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Chile: la democracia en el cepoEl autor, destacado intelectual y dirigente político chileno, sostiene que la necesaria conciliación, al cabo de 17 años de dictadura y otros tantos de gobiernos democráticos, arroja un resultado entre dulce y amargo: un importante crecimiento económico, una muy desigual distribución del ingreso y una democracia política incompleta, uno de cuyos resultados es la creciente indiferencia ciudadana por los asuntos públicos.La dictadura de Augusto Pinochet ha condicionado hasta hoy la naturaleza de la democracia chilena. Instaló tempranamente un modelo extremo de libre mercado y promovió su acelerada expansión sin establecer mecanismos reguladores elementales. De este modo cambió sustancialmente el perfil económico del país: abrió unilateralmente la economía para promover una variada oferta exportadora, destruyó los emprendimientos más débiles, descargó los costos del crecimiento en los sectores populares y extendió progresivamente la lógica mercantil al tejido cultural. El régimen militar, por otra parte, sólo pudo ser desplazado mediante un proceso de reposición democrática limitada. La transición se nutrió de factores contrapuestos. Por un lado, de la vigorosa y creciente demanda democrática expresada en las masivas protestas y las diversas formas de rebeldía, resistencia u oposición protagonizadas por actores sociales y partidos políticos que, en la primera mitad de los '80, lograron pasar de una fase defensiva de supervivencia a una de mayor activismo. Por otra parte, la transición respondió también a los intereses y temores de núcleos autoritarios, en particular de los nudos de poder económico, tanto los históricos como los conformados bajo la dictadura al calor de las privatizaciones, que acabaron aceptando formas democráticas pero con garantías tales -algunas vigentes hasta ahora- que desfiguran el contenido de la democracia. Entre el brío de un mercado muchas veces descontrolado ("cruel", lo llamó el ex presidente Patricio Aylwin) y la pugna no resuelta entre el viejo autoritarismo y las demandas libertarias e igualitarias, la transición chilena puso en evidencia las complejas facetas que habitan la tortuosa relación entre la democracia y el mercado. Es preciso no olvidar que la democracia se funda en un supuesto artificioso -uno de los frutos más apreciados de la civilización moderna- cual es el principio de igualdad: un hombre, una mujer, un negro, un blanco, un rico, un pobre, valen cada uno un voto. El mercado, en cambio, funciona sólo si trabaja con un criterio realista pero contrapuesto al principio de igualdad: todas las diferencias, incluidas todas las indeseables, deben ser consideradas en lo que valen. Un hombre, una mujer, un negro, un blanco, un rico, un pobre, tienen tantos "votos" en el mercado como dinero tenga cada uno. La derecha chilenaLa derecha impuso condiciones para la transición gracias a su fortaleza histórica, generalmente no reflejada en su fuerza electoral, y a su identidad de objetivos con las Fuerzas Armadas, gobernantes en la dictadura. Buscó impunidad y garantías para sus negocios, mientras las Fuerzas Armadas hacían otro tanto para los culpables de las violaciones a los derechos humanos. Desde 1938, año del triunfo del Frente Popular, hasta 1973, la derecha chilena gobernó sólo una vez. Con Pinochet gobernó diecisiete años consecutivos: fue su tiempo de gloria. Desde fines de la dictadura, restablecido un sistema de registros electorales para el plebiscito de 1988, la derecha acumuló sólo derrotas en más de una decena de elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales, a manos de la poderosa alianza de centro-izquierda constituida por la Concertación 1. En la esfera de la "representación", la derecha asumió durante la dictadura la totalidad de las alcaldías -nominadas entonces directamente por el poder central-, la totalidad de la "función legislativa" mediante "legisladores" nominados por el gobierno, y, una vez recuperada una democracia básica, logró a través de normas constitucionales establecidas ex profeso sesgar la representación mediante el sistema electoral binominal 2 y los senadores "designados" y vitalicios 3. Es decir que con representantes -electos o no- la derecha tuvo a partir de 1973 un espacio privilegiado, siempre mayor que su fuerza electoral, en el ámbito de las instituciones. Sin embargo, hay que consignar que se fortaleció durante la dictadura y aumentó sus votos. De un tradicional tercio del voto ciudadano antes del golpe militar de 1973 ha llegado a bordear, en elecciones presidenciales, la mitad del electorado. El fenómeno de mayor interés en la historia reciente de la derecha chilena es su proceso de reconstitución política en torno a sus dos partidos, Renovación Nacional, más liberal culturalmente, más abiertamente empresarial, y la Unión Democrática Independiente, más católica e integrista, más pinochetista, con fuertes vínculos financieros y económicos, pero también con sensibilidad social de corte asistencial. Fue con Joaquín Lavín, candidato a Presidente en 1999, que la derecha política dejó de ser una mera representante de intereses económicos para convertirse en una fuerza con una propuesta y presentación atractivas capaz de atravesar las resentidas identidades sociales. Desde las elecciones de 2005 ambos partidos han mostrado capacidad de levantar liderazgos y, a pesar de sus disputas y de una mediocre evaluación ciudadana, la derecha mira el futuro con nuevas esperanzas. El malestar del mundo de la izquierda, aunque de gradación distinta, ha sido general y comenzó tempranamente 4. Quizá nadie pensó en 1989 que la compleja transición chilena terminaría (ya no tiene sentido seguir discutiendo si terminó o no) en una democracia incompleta, resguardada, limitada o "semi-democracia", como quiera que se la denomine. La transición terminó, terminó en lo que terminó, no pudo más, y ahora se trata de proyectar otra fase que permita alcanzar una plenitud democrática. Proa al centroLa izquierda sufrió a partir del golpe de Estado de 1973 procesos de cambio en sus dos espacios históricos: el de la renovación, protagonizado fundamentalmente por el Partido Socialista (PS), y el de la resistencia, cuyo actor principal ha sido el Partido Comunista (PC). En el curso de la transición, la renovación de los socialistas ha ido más allá que los propósitos originales y suscita creciente polémica en su interior. Por su parte, la defensa de su identidad sostenida por el PC para enfrentar una grave crisis luego de su desfavorable proyecto insurreccional y del inicio de la transición pactada, le restó durante los años '90 márgenes de flexibilidad que le permitieran un grado mayor de influencia bajo las nuevas circunstancias y una capacidad de juego político que diera profundidad al intento de rescate de ciertas banderas históricas de la izquierda. Entre la "sobrerrenovación" socialista y la petrificación comunista, la izquierda anterior a 1973 ha enfrentado no sin dificultades el desafío propuesto por fuerzas centristas o por nuevas corrientes y tendencias que postularon una mayor plasticidad como disposición política para competir por los decisivos votos del centro. La irrupción virulenta del mercado, los límites de la democracia, la sagacidad de la derecha, la penuria de la izquierda, han conmovido como nunca al centro. No podía ser de otra manera: una de las tendencias más marcadas en el último cuarto de siglo es la definición del centro como ambicionado territorio, como espacio a conquistar prioritariamente. Este fenómeno surgió con mayor transparencia en Chile cuando el Partido por la Democracia se convirtió con éxito en fuerza política con perfil propio o, al menos, con la ambición de poseerlo, y sugirió una aspiración competitiva frente a la Democracia Cristiana. Y luego, con el cambio que significó el triunfo del socialista Ricardo Lagos en las primarias de la Concertación al modificarse uno de los supuestos implícitos del proceso de transición: la hegemonía de la Democracia Cristiana en la alianza. Simplificando, el mapa político dejó entonces de ser el de una fuerza de centro con capacidad expansiva hacia ambos flancos para dejar lugar a una configuración marcada por la derecha y la izquierda de la Concertación disputando el centro. El resultado fue entonces una campaña presidencial en la que tanto la candidatura de derechas como la de la Concertación, encabezada por un hombre de su izquierda, desdibujaron viejas banderas. La derecha mostró menos inquietud frente al ambiguo discurso de su candidato o a los rasgos populistas de su oferta programática, en tanto que resultó evidente la incomodidad de algunos sectores de la Concertación frente a la indiferenciación aceptada por su propia campaña o al ecumenismo de sus propuestas. Seis años después, la votación de la actual Presidenta, la socialista Michelle Bachelet, en la primera vuelta presidencial de 2005 fue más baja que la de Lagos en 1999, pero en segunda vuelta fue varios puntos superior. Dos candidatos en la derecha -lo que le permitió ampliar el espacio electoral- y una votación de cerca de un 10% de la izquierda no concertacionista, pueden explicar ambos resultados. Lagos triunfó en la segunda vuelta gracias a los votos comunistas y Michelle Bachelet se benefició seis años más tarde de un llamamiento oficial de la dirección comunista a apoyarla en el ballottage. Persistente estratificación socialBachelet trajo aire fresco al alicaído atractivo de la Concertación y agitó los temas de género y de un programa de protección social como sus banderas principales. Desde que asumió, la derecha la ha atacado de modo inclemente. Para los partidarios de Bachelet la actuación del gobierno no ha tenido un sello definido. Por una parte, la Concertación y sus partidos enfrentan una crisis de mística y de ánimo solidario. Por otra, el gobierno fue concebido como una asignación de áreas en que a los "liberales" se les entregó la responsabilidad de la economía, a los "socializantes" las del área social y a los democristianos las tareas políticas principales (gobierno interior y relaciones exteriores). Chile produce hoy día, gracias a políticas fiscales moderadas y al alto precio del cobre, importantes excedentes en sus cuentas. La idea central ha sido intensificar los esfuerzos contra las desigualdades financiándolos con los mayores ingresos. El resultado es que la política económica ha sido algo menos ortodoxa de lo que quisieran los que la dirigen y las políticas sociales menos intensas que lo que se requeriría para darle al gobierno un perfil más marcado y lograr un impacto notorio en las desigualdades. Ha habido una transacción entre dos criterios en el que ninguno de los dos predomina. Por otra parte, el gobierno de Lagos dejó a Bachelet herencias positivas pero también otras tan negativas como el nuevo plan de transporte para Santiago, que ha impactado muy desfavorablemente la percepción ciudadana. La derecha ha intensificado su línea opositora y, como en otros lugares del mundo, cabalga sobre los temas de la delincuencia y de la corrupción. Chile consigue así uno de los más altos lugares en Latinoamérica en cuanto a presos por habitante 5. Si bien mantiene un ranking bastante aceptable en materia de corrupción 6, el hecho no es suficiente para contrapesar el manejo comunicacional que la derecha acostumbra orquestar frente a irregularidades en el ejercicio de la función pública. En su accionar político la derecha se beneficia de una alta concentración de poder económico y una influencia importante en las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica. Gracias a las cerraduras institucionales establecidas por el Constitución pinochetista de 1980, ha tenido durante la postdictadura una suerte de veto legislativo sobre todas las materias claves. Puede, además, armar sus campañas porque es dueña de casi todos los medios de comunicación y aquellos que no posee son, de uno u otro modo, neutralizados. Si la derecha llegara a dominar el Poder Ejecutivo, además de los espacios ya indicados, el desequilibrio sería total. Con un modelo de mercado extendido, profundo e insuficientemente regulado, los gobiernos democráticos chilenos no miden su éxito sólo por la magnitud de sus obras materiales que, sin duda, han sido considerables. Deben confrontarse con las necesidades básicas insatisfechas de un significativo porcentaje de la población que se beneficia marginalmente del crecimiento y con aspiraciones de votantes fuertemente incitados al consumo y al endeudamiento, con temores de perder su fuente de trabajo y con derechos laborales insuficientemente protegidos, pero que han llegado a creer en la mejoría sostenida de su situación y que pronostican un mejor futuro para sus hijos. La cultura mercantil se ha extendido a la vida cotidiana y está establecida más allá de todo límite aceptable en esferas como la salud, la educación y la seguridad social, y en su progresivo avance ha sido capaz de generar los mecanismos de subordinación que posibilitan la continuidad del modelo. En ese cuadro, se ha consolidado una creciente indiferencia o rechazo de amplios sectores hacia los asuntos públicos, en especial de los jóvenes. Aproximadamente la mitad de los chilenos adultos no hace uso de su derecho ciudadano al sufragio: no se registra o estando registrado no concurre; anula su voto o vota en blanco, o vive fuera de Chile, condición esta última que, por la oposición de los partidos de derecha, le impide sufragar. Las políticas sociales, ahora dotadas de más recursos y eficiencia de gestión, han logrado mediante el expediente de la focalización reducir significativamente el número de habitantes bajo la línea de la pobreza, pero su impacto en las desigualdades ha sido nulo o menor. Aunar fuerzas con la izquierdaLa fuerza de la derecha y las debilidades de la Concertación mantienen en el cepo a la democracia chilena. La clave ha sido la negativa derechista a aceptar reformas reales a una pieza clave de la arquitectura institucional que le legara Pinochet: el sistema electoral. El círculo vicioso opera eficazmente: la Concertación no tiene los votos necesarios para cambiar el mecanismo que le impide tener los votos necesarios para cambiar el mecanismo. Sin cambiar el mecanismo hay reformas en las áreas económica y social que la Concertación no puede convertir en ley. Debe siempre, como si fuera un sino de la transición, negociar todo con la derecha. ¿Cuáles son las responsabilidades de la propia Concertación? Desde la izquierda que no está en el Parlamento y desde la derecha opositora dicen sospechar que la Concertación se ha habituado al sistema binominal que garantiza reelecciones relativamente cómodas a sus propios parlamentarios y le otorga una buena coartada para no emprender las reformas más complejas. Si bien es cierto que la Concertación ha tenido una exagerada preocupación por la gobernabilidad y la estabilidad de la economía, y en esa medida por momentos ha cultivado la búsqueda de consensos con la oposición, es un hecho que la reforma al sistema electoral ha sido y es rechazada por la derecha. Como en muchos otros proyectos de ley, el gobierno debe obligadamente negociar con la oposición incluso antes de que sean aprobados en general, es decir, el articulado debe ser consensuado antes de que la idea de legislar sea considerada. La única forma de quebrar el poder parlamentario de la derecha es aunar las fuerzas de los partidos de gobierno con las de la izquierda fuera de la Concertación. Hacerlo significaría menos alcaldes y menos parlamentarios para la derecha, abriría el Congreso a las fuerzas políticas excluidas y probablemente permitiría alcanzar los quorum necesarios para las grandes reformas pendientes. Permitiría pensar en una nueva Constitución legitimada por el voto popular en plebiscito libre con contenidos económico-sociales modernos y progresistas, una nueva ley de partidos y nuevas formas de abordar las desigualdades y la provisión de servicios universales en materia de salud, educación y seguridad social. En fin, sería largo enumerar las posibilidades que se abrirían si la profunda brecha que existe hoy entre la Concertación y los sectores sociales y políticos excluidos se superara y, gradualmente, Chile avanzara hacia acuerdos unitarios, probablemente de niveles distintos, entre las fuerzas de avanzada social, entre partidos políticos y movimientos sociales, entre los partidarios de una democracia plena.
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