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Un desafío mayor para ÁfricaCerca de un cuarto de la población subalimentada del mundo vive en el continente africano. Un problema que persiste por la conjunción de políticas agrícolas erróneas y la imposibilidad para millones de personas de acceder a los medios para producir y comprar alimentos. El autor de este artículo, respaldado por una amplia experiencia como director de la FAO, sostiene que erradicar el hambre es, además de un imperativo moral, una necesidad económica.El filósofo griego Jenofonte decía que "la agricultura es la madre de todas las artes: cuando está bien conducida, todas las demás artes prosperan; pero cuando se la descuida, todas declinan, tanto en la tierra como en el mar". Por haberla descuidado, el mundo se encuentra ahora con 852 millones de subalimentados, de los cuales unos 200 millones están en África. El problema del hambre persiste, no por falta de alimentos -el mundo produce lo suficiente como para alimentar a todos los habitantes del planeta-, sino porque los que tienen más necesidad están privados de los medios para producir o comprar los víveres para alimentarse y preservar su dignidad. En 1996, en Roma, los jefes de Estado y de gobierno del planeta se comprometieron a reducir a la mitad, antes de 2015, la cantidad de personas que padecen hambre. Varios países en desarrollo han respetado ese compromiso lanzando vastos programas nacionales. Otros, lamentablemente, no han realizado avances e incluso, en algunos casos, la situación alimentaria se ha degradado. Con frecuencia, cuando se evocan los beneficios económicos de la erradicación del hambre, se choca con un muro de indiferencia. Sin embargo, su eliminación no es sólo un imperativo de orden moral o ético, sino también una necesidad económica. La subalimentación debilita las capacidades físicas y cognitivas, favorece el desarrollo de numerosas enfermedades y trae consigo una fuerte caída de la productividad. Según un estudio de la FAO, realizado en 110 países entre 1960 y 1990, el Producto Interno Bruto (PIB) anual por habitante en el África Subsahariana hubiera podido alcanzar, si no hubiera padecido desnutrición, entre 1.000 y 3.500 dólares en 1990, pero no ha superado los 800 dólares. Todo ser dotado de razón debería comprender sin dificultad la enorme ventaja, para los productores de bienes y servicios, de transformar a 200 millones de hambrientos en consumidores con un poder de compra efectivo. Control del aguaÁfrica es el único continente donde la producción agrícola por habitante ha caído durante los últimos 25 años. Es también un continente donde la agricultura ha sufrido intensamente políticas erróneas o inadaptadas, tanto durante el período colonial como en el pasado más reciente. La prioridad asignada a la industrialización y al monocultivo de renta desequilibraron e hicieron más frágil la agricultura. La ayuda exterior, mal dirigida, no produjo los efectos esperados. Y en relación con la población ha caído, pasando de 43 dólares por habitante en 1983 a 30 dólares hacia fines de 1990. De los 53 países africanos, 43 disponen de un ingreso bajo y sufren de déficit alimentario. No sólo no producen bastante como para alimentar a su población, sino que tampoco tienen los recursos suficientes para importar los alimentos que cubrirían esa brecha. África, donde los menores de 15 años representan alrededor del 45% de la población, deberá alimentar a una población que pasará de 832 millones en 2002 a más de 1.800 millones en 2050. Para superar ese desafío le será necesario incrementar tanto la producción como la productividad agrícolas. Actualmente, la agricultura emplea al 57% de la población, genera el 17% del PIB y procura el 11% de los ingresos por exportaciones. Pero si se le acordara una parte más importante de las asignaciones presupuestarias nacionales podría volverse el motor del desarrollo económico y social. En este sentido resulta muy alentador el compromiso asumido por los jefes de Estado y de los gobiernos de la Unión Africana, durante la Cumbre de Maputo, Mozambique, en julio de 2003, de duplicar en cinco años la proporción de los presupuestos nacionales dedicados a la agricultura, para alcanzar el 10%. Esta mejora permitiría crear el valor agregado necesario para el crecimiento del PIB, con importantes efectos inducidos en los sectores secundario y terciario. Para ello el control del agua es esencial. En efecto, los rendimientos de la agricultura de irrigación son tres veces más elevados que los de la agricultura pluvial. Pero África sólo utiliza el 4% de sus reservas disponibles de agua en irrigación, y sólo sobre el 7% de las tierras arables. En el África Subsahariana este porcentaje cae al 1,6%. En comparación, llega al 17% en Asia, lo que permite irrigar el 40% de las tierras cultivables. Esto explica la urgencia de alentar la construcción de pozos, de canales de irrigación y de drenado, así como embalses simples a nivel de los pueblos. El objetivo de la FAO es duplicar rápidamente y con costos razonables, especialmente por la movilización de la mano de obra rural, el porcentaje de tierras irrigadas, que pasaría del 7% al 14%. Se evitarían así las frecuentes hambrunas debidas a las sequías. El control del agua es asimismo esencial para generar ingresos y empleos estables durante todo el año. Por eso es un componente importante del Programa Especial para la Seguridad Alimentaria (PSSA) de la FAO, que se está aplicando en 101 países, de los cuales 42 son africanos. Al 1 de noviembre de 2004, el monto total del financiamiento movilizado alcanzaba a 766 millones de dólares, de los cuales el 67% es suministrado por los presupuestos nacionales de los países en vías de desarrollo. Este programa permite, además, intensificar los cultivos de cereales, de horticultura y frutales mediante la introducción de variedades de alto rendimiento, y desarrollar la pequeña producción animal (avícola, ovina, caprina, porcina), así como la pesca artesanal y la acuicultura. Por otra parte, nadie puede ignorar los ataques devastadores y las enfermedades que diezman a plantas y ganados. La FAO lanzó a escala mundial, en 1994, lo que se denomina el Sistema de Prevención y de Respuesta Rápida contra las Devastaciones y Enfermedades Transfronterizas de Animales y Plantas (EMPRES). Su objetivo es facilitar la detección, el alerta precoz y una respuesta rápida, así como el refuerzo de las capacidades nacionales y la organización de redes de investigación para disponer de métodos de lucha más eficaces y menos nefastos para el medio ambiente. En el ámbito de la "protección de las plantas", se le ha dado prioridad a la lucha contra la langosta migratoria. Este programa, que se aplica desde 1997, ha demostrado sin ninguna duda ser eficaz en la región central del área de la langosta migratoria (la zona del Mar Rojo), gracias al financiamiento continuo de los prestadores de fondos. Pero nunca pudo ponerse totalmente en práctica en la región occidental, por falta de recursos suficientes. La crisis de los acrídidos (langosta) en África Occidental y del Noroeste ha adquirido proporciones dramáticas, a pesar de los alertas emitidos por la FAO a partir de octubre de 2003. Las lluvias, que constituyen el factor primordial en la bio-ecología de la langosta migratoria, han sido abundantes, creando así en vastas zonas condiciones favorables para su reproducción. La situación empeoró particularmente en julio-agosto de 2004, por la tardía reacción de los suministradores de fondos y de los organismos de ayuda multilaterales. En efecto, la lucha contra la langosta migratoria se apoya en una responsabilidad colectiva de los países involucrados y de la comunidad internacional. Además, aunque la prioridad sigue siendo posibilitar que los países africanos alcancen la autosuficiencia alimentaria y que estén en condiciones de erradicar el hambre, estos países no pueden quedar fuera del comercio mundial. Deben adecuarse a las normas de calidad y de seguridad sanitaria de los alimentos para tener acceso a los mercados internacionales. Y la asistencia de la FAO se refiere especialmente a los aspectos legislativos y reglamentarios, al refuerzo de las instituciones, a la formación y al equipamiento científico. Cartas notablesFinalmente, y no es éste el menor de los desafíos, debe desarrollarse infraestructura rural (rutas, instalaciones para el almacenamiento y el acondicionamiento, mercados, etc.) que permita a los agricultores disponer de materias primas modernas y poder comercializar sus productos con costos competitivos. El Plan Marshall contribuyó para la reconstrucción de la infraestructura en Europa, y las ayudas regionales de la Unión Europea tienen oficialmente el objetivo de recuperar el retraso de los nuevos miembros en ese aspecto. ¿Por qué los países africanos deberían tener que desarrollarse sin puertos, aeropuertos, rutas, ferrocarriles y energía eléctrica? También hay que señalar que las hambrunas resultan sobre todo de las sequías y de los conflictos. Las revueltas armadas, que han devastado a los países del África Subsahariana entre 1970 y 1997 (fecha del último estudio), han traído consigo pérdidas en la producción agrícola del orden de los 52.000 millones de dólares, es decir el equivalente al 75% de toda la ayuda oficial para el desarrollo recibida durante el mismo período. Ciertamente, África tiene muchas desventajas: su participación en el intercambio mundial no supera el 2%, a causa especialmente de las dificultades de acceso de los productos agrícolas africanos a los mercados de los países desarrollados; su crecimiento demográfico es más rápido que su crecimiento económico; el peso del endeudamiento público externo sigue siendo demasiado importante; los problemas de salud son inmensos, en particular el paludismo, las diarreas y la epidemia de sida. Sin embargo, África dispone de cartas notables, entre las cuales se cuentan sus recursos naturales y un mercado interno que va a alcanzar las 2.000 millones de personas. Europa y Estados Unidos, en la primera mitad del siglo pasado, se vieron implicados en dos guerras mundiales devastadoras. Luego, los conflictos se trasladaron a Asia, especialmente a Corea, Indochina e Indonesia. Y más tarde las guerras civiles provocaron terribles devastaciones en las poblaciones de América Central y del Sur. En la actualidad, con apenas 50 años de soberanía internacional, África atraviesa crisis de juventud vinculadas a la construcción de los Estados y a la consolidación de las naciones, sometidas a las fuerzas centrífugas de las diferencias étnicas y los apetitos financieros internacionales. No obstante, no se puede ignorar a su juventud ávida de saber y de educación, a sus campesinos y obreros laboriosos, y a sus emigrados que trabajan con encarnizamiento para mejorar las condiciones de vida de las familias que quedaron en su país de origen. Esta África es el fundamento de nuestro optimismo y de nuestra esperanza.
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