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Cristina Fernández y el cambio

Lo que está bien concebido se expresa claramente y las palabras para decirlo acuden fácilmente.

Nicolas Boileau, Art poétique,1674.

Desde que oficializó su candidatura a la presidencia de la República Argentina por el Frente para la Victoria, Cristina Fernández se empeña con éxito en apartarse de la hueca perorata populista y en ofrecer algo más que la estimulante novedad de aparecer como la primera mujer con serias posibilidades de instalarse democráticamente en la Casa Rosada.

Tanto su discurso del pasado 20 de julio en la ciudad de La Plata, cuando se lanzó su candidatura, como sus declaraciones ante empresarios y en entrevistas a la prensa durante su viaje a España, a finales de ese mes, constituyen una auspiciosa novedad en el agresivo, vociferante, hueco ámbito político nacional.

El slogan de campaña de Cristina Fernández es "el cambio recién empieza", y es preciso reconocer que la candidata, alterando las reglas del arte de gritar y lanzar consignas sin mayor fundamento que desde hace muchas décadas son el pan y la sal de la política argentina, explica con claridad y franqueza las líneas gruesas de ese cambio. Claridad, porque dice qué es lo que se propone y lo fundamenta hasta donde un discurso de campaña o una entrevista lo permiten. Franqueza, porque no oculta su pensamiento: a la izquierda le deja en claro que su modelo es un capitalismo con fuerte participación estatal; a la derecha, en particular a los empresarios que se empeña en convocar, que su preocupación y su responsabilidad son ante todo sociales, que con ella no habrá retorno al neoliberalismo.

Se pueden compartir o no estos criterios; se puede creer o no en la franqueza de la candidata. Pero es evidente que ha planteado de entrada unas saludables reglas de juego, al menos expositivas y de tono, en la campaña electoral.

En lo formal, que contra el criterio generalizado nunca es sólo apariencia, ha empezado por descartar la liturgia peronista, algo que su marido, el presidente Néstor Kirchner, ya había esbozado. Por cálculo o convicción, Cristina Fernández ha decidido que la iconografía, los bombos, los estribillos, el griterío, la falsa alegría, el estruendo que impide escuchar discursos que nada dicen y, sobre todo, los "militantes" a choripán y tanto por cabeza, ya no "pasan" ante los ciudadanos, en la medida en que espantan a los que tienen edad para recordar y nada significan para los jóvenes. Que si alguna vez todo eso fue genuino, sentido, real para la mayoría de la población (el 26 de julio pasado, en un nuevo aniversario del fallecimiento de Eva Perón, pudo rememorarse eso en algunas imágenes de televisión), hoy es una atroz caricatura, una ofensa al sentido común de la mayoría de los ciudadanos; la expresión de lo mafioso en política. Que amplificada por la televisión en directo, internet y los medios de comunicación modernos, esa liturgia es un espectáculo contraproducente e inútil en la Argentina actual.

En 1983, la brutal escena de la quema de un ataúd en el acto de cierre de campaña presidencial, retransmitida a todo el país, decretó la primera derrota del peronismo en elecciones presidenciales. En octubre del año pasado, durante el traslado de los restos del ex presidente Juan Perón, hubo otra manifestación de ese "estilo", cuando distintos grupos sindicales peronistas se enfrentaron a sangre y fuego.

Aparentemente convencida de que el pasado peronista es más un lastre que una ventaja, decidida a mirar hacia adelante y a dirigirse al conjunto de los ciudadanos -su compañero de fórmula será un radical- Fernández no mencionó ni una sola vez a Perón o a Evita en su discurso de La Plata, ni se entonó allí la marcha partidaria. No lo hace casi nunca, a menos que sea inevitable o la interroguen. Parece tener claro que el mejor Perón, el de su primera presidencia, flota en el limbo de una historia apenas escrita y la memoria vagarosa de unos pocos ancianos. Pero el que "vive", en cambio, es el que en 1973 ordenó o aprobó la masacre de Ezeiza; el que llegó acompañado de José López Rega y Licio Gelli 1 y el que, "a dedo", dejó instalada en la presidencia de la República a su estólida mujer, Isabel Martínez. En cuanto a Evita, sabe que poco y nada significa ya para la mayoría, que es un mito destinado a esfumarse. Fernández tuvo el coraje de decir que no se identificaba con "la Eva milagrosa", ni con "el hada buena", ni con "la del teatro Colón", sino con la de "rodete y puño crispado" 2; otra muestra inteligente de que también intenta desmarcarse de la polémica que genera el personaje.

La candidata Fernández parece decidida pues a dejar ese decorado en manos de los dirigentes que se reclaman, con toda razón, del peronismo ortodoxo y que en las próximas elecciones apoyarán probablemente -con el peronismo nunca se sabe- a otro candidato.

Reformas esenciales

Pero es el contenido de los sobrios, medidos, expositivos, aparentemente improvisados -porque no lee- discursos de Cristina Fernández el que define las formas y su estrategia de campaña. Sus proposiciones centrales son dos: "La reconstrucción del Estado constitucional democrático" y un "pacto institucional" entre el capital y el trabajo, arbitrado por el Estado, que definió como un "modelo de construcción económica y social (...) de acumulación y de inclusión social (...) contracara de la economía y el modelo de transferencia de recursos y riquezas que operó durante el modelo neoliberal de los años '90" 3.

La primera proposición es un requisito de la segunda, puesto que sin instituciones realmente democráticas, eficaces y honradas, el Estado no podrá arbitrar eficazmente entre el capital y el trabajo, sino que continuará siendo lo que es ahora: un costosísimo, para el conjunto de los ciudadanos, representante del capital ante los derechos de los trabajadores; una entidad mínimamente caritativa en el mejor de los casos, represiva en el peor, para el enorme sector marginal.

Habrá que ver si Fernández se atreve, en caso de resultar elegida, a enfrentar a la formidable masa de corruptos, holgazanes, ausentes e indiferentes, formada por capas geológicas de favoritos de todos los gobiernos, que hacen de la administración pública un elefante inútil y peligroso.

Habrá que ver si intenta realmente (los resultados dependen de muchos factores), poner en práctica su declarado propósito de respetar la división de poderes republicana, lo que supone no gobernar por decreto ni con poderes especiales permanentes. Pero el hecho de que lo anuncie y denuncie con todas las letras 4 es novedoso y prometedor. "La reconstitución del Estado democrático constitucional -afirmó- no es una cuestión menor" 5.

En cuanto al acuerdo empresarios-trabajadores-Estado, lo que Fernández llama "Modelo Económico y Social", es en esencia la vieja idea-fuerza del peronismo, la que con variantes de tiempo y circunstancias se aplicó con éxito a partir de 1945 y que el mismo Perón intentó reiterar en 1973 -lo llamó el Pacto Social- entre la Confederación General Económica (CGE), la Confederación General del Trabajo (CGT) y el Estado. Perón nombró entonces a un ministro de Economía comunista, José Ber Gelbard, a pesar de presidir un gobierno que perseguía implacablemente a la izquierda revolucionaria, peronista o no.

En la hipótesis de que Fernández consiga sanear el Estado, habrá que ver cómo encara el nuevo Pacto Social. No existe hoy, como entonces, una izquierda revolucionaria, de masas, ni en el peronismo ni fuera del peronismo, capaz de poner trabas serias. Pero tampoco la CGE, que en los años '70 era una organización bastante poderosa de lo que, por primera vez y por desgracia muy brevemente, pudo considerarse un núcleo de empresarios nacionales, un embrión de burguesía nacional organizada. Y el sindicalismo argentino, la "pata" del trabajo, es con raras excepciones una organización mafiosa, corrupta, autoritaria y, por todo eso, nada confiable. En cuanto a los empresarios, tanto industriales como agropecuarios o de servicios, están organizados en poderosas instituciones como la Sociedad Rural (SR), la Federación Agraria Argentina (FAA), la Unión Industrial Argentina (UIA), la Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (APYME), etc., cuyos intereses son contrapuestos, sino enfrentados. La SR y la UIA representan en general al "gran capital", mientras la FAA y la APYME al pequeño y mediano. Por otra parte, en estos años las empresas se han transnacionalizado y concentrado fuertemente, lo que agrega dificultades al proyecto.

En otras palabras, si "la reconstrucción del Estado constitucional democrático" supondrá profundas reformas políticas, nuevas leyes y una honda transformación cultural; el "Modelo Económico y Social" de Fernández las supone tributarias, de Asociaciones Profesionales, antimonopolios, regulatorias, etc.; así como una clara definición de objetivos de mediano y largo plazo. Habrá que ver si lo intenta y cómo, porque las resistencias serán enormes.

Fernández también ha avanzado conceptos interesantes y novedosos sobre el modelo que propone. Por ejemplo, rechaza la oposición "desarrollo industrial-desarrollo agropecuario" y entre "exportaciones y mercado interno", absurdos de la historia económica argentina que sólo se explican por un Estado y una clase dirigente sin ideas ni proyectos y el consecuente libre juego de intereses particulares.

Es muy sugestivo que Fernández reivindique, junto al "modelo inclusivo" del primer peronismo, al de "acumulación de la Generación del '80" 6, en un ejercicio de sensatez histórica que, salvo excepciones, los historiadores de uno y otro bando no han practicado. Parece evidente que, dejando de lado una multiplicidad de otros factores, en Argentina los dos modelos han terminado por fracasar por ausencia del otro, algo que Fernández entiende y subraya. El reconocimiento del aporte liberal tiene además miga política...

Habría mucho más para decir sobre el estilo y las propuestas de Fernández. Una de éstas, su referencia a los pactos españoles de La Moncloa, un buen ejemplo, pero sobre el que habría que subrayar una serie de diferencias esenciales en la realidad argentina. También existen interrogantes sobre el modelo de acumulación política para apoyar estos proyectos, una tarea que Néstor Kirchner asumiría una vez en el llano. También esta "doble función" es una interesante novedad, denunciada cínicamente y con débiles argumentos por la oposición de derechas, que olfatea el peligro.

La duda principal emerge de la distancia entre los discursos, por más inteligentes que resulten, y la decisión y aptitud para transformarlos en realidad. Pero hay que reconocer que Cristina Fernández ha empezado el cambio que promete tanto por el contenido como por las formas de su propuesta de gobierno.

  1. "Masacre de Ezeiza": el 20-6-73, cuando Perón regresó al país desde el exilio, la derecha peronista disparó contra la multitud, encabezada por la izquierda peronista, provocando un número nunca aclarado de víctimas. José López Rega, secretario personal de Perón, fue el organizador del grupo paramilitar Alianza Anticomunista Argentina ("Triple A"), autora de numerosos asesinatos, en particular de peronistas de izquierda. Licio Gelli, que obtuvo un pasaporte diplomático -sin ser argentino ni diplomático- del gobierno de Perón, fue el jefe de la organización mafiosa internacional P2.
  2. Entrevista a El País, Madrid, 26-7-07.
  3. Discurso en La Plata, 20-7-07.
  4. "Un Poder Legislativo que por defección, por presión o por corrupción, en lugar de votar las leyes que merecíamos y necesitábamos los argentinos, votaba porque lo pedía el Fondo (Monetario Internacional); porque un ministro tenía la "Banelco" o porque los militares habían salido a la calle", ibid.
  5. Ibid.
  6. Ibid.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 98 - Agosto 2007
Páginas:3
Temas Ciencias Políticas
Países Argentina