857 constituyó un punto de inflexión en la historia del imperialismo británico en India. Marcó el fin de la Compañía de las Indias Orientales y de la dinastía mogola, las dos fuerzas que modelaron el país durante los últimos tres siglos. Dichas fuerzas fueron reemplazadas por una dominación directa del gobierno del Imperio británico. Apenas los restos de Bahadur Shah Zafar fueron arrojados a una anónima tumba birmana, la reina Victoria aceptó el título de "emperatriz de las Indias". Fue el principio de una nueva era de dominación directa del Imperio en India.

Sin embargo, en muchos aspectos la herencia de este período todavía está viva, y puede establecerse un vínculo directo entre los yihadistas de 1857 y aquellos a quienes se enfrenta hoy en día. Así, tras 1857 algunos ulemas musulmanes rechazaron Occidente y las tradiciones sufíes moderadas de los emperadores mogoles, a quienes consideraban marionetas de los ocupantes, y se volcaron a las raíces "puras" del islam. Así fue como en Deoband (actual Pakistán) se fundó una madrasa (escuela coránica) de tipo wahhabita, atada a los fundamentos del Corán. Ciento cuarenta años después, en estas mismas madrasas de Deoband nacieron los talibanes y el régimen islámico más retrógrado de la historia moderna, de donde salió Al-Qaeda, el movimiento islámico más extremista jamás conocido.

La historia no cesa de repetirse: no sólo los occidentales se divierten todavía hoy instaurando regímenes fantoches y apoyándolos con sus tropas para alcanzar sus objetivos políticos, sino que -lo que es más inquietante aun- los comportamientos intelectuales a favor de estas prácticas no han cambiado. A pesar de los más de veinticinco años de riguroso trabajo de Edward Said y sus adeptos, el viejo orientalismo de antaño y sus prejuicios subsisten con Samuel Huntington, Bernard Lewis y Charles Krauthammer. Bajo la pluma de los neoconservadores renace la vieja visión colonial del déspota oriental decadente y, como en otro tiempo, los belicistas la proyectan sobre un público crédulo con el objeto de justificar sus proyectos imperialistas.

Occidente y Oriente viven una nueva confrontación difícil y una división que algunos consideran una guerra de religión. Los autores de los ataques suicidas, según dicen, libran una batalla defensiva contra sus enemigos cristianos, y civiles inocentes siguen siendo masacrados. Como hace años, los evangelistas políticos occidentales se aprestan a ver en sus adversarios y enemigos "demonios encarnados" y a asimilar, de la manera más simplista, la resistencia armada contra la invasión y la ocupación con el "mal puro". Una vez más, los países occidentales, insensibles a las consecuencias de su política exterior, están disgustados y sorprendidos ante el ataque -así lo ven ellos- de fanáticos inconscientes. He allí algunas lecciones clarísimas pues, para retomar las célebres palabras de Edmund Burke, quienes se niegan a aprender de la historia están condenados a repetirla.

  1. Véase "Réveil de l'Inde", Manière de Voir, Nº 94, París, julio-agosto de 2007.
  2. Teórico antirrevolucionario (1729-1797), autor de la obra clásica Reflexiones sobre la Revolución en Francia. Además fue miembro de la Cámara de los Comunes y denunció la corrupción de la Compañía de las Indias y los abusos de poder de Warren Hastings cuando, entre 1773 y 1784, este último era gobernador general de las Indias.
  3. De todos ellos, ochenta y cinco acababan de ser condenados a trabajos forzados por haberse negado a utilizar armas lubricadas con grasa animal (de vaca según algunos, animal sagrado para los hindúes; de cerdo según otros, bestia prohibida para los musulmanes).

La rebelión india

Marx, Karl

Escrito por Karl Marx el 4 de septiembre de 1857, este texto apareció en The New York Daily Tribune el 16 de septiembre de 1857.

Londres, 4 de septiembre de 1857

Los excesos cometidos por los cipayos rebeldes en India son verdaderamente horribles, repugnantes, inenarrables, de esos que sólo pueden esperarse en las guerras de motines, de nacionalidades, de razas y sobre todo de religión; en una palabra, aquellos que la respetable Inglaterra tenía por costumbre aplaudir cuando eran los vandeanos quienes los perpetraban contra los “azules”, o cuando eran las guerrillas españolas contra los infieles franceses, o los serbios contra sus vecinos alemanes y húngaros, o los croatas contra los rebeldes de Viena, o la guardia móvil de Cavaignac o los golpistas de Bonaparte contra los hijos y las hijas de la Francia proletaria. Por más infame que sea la conducta de los cipayos, no es más que un reflejo concentrado de la conducta de Inglaterra en India, no sólo durante la época de la fundación de su Imperio oriental, sino incluso durante los diez últimos años de su larga dominación. Para caracterizar esta dominación, basta con decir que la tortura constituía una institución orgánica de su política fiscal. Existe en la historia humana algo que se parece a la retribución; y es regla de la retribución histórica que sus instrumentos sean forjados no por los ofendidos sino por los propios ofensores.
Los primeros golpes asestados a la monarquía francesa provinieron de la nobleza y no de los campesinos. La rebelión india no fue iniciada por los ryots, torturados, deshonrados y despojados por los británicos, sino por los cipayos, vestidos, alimentados, mimados, atendidos y consentidos por ellos. Para encontrar paralelos a las atrocidades de los cipayos no necesitamos, como pretenden algunos diarios de Londres, remitirnos a la Edad Media, ni ir más allá de la historia de la Inglaterra contemporánea. Basta con estudiar la primera guerra china: un acontecimiento de ayer nomás, por decirlo así. La soldadesca inglesa cometió entonces abominaciones sólo por placer, ya que sus pasiones no estaban santificadas por el fanatismo religioso, ni exasperadas por el odio hacia una raza conquistadora o impuesta por la fuerza, ni provocada por la feroz resistencia de un enemigo heroico. Mujeres violadas, niños atravesados por lanzas, pueblos enteros quemados no eran más que atroces caprichos, que registraron no los mandarines sino los oficiales británicos mismos.
En la presente catástrofe también sería un error absoluto suponer que toda la crueldad está del lado de los cipayos y que toda la leche de la ternura humana fluye del lado de los ingleses. La correspondencia de los oficiales británicos destila odio. Uno de ellos, en una carta desde Peshawar, describe el desarme del décimo Regimiento de Caballería Irregular, disuelto por no cargar contra el 55º Regimiento de Infantería indígena tal como le habían ordenado hacer. Suena exultante cuando informa que los hombres no sólo fueron desarmados, sino también despojados de sus abrigos y sus botas, y que tras recibir 12 peniques por cabeza fueron conducidos al borde del Indus, embarcados en botes y lanzados a la deriva del río, en cuyos rápidos, como el remitente se complace en imaginar, todos y cada uno de ellos habrá de morir ahogado. Otro nos informa que una vez, cuando ciertos habitantes de Peshawar provocaron una alarma nocturna al hacer explotar petardos de pólvora negra en honor de un casamiento (una costumbre nacional), a la mañana siguiente los autores de este incidente fueron amarrados y “fustigados de tal forma que no lo olvidarán fácilmente”. Cuando llegaron noticias desde Pindi acerca de que tres jefes indígenas estaban conspirando, sir John Lawrence mandó un mensaje ordenando que un espía asistiera a las reuniones. Tras el informe del espía, sir Lawrence envió un segundo mensaje: “Cuélguenlos”. Los jefes fueron colgados.   
Un funcionario de los servicios civiles de Allahabad escribe: “Tenemos el poder de la vida y la muerte en nuestras manos, y les aseguramos que no somos indulgentes”. Otro afirma, desde la misma ciudad: “No pasa día en que no colguemos entre diez y quince (no combatientes)”. Un oficial escribe, exultante: “Holmes los cuelga por docenas, en ‘bloque’”. Otro, aludiendo al ahorcamiento sumario de un numeroso grupo de indígenas, dice: “Entonces fue nuestro turno de divertirnos”. Un tercero: “Somos firmes en nuestras cortes marciales, y a todo negro que encontramos lo colgamos o lo fusilamos”. Se nos informa desde Benarés que treinta zamindares han sido colgados bajo la simple sospecha de simpatizar con sus compatriotas, y pueblos enteros han sido reducidos a cenizas por el mismo motivo. Un oficial de Benarés, cuya carta aparece publicada en The London Times, dice: “Las tropas europeas se han convertido en demonios al oponerse a los indígenas”.
Y no debe olvidarse que, mientras las crueldades de los ingleses se relatan como actos de valentía marcial, y se las cuenta brevemente, simplemente, sin insistir en los detalles indignantes, los excesos de los indígenas, por más chocantes que sean, son deliberadamente exagerados. ¿Quién, por ejemplo, fue el autor del detalladísimo informe que apareció primero en el Times y luego dio vueltas por toda la prensa londinense sobre las atrocidades perpetradas en Delhi y en Meerut? Fue un pusilánime pastor protestante que vivía en Bangalore, en la región de Mysore, a más de mil millas, a vuelo de pájaro, del teatro de la acción. Los auténticos informes de lo ocurrido en Delhi mostraron que la imaginación del pastor inglés era capaz de alumbrar peores horrores que la salvaje fantasía de un rebelde hindú. Las narices y los senos cortados, etcétera, en una palabra las horribles mutilaciones cometidas por los cipayos resultan más intolerables a la sensibilidad de los europeos que los cañonazos sin cuartel contra las viviendas de Cantón que ordenó el secretario de la Asociación por la Paz de Manchester, o que los árabes quemados en la gruta en la que un mariscal francés los había amontonado, o los soldados británicos desollados vivos con un látigo de nueve puntas por orden de una corte marcial, o cualquier otro procedimiento filantrópico que se use en las colonias penitenciarias británicas. Como todas las cosas, la crueldad sigue las modas, que cambian según las épocas y los lugares. César, un letrado hecho y derecho, relata con candor cómo a muchos miles de guerreros galos se les cortó la mano derecha siguiendo sus órdenes. Napoleón habría tenido vergüenza de hacer algo así. Prefería enviar a sus propios regimientos sospechados de republicanismo a Santo Domingo, para que allí murieran a manos de los negros o la peste.
Las infames mutilaciones cometidas por los cipayos recuerdan las prácticas del Imperio bizantino cristiano o las prescripciones de la ley criminal del emperador Carlos V, o, en Inglaterra, los castigos por alta traición que registraba el juez Blackstone. Para los hindúes, cuya religión los convirtió en virtuosos en el arte de torturarse a sí mismos, estas torturas infligidas a enemigos de su raza y de sus creencias parecen muy naturales, y deben parecerlo aun más a los ojos de los ingleses que, hasta hace pocos años, cobraban rentas por las fiestas de Krishna, protegiendo y contribuyendo a los ritos sangrientos de una religión de crueldad.
Los rugidos frenéticos de “el viejo sanguinario Times”, como la llamaba Cobbett, su manera de interpretar un personaje furioso en una ópera de Mozart que se complace, al ritmo de los acordes más melodiosos, con la idea de colgar a su enemigo, luego quemarlo, luego descuartizarlo, luego desollarlo vivo; todo este furor de venganza parecería bastante estúpido si, bajo las declamaciones trágicas, no se distinguieran claramente los trucos de la comedia. The London Times carga con demasiada fuerza, y no sólo por pánico. Suministra a la comedia un tema que a Molière se le escapó: el Tartufo de la venganza. Lo que busca, simplemente, es hacer batahola para apoyar los fondos del Estado y encubrir al Gobierno. Dado que Delhi no cayó, como las murallas de Jericó, con el soplo del viento, debe aturdirse a John Bull con los gritos de venganza, para hacerle olvidar que su gobierno es responsable del mal que lo aqueja y de las dimensiones colosales que éste adquirió.


Autor/es William Dalrymple
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 98 - Agosto 2007
Páginas:32,33,34
Traducción Mariana Saúl
Temas Historia, Colonialismo
Países Irak, India, Inglaterra