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Otra oportunidad argentina

Es ya casi un lugar común decir que Argentina es “un caso económico” de manual, porque resulta difícil entender sus dificultades para lograr un desarrollo digno de ese nombre. Sobre todo porque la variable “capital humano” –el aporte trabajo, planificación, organización, instituciones– figura en buen lugar entre las que hacen incomprensible el fracaso argentino. No hay razones, en teoría y experiencia acumulada al menos, para que un país que además de sus riquezas naturales dispone de una sociedad letrada, informada, culta en amplios sectores; de una mano de obra calificada, técnicos, científicos, intelectuales y artistas de excelente nivel, no termine “cuajando” económica, política y socialmente del modo en que lo han logrado otras sociedades más felices.
Puesto que fuera del folclore y sus bromas, no hay tampoco razones para pensar que los argentinos sufrimos de una tara particular, o que, como nosotros mismos diríamos no sin una pizca de humor, algo en la formación de nuestro inconsciente nos impulsa a conductas autodestructivas, parece evidente que las explicaciones de ese fracaso están en nuestra propia evolución histórica, y que el tiempo irá indicando el camino que elegimos. Para decirlo en términos spinozianos –con perdón de los especialistas– si seremos capaces de decidir el mejor sentido en la dirección de nuestra potencia, de nuestro deseo; el que nos procurará mayor alegría o el que nos conducirá a mayores tristezas. Si acabaremos adquiriendo una ética de las instituciones y del semejante, o seguiremos en el lodo de la posmodernidad sin haber sido jamás modernos del todo.
Mirando con estos ojos el panorama de cara a las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre, lo que se ve es más bien alentador. Un cuadro en disolución, un big bang lleno de promesas. Algo así como una gran explosión de la que puede esperarse una lluvia bienhechora.
Los tres grandes partidos que han monopolizado la vida política en el siglo XX, el militar (Keve, pág. 10), el radical y el peronista, están en vías de disolución, sino disueltos. La izquierda y la derecha más radicales son un puro símbolo, una algarabía ocasional. Los socialismos y liberalismos se fragmentan y entrecruzan. El socialismo exhibe una corriente liberal, que tiende a Elisa Carrió, y otra socialdemócrata, que ve el porvenir en el kirchnerismo, cuya matriz es peronista. Hay una corriente liberal-cristiana, cuya voz es el diario La Nación, y otra que tiende a la socialdemocracia, a los socialistas y sus intelectuales laicos. Cristina Fernández, acompañada por un radical, se lleva los votos del peronismo de base hacia un nuevo sello, el Frente para la Victoria. El radicalismo apoya a un candidato de extracción peronista, ex ministro de Economía del actual gobierno. El peronismo, o lo que queda de él en sellos y marbetes, está en manos de un grupo de caudillos con escasos votos y alguna influencia, la imagen oficial de una cultura de la corrupción profundamente arraigada en la sociedad, pero que comienza a ser cuestionada. El autoritarismo militar y el populismo de radicales y peronistas, ese magma inefable, se dispersa en busca de aires en los que se respire la nueva realidad económica, política y social del país y del mundo.
Por eso, más estimulante que escuchar los discursos o seguir el vaivén de personajes y alianzas es observar que, en cambio, las ideas de unos y otros, las conquistas, las tradiciones, las verdaderas aspiraciones, se desplazan de los liderazgos personales o partidarios permanentes hacia una suerte de tanteo ciudadano en busca de nuevas síntesis, de propuestas que reflejen la nueva situación y puedan traducirse en hechos.
Esto crea una suerte de vacío político, por supuesto. No hay partidos; no existe actividad partidaria, debate de ideas, de propuestas, en los partidos. No hay, salvo excepciones, democracia interna en los partidos; por no hablar de los sindicatos, partidos políticos de otro tipo. No se perciben liderazgos nacionales firmes, y salvo excepciones, tampoco provinciales. Aparecen actores nuevos, algunos efímeros por su propia condición, como el “ingeniero” Blumberg; otros, nada más líderes de una circunstancia; otros, destinados quizá a renovar el personal y las ideaspolíticas. En cualquier caso algo distinto, trasunto de una exigencia ciudadana más firme y consecuente.

País perdido

Como en otras fallidas ocasiones, los argentinos nos encontramos ante una oportunidad de la historia. De nuestra historia, en primer lugar. Porque venimos de una sucesión de enfrentamientos, de violencia, de frustraciones, que deberían hacer reflexionar a cualquiera. Y en eso estamos, parece. Al cabo de una guerra interna en la que todos perdimos y de una guerra internacional insensata, que perdimos; al cabo de veinte años de democracia, de escasos heroísmos y muchas vergüenzas, nos encontramos con que el país faro educativo y cultural, el de los obreros bien pagados y la enorme y próspera clase media, se hundió. No existe. Lo hemos vendido en gran parte, y mal vendido. Se ha dicho aquí más de una vez: de ser el país más igualitario de América Latina, y por momentos de América, Argentina pasó a ser uno de los menos. Pero dicho así, no significa casi nada. Dicho de este modo: “Los trabajadores argentinos son hoy una estirpe en decadencia, y la clase media se mira en su propio espejo cuando pasan los cartoneros y los hambrientos hurgando en sus restos; Argentina no es más que otro país fracasado”, es para hacer reflexionar a cualquiera...
Es lo que parece estar pasando. Porque además, y aquí interviene el factor “historia que nos rodea”, están ocurriendo cosas en el mundo, y en particular por estos lares. El actual gobierno dejará en herencia a su sucesor una situación relativamente saneada y una economía en auge con un marco internacional favorable. Pero el “modelo”, si es que se lo puede llamar así, presenta grietas, hay fantasmas en el horizonte –inflación, crisis energética, crisis financiera internacional (Lordon, pág. 20)– y habrá que tomar decisiones; hacer planes de corto, mediano y largo plazo y ponerlos en ejecución. El tema de la institucionalidad seguirá estando en el centro de la exigencia ciudadana, porque es una necesidad real: el país no puede progresar así.
En el plano internacional habrá que pasar de los tanteos y coqueteos, de las miserias políticas circunstanciales, de la improvisación casi permanente, a definiciones claras. En el mundo se están reacomodando las fuerzas, y aunque el fenómeno es el mismo que en otros momentos de la historia, el modo es nuevo, fulgurante y terrible. De quedar en mala posición podría llevar siglos salir. Y todavía no hemos salido de la incómoda posición en que quedamos luego de la última vez que en el mundo se reacomodaron las fuerzas. Estamos en la era de internet, de la revolución informática, del agotamiento y necesaria transformación de las fuentes de energía; del desempleo y las deslocalizaciones, de la explosión científica, de las mafias y fundamentalismos, del incontrolado capital transnacional y los hedge funds...
Pero con todo, lo interesante es que la sociedad argentina parece percibir la situación como una oportunidad. Está asustada y va espantando, como a las moscas, todo lo que huela a vieja política. Hay demasiado déjà vu en el aire, y quizá por primera vez, toma conciencia de que la imagen que le devuelve el espejo no es la que se ha hecho de sí misma. La sociedad, al menos parte importante de ella, parece haber aprendido que si permanece impávida, como en los ’90 ante la bacanal del último peronismo conocido, la realidad la golpeará de frente, como acabó por ocurrir en 2001, luego del último emplasto liberal-populista conocido. Por lo tanto busca, tantea, olfatea el mensaje que la oriente hacia un cambio, al menos hacia algo que comience a vivirse como el verdadero comienzo de un cambio.
Por eso se votó en Tierra del Fuego a una mujer con ideas progresistas; por eso los socialistas serán respaldados por el voto en Santa Fe este 2 de septiembre aun en el improbable caso de una derrota; por eso aparecen nuevos líderes mujeres, obispos, curas de pueblo, trabajadores sociales. Es más interesante observar que estos nuevos líderes son inmediatamente aceptados que hurgar en sus verdaderas intenciones. La política, como la naturaleza, tiene horror del vacío. Por eso el lenguaje institucional-moral-mesiánico de Lilita Carrió encuentra algunos seguidores, y por eso Luis Patti recoge algunos votos en un sector social cuyo horizonte ha quedado reducido a la protección policial.
Parece evidente que toda esa fragmentación oscilante expresa la búsqueda de un proyecto, de un equilibrio institucional y social. Si esto no estuviese ocurriendo realmente, o si se diluyese; si la institucionalidad de pura fachada cristalizase y la economía continuase sin orientación estratégica, al garete de buenas o malas rachas internacionales o al rebufo de crisis internas, entonces el país se habría resignado al destino que la globalización en curso reserva a los más débiles y con menos posibilidades: la riqueza y la miseria extremas, la violencia; una suerte de feudalización posmoderna. Basta mirar el panorama del mundo en los periódicos o en la televisión para tomar conciencia de esto.

Ideas en busca de actores

Si los pronósticos electorales se confirman, el gobierno de Cristina Fernández enfrentará la exigencia civil, esta vez imperativa, de lo que prometió con meridiana claridad y franqueza: instituciones sólidas y funcionamiento republicano; cohesión social y desarrollo 1. O pone en marcha de manera visible esos cambios, o la inestabilidad política y social la acechará de inmediato. En cuanto a la cohesión social, eso se traduce en redistribución de la riqueza, movimiento que habrá que saber acompañar con la consolidación de un empresariado fuerte. La favorable coyuntura internacional puede continuar, pero los “recursos” de esta doble y aparentemente contradictoria movida deberán provenir de un drástico recorte de la corrupción, pública y privada, de la que coimas y favores no son más que la parte visible de un iceberg de formación de precios, sobreprecios, sobrefacturaciones, evasiones, especulaciones de todo tipo... Una maraña culturalmente arraigada que traba el desarrollo.
Cambios semejantes provocarán resistencias, campañas de desestabilización, ataques desde los medios, presiones internacionales, inestabilidad. Será el momento de tener el coraje y la visión de transformar todas las ideas en busca de actor que hoy flotan en el aire social en fuerzas políticas poderosas, que se enfrenten y colaboren en el marco republicano, representando a una sociedad que en el desarrollo integral se va encontrando, por fin, a sí misma. En términos políticos, habrá llegado el momento de acudir a la sociedad, a los ciudadanos, para enfrentar a los intereses particulares, pero respetando las instituciones, ya que éstas se consolidan en el combate social; son el marco que una sociedad desarrollada ha elegido y respeta.
Es más que probable que el próximo gobierno, si lo intenta, no lo consiga del todo. Hay muchísimo por hacer; trabajo para generaciones. Pero si no lo intenta, la inestabilidad y la incertidumbre continuarán y se hará más visible en el espacio la sombra de otra oportunidad perdida, de un nuevo fracaso nacional.

  1. Carlos Gabetta, “Cristina Fernández y el cambio”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2007.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 99 - Septiembre 2007
Páginas:3
Temas Desarrollo, Estado (Política)
Países Argentina